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Capítulo 15: Respuestas

Blackstar: Alfa y Omega · por S.S. Arcana · 19 de septiembre de 2026

extremos, Atenea toma asiento junto a Grace. Vibra suavemente una melodia expulsada por uno de los altavoces del lugar, con las luces tenues y un vapor eterno que se extiende desde la cocina y escala por una de las ventanillas de acceso a servicio. Los argonautas disfrutan de un pastel de limón. Se trata de un postre particularmente costoso en el distrito, no solo por la escasez de queso crema, sino por el requisito indispensable de los limones, una fruta poco común en los pantanos del sur.

Grace bebe un té helado de hoja de limón, mientras Atenea sostiene una lata de refresco. Todo cortesía de la diosa.

—Sabe bien —comenta Grace, esbozando una leve sonrisa mientras aun saborea notas aromáticas y dulces de la bebida.

—Entonces, ¿qué pregunta fue la que te puso tan mal? —Atenea clava la vista en los ojos de la joven. La serenidad de la diosa se ha impuesto como una máscara de acero ante la repentina situación.

—¿Quién soy? —suelta Grace en un susurro, sus ojos pierden de inmediato el brillo que había aparecido.

—¿No lo recuerdas? —replica la diosa algo incrédula.

—No. No sé quién soy ni qué hacía antes de llegar aquí. —Grace da un sorbo a su té helado.

—¿Sabes dónde estás? —pregunta Atenea, cobrando un tono de absoluta seriedad.

—Creo entenderlo. Alguien me lo explicó, y luego una máqu..., otra cosa me lo explicó de manera muy literal. —Grace abre los ojos como un búho asustado y vierte dos cucharadas más de azúcar en su vaso—. Sabe dulce —murmura, casi en un balbuceo incomprensible.

—Si sabes dónde estás, ¿no crees que es la excusa idónea para no torturarte con quien fuiste? —Atenea adopta una postura más relajada—. Aquí hay tantas cosas por hacer. ¿Por qué no iniciar de nuevo? No quiero sonar insensible; es evidente que te duele. Pero tal vez podrías cerrar los ojos un momento ante el pasado y preguntarte: ¿realmente importa quién fui? Ya que no puedes responder a la incógnita de quién eres, regálate la opción de preguntarte: ¿quién puedo ser? O ¿qué puedo ser?

La diosa apoya la mano sobre el hombro de Grace.

—Tú también buscas respuestas, y lo estás ocultando. —Grace sostiene el contacto visual con firmeza.

—Qué observadora. —Atenea bebe de su lata para evadir la acusación.

—¿Sabes qué es Gamma Virginis? O... ¿Porrima? —dispara la joven.

—¿Aún insistes en escarbar el pasado? No te culpo. Carezco de la respuesta a tus incógnitas, pero suena convenientemente a astronomía. La biblioteca conmemorativa del distrito Olímpico posee un archivo colosal y un par de computadoras. Hay espacio para ti en la carroza; volveremos a casa a primera hora. Puedo presentarte al encargado, un sujeto agradable, Eisenhower.

—¿Eisenhower? Oh, ¿el señor presidente? —Una marea de estática mental asalta a Grace de golpe, cortando su tren de pensamiento.

—Sí—Atenea la observa con extrañeza.

—El encargado llegó al distrito hace unos años. Es un hombre sumamente encantador; trajo a gran parte de su gente con él. El carisma lo precede, pero ahora se dedica únicamente a administrar la biblioteca junto a su esposa.

—Tengo que hacer algo antes. ¡No se vayan! —Grace empuja la silla y se pone de pie a toda prisa.

—¿A dónde vas? —pregunta la diosa, desconcertada.

—Tengo que avisarle a alguien. Y quiero enseñarte algo interesante. Yo, sólo espera, es un artefacto. ¡Solo espera!

Grace cruza las puertas del restaurante y corre a través de la calle en penumbras, de regreso hacia la Casa de Ébano, la noche se ha vuelto peculiarmente fría y teñida de azul espectral de la neblina que cubre el distrito noche tras noche. Grace destila una sonrisita leve, algo de confianza y genuino interés por aquello que la diosa describió como un colosal archivo, sus pasos la llevan a la puerta de la casa de ébano, Intenta girar el pomo, pero la puerta de caoba está asegurada. Golpea la madera dos veces y se asoma por el cristal de la ventana. Vuelve a tocar. Da un salto en un intento inútil por espiar a través de la mirilla superior. Llama una tercera vez, pero el edificio se mantiene hermético.

Retrocede un par de pasos, con la respiración entrecortada. En el ventanal del tercer piso, la figura de Marie recorta la penumbra. La Reina Vudú clava la mirada en la joven, después sus ojos miran el restaurante hacen un recorrido la carroza Olímpica aparcada a un lado, vuelven a Grace y niega lentamente con la cabeza, da media vuelta y deja caer la pesada cortina.

Los ojos de Grace se inundan de un profundo tono magenta, un fulgor tan intenso que evapora de tajo la lágrima recién nacida en su mejilla. Su respiración se ralentiza. Las plumas de su cabeza se erizan al máximo, pulsando al ritmo de un corazón agitado. Energía estática chisporrotea entre sus dedos. La madrugada se perturba, devorada por una nube parasitaria con el color del abismo absoluto. Alza la mano, temblorosa. el piso al rededor de ella se congela, su mano, delgada y frágil, está recubierta de hielo. Su dedo índice se levanta, milímetro a milímetro, apuntando directo a la fachada de la casa de Ebano, sus pies se levantan del piso apenas unos centímetros mientras el hielo parece avanzar hacia la casa.

