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Capítulo 7: Mija

Blackstar: Alfa y Omega · por S.S. Arcana · 18 de septiembre de 2026

Resuenan acordes de una guitarra acústica quiebran la calma en la casona de Pascual, el vibrar de una abrupta serenata corona el sol de mediodía, poco o nada queda ya del ambiente húmedo de la pasada noche, las huellas, el cráter, el distrito de Nueva Orleans pareciera haber olvidado el golpe que sufrió horas atrás y decidió avanzar ignorándolo.

Los dedos ágiles del michoacano acarician las cuerdas; con cada roce, la madera responde armonías melosas como una amante enamorada y sentada en un banco, Harmonía hace vibrar sus alas mientras apoya un tololoche gigantesco a su lado, contra el hombro.

—Ódiame de verdad, yo te lo pido; ódiame sin medida ni clemencia. Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido.

Las vibraciones graves del instrumento retumban en el pecho. En las escaleras, un pulso magenta irrumpe al compás del bajo. Harmonía alza la vista y le regala una sonrisa a Grace, quien desciende en silencio, ignorando que el espectáculo lumínico de su cabeza arruina cualquier intento de discreción. La joven de cabello cenizo se sienta en los peldaños. Abraza a Stevie contra su pecho y contempla la escena: la guitarra, el tololoche y la voz de la diosa se funden en una marea cálida.

Al concluir, Pascual baja la guitarra, una pieza de madera obsidiana con incrustaciones de plata y correa de cuero oscuro.

—Qué bueno que ya te despertaste, mija. No quisimos interrumpir tu sueño. Harmonía te escuchó peleando con alguien anoche; pensamos que necesitabas calmar la mente. —Pascual se incorpora y camina hacia la cocina.

Harmonía sujeta el pesado instrumento. Sus alas zumban como las de un colibrí, elevándose un par de centímetros sobre las duelas. Deposita el tololoche en su base y planea hacia Grace.

—Yo tuve la idea de tocar algo para ver si respondías. Anoche noté que tus plumas son sensibles a la música. No pienses que queríamos forzar tu despertar, solo buscábamos confirmar que estabas bien. —Sonríe al aterrizar al pie de la escalinata.

Media hora después, la dinámica se traslada de la sala al comedor contiguo. Una mesa ovalada de caoba oscura domina el espacio, engalanada con cristales tallados y motivos de cempasúchil. Una jarra de talavera blanca y azul corona el centro, rodeada por un ramo de flores anaranjadas cuyo aroma inunda el recinto.

Pascual le sirve un plato abundante a Grace: arroz rojo con chícharos, frijoles refritos y dos porciones de carne asada bañada en sus propios jugos, cubierta por julianas de cebolla.

Grace observa a sus anfitriones. Duda antes de probar bocado, pero el aroma a especias y carne doblega su resistencia y la hace salivar. Harmonía suelta una risa contenida, pincha la proteína con el tenedor y se la lleva a la boca. Grace imita el gesto. El contacto de la comida con su paladar le transforma la expresión. Una sonrisa plácida aflora en su rostro mientras mastica.

Pascual alcanza el centro de la mesa y toma un par de tortillas. Reparte cucharadas de arroz, frijoles y carne sobre el maíz, las dobla con destreza y devora el taco.

—También supusimos que tendrías hambre —interviene Harmonía.

—Mija, ya le estás agarrando el sazón de Michoacán —celebra Pascual con la boca llena.

—En el Olimpo la comida carecía de gracia. Desde que Dioniso aprendió a cocinar con aquella mujer americana, todo se resume en recetas francesas mal traducidas —bromea la diosa de la concordia.

—Ya nomás nos falta hacer un hoyo en el patio para una barbacoa. —Pascual ríe y le sirve a Grace un vaso con un líquido rojo oscuro.

Grace escudriña la bebida con sospecha.

—No es sangre —aclara Harmonía entre risas.

—A mí me quedan siete días aquí, mija. Te tocará cuidar la casa. Recibirás tu paga en la oficina postal sin falta los viernes. —Pascual se dirige a Harmonía, dándole espacio a Grace para comer a su propio ritmo. Un ritmo torpe: la forastera intenta replicar la técnica del taco, pero la tortilla se desgarra, derramando el relleno sobre la cerámica.

—¿Vendrá la oficial Mina esta vez? —pregunta Harmonía, entornando los ojos.

—Correctísimo. Mina viene de una guardia nocturna en el Distrito Inglés, así que los primeros días habrá que dejarla acoplarse a nuestros horarios matutinos. Y no le pongas tanto picante a la comida, la güera no lo soporta. —Pascual ríe a carcajadas.

—Aunque usted, Grace, ¿Por qué no se queja sobre los chilitos en vinagre que le empacó a su tortilla?

—Estaban... buenos —responde Grace, sorprendida de su propia tolerancia al picante.

—Si gusta quedarse en la casa, es bienvenida. Solo hay que darle mantenimiento al lugar y atender a la oficial inglesa cuando llegue —le ofrece Pascual.

—¿Por qué echamos al joven del cabello blanco anoche? —cuestiona Grace, cambiando el rumbo de la charla de tajo.

—Ah, mija. Tus motivos para mandarlo a la chingada son tuyos, pero a mí no me gusta que me vengan a dar órdenes en mi propia casa. A ese dios se le olvida que el Mictlán es el lugar de vida eterna para los mortales.

—¿Mortales?

—Cuando alguien muere en la Tierra, su alma revive aquí. Un ser de naturaleza mortal, ahora vuelto inmortal —explica Harmonía.

—A los dioses de antaño los expulsaron del mundo humano. El Dios todopoderoso y sus ángeles no aceptaban negativas. O le servían, o los exiliaban acá. Ya podrás atinarle a qué chingados eligieron —completa Pascual.

—¿Los humanos tienen poder en este lugar? —indaga Grace.

—Sí, más del que imaginas. La gobernante de este distrito es humana. Debes haber escuchado de ella alguna vez: la Reina Vudú, Marie Laveau.

—Mujer juerte, de carácter aún más juerte. De mirada fria como el viento y peligrosa como el mar. —Pascual acompaña la sentencia con una carcajada ronca.

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