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Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

Camino por una calle vacía que parece infinita. Las casas a mi alrededor son todas iguales, y es como si no estuviera avanzando.

 

—Este lugar es nuevo.

—Es tu sendero de los recuerdos. Desde aquí podremos ir a cada rincón de tu mente, solo tienes que navegar por ella.

—¿Cómo se hace eso?

—Piensa en algún momento de tu vida.

 

Cierro los ojos, respiro profundamente. Cuando los abro, estoy recostado contra el muro de la ciudad. Me levanto y comienzo a caminar.

 

—¿Dónde estamos?

—En la mañana siguiente al día en que el traidor jodió este mundo.

—¿Y por qué amaneciste a los pies del muro?

—Me arrojé desde la cima y, sin saber por qué, frené la caída rodando por la pared.

—Desde ese momento ya lo estabas intentando.

—Tú viste esa mierda. Cualquiera que creyera que todavía había salvación después de eso tendría que estar loco, y cualquier otra forma de morir es mejor que en manos de esos monstruos.

 

Comienzo a caminar por la calle hasta una plaza adornada con un árbol en el centro, del que cuelga una multitud de cadáveres.

 

—Y no fui el único que pensaba eso.

—¿Cuántos fueron?

—De entre los cinco mil que nos quedamos a defender la capital, poco más de mil se mataron ese día y otros mil a lo largo de los diez años siguientes.

 

De pronto, el escenario cambia. Estoy a las afueras de la muralla, contemplando una montaña de cadáveres que yo y otros “voluntarios” apilamos, ardiendo, mientras la sangre de estos me cubre.

 

—Suertudos.

—¿No enterraron a nadie?

—Solo a los que tenían familias o personas capaces o dispuestas a reclamar sus cuerpos.

 

Siento dos palmadas en mi espalda y volteo a ver a un hombre alto, de casi dos metros, con una barba larga, igualmente empapado de sangre: Harald.

 

Una extraña sensación sube por mi garganta, como si me estuviera asfixiando, mientras todo a mi alrededor se torna oscuro, hasta que quedo rodeado por una niebla negra.

 

—Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

—¿Qué haces?

—Trato de calmarme.

—Entonces apresúrate. No deberíamos estar aquí.

—¿Dónde es “aquí”?

—Lo más profundo de tu mente. El lugar donde se guardan los recuerdos y pensamientos reprimidos.

—¿Y por qué la niebla?

—Los recuerdos reprimidos exudan miedos y ansiedades.

—¿Y por qué no deberíamos estar aquí?

—Digamos que en este lugar hay cosas que es mejor no encontrarse.

—Bien… ¿y cómo salgo?

—Solo piensa en un recuerdo. Preferiblemente uno bueno.

 

Rápidamente me encuentro en medio de un bosque, partiendo leños con un hacha. Detrás de mí, una cabaña de troncos a medio construir.

 

—Bonito lugar, pero te dije que pensaras en uno bueno.

—Este es bueno.

 

Termino de partir el último leño y me doy la vuelta justo cuando Harald aparece arrastrando un enorme tronco recién cortado desde lo profundo del bosque.

 

—¿Ya terminaste con eso, Kiram?

—Por supuesto. ¿Necesitas ayuda?

—Tranquilo, vamos a almorzar primero y después podemos seguir.

 

Camino hacia una improvisada mesa hecha con tablas viejas y me siento sobre una roca, mientras Harald saca de una olla puesta sobre una estufa de piedra dos platos de sopa que deja sobre la mesa.

 

—Buen provecho.

 

Ambos comenzamos a comer en silencio. El sabor es simple: zanahorias picadas con ajo, toques de sal y papa. Aun así, en estos momentos, me parece lo más delicioso que he comido jamás. Siento las lágrimas brotar de mis ojos y caer en el plato.

 

—Perdón… yo debía…



La niebla oscura comienza a inundar el recuerdo hasta tornarlo todo negro.

—¡Mierda! Debí ser yo… ¡yo debía morir ahí, no él!

—Pues muere.

 

Rápidamente me pongo en guardia.

 

—¿Quién anda aquí?

—¿Pues quién más, si no tú mismo?

 

De la neblina me veo a mí mismo caminando hacia mí.

 

—Morir es lo mejor que nos podría pasar… es lo mejor que le podría pasar a cualquiera en este mundo.

—No lo escuches, y sácanos de aquí rápido.

 

Antes de que siquiera logre pensar en otro recuerdo, siento unas manos apretando con fuerza mi cuello, levantándome del suelo. Trato de patear, de sacudirme, pero resulta inútil.

 

—Una vez muramos, por fin dejaremos de sufrir.

—¡No dejes que te manipule! Si logra acabar contigo, quedarás atrapado aquí.

 

Con cada segundo pierdo fuerzas… y también las ganas de pelear.

Él tiene razón. Solo debería morir.

 

Cierro los ojos y lo acepto… hasta que, de repente, caigo al suelo, tomando aire con una profunda bocanada. Frente a mí, el cuerpo de mi otro yo yace con la cabeza separada del cuerpo, y aun así sigue hablando.

