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Cada Nueve Días

Cada Nueve Días · por Tália The Crimson Wolf · 18 de julio de 2026

El sol de la mañana golpeó una de las ventanillas frontales de la cabina. Era el último día de viaje.

Opetsk se levantaba como una pequeña ciudad al borde de la colosal Muralla de Dranschild, con sus edificios bajos de piedra y madera. No había bosques frondosos alrededor, solo campos de cereales a medio cosechar y algún matorral alto que ocultaba madrigueras de conejos.

Milena observaba por la ventanilla, envuelta en una capa de lana ligeramente más pesada, con una bufanda de líneas rojas anudada al cuello. Su melena acaramelada colgaba suelta más allá de su cintura. Peinada solo por el viento de la marcha.

— La Muralla es colosal... —afirmó con asombro antes de señalarla—. Parece que atraviesa las nubes.

— Lo hace —acompañé con una diminuta mueca—, pero cuando las nubes están bajas.

— Acabas de arruinar mi ilusión, lo sabes ¿no? —protestó ofuscada ella.

— Yo solo puse una nota al margen —me excusé, preparando todo para detenernos.

La estación de Opetsk estaba en las afueras, cerca de una ladera recta de la Muralla. Sus andenes eran pequeños, no tanto como los de Waldstille, suficientes para poder acomodar el caudal de gente y mercancías que esperaba transporte; esta vez, nosotros no veníamos a llevarnos nada... solo a dejar a alguien...

Nos detuvimos en un andén desocupado, casi al borde de la estación. Apenas llamamos la atención de unos pocos curiosos.

Resaltas incluso a decenas de metros, 501...

El suspiro mecánico final, fue seguido de una larga nube de vapor seco. El corazón de la caldera seguía crepitando, el carbón en su interior no entendía de sutilezas.

Alrededor no había nadie... Aquello no era normal, definitivamente no.

Detuve a Milena de inmediato. Ella ya sostenía su bolso y mochila, lista para bajar.

— ¿Qué te pasa...? —Levantó una ceja hacia mí, y contra todo pronóstico, se acurrucó contra mi pecho—. ¿Está todo bien?

Crucé mi brazo por sobre su pecho y sonreí, aunque en el fondo, no podía despegar mis ojos de las ventanillas. Los andenes aledaños permanecían vacíos, y el personal de la estación siquiera se había acercado a nosotros.

— Va en contra de los procedimientos —murmuré, levantando la cabeza como si pudiera ver más allá de lo que ya veía—. Mucho silencio hasta para un pequeño lugar como Opetsk.

Milena permaneció callada. Me miró de reojo, para luego, apretar sus labios con dolor. Cerré mis ojos y la apreté contra mí.

Me dolía.

No me hagan esto ahora, Dioses... Por favor no...

Respiré hondo y abracé a Milena antes de entender que debía soltarla. Ella no me soltó, no con la misma velocidad que yo lo hice. Su mochila pesaba tanto como su bolso, pero en ese momento, entendí lo más importante: alguien debía cargar nuestros corazones.

— Emmerich me dio la dirección de un contacto del Gremio de Comercio, y dinero para pagarle —expliqué con la voz medio atorada en mi garganta—. Podrás cruzar la Muralla, Milena... Serás libre.

— No... —dijo, negando lentamente con su cabeza—. ¡No! ¡No me iré sin ti! —afirmó, y de inmediato se dio la vuelta, devolviéndome el abrazo—. No te dejaré ir, Konrad, no después de estos días. No después de todo este tiempo, no...

— Créeme... que tampoco lo haría si pudiera —reconocí, mordiéndome los labios, enfrentando las siluetas que se acercaban desde más allá de las ventanillas—. Pero tienes que hacerlo, hazlo por mí. Para que haya valido la pena... para que esto haya valido la pena.

Si no lo hacía, qué sentido habría tenido todo. Lo que pasamos, ella, yo. Por lo que Jhoann había apostado por mí. Por el último gesto de Emmerich al conseguir al menos un salvoconducto cuando nada lo obligaba hacerlo.

Me alejé, pero no pude dejar de mirarla. Observar lo que estaba haciendo, el dolor que estaba causando.

Sus ojos estaban rojos, los míos húmedos, y algo en mi estomago parecía sentir vértigo.

