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Capítulo 14: Desaire

Blackstar: Alfa y Omega · por S.S. Arcana · 18 de septiembre de 2026

—Quiero que lo entiendas, no me interesa presentarles a nadie. —Marie desciende los escalones. En la base, Atenea aguarda recargada contra el muro, con la vista fija en la altura.

—No entiendo... Marie, es importante. Hay una situación complicada. —Atenea extiende la mano a modo de saludo, pero la Reina Vudú la ignora y continúa su marcha hacia la planta baja.

—Ya se los advertí. A mi casa no se viene a negociar, y menos sobre asuntos donde no deben meter las manos —sentencia Marie.

—¿Manos? No. Hubo un altercado al este de aquí, en un callejón. —Atenea sigue los pasos de la gobernante.

—¿Qué callejón? —Marie frena en seco y endurece el semblante.

—Queda lejos. Asesinaron a ocho soldados olímpicos. Están destrozados, suspendidos por una seda extraña. Busqué al oficial encargado, pero no di con él.

—No me estás jodiendo, ¿verdad? —interrumpe Marie de tajo.

—Busqué al oficial en turno sin éxito. Esto se sale de control y lo sabes. —Atenea da un paso al frente y bloquea el avance de la hechicera.

—No te manda Hestia —murmura Marie.

—Vine por cuenta propia. Esa gente es mi gente —afirma Atenea.

—¿Y qué hacía tu gente en mi distrito? Eran soldados, ¿no? —cuestiona Marie.

—Vinieron a buscar el cometa que cayó. Solo eso. Vinieron a inspeccionar y nada más. —Atenea exhala, exhausta.

—No. Otra vez Hestia y el maldito cometa. Olvida esta situación. Buscaré al oficial o llamaré directo a la capital para exigir un agente. Gracias por la información, pero ocurrió en Nueva Orleans. Yo me encargo a partir de aquí.

—No puedes... —intenta replicar Atenea.

—Gracias por tu informe, Atenea. —Marie aparta a la diosa con un empujón tajante, da media vuelta y desanda el camino, subiendo las escaleras de regreso a la sala.

 

La medianoche cobijó al distrito. El cielo exhibe una corona de dos astros enigmáticos: el gigante azul y el satélite plateado. La música en el salón de Marie agoniza hasta extinguirse por completo. En la planta baja, una veintena de personas transformaron el comedor en una cocina industrial de proporciones épicas, lista para despachar raciones calientes a cualquier alma necesitada que cruce el umbral.

En la sala común, Harmonía y Grace pernoctan en calidad de huéspedes, adueñadas de un sofá cada una. Fiel a su insomnio, Grace abandona los cojines y ocupa una silla junto a la mesa central. De un bolsillo de su chaleco de cuero extrae a Eclipse. Golpea la coraza metálica un par de veces con el nudillo y el artefacto despierta; levita en silencio, bañando la madera con un fulgor cian y tenue.

—¿Quién soy? —susurra Grace a la esfera.

—Depende. —Eclipse emite un pitido agudo.

—¿Depende de qué? —insiste la joven.

—Del lugar, el año y tu intención, por supuesto. —La voz de la máquina pierde su habitual cadencia robótica.

Eclipse mira en silencio a Grace unos segundos.

— !Sarah! — Eclipse grita emocionada — Por un momento pensé que teníamos que jugar a la amnesia colectiva, asi que fingí estar apagada, ¿Rara esa gente de hace un rato no?.

— ¿Sarah? de, ¿de que hablas? ¿fingir? — Grace se levanta desconcertada

— Ese repugnante ser de luz nos atacó, el campo de fuerza que emite para protegernos fue efectivo, sin embargo nos disparó como un proyectil, 38 años luz de este lugar ¿puedes creerlo?

—¿Dónde estábamos?

—Descargando el catálogo espacial del sistema actual —anuncia Eclipse—. Gamma Virginis, conocido en el sistema como Porrima. A treinta y ocho años luz de aquí, en la constelación de Virgo. Planeta rocoso Alfa Reticular. Coincidiste con ciertas operaciones de minería dell Cónclave Gris, tu teoría de las formas de vida gaseosas fue correcta. ¿Quieres ver una grabación?