 

—¡Tú otra vez! ¿Por qué no nos dejas morir de una vez, maldito?

 

Sobre él se alza otro igual a mí, empuñando una espada y mirándome fijamente. No lo pienso dos veces antes de que todo se desvanezca, y me encuentro en una celda, con el cuerpo vendado.

 

—¿Qué mierda fue eso?

—Rasgos de tu psique. Versiones tuyas que encarnan aspectos de tu personalidad: emociones, instintos, pensamientos y demás. En este caso, supongo que nos encontramos con tus ganas de morir… y tal vez tu sed asesina, o algo por el estilo.

—¿Y qué habría pasado si me mataban?

—Tu conciencia se habría fragmentado, y habrías quedado como un vegetal atrapado en tus pensamientos.

—Si hacer esto es tan peligroso, ¿por qué lo estamos haciendo?

—Porque no pensé que la muerte de ese sujeto te hubiera afectado tanto. A estas alturas ya deberías estar desensibilizado ante estas cosas.

—¡¿Cómo podría no afectarme la muerte de un hombre que fue como un padre para mí?!

—Está bien, no quise...

—¡Mierda! A este paso voy a perder a todos los que han significado algo para mí, y no seré capaz de hacer nada.

—¿Quieres hablar de eso?

—No...

—¿Dónde estamos?

—Como mes y medio después de mi pelea contra Sir Anders y Sir Eric. Claro que la mayoría de ese tiempo lo pasé inconsciente.

—y porque una celda 

—estaba tirado sobre una pila de escombros junto a dos caballeros del reino muertos raro sería que no estuviera en una 

— ¿Y va a pasar algo?

— no después de despertar estuve aquí tres días antes que que me interrogaran sobre lo que pasó y me condenarán a un año se servicio en la milicia  

—¿Solo eso?

— la situación era tensa así que usaban cualquier excusa para sumar miembros al ejército 

 —¿Y todo esto a dónde nos lleva?

—Al día en que perdí toda esperanza. El príncipe, una vez reunió suficientes fuerzas y, confiado en su poder, lanzó un ataque contra la ciudad, respaldado por cerca de quinientos hombres.

El escenario vuelve a cambiar una vez más.

Ahora estoy a las afueras de la ciudad, marchando junto a un ejército.

Aquí y ahora soy uno más entre mil quinientos soldados.

La gran mayoría son reclutas que se enlistaron para luchar contra el demonio, y aunque los números nos favorecen, pocos poseen siquiera el conocimiento más básico sobre el manejo de una espada… o de cualquiera de las viejas y oxidadas armas que empuñan.

Frente a mí, cientos de hombres bloquean mi vista del horizonte.

Detrás, más de lo mismo.

Solo el cielo perpetuamente nublado se extiende sobre nosotros.

Entonces—

El sonido de un cuerno rompe el aire.

Ha llegado el momento.

—¡A la carga!

El grito se alza al unísono.

Aún sin ver al enemigo, todos avanzamos.

Pasos firmes. Constantes.

El suelo tiembla bajo el peso de cientos de pies compactando la tierra.

No pasa mucho tiempo antes de que, a lo lejos, comiencen a escucharse los primeros choques de acero.

Cada vez más cerca.

Cada vez más fuertes.

Hasta que finalmente los veo.

Las fuerzas del príncipe.

Avanzan a través de nuestras filas con una facilidad aterradora.

Uno tras otro, mis compañeros caen.

Muchos, al verlos, no dudan en dar media vuelta.

Y no puedo culparlos.

La diferencia es abismal.

Experiencia. Entrenamiento. Equipo real.

Ellos lo tienen todo.

Nosotros… números.

Compararnos con hormigas sería optimista.

El primer ataque llega.

Lo bloqueo por instinto, el filo de mi espada chocando contra el del caballero frente a mí.

Se detiene.

Ligeramente sorprendido.

No esperaba resistencia.

No de alguien como yo.

Desvía su postura.

Ataca de nuevo.

Bloqueo.

Y otra vez.

—Insolente. Deja de alargar esto y muere de una vez.

Su siguiente tajo va directo a mi costado.

Respondo con un corte ascendente.

El impacto desvía su espada hacia el cielo.

No lo dudo.

Una patada directa al pecho.

Cae.

Golpea el suelo.

Uno de mis compañeros lo remata antes de que pueda levantarse.

Pero no hay tiempo.

Otro ataque ya viene en camino.

Bloqueo.

Me aparto.

Contraataco.

Fallo.

Entonces otro golpe.

Y otro.

Y otro más.

Me veo obligado a retroceder, bloqueando como puedo la lluvia constante de ataques.

Apenas hay espacio para respirar.

Apenas hay tiempo para pensar.

Intento responder.

Uno, dos cortes.

La mayoría fallan.

Los pocos que aciertan chocan contra armaduras que apenas ceden.

Estoy sobreviviendo.

Nada más.

El primer corte llega.

Pequeño.

