Oficina de Hestia, Refugio de Hestia – Distrito Olímpico.
En el centro del edificio, en el vestíbulo principal, una puerta de madera delgada con una ventana alargada y una chapa de bronce en forma de pera da acceso a la oficina principal de la gobernante olímpica. De minimalismo adoptado, no elegido, la pequeña bandera olímpica se encuentra en uno de los muros, al frente el escritorio de la oficina ostenta un único adorno: una taza de cerámica roja que exhala vapor con aroma a té de canela y rompiendo la simpleza del lugar, Ares, Atenea y Hestia. Ares carga ojeras amoratadas y se ha desprovisto del casco habitual, recurso casi ceremonial para el hombre, ahora yace en el piso. Atenea pálida y cada vez más delgada, mantiene entrecerrados los ojos, respirando tan lento que resulta casi imperceptible el acto.
—Déjenme ser yo quien interrumpa este cómodo silencio. —Ares se levanta de la silla apartando con el pie su casco que rueda por el piso, observa a su hermana, después a su tia.
—¿Cuántas horas llevas sabiendo esto sin decirnos nada? Son personas, Hestia, los soldados no son tu maldita servilleta —El dios de la guerra clava la mirada en Hestia mientras los músculos de su cuello se tensan y saltan algunas ventas en la frente.
—Las necesarias. Y los reuní en el momento preciso. —Hestia conserva su temple apacible, pese a tenerla mirada del dios de la guerra encima, sus ojos solo observan a Atenea que a su vez solo mira directo al escritorio.
—Puedo ir a buscarlos ahora mismo. —Atenea se incorpora de un salto, evadiendo la mirada aun, pero recuperando mínimamente la iniciativa de actuar.
Sin embargo, Hestia traza un movimiento descendente con la mano; una fuerza invisible arroja a la diosa de la sabiduría de vuelta a su asiento de un golpe, Ares da un paso atrás e instintivamente su mano derecha toca la espada corta que lleva enfundada en el costado.
—Esa noche prometiste alcanzar a los espartanos y a la legión. ¿Dónde estabas? —interroga Hestia aumentando el tono de voz, y cambiando la postura totalmente con ambas manos apoyadas en el escritorio.
—Yo—Atenea exhala, traicionada por la tensión.
—Estaba en la torre. Se quedó dormida. Otra vez. No tolera pasar más de diez minutos sentada sin desconectar el cerebro del mundo real. —Ares escudriña a su hermana—. ¿Y ahora pensarás que la estoy culpando? ¿Quieres que la entregue en bandeja de plata?
Ares traza círculos alrededor de la silla de Atenea.
—Nosotros sacrificamos el sueño para mantener este sitio seguro. ¿Sabes qué miserias ocurren en el Distrito Inglés y en Nueva Orleans? ¿Tienes que lidiar con ellas? No, claramente estás muy tranquila y descansada, porque tienes a tus dos perros de caza resolviéndolo todo.
—¿Dormida de nuevo? —Hestia bebe un sorbo de su té—. Tal vez lo mejor sea que entregues el mando y dediques tu vida a sanar tus heridas no resueltas, sobrina. ¿Que ocurre con la diosa de la noche?, sigues aferrada no solo a romper la castidad si no romperla con otra mujer.
—¿Qué estás insinuando, Hestia? —gruñe Ares. Sus gruesos dedos aprietan el respaldo de la silla de Atenea hasta hacer crujir la madera—. El rayo no fluye en tus venas, ni en las mías. Esta mujer carga el peso del legado de mi padre. Un padre al que le debes la vida dos veces. Zeus enfrentó a Cronos, te sacó a ti y al resto del vientre de ese bastardo. Zeus murió enfrentando a Miguel. Le debes algo de gratitud a ese miserable que, con toda la basura que cargaba a cuestas, dio un paso al frente. Porque fue muy fácil correr aquel día, ¿no? ¿Sentiste la sangre de mi padre salpicarte el rostro? Yo sí. Estaba justo abajo. Y aún me quema. Cada gota caliente de su sangre, sangre que también llevo dentro
El eco de su reclamo rebota en las paredes del despacho.
—Hera ni siquiera logró pronunciar palabra. Ni siquiera la viste morir. ¿Que Atenea te cediera la corona te otorga el derecho a juzgar su posición hoy? A ella también le debes la vida. A esta hermana mía, a quien hoy soy incapaz de sostenerle la mirada porque desconozco en qué se ha convertido. Esa humanidad incipiente la contamina.
La voz de Ares pierde volumen, mutando hacia un tono suave, desprovisto de gritos, pero cargado de una violencia densa
—Puede descansar el tiempo que guste. Acudiré con Perséfone para que ella pueda cumplir las funciones de nuestra agotada Atenea. —Hestia sostiene el escrutinio del dios de la guerra.
Ares observa a Atenea. La diosa mantiene la cabeza gacha, amordazada por la indecisión, evaluando el peso de cada palabra antes de soltarla.