La 501 contuvo la respiración. El crepitar de su corazón de fuego cesó y por un segundo más del debido, el vapor dejó de fluir. Milena también lo notó. Miró la caldera. Me miró a mí. Luego, hacia la ventanilla... donde hombres armados se acercaban.

— No lo hagas más difícil... —le rogué, conteniendo las lágrimas—. Por favor, no...

Me di la vuelta hacia mi destino, y tomé la escopeta.

La puerta de la cabina se abrió a mi espalda, y cuando sentí la necesidad de gritar, se cerró de golpe.

— Gracias. Gracias, Milena —Me mordí la lengua y con todo el peso del mundo en mis brazos, abrí la ventanilla y levanté la escopeta—. Tu siguiente maquinista será mejor que yo, 501. Tampoco te mereces esto.

Ella bufó, terca y testaruda. El andén lentamente se llenó de vapor.

La silueta sobrecargada de Milena pasó fugaz entre el vapor, perdiéndose en él hasta que me fue imposible distinguirla más.

Con la escopeta en alto, esperé que mis verdugos se acercaran más. Quería verlos a los ojos; aunque temiera lo que vería en ellos.

Solté mi cuerpo, respiré hondo y cuando la mira de hierro calzó perfecta en el pecho de Stefan, levanté el cañón al cielo y disparé.

"¡PLAAA...!"

Apenas más acostumbrado al retroceso del arma, aguanté la patada antes de ponerme en cobertura contra la pared de la cabina.

No hubo respuesta inmediata. Había apuntado al cielo, no temía haber matado a nadie, sin embargo, una parte diminuta de mí se sintió insegura.

¡Milena... tienes que lograrlo!

— ¡¡¡¡Konrad!!! —me llamó Stefan desde el interior de la nube de vapor—. ¡Le ofrecimos un trato...! ¡Con un demonio, uno muy bueno!

— ¡El Gremio no me dio ninguna orden! —exclamé, empujando hacia abajo la bisagra de la escopeta, retirando el cartucho quemado—. ¡Su contrato con ellos se debió perder en el papeleo, por eso no me avisaron!

— Muy gracioso... —bufó Stefan. Debía estar cerca y a la 501 no le quedaba apenas vapor para desfogar—. ¡Está en problemas, lo sabe ¿no?!

«Problemas son no tener un fogonero para lo que come la 501, no esto... Esto solo es, es un percance en la ruta, sí un percance...»

"¡PAFFF... FSSHHH—ZING!"

Una bala astilló la ventanilla, a centímetros de mi mejilla. No disparaban a matar... o tal vez sí y el vapor los había dejado medio ciegos, sin embargo, sentí el calor seco del metal sobre mí piel. Me pasé el dorso por la mejilla. Sangre. Nada grave... pero mi corazón no pudo evitar entrar en pánico.

Limpié rápidamente mi mano sobre mi overol tiznado, y como si de otro tipo de tintura se tratase, mi mano se tiznó por completo, borrando cualquier rastro de sangre. Esperé unos segundos más a que mi respiración se tranquilizara. El vapor de la 501 dejó de salir casi de inmediato, dejando sobre el andén, una residual nube blanca que el mundo se negó a borrar del todo.

Asomé el ojo por el borde de la ventanilla y...

"¡PAFFF... FSSHHH—ZING!"

No tuve oportunidad alguna. Apenas vi al guardia, él ya me estaba apuntando.

Asomarme era una condena, pero quedarme quieto era otra mucho peor. Me agaché y me deslicé al otro lado de la ventanilla. Allí no asomé la cabeza, sino el cañón.

"¡PAFFF... FSSHHH—ZING!"

Un chispazo saltó frente a mis ojos, pero sin miedo al fuego, moví la escopeta sobre el borde de la ventanilla y disparé a ciegas antes de abandonar mi escondite.

"¡PLAAA...!"

Mientras el eco del disparo se diluía con el frígido aire proveniente de la Muralla de Dranschild, dejé la cabina y bajé por la escalera opuesta a los guardias. Corrí a lo largo del costado de la carbonera, deslizándome por el espacio entre los depósitos laterales y los acoples. La 501 se estremeció a la distancia, su metal contrayéndose lentamente con el frio.

— No te queda más vapor ¿verdad? —Miré sobre mi hombro la imponente pared de la carbonera—. No hay a donde correr, solo vías y campos...

