A escasos kilómetros de la estación principal del norte, en los linderos del Distrito de Nueva Orleans y casi fundida con los pantanos del este, yace la antigua terminal de Golden Coast. El monolito de concreto representa el primer intento del grupo formado por Rockefeller, Edison y Ford por forjar un ferrocarril funcional; en su momento, fue el epicentro del despilfarro de los tres magnates del Mictlán. A día de hoy es un cementerio de acero y concreto. Apenas sobreviven el muro perimetral, tres casetas, una torre de comunicación en ruinas, una locomotora varada sobre las vías y el esqueleto del cableado eléctrico.
El cuartel general del aquelarre. Ni más, ni menos, aunque bien podría ser menos.
En el centro del patio, una hoguera rojiza desafía el frío de la noche entrante. Demasiado cerca de las brasas, una mujer de tez pálida y cabello rubio observa crepitar el fuego. Viste de luto riguroso, coronada por un sombrero puritano de estilo capotain.
Un vagón enciende su luz interior. Las cortinas se descorren y la pesada puerta metálica cede. De la cabina desciende una joven de tez negra, con una cascada de rizos que le sobrepasa los hombros. Lleva una falda blanca y un top de colores vivos. Al mirar la escena niega con la cabeza, acomodando unos rizos que le tapaban la cara, camina hacia el centro de la estación, acortando la distancia a paso pausado.
—Wood, te vas a resfriar de nuevo —advierte la joven en tono suave y amable.
—Un resfriado es lo que menos me preocupa — Replica la bruja de Salem sin volear a mirar a su compañera, sus ojos color escarlata, no se separan del fuego de la hoguera.
—Es curioso que quienes no tienen magia nunca enfermen, ¿verdad? —reflexiona la joven de rizos abundantes.
—Sea cual sea la razón, y créeme que no quieres conocerla, no nos compete ahora, Mambo —replica la mujer puritana, apartando la vista de las llamas.
—Ese meteorito tiene a todos vueltos locos, júrame que no estas estresada por eso también—Mambo ríe y toma asiento sobre un tronco liso.
—No es el objeto. Es el presunto alguien que cayó con él. —Margaret retrocede un par de pasos y se sienta junto a su compañera.
—Marie quiere que salgamos a buscarle, miraron a una niña saliendo del agujero en rumbo incierto. Aún no le digas al resto. —Exhala un suspiro denso. — Estamos gestionando demasiados problemas, añadimos otro más a la lista de preocupaciones —
—¿Mia lo sabe? —indaga Mambo, buscando los ojos de la bruja.
—No. Ya te dije que Marie exigió discreción absoluta, cometió el estupido error de comunicarlo a Hestia —sentencia Margaret Wood, en un tono grave y apático.
—Y sin embargo, me lo cuentas a mí. —Mambo suelta una risa contenida y clava la mirada en la lumbre.
—Sabes bien por qué lo hago — Afirma la bruja de Salem.
—Tengo el presentimiento de que algo te perturba, estas mas —- Mambo suspira profundo — estas mas paranoica de lo normal
—Marie sospecha que podría ser una bruja poderosa. Y no, no hablamos de la cuatro ojos.
— ¿Y por qué te preocupa? — Mambo sonríe encogiéndose de hombros.
— Hay cosas que no debes conocer por tu propio bien — Margaret arremolina el fuego de la hoguera con la mano.
— Si algo malo va a pasar, todas estamos juntas — Mambo extiende su mano y la posa en la rodilla de Margaret.
A espaldas de la bruja de Salem, una figura se arrastra por el polvo antes de dar un salto repentino. Es una joven de cabello castaño y lacio, ataviada con un cárdigan gris, gafas de pasta cuadrada y un marcado estilo hipster.
—¿Alguien me llamó? —exclama Isobel, aterrizando de pie.
A un costado, un pequeño tlacuache que espiaba la charla estalla en un torbellino de luces anaranjadas. El fulgor se disipa para revelar a una joven de tez morena, vistiendo ropajes aztecas y un arco de caza cruzado a la espalda.
—Margaret, se te da terrible eso de guardar secretos—reprocha Quetzalli.
—Así que una bruja poderosa, ¿eh? ¿Podrá contra esto? —Isobel hace aparecer una varita larga, e su base, a manera de pomo, un cristal verde esmeralda.
—Marie quiere que hablemos con ella, igual que hicimos contigo, Isobel —aclara Mambo con tono conciliador—. ¿O me equivoco, Wood?
—Las palabras fueron otras, pero la intención es la misma —confirma Margaret sin dudar.
—Una hermana más para el aquelarre. No suena mal. Después de la última deserción, nos vendría bien recuperar números. —Mambo patea la tierra seca del patio.
—Salimos en media hora. Preparen el auto. Vienen los olímpicos; Hestia seguramente cree que la relativa paz que Marie le ofrece le da derecho a mandar gente para reclutarla antes. —Margaret se incorpora y sacude el polvo de su falda negra.
—El sentido de pertenencia de las brujas es inquebrantable. Sabes que una de nosotras jamás traicionaría a su sangre. Tenemos el terreno ganado —afirma Quetzalli, desbordando seguridad.
—Hécate y Circe —murmura Mambo.
—¿Qué dijiste? —Margaret clava los ojos en ella.
—También Freyja y — Las palabras de mambo titubean — en paz descanse, espero, Odín. Son hechiceros de un poder magnífico, y no forman parte del aquelarre.
