Con la luna asomando entre las copas, recorrí Waldstille bajo el silencio de mi mente.
Me veía incapaz de soltar del todo la petición del Barón. Hubo algo en sus ojos, en sus gestos, sobre todo en su último silencio antes de que Stefan se lo llevara. Ya no había un problema que me encerrara solo a Milena y a unos pocos. Sin quererlo me había adentrado en un mundo donde detrás de cada esquina había más preguntas que respuestas...
¿Hasta dónde puedo llegar sin romper algo...? ¿Qué potestad tengo yo sobre ella si todo empezó por querer saber su nombre...?
Solo me hizo falta verme reflejado en la vitrina de una sastrería para ahondar en aquella incertidumbre.
— Con estas manos negras —me fue imposible no cuestionarme—. Con esta ropa tiznada y andrajosa... ¿Hasta dónde una flor tan bella puede aceptar un jardinero cuyas manos están tiznadas... y labios con sabor a tierra?
En el cristal había un hombre, y más allá de este, una serie de maniquíes de madera que lo desconocían.
Seguí caminando. Bordeé un parque verde, iluminado por farolas de gas. Una frágil luz amarillenta envolvía a las pocas familias que disfrutaban de la noche temprana. Con mis padres había vivido esos momentos, aunque no siempre me agradaba salir de mi habitación, en los juegos oxidados solía encontrar sonrisas...
¿Tú pudiste encontrar sonrisas en ellos alguna vez...? ¿Quizas dibujabas los columpios? ¿Puede que ese pino torcido cerca del pasamos?
Una posada me recibió a una cuadra de la clínica donde debía estar Johann. Era humilde y la enana que atendía la recepción demasiado amable; me dejó usar sus duchas pagando un precio minúsculo. No pude lavar mi ropa, una pena que olvidé al verme al empañado espejo. Me veía limpio, con las mejillas rojas y algo menos de ojeras.
Enfrente a la clínica, me armé de valor y entré, ignorando las indicaciones del personal de guardia.
— Tengo un mensaje de la Señorita Sepheline para Johann, el joven herido por el ataque del Uskarld —dije sin temor a que descubrieran mi mentira—. No supondrá estrés para él, es importante para la Señorita.
— Entenderá que es extraño que un maquinista sea tratado como mensajero —respondió cortés el médico, mientras se limpiaba sus anteojos con el borde de su bata—. Comprenderá también que el joven Johann necesita descanso, ha pasado muy poco desde que sufrió el ataque.
— La Señorita Sepheline lo sabe bien, pero como será de su conocimiento, ella también se encuentra afectada por este hecho, razón por la que estoy aquí —repliqué, esbozando mi sonrisa más sincera—. Si es necesario, puede aguardar en la puerta si supone mayor complicación...
El médico, pese a todo, parecía entender la situación. Como todos, seguramente conocía a Milena, y quizás tenía consideración por mí al ser quien traía la mayoría de los suministros médicos a la clínica. Hizo una mueca; sentí un atisbo de duda y compasión detrás de su gesto.
No pude evitar sentirme aliviado cuando giró su cabeza hacia el pasillo, observando que nadie nos prestara atención.
Casi le dije que era un buen hombre por lo que hacía, pero me lo reservé, no fuera a ser que tensara demasiado la cuerda. Finalmente asintió, aunque en el fondo sus dientes chillaran como zapatas llenas de herrumbre.
Me guio por un largo pasillo lleno de azulejos tintados de colores cálidos, algunas marcas dejadas por el tiempo y la humedad aparecían entre los radiadores blancos. Llegando casi al final del pasillo, el medico se detuvo, y con la mano apenas levantada, me indicó la puerta. El cristal opaco apenas dejaba percibir el interior.
— Sea prudente por favor —me pidió, levantando ambas cejas con firmeza—. Johann necesita descansar pese a todo.
— Por supuesto, no le robaré mucho tiempo se lo aseguro —afirmé mientras me volvía hacia la puerta—, muchas gracias, doctor.
Entré a la habitación con la delicadeza de un niño yendo por primera vez a los templos.