El mundo es inmenso desde aquí abajo...

— ¡Konrad, deje de esconderse! —ordenó Stefan, dando los últimos pasos antes de estar al pie de la escalera de cabina—. ¡No postergue lo inevitable!

Los guardias que lo acompañaban se dispersaron de inmediato bajo la orden silenciosa de aquel hombre.

Cauteloso, uno de los guardias se acercó de inmediato hacia mi escondite. En cuestión de segundos lo tendría encima.

Podía correr, pero les daría la espalda a ellos... le daría la espalda a la 501.

Podía quedarme y cuando el guardia apareciera frente a mí, volarle el pecho de un disparo...

No podría, no tenía la sangre para hacerlo.

Lo que sí no podía hacer era rendirme. Cada segundo que la atención de Stefan y los suyos estuviera conmigo, era un segundo más para Milena, y como a la 501, no podía traicionarla a ella tampoco.

Apreté la escopeta contra mi pecho, y en un último acto, me preparé para correr. Los andenes eran un campo abierto de piedra y cajas sueltas. Había cincuenta o sesenta metros hasta el edificio de la estación, tenía aguante para llegar hasta allí, pero no el tiempo.

Respiré profundo, cerré los ojos un segundo.

Corre y no te detengas, corre y... No me puedo detener

Me levanté, acompañado por el crujido incomodo de los botones de mi overol. Sentí los pasos del guardia, sus botas pesadas acercarse paralelas a la carbonera.

Era ahora o nunca.

Abrí los ojos y eché a correr hacia la estación. El guardia apareció a mi derecha, y con toda mi fuerza, lo tiré al suelo.

Avancé tan rápido como pude.

Los más curiosos y valientes al otro lado de la estación me observaron. La confusión en sus rostros no tenía precio, pero tampoco creía que fueran a levantar un dedo por mí.

"¡PAFFF... FSSHHH—ZING!"

Mi cerebro se entumeció cuando el primer disparo hizo saltar pedazos de piedra a mis pies. Casi tropecé del susto, pero seguí pese a casi caer de cara.

Volvieron a disparar. Esta vez metros por delante de mí. Una nube de polvo gris se levantó y yo la salté.

— ¡No va a lograr nada huyendo, Konrad! —Stefan sostenía su puño a la altura de su hombro. Sus hombres permanecían rígidos con sus armas en alto.

No sabía si me estaba dejando huir o simplemente alargando mi esperanza un segundo más antes de ejecutarme.

Pese a eso, no me detuve, seguí corriendo hasta alcanzar la estación. Doble en la esquina, esquivando la mirada de la mayoría antes de refugiarme cerca de la entrada al edificio central.

Sentí el mundo achicarse a mí alrededor, y mi pecho comprimirse al punto que el aire en mi cuerpo me hacía daño. Recosté mi cabeza contra la pared de la estación. Estaba solo, y esta vez no tenía a la 501 conmigo.

Me temblaba la respiración y de repente, todo corría más lento. La gente poco a poco fue retomando su rutina, como si los disparos y mi presencia armada fueran solo un espectáculo orquestado. Mi cuerpo seguía activo, buscando peligros cuando mi alma se rompía en silencio.

Cada pedazo de ella caía por mis mejillas, acompañado de pequeños gruñidos que escapaban entre mis labios apretados.

— Mierda... —gruñí y el mundo se detuvo un poco más—. Mierda, mierda... ¡Mierda! ¡¿Por qué así?!

Apreté la escopeta contra mi pecho. La gente alrededor apenas reparó en mis gritos.

Todo seguía.

Todos seguían.

¿Dónde estás...? ¿Dónde...?

— ¡¡¡Konrad!!! —El rugido de Stefan atravesó la estación desde mi derecha. A por mi izquierda una estampida de botas—. ¡No llegarás muy lejos!

Como si el vaso rebosara en el borde de mi mente, sentí que cayó. Un estallido agudo, seguido de un silbido largo, demasiado. Lo oí segundos o minutos.

Me vi las manos. Vi el carbón en mis palmas, la hulla teñir mis uñas, y su olor... su olor...

¿Cómo olía ella...? Cómo ella... No me, no...

Abrí los ojos de golpe y un espasmo me hizo sacudir la cabeza.

Cuando levanté la vista, Stefan estaba frente a mí, observándome como un Dios envuelto en pieles y hebillas de metal.