—¿Grace?

La voz de Harmonía interrumpe el trance de la joven cósmica. Como si alguien hubiese bajado un interruptor de golpe, sus iris recuperan su habitual tono opalino. Gira la cabeza y descubre a Harmonía y a Isobel emergiendo de un callejón lateral. Esta última carga a Eclipse y al kiwi Stevie entre los brazos.

—Creo que pasó algo ahí arriba con Marie, se veía molesta y me pidieron que te entregará tus cosas —explica Isobel.

La chica de gafas extiende las manos. Grace atrapa a Eclipse, guardándolo de inmediato en el bolsillo interior de su chaleco, y abraza a Stevie contra su pecho.

—¿Qué ocurrió arriba? —pregunta Grace, todavía agitada.

—Solo nos indicaron que desalojamos la sala. No sé, fue muy raro, fue repentino. —afirma Isobel.

—Yo sé menos que ella. Solo desperté y ya no estabas —murmura Harmonía, desanimada.

Isobel escudriña el interior de su bolso. Extrae un dispositivo de plástico anaranjado y blanco, provisto de una pequeña pantalla de cristal y un teclado numérico arcaico. Extiende el brazo y se lo ofrece a Grace.

—Seguro lo vas a necesitar. Puedes mandarme un mensaje si quieres, la señal es mala y no siempre llegan

Grace toma el aparato y lo examina con curiosidad. Isobel la observa, teñida de una genuina angustia.

—Pensé que tendría una amiga aquí para jugar. —suspira la bruja hipster.

Hace el amago de dar media vuelta, pero Grace le sujeta la muñeca y la envuelve en un abrazo rápido y sincero.

—¿Todo está bien?

La voz de Atenea resuena en medio de la calzada. La diosa observa la escena desde las sombras.

Isobel pega un pequeño salto, con los ojos abiertos al reconocer el linaje de la mujer.

—Eh, jeje, yo creo que me voy. Tengo que apagarle al mole, no quiero que se queme. —Se despide de Grace agitando la mano con frenesí y echa a correr hacia la calle contigua, huyendo de la presencia olímpica.

—Harmonía, mira, ella es, ah. —Grace toma la mano de la diosa de la concordia y tira de ella, topándose con franca resistencia—. Espera, nunca te pregunté cómo te llamabas —añade Grace, acortando la distancia hacia Atenea.

 

La diosa de la sabiduría se recarga contra la madera de la carroza.

—Y es que hasta ese momento, yo tampoco sabía quién eras. Mi nombre es Atenea y sé que esto resultará incómodo en algún grado. No vengo por ti. Venía a aclarar una situación militar —la diosa exhala un suspiro prolongado— pero aparentemente me cerraron la puerta en la cara.

—Tú conoces a Harmonía. —Grace alterna la mirada entre la joven alada y la diosa, procesando la revelación.

—Sí, es mi sobrina —musita Atenea con suavidad.

—¿Por qué nadie me lo dijo? —Grace se encoge en su sitio y baja la mirada.

—La verdad, Grace, nunca se dio el momento y todo esto sucedió muy rápido. No sabía que habías pasado la madrugada aquí hasta que nos echaron de la casa —explica Harmonía, arrastrando las sílabas con cansancio.

—Te ves muy joven para tener una sobrina. —Grace escudriña a la diosa helénica con genuina curiosidad.

La mirada de Atenea cae de inmediato a los adoquines, incapaz de ocultar un evidente rubor que le enciende las mejillas mientras Grace se acerca demasiado para mirar de cerca a la diosa.

—Yo... gracias. No esperaba ese comentario.

Diane se aparta del caballo que acariciaba. Avanza a paso lento y clava su escrutinio en la joven emplumada.

—Si crees que somos los perros de Hestia, estás muy equivocada, trabajamos en el Distrito Olímpico para mejorarlo, no para servir a una mujer en concreto. Y menos cuando esa mujer posee el tacto y las habilidades comunicativas de un pilar de mármol. Así que te lo preguntaré yo, sin idioteces comunistas ni acoso sexual: ¿vienes con nosotros o te quedas? —Diane sostiene la mirada, implacable.

Hércules golpea el costado de la carroza, marcando un compás rítmico como si tocara una batería. Rafael le hace eco, percutiendo los nudillos sobre el metal de su propia armadura.

We're not gonna take it...

Grace esboza una leve sonrisa cómplice.

Las manos de la joven se iluminan por instinto. Su diestra rasguea el aire, ejecutando un riff de guitarra eléctrica; el sonido crudo y distorsionado vibra en la calle y hace pulsar sus plumas con energía renovada. Arranca a cantar, inyectando fuerza en cada verso:

Tenemos derecho a elegir Y no hay forma de que lo perdamos Esta es nuestra vida Esta es nuestra canción Lucharemos contra los poderes que son No elijas nuestro destino, porque No nos conoces No te pertenezco...

Atenea, los argonautas y Grace abordan la carroza al ritmo de la música invisible que sigue retumbando en la madrugada. Desde arriba, Grace extiende la mano hacia Harmonía. La diosa de la concordia cierra los ojos un instante, cede ante el impulso y entrelaza sus dedos con los de la joven cósmica, dejándose tirar hacia el interior del vehículo.

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