En el centro del Distrito de Nueva Orleans se yergue la Casa de Ébano. Este monolito criollo victoriano sobrevivió a un incendio devastador quince años atrás. El fuego devoró los colores de la fachada, transformándola en un monumento de carbón, pero fracasó en su intento de extinguir la grandeza del edificio. Hoy, restaurada y en plena operación, la Casa de Ébano —o el Salón de Fiestas de Marie Laveau, según quién lo pronuncie— cumple su doble propósito. La planta baja opera como un comedor comunitario donde se sirven más de quinientas raciones diarias a todo aquel que lo necesite. Tablones de madera flanquean el recinto, coronado por una pianola y un pequeño escenario destinado a los músicos de jazz nocturnos. El segundo piso pertenece en su totalidad a Madame Marie: dos baños de vapor, una sala ritual, un cuarto de estar y una oficina administrativa.
El tercer nivel envuelve un misterio denso. Los rumores aseguran que figuras como Papá Legba y el Barón Samedi habitan esos aposentos. La última planta, en cambio, alberga la administración civil. El co-gobernante del distrito, Frederick Douglas, opera desde la cima del edificio. Para Douglas, su posición y la de Marie rigen el destino del Mictlán. Bajo su mandato, abolieron la esclavitud del antiguo Distrito Celta —ahora dividido en Nueva Orleans e Inglés— y establecieron jornadas laborales de ocho horas, vales de despensa y hospedaje gratuito en comunas. Su insistente campaña de escolaridad avanza a paso constante, aunque frenada a ratos por los intereses de Laveau.
Segundo piso de la Casa de Ébano: Sala Común.
La sala de estar de Madam Marie representa la antítesis de la realeza. Cuatro sofás de pana verde oliva dominan el espacio; limpios y ordenados, pero desgastados por el peso de la historia. Una mesa central de hierro forjado, obra de un amigo personal de la reina, divide la estancia. Un par de libreros modestos y un reloj de péndulo anclado al muro completan la decoración.
—Si ustedes dos deciden quedarse, pueden compartir un vagón. Hay uno desocupado cerca del pantano —ofrece Isobel, acariciando la cabeza de Stevie.
—Tendríamos que despejar primero. Todas vivimos en los vagones del ferrocarril. Uno por miembro, salvo Isobel, que insiste en compartir espacio con Quetzalli —aclara Mambo.
—Tengo una colección de discos de Paramore en mi cuarto. ¿Quieres escucharlos, Grace? —pregunta la chica de gafas, acunando al peluche en sus brazos.
—No, no se que es eso. ¿Que es? a qué te refieres. Jamás he escuchado ese nombre —responde Grace.
—Isobel, deberías dejarla descansar. No podemos arrastrarla a todos lados —interviene Mambo con una sonrisa conciliadora.
—Aún no aceptamos la invitación —puntualiza Harmonía de brazos cruzados.
—No te falta razón. ¿Lo ves, Isobel? —concede Mambo.
—Pero, aunque rechace la oferta, puede visitar el vagón y escuchar música. —Isobel le devuelve el muñeco a Grace.
—Yo esperaría a que tomara una decisión sensata, ¿no lo crees, Grace? —resuena una voz tersa y profunda a escasos centímetros de la forastera.
Grace gira la cabeza. A su lado se yergue una mujer ataviada con un vestido blanco inmaculado y bordados verdes. Un tignon albo le sujeta y oculta el cabello. Sus iris, desprovistos de cualquier rastro de humanidad, irradian un fulgor verdoso.
Grace pega un brinco, como un felino arrojado a una bañera. Busca refugio y se aferra a Harmonía. La diosa siente el impacto del abrazo y el rubor le enciende las mejillas de inmediato.
—Muy bien, Isobel. Nunca me decepcionas —celebra Marie con una risa juguetona—. Pero ella no es una bruja. Y su acompañante tampoco.
La Reina Vudú se incorpora, imponente.
—¿Qué es este salón? ¿La sala de reclutamiento del Tercer Reich? No me importa lo que sean. Si desean formar parte del aquelarre, ambas son bienvenidas. Aquí hay lugar para cualquier corazón.
Mientras la reunion principal ocurre en el segundo piso de la casa, el carruaje aperlado del Olimpo frena su marcha al frente del lugar. Demacrado y apático, Hermes explica la misión a como bien se puede dar a entender, casi sin interes rebela que dentro del comedor, uno de sus contactos divisó la entrada de Grace a la casona.
Entrada principal de la Casa de Ébano.
—Merci beaucoup, madam. Este viaje ha sido agotador y su cálida ayuda me ha devuelto el espíritu al cuerpo. —Hércules apoya la mano contra la pared, bloqueando la vista hacia el pasillo principal con su imponente envergadura.
