Antes de ir a toparse con el ya evidente fracaso de Hermes, la diosa de la sabiduría sube a la torre de Ares, mientras prepara una alforja para su caballo, Phoenix, con algunos suministros, la diosa fija la mirada profundamente en el mueble que hay al lado de su cama, sobre él, un dibujo a mano, de su propia autoría, Neftis.
El tiempo se estira, se contrae, sus ojos pesan, apagones repentinos la azotan, dejándola profundamente dormida sobre la alforja y su cama.
Y así es como la quietud volvió a dominar la habitación temporalmente; Solo 1 hora paso, un grito de Atenea quiebra la madrugada y desgarra el letargo de su alcoba. La diosa de la sabiduría respira con dificultad; un sudor gélido le perla la piel bajo la armadura.
Segundos después del estallido de pánico, una patada revienta la cerradura. La pesada puerta cede ante el impacto. Lo primero en cruzar el umbral es la punta de una lanza; el metal irradia un fulgor cereza, al rojo vivo como acero recién sacado de la fragua. Dos pasos firmes revelan unos ojos escarlata y la envergadura de un coloso. Ares se yergue con casi dos metros de estatura, un monumento de músculos tallados en pura tensión. Su pecho sube y baja a un ritmo calculado; el cuello se mantiene rígido, inamovible como el tronco de un roble milenario.
De sus labios escapa una sentencia tajante, envuelta en una voz grave y aterciopelada:
—Bajen las armas. La torre está rodeada. Si hoy se derrama sangre, no será la de los hijos de Zeus.
Atenea se lleva las manos al rostro, presiona los párpados para asfixiar una lágrima intrusa y exhala el aire retenido en sus pulmones.
—Solo fue otro mal sueño, hermano. Baja eso, te lo ruego.
—Una parte de mí lo asume; por eso evité clavar la vista en la cama. ¿Estás vestida? —exhala el dios de la guerra.
—Traigo la armadura puesta. —Atenea se deja caer a plomo sobre el colchón.
—No lo entiendo. ¿Desde cuándo? —Ares avanza un paso y empuja la puerta para cerrarla, pero la hoja de madera rebota al tener la chapa destrozada.
—¿Desde cuándo qué? —murmura ella.
—Sueñas. Es desconcertante. Primero la música, ahora esto... ¿Acaso te estás volviendo demasiado humana? —Ares recarga la lanza contra el muro. Al soltar el asta, el metal pierde su incandescencia en un parpadeo.
—Intento mantener la mente ocupada. Deberías hacer lo mismo en lugar de pasar las veinticuatro horas en ese balcón, escudriñando el horizonte como un ave de presa.
—¿Puedo permitirme el lujo de bajar la guardia otra vez? —La tensión retorna al rostro de Ares. Cierra el puño; las venas de su antebrazo se hinchan bajo la piel—. Si tienes tiempo para perder en tus asuntos, hazlo. Pero no te equivoques conmigo. Volverán. Y el día que lo hagan, estaré esperando para empalar a ese bastardo.
Un breve silencio reina en la habitación mientras la furia marcial se disipa.
—¿Dónde está Hermes? —inquiere Ares.
—No está aquí. Hestia lo envió a cumplir una encomienda al Distrito de Nueva Orleans. —Atenea señala el ventanal, marcando la ruta hacia el sur.
—¿La esfera magenta que rasgó el cielo? Envié dos cuadrillas a investigar la zona de impacto. Cuatro de tus espartanos y cuatro de mis legionarios. —Ares recupera el arma del muro.
—Hermes es más veloz. Lo sabes. —La diosa de la sabiduría deja escapar una risa árida.
—¿Por qué no te envió a ti?
—Supongo que la confianza se resquebraja —admite Atenea. Su voz se quiebra en las orillas.
—¿Confianza? Eres la legítima heredera del trono, y prefieres pudrirte en este calabozo por voluntad propia. Deja de ser desleal a tu sangre. Deja de inclinar la cabeza ante Hestia. —Ares avanza dos pasos hacia la salida, pero clava sus iris de fuego en la figura desbaratada de su hermana.
—He visto su bandera ondear sobre el arco de mármol. El amor que predica no es una marcha de victoria; es una alabanza fría, un himno roto —sentencia la diosa, rehuyendo el contacto visual—. Estoy bien.
— ¿Qué es lo que sabe ella? —
—- ¿Acaso importa lo que sepa? —- Dice Ares mientras apoya la espalda contra la pared y mira hacia la ventana — Verdades, mentiras, la boca de Hestia es un rio que arrastra todo lo que puede a su paso, tu gente y la mia, somos suficientes para quitarla del trono de nuestro padre —
— Algo debe estar por ocurrir — Suspira la diosa cansada.
— ¿Y por que algo ocurra le cedes la última palabra?, ten respeto por tu sangre y por ti — dice Ares, sus puños se aprietan con fuerza, los músculos del cuello se tensan y el tono de voz tambalea.
— Saldré a patrullar la frontera norte — el dios de la guerra cruza el umbral de la puerta, gira la cabeza hacia su hermana y dice: Tu neutralidad en la situación, va a costar vidas, iniciando con la tuya, no quiero sepultar a alguien más.