La puerta apenas crujió, pero fue suficiente para erizar mi piel hasta atravesar el umbral y ser recibido por la voz consumida de quien reposaba al otro lado.
— ¿Trajeron más... agua? —jadeó él, levantando la mirada de su pecho envuelto en ásperas telas.
— Puedo pedir que te traigan —respondí, solemne.
Johann me escudriñó de arriba abajo, su semblante dolorido apenas roto por la incertidumbre de mi visita.
— Konrad... —siseó, acomodándose a la defensiva en su cama—. Es extraño verte...
Extraño es que sigas vivo después de ver a un Uskarld a los ojos...
Cerré la puerta sin terminar de responderle. También lo era para mí. Pero algo en el pecho me había traído hasta aquí, y ya no podía ignorarlo.
— El doctor dice que necesitas descansar, sin embargo, yo te veo bastante bien —señalé.
— Los calmantes... funcionan... bastante sí —Se mantenía apenas erguido contra el respaldo de metal.
Se apoyaba y coordinaba con su brazo bueno... el otro... No lo percibí en el momento, pero luego de acercarme a la ventana y correr un poco la cortina para que entrara luz, lo vi...
— Pedí una medalla... —dijo con sarcasmo, moviendo apenas su codo envuelto en vendas—. La adrenalina y los... aún lo siento. Es raro ¿sabes...?
— Sí... —suspiré. No sabía bien cómo responder a aquello—. Vine a ver cómo estabas. A disculparme por aquel golpe y bueno, ya sabes, saber qué pasó.
Aun estando recostado, Johann hizo una mueca dolorosa.... Tenía los labios resecos y el pelo pajoso. El ambiente estéril ya lo había consumido y no había pasado medio día.
Le acerqué un vaso de agua y dejé la jarra de cerámica junto a su cama.
Tras beber dos vasos en segundos, apenas mejoró su aspecto; su voz sonaba menos forzada.
— Tengo un jefe, el Barón —dilucidó con cansancio—. Milena, la Señorita... su hija. La aprecio un montón, la conozco desde pequeño. Me ayudó, su familia nos ayudó cuando más lo necesitamos... —Me miró, sus ojos apagados, distantes y al mismo tiempo, lúcido—. No es noticia que ella no, no quiere esto.
— Lo sé —sonreí, irónico, ofreciéndome a servirle otro vaso de agua—. Te llevaste un golpe poco después de asentarse el campamento... No encontré momento para disculparme por aquello. Cuando más me di cuenta, fue cuando bueno, ya sabes... mucha sangre, sangre por todos lados —bromeé, intentando levantar su ánimo.
Sentí el eco una risa nasal escapar de él.
— Sí... —Se aclaró la garganta—. Fui un idiota y la vida, los Dioses... Su justicia a veces es poética. Intenté agarrarla para que no se fuera y... perdí el brazo.
Intentar descifrar el comportamiento de los Dioses siempre fue un misterio. Bibliotecas enteras se dedicaron para almacenar las respuestas que ninguno de ellos dio y que la mayoría —incluyéndome más veces de las que me gustaría—, tomábamos como verdad.
Aunque observando el estado en el que quedó Johann... no supe dónde colocar el límite donde los Dioses actuaron en reprimenda, y donde fue el propio accionar desmedido al adentrarse en territorio de una bestia como lo era aquel Uskarld. Por la expresión distante de Johann, y la pasividad con la que hablaba acerca de Milena y de sí mismo... Parecía no culpar a otros más que a sí de lo sucedido.
— ¿Sabes, Konrad? —Johann dejó caer entre jadeos, su cabeza sobre su hombro—. Quizas todos... quizás fallamos donde tu no. No quiero ser... —Parpadeó fuerte, como si buscara despertarse de algo—. ¿Presuntuoso es la palabra? Da igual. Muchos sabemos cómo la miras, y como ella te devuelve a la mirada a ti y a tu tren.