—La hubieses dejado en el palco. Si los seis debían morir ese día, debieron perecer todos —sentencia Ares — Si tienes el valor de quitar a Atenea del consejo, la Corte Carmesí no va a dudar en asfixiar económicamente al refugio, Afrodita ya tiene una mano sobre Dioniso. Cuando no puedas cubrir los impuestos para Mictlantecuhtli ¿Que harás?, le vas a hablar en código y con misterios al rey de este lugar ¿es tu estrategia?, lo quieres matar de aburrimiento. ¿Te recuerdo lo que hizo con todos los egipcios, con el gordo imbecil de Thor y su padre?, tu no eres nada a comparación de ellos.
—¿Por qué sólo los seis? —Atenea alza el rostro—. Nadie vino por ti, por mí, por Apolo... casi matan a Perséfone, pero solo por su proximidad a Deméter. ¿Por qué solo buscaron a los seis?
—¿Pretendes comprender la mente de un monstruo? —Ares gruñe. Sus dedos aplastan el pomo de su espada, apoyando el metal dorado.
—Jamás nos consideraron una amenaza —musita Atenea. Se yergue, empujando la silla hacia atrás—. Iré a buscar a los legionarios y a los espartanos. Tomaré tu caballo, hermano; Phoenix está con Hefesto, le cura una lesión en la pata.
— El olimpo no te debe nada, tu, le debes todo al olimpo —Ares le da la espalda a Hestia y abandona el salón, marchando a la par de su hermana.
Con casi 4 horas de recorrido a caballo, ambos hermanos se internan en el distrito de Nueva Orleans.
Un cordón de seda, del grosor de un lápiz, desciende en diagonal desde el segundo piso de una vivienda. Otro traza una línea hasta la planta baja, y un tercero cruza el callejón de lado a lado, y de esta forma, cientos de veces. Teñidos de un rojo carmesí, estos macabros hilos suspenden en el aire las extremidades cercenadas y las armaduras abolladas de las dos cuadrillas de soldados irreconocibles. El hedor a mercurio resulta del todo insoportable; las moscas se dan un festín grotesco sobre los restos. De pronto, como un mal chiste, un compsognathus que intentaba hincar los dientes en un pie amputado sale despedido diez metros por los aires tras recibir una patada brutal. Obra del dios de la guerra, Ares.
El rostro de Atenea exhibe una palidez cadavérica, un tono que supera con creces el blanco de su tez habitual. El acido de su estomago sube por la garganta, quemando y ardiendo en el ascenso, poco a poco, el leve brillo de sus ojos se apaga, su mano sujeta fuerte el escudo que lleva, retrocede un par de pasos y mira la escena con una mejor panoramica, una tortura autoimpuesta, un castigo por su fracaso, o una forma de autoflajerar un trauma que no ha iniciado con este evento.
—Me produce cierta emoción extraña saber que no estuviste aquí por quedarte dormida. ¿Salvaste tu vida por eso? —Ares escudriña a su hermana, preso de una genuina consternación.
—Tienes que llamar a Villa. Sus oficiales tienen que —Atenea deja la frase inconclusa, incapaz de controlar el ritmo desbocado de su respiración.
—Sus oficiales ya debieron encontrar esto, es imposible ignorar esto ¿Donde se encuentran?. Mientras tanto informaré a sus familias. Todos recibirán honores, sin excepción. Ahora céntrate ya y aparta la vista de la escena.
El dios de la guerra guarda silencio un instante.
—Si de algo te sirve, disculpa la forma en que he dirigido mi hostilidad hacia ti frente a Hestia. No podemos proyectar fragilidad ante ella. Y si de algo sirve, deberias hacer lo que mejor creas, pero el rayo te eligió por algo y yo se que por más libertad que quieras, no vas a descansar hasta entender primero el origen de la elección de ese poder —Ares agacha la cabeza y avanza hacia su montura.
—Ya he visto a Perséfone merodeando en las inmediaciones del Refugio estos días —murmura Atenea, con los ojos aún anclados en la carnicería.
—Entonces llegará el momento amargo donde tendrás que elegir: andar con la cabeza agachada y perderla, o asegurar que sea otra cabeza, y no la tuya, la que ruede por el suelo —sentencia Ares mientras posa su mano en el casco de su hermana y le aparta la vista del callejón.
—Le ordenare a Anteros desplegar cañones a lo largo de la frontera con este distrito. Sea lo que sea que perpetró esto, no cruzará al Olimpo. Vámonos. —Ares monta en su corcel y hace una seña imperativa a su hermana.
—Creo que esperaré a los oficiales. O al menos iré a buscar al encargado. Ya sabes cómo son con los asuntos de burocracia; alguien derramará lágrimas por la falta de un acta firmada que justifique a ocho soldados muertos. —Atenea gira sobre sus talones, dándole por fin la espalda a la tragedia.
—Caminaré al centro. La Casa de Ébano no está muy lejos y Marie, antes de ser reina, es dirigente del distrito. Tendrá que rellenar el papeleo pertinente.