Una mañana ha muerto en el Mictlan, dos campanadas anuncian el mediodía, dos campanadas que en muchas situaciones anuncian la hora de comida, el medio tiempo laboral, o únicamente un mediodía coronado por el sol.
Cerca del Refugio de la llama, un puñado de soldados espartanos, de uniforme azul, caminan patrullando bajo una rutina desgastante y monótona, desde que la legión romana dirigida por Ares tomo los controles militares y de seguridad, las fuerzas espartanas se han reducido de, una fuerza militar, a patrulleros o policías que transitan el distrito mas seguro de todo el continente, con apenas un puñado de prisioneros en sus calabozos, el distrito Olímpico disfruta de una seguridad artificial, no porque las fuerzas de Ares sea efectivas, o porque los espartanos cumplan bien sus labores. ¿Qué le puedes robar a un montón de agricultores?, ¿la dignidad?. Sin fábricas importantes, el Olimpo se ha reducido laboralmente a una fuerza de trabajo en los viñedos por una parte, y artesanos que van desde la herrería hasta la sastrería por la otra, y mientras el trabajo de unos supone casi 12 horas de su dia, otros, tienen suficiente tiempo libre:
—Aún no recuerdo el acorde correcto —murmura Atenea en la sala de comidas del Refugio de la Llama de Hestia.
Desprovisto de lujos, el pequeño salón exhibe un mobiliario ecléctico, un rescate de reliquias de quienes han dejado huella en el Olimpo. La mesa de madera antigua, diseñada para seis comensales, luce una hoz y un martillo grabados en una de sus patas. La cristalería es una colección dispar de piezas a medio acabar: una tetera china, copas inglesas y platos blanquiazules de talavera mexicana. La uniformidad y el buen gusto resultan lujos reservados para quienes se dedican a llenar sus bolsillos de oro.
Sentada en un banquillo frente a un piano marfil ya amarillento por el pasar del tiempo, Atenea acaricia las teclas. A un costado descansa un clavecín verde olivo con detalles dorados, un recordatorio físico de que la basura de algunos distritos es la decoración de otros..
Cerca de ella, Hermes vigila el instrumento. Recargado contra el muro, esboza una sonrisa tenue.
—La soldado tocó, y su reina la amo. Pero a ti no te interesa la música, ¿verdad? —Atenea clava la mirada en el teclado.
—Oh— pausa para pensar su respuesta, rasca su nuca y forzando la sonrisa responde: —Claro que me gusta, ese piano seguro es muy interesante, jeje, El día está algo soleado, ¿no? —Hermes fuerza una sonrisa y camina hacia la mesa central.
—Va así: del si bemol mayor al sol menor. Luego... la menor cae y la mayor se levanta.
Los dedos de Atenea recorren el marfil.
—Abre los ojos, mira al cielo y observa.
La suavidad de la melodía embelesa el salón.
—Mama, just killed a man, put a gun against his head...
Cierra los ojos. Sus manos fluyen, guiadas por un titiritero invisible dictado por la pura musicalidad.
—Tu teatralidad y esos gustos tuyos desentonan con el problema que enfrentamos —interviene Ares. que permanece sentado, escudriñando un plato a medio terminar.
—Me ayuda y no afecta a nadie. —Atenea corta la melodía de tajo, girando la vista a la mesa principal.
—Bueno, bueno, ¿ya quieren saber que había en ese distrito? — Sin dejar responder a nadie en la mesa el dios de los ladrones se adelanta impulsivamente mientras camina a la mesa —-Es una mujer, tiene plumas y una pelota que habla —suelta Hermes. Apoya los codos sobre la mesa mientras con un tenedor pincha un filete bañado en salsa de vino.
—No recuerdo a nadie con plumas. ¿Algún familiar de Parvati? — El codo de la diosa se apoya en su pierna, suspirando e intentando recordar viejas amistades.
—Nah— Hermes piensa unos segundos — Tienen color de piel similar, pero el cabello... Esa Meryl Streep morena no viene de Yomigahara. —Hermes da un sorbo a su copa y contiene una carcajada.
—¿Quién? —gruñe Ares girando los ojos de hartazgo e impaciencia y dejando caer el brazo en la mesa, provocando que esta retiemble provocando un sonido cristalino de la vajill que retumbó.
—Hermanito, sale en los videos de la televisora. No me culpes, culpa al sistema —responde Hermes que hace el amago de subir las botas a la mesa, intento frustrado bajo la mirada de Hestia que se desvía un milímetro hacia él. Sus pies se clavan de regreso en el piso.
—¿El motivo de su negativa a acompañarte? —pregunta Hestia con tono dulce sosteniendo su taza de té cerca de su boca, mientras inhala el vapor que emana el dulce líquido.
—Ah, jeje—Hermes cruza una mirada fugaz con Ares—. Antes de dar la explicación, quiero que todos en esta habitación nos comprometamos a no cortarme la cabeza ni las extremidades —bromea, a punto de levantarse de la silla.