—No soy francesa. Pero, ¿quién necesita que tu cerebro funcione cuando tienes... —la mujer exhala un suspiro cargado de deseo— esos brazos tan abundantes y biceps tallados por algún dios?
—¿Ana, entonces? Tienes el porte de una reina. ¿Qué trae a alguien así a un lugar como este? —Hércules avanza un par de zancadas, acorralando a la mujer y obligándola a retroceder.
—Unos menesteres con el aquelarre. Solamente eso. Asuntos que podrían tomar su tiempo. —Ana intenta recuperar terreno, pero fracasa. Hércules mantiene su cuerpo bloqueando la visibilidad del pasillo central, sonriendo con Ana deliberadamente tocando uno de sus brazos.
Con Diane aferrada a su espalda, Rafael corre por el pasillo principal, evadiendo el campo visual de Ana. Íficles sigue sus pasos escaleras arriba.
Íficles golpea la puerta de la sala común. Al segundo toque, la madera cede con un crujido agudo que se prolonga y silencia las conversaciones del interior.
—Madam Laveau —saluda Íficles, forzando una sonrisa tensa.
—Ah, déjame hablar a mí. —Rafael extiende la palma y toma la iniciativa—. Buenas tardes. Disculpe la interrupción. Soy Rafael; traigo un mensaje para usted de parte de Hestia.
Harmonía asoma la mirada. Al descubrir a los tres argonautas en el umbral, sus antenas caen y pliega las alas, encogiéndose de hombros para intentar pasar desapercibida.
—Si Hestia se interesó de pronto en la frágil alianza que propuse hace quince años debido a cierto conflicto atmosférico, pueden decirle de mi parte que, sea lo que sea que cayó esa noche, a menos que acuda por voluntad propia, no iré a buscarlo —sentencia Marie.
—Marie, por favor... escúchame —interviene Rafael.
—Ignoro qué ocurre con Hestia o la razón de su actitud, pero considero que nuestros distritos son más hermanos que otros. Hay gente cruzando las fronteras a diario. Comemos aquí. Me has visto venir y gastar mi dinero en este lugar. —Rafael exhala y avanza dos pasos hacia el interior de la sala—. No quiero irrumpir como lo haría ella. Nos mandaron a buscar a alguien. Creemos que podría ayudar al Olimpo, lo cual es egoísta, lo admito. Todos vemos por nuestros propios intereses. Pero, escucha, sé que suena mal... solo quisiéramos proponer un trato.
Rafael se encoge de hombros y borra su sonrisa habitual.
—Menlo Park —interrumpe Diane.
—Cuando un científico o un ingeniero vaga sin rumbo o trabajo, esa gente no tarda en reclutarlo. ¿Y se les juzga? No. Son los que traen el progreso, el futuro, el lugar de la humanidad para la humanidad... Y reclutan igual que el resto. Marie, no seamos hipócritas. Incluso tu aquelarre recluta. —Diane arrastra las sílabas con apatía.
—La diferencia radica en que este es mi distrito y las cosas se dictan bajo mis términos. En mi casa nadie entra a decirme qué está mal. —Marie se yergue, desafiante.
Íficles se interpone entre ambas facciones.
—Lo entendimos. —Alza las manos en señal de rendición pacífica—. Comeremos algo cerca de aquí y nos iremos. Creo que enfrente venden... ¿camarones? Comeremos ahí. El viaje fue largo y venimos a caballo. Lamento que ofendiéramos tu hospitalidad. Tienes razón, no le debes nada a un pacto amistoso que jamás se concretó.
El equipo desaparece casi tan rápido como su incursión, detras del sofa, ocultas, Harmonia y Grace se encuentran.
—Se fueron rápido —susurra Harmonía.
—¿Son como el del pelo blanco del otro día? —pregunta Grace, asomando la cabeza por encima del respaldo del sofá rebelando que estaba oculta junto con Harmonia, no por miedo, si no por imitación.
—No tienen por qué lidiar con esto. Ninguna debería. Todos libramos una cruzada personal, mayor o menor, no importa. No es correcto invadir a los demás así —aclara Marie.
—Hestia cambió mucho de un tiempo a la fecha. Todo se ha venido abajo —comparte Harmonía. Se levanta del sofá y recorre la sala a pasos cortos.
—¿Quién se cree ese idiota? Tener los brazos de ese tamaño debería ser ilegal. —La voz áspera de Margaret atraviesa la puerta de madera.
