Taberna del Refugio de la Llama 2:55pm
Sentado sobre una caja de madera que alguna vez llevó tomates en su interior, Hermes bebe una copa de vino mientras su mirada baja al piso, sus ojos le pesan, las manos son operadas automáticamente para sostener la copa, sin embargo, no hay voluntad, las siente ligeras y desprovistas de fuerza. Pocos metros mas lejos de él, recargado en una mesa, Dioniso, dios del vino y la celebración, mira expectante una olla de metal que desprende de sí una columna de vapor aromático, esta misma mañana decidido a adaptar un platillo popular en la capital, con los limitados recursos del Olimpo, a falta de cerdo, el jabalí funciona, y a falta de dinero, cambiar una caja de seis botellas de vino es un trato para conseguir naranjas, chiles y una peculiar pasta roja de aroma fuerte y exotico para el.
Ante el semblante de su hermano, Dioniso se estira y decide romper el silencio.
— ¿La misión fracasó y eso te afectó?
— La mujer dijo que no — dice Hermes fastidiado y algo borracho — Ya lo entendí, no es no, fin — continúa arrastrando las palabras y levantando los brazos en un ademán teatral.
— Esa lección le hubiera venido muy bien a nuestro padre — DIoniso rie mientras camina a buscar un banco de metal para sentarse — Entonces, ¿una bola parlante? —
—- Burlate todo lo que quieras, era una pelota voladora, y por el tono en el que hablo, amenazó a todos los que estaban ahí, al policía también — Hermes clava sus ojos en los de su hermano menor.
— Te creo, te creo, no me mal entiendas, suena extraño pero aquí todo es extraño — Las manos del dios del vino alcanzan una botella de cristal, agua mineral fría es lo que reside en su interior.
—¿Por qué Hestia quiere que insista con esa mujer extraña? — Hermes balbucea como un niño
— Tal vez no sabe que no, efectivamente, es no — Dioniso se sirve un vaso y ofrece a Hermes, el cual niega con la mano, y da otro sorbo de vino.
— Y el acosador maniático soy yo, ella da la orden, y yo pongo la carota, la cual por cierto fue golpeada por Harmonia — Hermes dice con la respiración agitada y claramente alterado.
— Jaja, esa si demuestra ser hija de su padre — El dios rie y da un sorbo a su vaso de agua — Bueno, ahora explicame, si no es no. ¿Por qué no te negaste ahí mismo? — Las palabras de Dioniso calan profundo en Hermes, que tensa la mandíbula y aprieta los dientes.
— No vine a que me juzgaras —Hermes suspira
— Pero tampoco estoy aquí para compadecerte—- Dioniso se levanta del banco, y vuelve a paso lento a vigilar su guiso.
— Ire a buscar al grupo — Resopla Hermes levantándose de su improvisado asiento y suspirando.
— Ya deja de comportarte como un peón hermano — LAs palabras de dioniso ejecutan la poca seguridad que le quedaba a Hermes.
— Ella gobierna el distrito, sucede a nuestro padre, solo quiero honrar su memoria — Hermes azota la copa en el piso.
— Atenea es la sucesora, tu lealtad se inclina solamente a quien recibió la corona por hartazgo de la verdadera heredera — Dioniso entona en voz alta y severa, mirando firme a su hermano — No tiene nada de malo querer mantener la familia unida, pero te estas marchitando por cumplir con Hestia, y no entiendo la razon logica para tu fijación con ella —- Los ojos del dios del vino se entrecierran, observan el piso durante un segundo de silencio.
— No repitas las acciones de nuestro padre, supera eso, hay mas mujeres allá afuera — DIoniso exhala mientras Hermes sale de la cocina, azotando la puerta al salir.
Ya algo mareado por el vino, el dios mensajero camina fuera de la cocina de la taberna, ignorando los saludos de los comensales que le conocían, sale de la taberna con la mirada clavada al piso, apretando los puños y aun teniendo la colosal llama de Hestia en medio del patio, el dios es incapaz de levantar la mirada para ver el pebetero ardiente que se levanta como símbolo aparente de hogar y paz.
2 horas después…
Frontera de los distritos Griego - Nueva Orleans
El camino de piedra y mármol que traza la arteria principal del Distrito Olímpico desaparece bajo la niebla. La tierra blanda reemplaza los adoquines. Sobre el terreno irregular avanza una carroza blanco perlado, de madera robusta y antigua, tirada por dos caballos bautizados como Poseidón y Zeus: un homenaje de Hermes a su linaje, que oscila entre lo macabro y lo ridículo.
—I wonder how, I wonder why, yesterday you told me 'bout the blue blue sky...
En al primer asiento, mirando a sus compañeros un caballero de armadura medieval impecable, de ojos azules y cabello rubio alborotado, usa las musleras de su armadura de acero como batería para marcar el compás de la melodía.