El volumen y el brillo de la esfera disminuye de golpe.

—Sí... sí, sí quiero. —Grace golpea el cristal, presa de la desesperación.

El lente de Eclipse muta en un cuadrado blanco. El haz de luz se expande en el aire hasta forjar una pantalla holográfica. La imagen revela a Grace custodiando una máquina compacta provista de orugas para tracción, una cápsula traslucida donde se observa un vapor contenido. Dos soles dominan el firmamento alienígena. A espaldas de la joven descansa una nave ancha, de alas cortas y amplios ventanales, pintada de un gris plomo. El número 404 resalta sobre el fuselaje, flanqueado por pictogramas indescifrables.

Justo al avanzar el video, Eclipse pierde todo su brillo. La esfera cae inerte y golpea contra la mesa. Grace la atrapa entre sus manos, la sacude y busca revivirla, pero el aparato yace muerto, sumido en un silencio de acero.

 

Grace estrella a Eclipse contra la mesa. Dos golpes secos bastan para despabilar a Harmonía. La diosa no despierta por completo, pero su leve sobresalto resulta evidente.

—¿Por qué solo me mostraste eso? —Se encoge sobre sí misma; las plumas de su cabeza caen flácidas a los costados.

—Cosa estúpida. ¿Por qué no hablas? —Grace agita la esfera con furia.

—Por favor —suplica en un susurro—. Ayúdame, ¿sí?

Su voz se quiebra.

—No me hagas esto. —Las lágrimas inundan sus ojos. Arroja el artefacto al suelo y la coraza metálica rueda hasta chocar contra un rincón.

La mirada de Grace se extravía a través del ventanal. La calle yace vacía, tragada por una neblina azulada.

Parpadea para despejar la humedad de sus pupilas. Al otro lado de la acera, el restaurante exhibe luces tenues. Empujada por un impulso ciego, sus piernas trazan el camino hacia la planta baja. Ignora las miradas furtivas de los cocineros, empuja las puertas de la Casa de Ébano y cruza la calle. El local, un bar de jazz, se niega a cerrar sus puertas a escasos minutos de la madrugada.

Atraviesa el umbral. En la tarima, un hombre de músculos amplios y cabellera rubia rasguea una guitarra. A su lado, un joven de facciones idénticas pero menor estatura castiga una batería. Sentada en un banquillo, aferrada a un micrófono arcaico, una mujer de cabello platino completa el trío.

This is the story of my life

Grace avanza por el perímetro. Pega la espalda a la pared y camina de costado, con la vista anclada en el escenario. Un tropiezo súbito y el choque contra un obstáculo de metal la derriban de bruces.

En una silla de la esquina más oscura, Atenea descansa en silencio. Un vaso de agua mineral suda sobre su mesa. Grace cae directo sobre el regazo de la diosa. Por un instante, los ojos de ambas cruzan un destello de sorpresa.

—Pe... perdóname. Yo no quería lastimarte —balbucea Grace, resbalando hasta aterrizar en las tablas del piso.

—No hay cuidado. Sigue tu camino. —Atenea desvía la mirada, indiferente.

—Es un traje muy bonito —suelta Grace al incorporarse.

—¿Te perdiste o algo así? —replica la diosa.

—Si al menos pudiera responder eso con certeza... —musita la forastera.

—¿Quiénes son ellos? —Grace señala la tarima.

—Familia —responde Atenea, arrastrando el desánimo.

—¿Por qué no estás con ellos? —Las plumas de Grace continúan caídas, delatando su aflicción.

—No me siento de humor para estar ahí. —Atenea exhala un suspiro pesado.

—Has estado llorando, ¿verdad? —La diosa escudriña a la joven de reojo.

—Un poquito.

Atenea inhala con fuerza. Entrelaza los dedos de las manos. Los músculos de su cuello pierden tensión. Cierra los ojos y saborea el oxígeno antes de soltar el aire.

—¿Qué ocurrió? ¿Quieres decir algo? —Esboza una sonrisa tenue y clava sus iris celestes en los de Grace.

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