En el patio trasero de la vieja casona, Harmonía poda el majestuoso rosal que trepa por el muro sur del edificio, al valerse de sus alas le evita trepar escaleras incómodas y acorta el trabajo. Todos los años las rosas de Pascual sufren el acoso constante de las orquídeas del pantano: flores de sépalos gruesos color café con manchas blancas, ovarios abultados y pétalos diminutos, estas parásitas devoran fachadas enteras por todo el distrito, pero para el oficial michoacano no existe estampa más mexicana que un rosal y un colorín en el patio. Este último árbol posee un valor incalculable; el mismísimo Mictlantecuhtli se lo obsequió para conmemorar medio siglo de servicio continuo en el Mictlán. Queda justificada, entonces, la guerra sin cuartel contra cualquier hongo o insecto invasor.
Mas abajo en suelo firme, Grace asiste en la labor, harmonía le enseñó durante la mañana a trasplantar brotes, a forzar el retoño de distintas especies y a distinguir cuáles insectos benefician la tierra, llena de barro, hierbajos en el cabello y una sonrisa tenue pero existente, la joven no paree importarle mucho el tipo de trabajo que realiza o si este consta en dejarla totalmente sucia.
Torpe en técnica y movilidad, Grace intenta seguirle el ritmo a la diosa de la concordia. Sobre una mesita de hierro forjado descansa una jarra de cristal grueso, teñida de un tono verde botella y provista de un asa en espiral. El recipiente guarda agua de horchata. El proceso para convertir el arroz en una bebida dulce y cremosa superó el entendimiento de Grace, cuya atención se desvió hacia los utensilios de la cocina: maravillas arqueológicas de las que guardaba ecos en la memoria, pero que jamás había visto en uso.
—El otro día miré la televisión. ¿La conoces, Grace? —Harmonía aterriza con un par de orquídeas arrancadas y las deposita dentro de una canasta de mimbre.
—Sí la miré anoche —afirma Grace, escudriñando los parásitos vegetales en el canasto.
—¡Oh, qué bien! ¿Qué miraste? —Harmonía ríe y da pequeños saltos sobre las puntas de los pies.
—Pues, eso — Grace mira directo a la diosa a los ojos — La televisión. Sí la miré. Estaba en la habitación, tenía cosas encima —responde Grace con gesto solemne.
—Osea, viste el aparato físico que es la televisión. —Harmonía parpadea, intentando procesar el cortocircuito mental.
—Así es. Es un objeto peculiar, sí lo miré. —Grace sonríe y roza con el índice una de las orquídeas.
—Grace, me refería a mirar un programa o una película. Algo divertido. —La mirada de la diosa adopta un tono de reproche paciente.
—Yo vi una película, pero era muy rara. Ocurría en una escuela y la gente empezaba a cantar de la nada, y nadie parecía reaccionar al hecho de que todos cantaban. —Harmonía clava la vista en el pasto, sumida en la reflexión—. Ahora que lo pienso, los deportistas decían que cantar era malo, y cantaban sobre lo malo que es.
—Como sea. Es una película absurda, seguramente para niños, pero me quitó el sueño aquel día. —La diosa traslada las orquídeas del canasto a una bolsa de tela—. No las vamos a tirar. Hay una bruja mexicana que las compra para hacer pociones y paga bien. Si ahorro lo suficiente podría mudarme a Tenochtitlán y conseguir un empleo allá. A ellos les gustan las flores.
—¿Por qué cantarías para expresar lo mucho que odias el canto? —Grace frunce el ceño, atrapada en el dilema lógico.
—En la película. Porque es una película. —Harmonía suelta una risa amarga—. En la realidad, porque hay cosas que odias y no puedes soltar. Porque duele más estar lejos de ellas que tenerlas cerca. —Sus antenas se inclinan hacia abajo.
Harmonía camina hacia el interior de la casa marcando un compás imaginario. Un hilo de voz escapa de sus labios recitando melodiosamente parte del musical:
—I never had someone, that knows me like you do, the way you do...
Dos golpes en la puerta rompen el monólogo musical, seguidos por el repique gemelo del timbre principal.
—Oh, oh —Harmonía suelta la bolsa. Despega del piso y atraviesa la sala volando a ras de suelo.
Al abrir, un par de ojeras amoratadas toman el umbral. La recién llegada ostenta una piel tan pálida como la de Grace, mejillas salpicadas de pecas y unos ojos inmensos, parecidos a los de un pez gato en tono verde. Viste un uniforme idéntico al de Pascual, ajustado a su complexión femenina. En la espalda carga un fusil de al menos un metro y medio de longitud. Lleva una sola mano enguantada.