Apenas parpadeaba. No había agresividad. Lo que antes fueron gritos, ahora era un silencio demasiado espeso como para intentar atravesarlo.

— ¿Por qué? —Su pregunta fue seca, fría, sin un ápice de empatía salvo la de no haberme matado ya.

— Yo... yo... —Arrastré la palabra demasiadas veces. No tenía aire ni para entender quién era—. Yo no...

— ¿Fue amor, Konrad? —Se agachó frente a mí y tomó la escopeta de mis manos, entregándosela a uno de los suyos—. No te entiendo, Konrad. No entiendo el por qué.

Con los ojos apenas abiertos y la garganta atada por una cuerda invisible, apenas logré mirarlo a los ojos, y cuando lo hice, no me sostuve. Stefan resopló con calma, su cuidada barba negra se estremeció antes de que se limpiara la nariz con el dedo.

Alrededor los guardias me miraban impasibles, cada uno con su arma apuntando al suelo, como si reconocieran que no intentaría huir.

Por un instante me fue imposible respirar. Sentía la mirada de cada uno de ellos como una bota sobre mi pecho, presionando con saña. Intenté tragar saliva, lo logré, pero las lágrimas, las lágrimas no pararon.

— ¿Todo por ella? —preguntó Stefan, extendiendo su mano hasta mi hombro—. Hiciste todo esto por... —Apretó los labios, miró alrededor y finalmente volvió a mí sin encontrar respuesta—. ¿Por qué, Konrad? Tenías una vida bastante sencilla, tranquila. Un tren, una carga cada nueve días y ahora...

— Nada... —gimoteé. Levanté la vista más allá de Stefan, de la multitud. Intenté ver más allá, pero las lágrimas, el ardor en mis ojos y garganta lo hicieron todo más borroso.

Uno de los guardias asintió con un semblante firme. Stefan compartió el gesto.

Entre dos me levantaron y un tercero me empujó por la espalda. Stefan marcó el camino, y yo seguí sus rieles como un fiel maquinista.

Atravesamos el andén.

El viento golpeaba una de mis mejillas, arrancándome las lágrimas. No dejaban de salir. Se sentían cálidas sobre mi piel, hasta que de repente, ya no estaban.

Ella no está... Se fue, pudo irse... Milena es libre, Milena es... libre...

La 501 me observó dormida. Su impecable figura se erguía por sobre el andén, el brillo apagado de sus cilindros que goteaban agua y grasa me hizo encoger el corazón. Miré al cielo, gris, infinito y distante. No había sol, ya no más. La Muralla de Dranschild lo cubría, filtrando diminutos rayos.

— Eres... un buen hombre Konrad —Stefan se detuvo a decirme aquello por encima de su arreglado hombro. Lo sentí sincero, en su voz había algo pesado que se desanudaba—. Nadie hubiera hecho lo que tú hiciste.

— ¿Y qué hice? —me atreví a preguntar. Me detuve en seco, la 501 respaldándome mientras yo luchaba por levantar el mentón.

— Lo que nadie más en el Bastión se atrevió a hacer, Konrad —afirmó antes de arreglarse el botón de una de sus mangas y estirarse el abrigo—. Viste su arte y... la liberaste de su jaula de oro.

Aquello... Caí de rodillas. No podía levantarme de vuelta. No sabiendo que en mi pecho algo se había roto.

Miré hacia atrás, a la 501, mis manos, las lagrimas que caían al suelo.

Sonreí.

Aunque el mundo a mi alrededor se hubiera detenido.

Sonreí, aun cuando mi garganta se cerraba y mi pecho se comprimía como un pistón.

— Es libre —reconocí por fin—. Milena es libre... Lo logré ¿no? Lo, lo, lo logré ¿no, Stefan?

— Sí, Konrad, lo lograste —asintió él, antes de retomar su paso—. Pero... ¿Valió la pena? ¿Valió la pena sacrificarlo todo por ella, por alguien que no va a volver?

No me atreví a bajar la mirada esta vez. Aunque no podía ver con claridad a Stefan, sí podía ver a la 501, a las montañas, sentir el frio helando mis dedos.

Respiré hondo y cuando fui a responder, la 501 hizo sonar su estridente silbato.

Stefan por fin sonrió.

Y yo... por fin pude cerrar los ojos.

 

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