—"El de la guitarrita". Ese serías tú, Rafael, si tuvieras una guitarra y alguien te invitara a una fiesta —replica Diane una mujer de ojos turquesa y cabello platinado. Su ropaje, aunque más ligero, imita las placas del caballero
—Puedo ahorrar para una guitarra. Seguro en La Española las venden. Esos sujetos son increíbles, deberíamos ir una noche a beber algo. ¿Qué dicen? —Rafael detiene el canto, pero su bota sigue golpeando la madera para mantener el ritmo.
—Tu detector de sarcasmo no está funcionando muy bien. —Íficles en el último asiento suelta una carcajada y le asesta dos codazos a su hermano.
—Esto es un ciclo eterno. Solo que, en lugar de salir y ver limones, vemos olivos y... esos horrendos árboles que salen del pantano con raices como de patas de araña —completa Hércules, sonriendo con los pies levantados en el respaldo del asiento delantero.
—Juraría que hace tres semanas vi tres apatosaurios demasiado cerca de la ciudad. Esos árboles los ocultan con facilidad —señala Diane, la campeona de cabello platinado con algo de temeridad, golpeteando con los dedos las placas de sus brazos.
— Pero esos no comen personas. Los que odio son los pequeños, los champiñosaurios —bromea Íficles.
—Se llaman Compsognathus. Y sí, en esos distritos son una plaga horrenda —corrige ella, arrastrando las vocales con apatía.
—Dicen que un basurero en el Distrito Inglés murió porque lo atacaron en manada. —La risa de Íficles se apaga, sustituida por una mueca de preocupación.
— La eterna oscuridad — Rafael agacha la cabeza un segundo.
—Estoy tan acostumbrada a que Hermes acapare la cuota de estupidez, que ignoré su silencio durante todo el camino. ¿Hermes? —exhala la mujer.
—¿Diane? —responde Hermes. Sujeta las riendas de los caballos con la vista clavada en el lodo, ausente de la realidad.
—Apenas pisaste el Refugio te cambiaron la cara ¿Que ocurre contigo? —comenta Íficles.
—No, hermano. Todo en orden —sentencia el mensajero, cortante, sujetando con fuerza las riendas, la fuerza con la que las sujeta es suficiente como para lastimarse.
—¿No quieres ir a ver un desfile azteca en la capital, Tenochtitlán? —Hércules se incorpora en su asiento.
—Tengo trabajo. Los puedo encaminar si quieren — La mirada del dios de los mensajeros no se aparta del camino.
Rafael levanta una ceja.
—Sea lo que sea que esté pasando, somos compañeros. amigos. Cuenta conmigo siempre.
—¿Es tu tía, verdad? —dispara Diane.
—¿Quieren dejarme en paz? —Hermes tira de las riendas y frena el carruaje de golpe.
—Uy, jeje, alguien está en sus días. —Íficles busca complicidad en Hércules, pero este se limita a negar con la cabeza alejándose unos centímetros en un movimiento imperceptible, dejando a Ificles aislado con una sonrisa nerviosa.
—El insulto machista sobraba. —Los ojos de Diane destellan con furia al encarar al hijo mortal de Anfitrión..
—No, no, yo lo decía por — tituba mirando a los lados, casi buscando una escapatoria física de la situación — ya saben por qué—Íficles retrocede e intenta parapetarse tras su hermano.
—No, no sabemos por qué. Explícalo— DIane le observa molesta.
Rafael se pone de pie. Se peina el cabello hacia atrás con los dedos, aclara la garganta y descubre su dentadura perfecta. De inmediato, Diane clava la vista en las tablas del piso, luchando por ahogar una carcajada.
—¡¡Siii!! ¿Cómo dice? —grita Rafael, imitando el clásico ademán de Luis Miguel.
—No, de veras. ¿Cómo dice? Es que ya se me olvidó. —Diane evade el contacto visual. El rubor le enciende las mejillas; cierra los ojos, al borde del colapso de risa.
—Amigo, todos los días despiertas guapo, pero hoy exageraste —celebra Hércules con el pulgar hacia arriba.
El carruaje reanuda su marcha con lentitud, ingresando de lleno al camino principal del distrito. Enormes vallas de madera gruesa y humeda guian el sendero para evitar que los viajeros caigan a algún pantano por accidente.
Con un bailoteo escénico, Rafael agita los brazos. Empuña el pomo de su espada a modo de micrófono y entona:
“Si hubieras amado cuando te amé, serías en mis sueños la mejor mujer... Si no supiste amar…”
Rafael extiende el arma hacia sus compañeros. Todos, salvo Hermes, completan el coro a gritos:
—¡Ahora te puedes marchar!
La carroza se pierde entre la bruma densa de los pantanos y manglares del Distrito de Nueva Orleans, sonidos que imitan un corno grave que resuena con eco abrazan el pasaje, y nubes de mosquitos se aglomeran alrededor. El camino a la ciudad del pantano solo ha comenzado.