—No preguntes, niña —corta Mina. Su voz arrastra un marcado acento británico.
La oficial extrae un sobre de su bolso y se lo tiende a Harmonía.
—A Pascual lo asignaron de emergencia al Distrito Inglés. A los cinco oficiales del turno nocturno nos obligaron a descansar en contra de nuestra voluntad. Es todo lo que diré. Yo podía seguir trabajando, pero el general mexicano se negó y eso me tiene furiosa. —Mina escudriña a Grace de reojo—. Si vas a estar en esta casa, te exijo cero ruidos durante las próximas dos mañanas. La carta es para ella. Ábrela esta noche, no antes. Si rompes el sello antes de tiempo, me daré cuenta.
—Entendido, señorita —acepta Grace, encogiéndose en su sitio.
—Tú también lucirías este aspecto si presenciaras lo que yo vi estas noches. Lo que acecha en ese distrito no es humano ni demoníaco; es la perversión encarnada de la mente humana. No pude detenerlo. Fui insuficiente. No...
Harmonía levanta la maleta de Mina. Apoya una mano en la espalda de la británica y la otra en su brazo derecho descubierto. Cargando con el peso ajeno, ayuda a trepar las escaleras hacia la habitación principal.
Los ojos de Grace contemplan el sobre que sostiene, gira la cabeza y mira el reloj, luego, la ventana, y la carta nuevamente, y solo después de un segundo mirándolo, decide guardarlo en el bolsillo que su chaleco tiene en su interior. Una rafaga de viento entra al salon, la puerta trasera que conecta al patio se quedo abierta, algunas hojas del rosal y pasto cortado entran , la joven camina despacio hasta llegar a la puerta, se agacha y recoge uno por uno los pétalos y pequeños pedazos de pasto depositandolos en el bote de acero donde horas antes Harmonia le indico tirar la basura del jardín.
La ausencia de la diosa de la concordia se prolonga durante media hora, por su parte Grace ha sacado a Stevie al patio trasero, dejándola sobre el pasto mientras ella misma se sienta de piernas cruzadas en el jardín mirando al cielo en absoluto silencio.
2 horas mas tarde…
Dos golpecitos atacan la puerta principal. Harmonía después de asistir a Mina, ha bajado a la cocina para preparar un platillo, cocina pozole, un encargo que Pascual solicitó y que ella misma entregará a primera hora en la comandancia este del Distrito Inglés. Ese destacamento servirá de hogar para el oficial michoacano durante los próximos cuarenta días, antes de recibir su pase de descanso y rotar de guardia.
Junto al tocadiscos, una casetera hace girar una cinta magnética. Las pequeñas bocinas expulsan un bolero suave; las percusiones marcan el compás y una voz inconfundible irradia por la sala.
—Y hoy resulta, que no soy de la estatura de tu vida, y al dejarme casi casi se te olvida que hay un pacto entre los dos.. <<La Mentira - Luis MIguel>>
Harmonía voltea hacia Grace, quien juguetea con Stevie en el sofá.
—¿No te gusta Luismi? —La diosa esboza una sonrisa cálida—. Yo no lo conocía hasta que Pascual trajo ese aparato.
Grace le devuelve una mirada de confusión.
—No sé quién es. Pero me calma. Su voz es... mágica.
La puerta repica con otros dos golpes.
—¿Puedes abrir, Grace? Encargué cilantro hace un rato, seguro es el repartidor. Ya está pagado.
La joven se asoma por la mirilla. En lugar del niño de la bicicleta, descubre la figura tallada de un capibara devolviéndole el escrutinio.
—Ah, oye, creo que es un animalito —murmura ella, presa del desconcierto, y gira el pomo.
—¿Un animalito? ¡No, Grace, espera!
Harmonía corre hacia el vestíbulo, pero la hoja de madera ya está abierta. Del otro lado aguarda Isobel, sosteniendo el peculiar roedor de madera a la altura de la cerradura.
—¡Ay, hola! —saluda la chica de gafas.
—¿Quiénes son? ¿Puedo hacer algo por ustedes? —Harmonía frena el paso y acorta la distancia con cautela.
Mambo avanza hasta el límite del umbral.
—Hola. Me llamo Mambo Marinette y ella es Isobel Morrigan.
—Y por su aspecto, intuyo que no son niñas exploradoras —dispara Harmonía con sorna.
—¡Ay, yo sí! De la tropa de Castores Perlados. Aunque ya olvidé la receta de las galletas. —Isobel se extravía en su propia justificación.