—Son dioses, Mambo. No les interesamos. —Margaret aprieta la mandíbula y cierra los puños.
—Juraría que la última vez que visité Asgard vi a un hombre lanzar un hechizo de fuego. Y te aseguro que no era un dios. —Mambo agacha la cabeza.
—Vamos por esa bruja. Ahora. —Margaret da media vuelta y marcha hacia el Ford Deluxe descapotable estacionado en el andén principal.
El grupo camina hacia la salida de la estacio, donde espera un auto negro brillante, un lujoso Ford Deluxe de los años cincuenta.
25 minutos despues…
El Ford del aquelarre descansa apenas dos calles antes de la casona de Pascual. De pintura negra impecable, asientos de cuero, volante albo y llantas de cara blanca, el vehículo personal de la Reina Vudú es una oda al industrialismo del siglo pasado. Un obsequio de Henry Ford a Marie Laveau. Un regalo que la propia Marie ignora, pues no encuentra motivo para pilotarlo. Sin embargo, el gesto rindió frutos: al sur del distrito se levantó una maquiladora de conservas. Economía circular, pregonó Ford. Capitalismo puro, sentenciaron otros. Crustáceos, calamares, pez gato, langostinos y camarones; todo ser que merodee los pantanos y la marisma del sur termina como huésped de los Enlatados Henry. Un éxito comercial en el Distrito Inglés y Nueva Orleans, aunque aborrecido por la población original del Mictlán, que exige alimentos frescos y rechaza el metal.
—Margaret, ¿te parece bien si Mambo y yo hacemos la invitación? —Isobel salta desde el asiento trasero hacia el frente, invadiendo el espacio vital de sus compañeras.
—Explícate — la mano de la bruja aprieta su frente — Ya nada me sorprende. —Margaret tuerce la boca, blanquea los ojos y apoya la sien contra el puño.
—Mira, en mi escuela daban una clase llamada Relaciones Públicas. Aquí carecemos de eso. La verdad, la imagen del aquelarre, conformada por ti y Marie, resulta... un poco intimidante.
Margaret enciende un fulgor escarlata en sus pupilas.
—¡Eso mero! Qué buen ejemplo. —Isobel celebra el destello de ira, fascinada.
—Entonces, tracé una gráfica de quiénes proyectan una vibra inofensiva en un primer contacto. Yo soy el nivel capibara de la escala. —Isobel despliega una hoja de papel con un garabato asimétrico.
—Otra vez con lo del capibara... ahg. Termina, niña. Ya sé qué nombre le pondré a mi diabetes. —Margaret tensa los tendones del cuello.
—A ver. Yo luzco inofensiva. Mambo también, en especial cuando no habla en haitiano.
—Hablamos francés —corrige Mambo.
—Luego está Quetzalli. Intimida por el penacho y el cráneo de Mictlantecuhtli. Quien la ve, piensa en los oficiales. Perdóname, amor, pero no inspiras confianza. —Isobel gesticula, mientras Quetzalli se encoge de hombros con una mueca burlona—. Y en la cima estás tú, Margaret. Eres el mismísimo diablo enojado, poseído por Doña Florinda. Sin ofender... a Doña Florinda. —Isobel le regala una sonrisa cargada de inocencia plástica.
—Wood, tranquila, tiene un punto válido. Tal vez lograríamos reclutar a otras brujas si el abordaje careciera de violencia —intercede Mambo.
—¿Asumes la responsabilidad de lo que ocurra? —Margaret clava su mirada en Mambo.
—Sí. Confía en mí, lo prometo. —Mambo extiende la mano, tendiendo un puente entre la bruja puritana y la novata.
—Las esperamos en la estación. Acompáñame, Quetzalli. Quiero que me expliques el mecanismo de tus flechas. ¿Crees poder enseñarle a Mia a imbuirlas en fuego? —Margaret abre la portezuela y abandona el vehículo. Quetzalli salta por la borda y sigue sus pasos.
—No será problema. ¿Qué planeas?
Ambas hechiceras se pierden en la calzada, enfilando hacia el norte.
—¿Llamamos a la puerta y ejecutamos una bonita presentación? —Isobel le sonríe a Mambo.
—Creo que el trabajo ya se dividió. Tú lograste la aprobación del plan; ahora yo entablaré el diálogo con la bruja. ¿Te parece justo o prefieres cambiar algo? —Mambo gira la llave y el motor del Ford ruge.
—Visto así, es un trato equitativo. Me parece perfecto. Es la primera negociación justa que se cierra dentro de este auto. —Isobel trepa al asiento del copiloto.
—Tras perder a Cordelia el año pasado, me ilusiona pensar que alguien nuevo integre el grupo. En los otros bandos todos forjan lazos, pero nosotras cargamos una maldición: jamás logramos consolidar a las cinco —lamenta Mambo.
—Eso pasa porque Marie le negó la entrada a Jesse James. —Isobel se encoge de hombros.
—Jesse no es bruja —aclara Mambo.
—¿Lo viste disparar aquel día? Eso, nena, fue magia pura. —La joven ríe.
—¿Aún conservas el revólver? —cuestiona Mambo.
—¿Bromeas? —Isobel aparta la tela de su cárdigan y desenfunda el arma—. Jesse me indicó que lo llevara por si las dudas. Y bueno... por si las dudas.
—¿Me lo prestas? —Mambo borra cualquier rastro de humor en su rostro.
—¿Para qué? — Isobel la mira confundida
—Por si las dudas.