— Soy un libro abierto a veces ¿no? —Sonreí más para mí que para la vida—. Al final se enojó. Quizas también le hice daño... No sé si contarte esto, quizás te enteraste de refilón, pero, en la madrugada, ella apareció en las vías... Sentí que por fin... no sé, pero no pude —confesé con una mezcla de rabia y vergüenza.
Johann levantó ligeramente una de sus cejas hacia mí.
— La dejaste ir... —concluyó. Pero lejos de burlarse, asintió—. No la forzaste. Ella estaba mal ¿no?
— No sé qué fue lo que se dijeron antes de que el Uskarld apareciera, ni como fue el primer ataque —me volví hacia él y vi sus heridas, la mayoría vendadas, otras simplemente al descubierto—. Casi te pierde. Casi me mata según ella... La vi y, y no sentí rencor. Solo una profunda tristeza.
En su momento no lo pensé. Johann estaba herido, Milena fuera de sí. Emmerich era el que corría rápido y parecía ubicarse en el bosque.
Alguien tenía que ir por ayuda y otro quedarse para resguardar. Fue obvio quien haría qué, y una herida en el cuello no iba a detenerme
A pesar de no dudar de aquello, de creerlo con todo mi corazón; Milena creía que casi morimos por su culpa. Pensar en no poder demostrarle lo contrario, de que cargara con algo que ni Johann ni yo le echábamos encima... dolía más que el disparo en sí. El disparo había sido una respuesta, un error, bien podría haber sido el Uskarld en vez de yo y Emmerich quienes hubiéramos aparecido tras ese árbol.
Puedo fluir, dejar pasar lo sucedido. Verlo hacia atrás y agradecer que todo salió lo mejor posible. Pero no puedo obligarte, Milena, no puedo obligarte a verlo como yo
— No creo poder volver a mi labor de guarida —confesó Johann, rompiendo el silencio que, sin darme cuenta, yo había creado—. Tendré una buena pensión. El Barón es bueno, ahí no puedo culparlo de nada. Lo invertiré, una porción cada mes... Dicen que los trenes son buen negocio —rio para sí, observándome con complicidad.
— De acá a cincuenta años no habrá otro que mueva mejor el mundo que un tren —asentí, fingiendo que me limpiaba el hollín del hombro—. El Gremio de Comercio paga buenas comisiones, solo tienes que apostar por un buen tren...
— Creo... que ya tengo tren, Konrad —Se relamió los labios y con un gesto de aprobación, me dirigió la mirada—. ¿Qué vas a hacer? Yo no puedo moverme demasiado, pero tú sí, y no pareces de los que se quedan quietos.
Bajé la cabeza y, contemplando mis posibilidades, resoplé.
Me había cruzado de brazos en algún punto, refugiándome en la tela llena de hollín y la incertidumbre de por qué la herida en mi cuello había comenzado a picarme. No me rasqué de inmediato, en cambio, preferí presionar y masajear la zona hasta que la picazón, lentamente desapareció.
— Algo, supongo —bufé, cruzado aún de brazos—. El Barón quiere que tome tu lugar, que la encarrile. Ni que fuera un tren la pobre —chasqueé la lengua y luego me la mordí—. Aún tengo un viaje de vuelta para pensar, aunque el cansancio me está matando.
— Descansa, come algo... —sugirió, encogiéndose torpemente de hombros—. Supongo que tendrán que preparar el envío, hacer mantenimiento a tu tren. Tómate la noche y piénsalo. Y si quieres hablar pues, no me puedo ir a ningún lado... Ahora, si ya te vas, dile a la enfermera que le ponga al menos azúcar al agua, no sabe a nada.
— ¡Ja! —solté una risa desde la nariz y asentí antes de dirigirme a la puerta—. Eso haré... eso haré.
Johann me despidió con su brazo bueno, recostándose luego con su cabeza observando más allá de la ventana. Miré también, aunque a diferencia suya, apenas pude percibir la sombra del jardín en la ventana.
Me paré afuera de la habitación y observé el pasillo vacío a mi lado.
Quizas vuelva a esa posada de antes... el hambre y el sueño no son buen combustible para un maquinista. Los siguientes días serán duros...