Mambo retoma el control:
—Iré al grano. Soy una bruja del aquelarre de Nueva Orleans. Mi intuición me guio hasta aquí. Ya noté la presencia de una diosa, y la respeto, pero percibo una resonancia de magia distinta. Siento la llegada de una hermana a este distrito, aunque existe un margen de error, por supuesto.
—No sé de qué hablan —replica Harmonía, apoyando la mano contra el marco de la puerta.
—Quisiera hablar con ella. Solo una charla. Quiero que conozca nuestro hogar, y la invitación se extiende a ti. Tenemos un auto; podemos ir allá, o al salón de Marie. Nos gustaría confirmar si hay una hermana bruja entre nosotras y, con el tiempo, llamarla así de verdad.
Grace cruza el umbral en silencio. Sus ojos barren la calle.
—¿Tienen un auto?
Mambo sonríe. Retrocede un par de pasos y tira del brazo de Isobel para apartarla de la entrada.
—Sí, es aquel de allá. ¿Te gustan los clásicos?
—Eso... eso es...
La estática arremete contra la mente de Grace. Un zumbido potente le perfora el cráneo; un mareo fugaz le apaga el cuerpo y amenaza con derribarla. Abre los ojos de golpe y señala la carrocería negra.
—¡Ese auto puede ser ultramático! No... ¡puede ser hidromático! ¡No! Puede ser el rayo más veloz... ¡el Greased Lightnin'!
Sus manos adoptan la postura de quien empuña una guitarra. Los dedos destellan con luz magenta; al rasguear el aire, un acorde crudo y eléctrico rompe el silencio de la calle, emulando la distorsión de un instrumento clásico.
Grace salta los escalones de la casona. Aterriza en la acera y corre directo al Ford. Finge tocar los acordes de rockabilly más puros y arranca a cantar a todo pulmón:
—We'll get some overhead lifters, then some four barrel quads, oh yeah... (Keep talking, whoa, keep talking)... A fuel injection cutoff and chrome plated rods, oh yeah... (I'll get the money, I'll kill to get the money)...
Envuelta en la euforia de la coreografía, salta sobre el capó. Deja a Stevie a un costado, se arranca la chaqueta de cuero y baila, señalando al frente con el brazo extendido. Isobel, contagiada por el espectáculo, corre a seguirle el juego.
Harmonía busca respuestas en los ojos de Mambo, quien le devuelve una mirada de absoluto desconcierto.
—No me mires así. Esto es tan nuevo para ti como para mí —se defiende la diosa.
Al contacto con las botas de Grace, la pintura negra del Ford se extingue. De las manos de la joven brota una onda expansiva en tono cereza que tiñe cada centímetro de la carrocería. El metal vibra, escupiendo chispas de estática.
—Lightning, lightning, lightning... Lightning, lightning, lightning, lightning... Lightning...
—Anoche estaba devastada. No sé si interpretar esto como una mejora o buscar terapia urgente —admite Harmonía, forzando una sonrisa.
—Creo que ambas opciones son válidas. ¿Llamo al terapeuta? —Mambo recupera la compostura.
—Perdón por lo del auto... lo está pisando mientras baila. —Las antenas y las alas de Harmonía caen a los costados, hundidas por la vergüenza.
—Ah, es resistente. Mañana lo lava Pierre, le gusta demasiado como para verlo manchado.
Grace termina su acto. Con los iris teñidos de un violeta puro, sonríe, baja de un brinco y choca palmas con Isobel.
—¡Genial! Igual que en Grease —celebra Grace.
—¡Salió igual que en Glee! —grita Isobel al unísono.
Ambas cruzan miradas de extrañeza ante la disparidad de referencias. Mambo baja a la acera y se aproxima al vehículo.
—Si te gusta, es nuestro. Y puedes conducirlo. Me llamo Mambo. ¿Quieres salir a dar una vuelta?
Harmonía avanza presa de la preocupación, pero Grace acepta de golpe. Salta al asiento del copiloto y llama a la diosa agitando la mano. Harmonía exhala, asegura la cerradura de la casa y corre a ocupar la plaza trasera.
Desde la ventana del tercer piso, Mina vigila la escena. Su expresión trasciende el agotamiento y roza la furia animal. Harmonía detecta la mirada de la oficial inglesa y contiene el aliento. Por un instante, Grace alza la vista y cruza su mirada con la de la mujer; las ojeras de la británica parecen aún más profundas, marcadas por un oscuro rencor.
Mambo enciende el auto. Isobel aborda junto a Harmonía. Con un rugido de motor, el Ford rojo cereza quemó asfalto y desapareció calle abajo.