—¿Los dedos cuentan como extremidades, Atenea?
La diosa de la sabiduría ignora la broma y clava sus ojos celestes en el dios de los ladrones soltando un suspiro agotado.
—La mujer fue interceptada por un oficial del Mictlán —confiesa Hermes, toma un trozo de pan relleno de queso y jalapeño que lleva a su boca para masticar evadiendo la tensión y responsabilidad asignada por la diosa del hogar.
—¿Y no pudiste negociar con él? —interrumpe Ares, empujando sus platos ya vacios de comida al frente — ¿Que clase de emisario eres?
—La clase de emisario que fue interceptado por tu encantadora y respetable, muy respetable hija. Ella y el oficial la convencieron de no moverse de ahí. —Hermes cierra los ojos, esperando el impacto, tensando los músculos y agachando la cabeza —No pude hacer más —-
—¿Por qué dijiste que hay una pelota parlante? Hermes, no voy a tolerar una sola broma tuya —advierte Atenea. Se levanta y camina hacia la mesa, tensa y agotada el metal de sus botas resuena con el piso de madera provocando un eco que se esparce por todo el lugar
—Esperame, no estoy mintiendo, si que había — Hermes pasa saliva recordando la voz de Eclipse —- Había una esfera brillante que decía cosas que no entendí —súplica el mensajero.
—Si no es un ángel y no quiere venir, opino que le dejemos en paz, no nos incumbe y ya dejó claro que no vendrá —- La diosa logra alcanzar un vaso con agua fría, da un breve sorbo para humedecer los labios que se endurecen con la helada agua — No involucremos recursos. —Atenea deja el vaso en la mesa y retrocede hacia el clavecín.
—Reúne a los Argonautas, visiten el distrito de Nueva Orleans, ignora al aquelarre y a la gente de Laveau. —Hestia sonríe y da un sorbo a su infusión.
—¿Qué clase de broma es esta? ¿El aquelarre? Esas sucias víboras tienen ojos por todo el distrito, y le estas pidiendo al mas escandaloso de tus sobrinos que se meta con otros 4 idiotas—Ares se yergue y da un pisotón contra las tablas de madera. — ¿Quieres ponerles una diana en la cabeza?
—Yo quiero que dejemos esto de lado y nos centremos en las cosas que importan, Hay un capitán que tiene interés en pescar y ha pedido permisos, todos rechazados por ti, tia. —resuelve Atenea, acariciando las teclas del clavecín — Podría ser algo económicamente positivo para nosotros, tampoco he logrado que la destiladora detenga su huelga, estan muy molestos con las practicas comerciales de, bueno, Afrodita —- La diosa evade la mirada de su hermano al mencionar a la diosa del amor.
—Lo que tú quieres dista mucho de ser lo que el Olimpo necesita —replica Hestia sin titubear.
—No quiero ponernos en riesgo —afirma Atenea.
—Hermes, búscalos en este instante. Usen el carruaje para llegar lo antes posible. Prueben a la mujer. Si tiene algo que aportar, tráela. —Hestia lanza la orden al dios, quien evade el contacto visual.
Atenea arranca una melodía tenue, asfixiando el eco de la tensión.
—¿Así de fácil haces lo que ella ordena? —Ares golpea el roble de la mesa con el puño.
Atenea guarda silencio.
—Donde quedo tu dignidad, eres hijo de Zeus, ¿así te dejas tratar? ¿Qué te ha vuelto tan mediocre? —Ares resopla y estrella los nudillos contra la madera por segunda vez.
— La corte carmesí no va a doblegarse, y si eso implica asfixiar económicamente a Dioniso, personalmente hare que se sienta como si tuviera mis manos en la garganta — Ares se levanta de la mesa.
—Siéntate, sobrino. La corona es mía. Atenea la otorgó y la he portado por mil quinientos años. No finjas sorpresa. —Hestia clava sus iris de fuego en el dios de la guerra.
—Hermes, trae a mi hija aquí —sentencia Ares. Da media vuelta y abandona el salón, reventando la puerta contra el marco.
—El mundo sí que se acabará cuando no tengan al dios de los recados — Murmura Hermes que desaparece en un parpadeo. Una estela de chispas doradas flota en el aire y cae hacia las duelas.
—Gobernar significa más que portar un título. Significa hacer cosas que sabes que no debes hacer, pero las ejecutas porque es la única opción que tu gente espera —dictamina Hestia.
— ¿Por qué insistes en los argonautas y esa cosa? —- La diosa desacopla la hombrera de bronce de su armadura, mirando las abolladuras y la opacidad de la misma.
— Tengo la esperanza de que el nombre le evoque mejores los mejores tiempos de nuestra gente y acepte venir, tu y el Trono del trueno ya deberían salir de la neutralidad, la Llama Eterna necesita su gente, no luchas de facciones. — La diosa sorbe un poco del té de la taza, con los ojos entrecerrados observa a Ares, que no le ha quitado la mirada desde que llegó al salon.