—Margaret, te presento a dos amigas. Ella es Harmonía y ella es Grace. Son invitadas de honor en el salón. Si desean conocer sobre el aquelarre, puedes brindarles la información necesaria para disipar sus dudas. De cualquier forma, Isobel ya hizo un gran trabajo hoy. Pueden bajar a comer si gustan, o mejor aún, Quetzalli: busca a Tiana. Pídele que suba un servicio para que todas coman aquí —ordena la Reina Vudú.
—¿Pierre puede venir? Está aquí abajo. Consiguió rábanos azulados para las pociones, Marie. ¡Rábanos azulados! —pide Quetzalli, llamando a Isobel con un ademán de la mano. La joven de gafas salta del sofá y corre a su lado.
—Claro. Si el grupo dos está aquí, puede subir también —concede Marie con una sonrisa—. Debo ir al último piso. Al parecer, hay una situación que requiere mi atención.
Grace agita la mano para despedir a Isobel, quien abandona la estancia a la par de Marie y Quetzalli.
—Mambo, en Yomigahara emitieron una orden de búsqueda y captura interesante. —Margaret avanza hasta el centro del recinto y despliega un pergamino.
—Princesa Mirr’ath. Viva... o muerta. —Margaret levanta una ceja y esboza una sonrisa carente de humor.
—Delia... —suspira Mambo.
Pierre y Dominic subieron dos mesas largas a la sala común. Apilaron los sofás en una esquina, arrastraron sillas de madera y el aquelarre ayudó a transportar la comida.
Ahora, ambas mesas descansan unidas bajo un mantel azul y otro blanco. Dos botellas alargadas de agua mineral coronan el centro; obsequios de Heimdall para quienes rechazan su hidromiel por compromisos políticos. La vajilla exhibe una cacerola de metal rebosante de gumbo, hogazas de pan y platos atiborrados de camarones, langostinos, cangrejos y langostas.
—Mon chéri, y dicen que esto es comida de altura. ¿Sabes cuántas langostas sacas de la marisma si lanzas una red? —Dominic, el viejo encargado del Hotel de la Luna Creciente, contiguo a la Casa de Ébano, arrastra las palabras hundido en su cansancio perpetuo.
—Dominic, no desanimes a la gente. No será un banquete victoriano, pero tiene mucha presencia y aroma. —Pierre esboza una sonrisa y toma asiento.
—Trescientos años y aún no olvido la comida de Salem. —Una bruja rubia, idéntica a Margaret en todo salvo en la edad, exhala un suspiro.
—Era basura, de cualquier forma —replica Margaret, escudriñando las páginas de un periódico.
—¿Qué es eso en tu mano? —Pierre señala a Quetzalli con el tenedor.
—Una... tortilla. —Quetzalli voltea a los lados e intenta ocultar el alimento bajo la mesa.
—¿Una tortilla? —Pierre suelta una carcajada limpia.
—¿Querías hacerte un taco de camarón? —bromea Isobel a su lado.
—Ay, ya. Es la costumbre. —Quetzalli saca a relucir una bolsa de papel estraza repleta de discos de maíz.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunta la bruja rubia.
—Abrieron una tortillería a dos manzanas de la estación. Quetzalli ya figura como su cliente principal. —Isobel ríe de nuevo—. Mia, mira. Ella es Grace, y su amiga Harmonía.
Mia escudriña a la joven forastera. Se levanta y extiende la mano por encima de la mesa.
—Mia Wood. Mucho gusto. Una rubia más al clan. —Mia agita la mano de Grace con entusiasmo.
—¿Hacen esto muy seguido? —pregunta Grace, barriendo el lugar con la mirada.
—¿Los dos grupos del aquelarre juntos? —aclara Mambo.
—Comer todos en grupo —corrige Harmonía.
—Ocasiones especiales. Aunque el segundo grupo resulta superior al primero —dictamina Ana Bolena desde su esquina, flanqueada por un par de pasteles individuales.
—Discúlpala, Grace. Pertenecer a la realeza le causó estragos, pero es una bruja leal y confiable. Como todas aquí —intercede Mambo.
—¿Tú eres una bruja? —Harmonía señala a Pierre con las antenas.
—¿Creías que la brujería es exclusiva de las mujeres? Te equivocas, violetita. Pierre de Saint Claire, el brujo supremo de Nueva Orleans, aunque les pese a mis compañeras.
—Buen alquimista, diría yo. Su título peca de inflado —arremete Quetzalli.
—Grace... —advierte Mambo, arrastrando las sílabas.
Grace congela sus movimientos y gira la cabeza.
—Ay, no. Grace, los camarones... debes pelarlos antes. —Harmonía clava la vista en la joven, quien retiene dos enormes crustáceos enteros en la boca, a medio masticar.