Primer interludio: Fénix
501 D.C. – Distrito Olímpico
Donde una vez se levantó el Coliseo Olímpico, no queda más que una cicatriz negra y profunda en la tierra. El incendio provocado por las llamas sagradas no solo arrasó la edificación; dejó una marca perpetua en el suelo y en la gente A escasos metros de la zona cero, se erigió un campamento egipcio tejido con lonas de lino y vigas de madera. El refugio improvisado sobrevivió casi doce meses, brindando asilo y cuidados a todo aquel que lo necesitara, alimentos, dormitorios en tiendas improvisadas e inclusive pequeños huertos aparecen al rededor. Isis permanece custodiando el área mientras Osiris gobierna el Distrito Egipcio desde la cúspide de su pirámide. Horus y Bastet se mantuvieron firmes junto a Isis. Poco a poco, el pequeño puesto de socorro mutó en una aldea improvisada. A un año de la tragedia, el lugar alcanzó la autosustentabilidad. Llegaron visitantes de otros distritos, movidos por la curiosidad y la incredulidad ante lo que, en tiempo récord, se convirtió en un hito sin precedentes. Alguien había logrado detener una incursión angelical. Para algunos, el asombro se tradujo en genuina admiración; para otros, menos optimistas, parecía que hubiesen preferido que Miguel arrasara el lugar por completo.
A un par de metros de la carpa principal, se yergue un pequeño monolito de granito: un in memoriam dedicado a los caídos de aquel día.
Hestia toma la palabra. Sube a un podio de madera de apenas medio metro de altura, sobrio y desprovisto de adornos. Frente a ella descansa un pebetero de bronce, forjado por las manos de Hefesto. Un joven de cabellera rubia y armadura de cuero asiste al dios herrero, quien, a pesar de la solemnidad de la fecha. Hestia levanta la mano, exigiendo silencio absoluto.
—Buenas tardes. Hace un año, el Olimpo, su rey, nuestros ciudadanos, nuestra forma de vivir y nuestra libertad, fueron atacados. -- La voz de Hestia vibra, expandiéndose con autoridad por toda el área—. Una serie de actos de terror, deliberados y mortales. Las víctimas celebraban en nuestro coliseo: hombres, mujeres, dioses, soldados, trabajadores, madres, padres, amigos y compañeros.
La multitud guarda un silencio sepulcral.
—Las imágenes de los arcángeles volando sobre las llamas y el gran coliseo colapsando nos han llenado de incredulidad, de una tristeza terrible y de una ira callada e inquebrantable. Estos actos atroces asumen que nos hicieron desaparecer, que nos llenaron de terror y de miedo.
Hestia levita, solemne, sobre el pebetero. Desde sus cabellos de fuego deja caer cenizas y brasas vivas hacia el cuenco de bronce.
—Pero han fracasado. Porque el Olimpo es fuerte. Un gran pueblo ha sido llamado a defender un gran hogar.
La diosa desciende frente a la pira y transmite su espíritu a la llama, encendiéndola con un vigor absoluto. Algunos habitantes e invitados aplauden, ahogando sollozos y enjugándose las lágrimas.
Hestia camina descalza sobre la suave grava del lugar, hasta llegar a su lugar y ceder la palabra a uno de sus sobrinos, Apolo, que presionado por Hermes algunos hermanos de esa generación, les urgía que alguien hablara en su nombre. Pero ajenos a la conversación a la sombra de un toldo de lino tejido con patrones azulados y blancos, Ares y Atenea observan la ceremonia, sus ojos, centrados en el evento, su conversación ya se ha ido a otro lado;
—¿Qué le ves a esa nigromante? —susurra Ares cerca del oído de Atenea. Su brazo derecho descansa entablillado, inmovilizado por un complejo mecanismo.
—¿Qué le viste a Afrodita? —Atenea alza el rostro y le dedicó una sonrisa preñada de sarcasmo.
—No está bien. Es una mujer, y además practicante de la magia oscura —replica el dios de la guerra, elevando un poco el volumen del susurro.
—Como si no pasaran cosas peores por aquí todo el tiempo. No tiene sentido que te fastidie tanto que pase un poco de mi tiempo con ella. —Atenea clava la mirada en la tierra mientras sostiene el asta de su lanza con firmeza.
—Te va a romper. Ese es el problema. —Ares pierde la discreción y levanta la voz, sin importarle quién escuche.
—¿Acaso me pueden romper más, hermano? —La diosa entrecierra sus ojos celestes y contiene una lágrima.
—¿Por qué le cediste la corona? —Ares rodea a su hermana por la derecha y señala directo a Hestia con el dedo. — ¿Qué tanto conspiraste a mis espaldas?
—Si te lo digo, ¿dejarás la hostilidad y te volverás un devoto hombre de familia? —Atenea sostiene la mirada desafiante del dios.
—No te metas con ellos —gruñe Ares, enseñando los dientes.
—Puedes considerar una respuesta similar a la pregunta que hiciste sobre la corona —suspira la diosa de la sabiduría, cortando el reproche.
Ambos guardan silencio un instante, observando la pira arder.
—¿Crees que hay algo más allá del cielo? —musita Atenea, cambiando el rumbo de la conversación de tajo.
—Tus divagaciones puedes discutirlas con el anciano ateniense al que tanto le gusta pararse a pelear con la nada.
—Sé que hay algo. Ya lo he visto. No son ellos; los arcángeles brillan con luz dorada. —Atenea señala el firmamento con la mirada—. Neftis también las vio. Son luces blancas, hermano. Hay algo más allá afuera.
—¿Debería, entonces, preparar más tropas? —cuestiona Ares, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo táctico.
—No lo sé. No dije que fuera alguien. Dije que puede haber algo.