Apenas unos centímetros por debajo de mi ojo. De no haberlo desviado con la espada, probablemente me habría abierto la cara.

Podría morir en cualquier momento.

Ese pensamiento enciende algo en mí.

Un instinto primitivo.

Huir… o pelear.

Y para mí, solo hay una opción.

Pelear.

Mis movimientos cambian.

Más rápidos.

Más precisos.

Empiezo a ver aperturas donde antes solo había acero.

Uno de mis golpes conecta.

El filo impacta contra el lateral del casco de un enemigo.

El sonido metálico retumba.

Se tambalea.

Ese instante es suficiente.

Empujo la punta de mi espada a través de su visera.

El cuerpo se desploma.

Pero no hay tiempo para celebrar.

Otro ataque.

Luego otro.

Bloqueo ambos.

No hay espacio para contraatacar.

Ninguno.

Y aun así, no me detengo.

Mantengo la guardia, desviando golpes como puedo.

Los cortes empiezan a acumularse.

Superficiales, en su mayoría.

Nada letal.

Aún.

Pero cada uno suma.

Cada uno pesa.

Y poco a poco…

se vuelven demasiados.

Estoy solo.

Miro a mi alrededor.

Veo a mis compañeros tendidos en el suelo.

No queda nadie en pie.

Solo yo.

—¿Es solo uno? ¿Por qué no lo han matado?

La voz llega desde algún punto entre la multitud.

Los ataques cesan.

El acero deja de chocar.

El silencio se vuelve pesado.

Cuando levanto la vista, me doy cuenta de que estoy rodeado.

Al menos siete oponentes.

Todos toman distancia.

Un breve respiro… antes del final.

Este es el momento de mi fin.

—Acaben con él rápido. Tenemos que perseguir a los demás y terminar con esta rebelión.

Un hombre desmonta de su caballo.

Su armadura brilla incluso bajo el cielo nublado.

Un comandante.

Seguro.

Alzo mi espada frente a mí.

Mis manos tiemblan.

Pero no bajo la guardia.

—Si muero aquí… entonces—

Aprieto los dientes.

—¡No será sin llevarme a todos ustedes al infierno conmigo!

No esperan.

Se lanzan todos a la vez.

Demasiados.

No hay forma de bloquear tantos ataques.

Pero ya no importa.

Inclino la cabeza lo justo para evitar un golpe mortal.

El filo pasa rozando.

Respondo al instante.

Un tajo directo a las articulaciones del brazo.

La hoja corta.

Carne.

Hueso.

El brazo se separa.

El grito apenas alcanza a salir.

Lo sujeto.

Lo arrastro.

Lo convierto en escudo.

Los golpes impactan contra su cuerpo.

No hay espacio para pensar.

No hay técnica.

No hay estrategia.

Solo avanzar.

Solo matar.

Abandono toda defensa.

Me lanzo hacia adelante.

Cada movimiento es un riesgo.

Cada error…

la muerte.

Pero no me importa.

Uno cae.

Luego otro.

Y otro más.

Mi espada no se detiene.

No puede.

No debe.

Pero no es suficiente.

Nunca lo es.

Llegan más.

Siete se convierten en diez.

Diez en quince.

Ya no puedo eliminarlos tan rápido como aparecen.

Entonces sucede.

Mi espada se atasca.

Un instante.

Un error.

Suficiente.

Un filo atraviesa mi abdomen.

El mundo se detiene.

Si hubiera entrado un poco más profundo…

mis entrañas ya estarían en el suelo.

Respondo por puro instinto.

Un tajo al cuello.

El hombre cae.

Pero ya es tarde.

El dolor llega.

Abrumador.

Pesado.

Caigo de rodillas.

La espada apenas logra sostenerme mientras la clavo en la tierra.

Respiro.

O lo intento.

No…

Aún no es suficiente.

Levanto la mirada.

Lo veo.

El comandante.

Está corriendo.

Aterrado.

—¡Maten a ese maldito de una vez! ¡Que no se acerque a mí!

Algo dentro de mí… se rompe.

O tal vez se enciende.

Mi cuerpo comienza a brillar.

El dolor desaparece.

No se atenúa.

No se oculta.

Simplemente deja de existir.

La luz se extiende por mis brazos… hasta mi espada.

Arde.

No como fuego común.

Es dorado.

Vivo.

Familiar.

Como aquella vez…

Contra Sir Anders.

Contra Sir Eric.

Doy un paso.

Luego otro.

Y avanzo.

Las armaduras dejan de importar.

El acero cede como si fuera tela.

La carne.

El hueso.

Todo es lo mismo.

Corto.

Avanzo.

Corto otra vez.

Las espadas se rompen al contacto.

Los cascos se abren.

Los cuerpos caen antes de entender qué ocurrió.

No hay resistencia.

No hay batalla.

Solo… avance.

El comandante se gira desesperado.

Extiende la mano.

La tierra responde.

Un muro de piedra surge frente a mí, bloqueando el paso.

No me detengo.

No lo considero.

Clavo la espada.

Y me impulso.

El mundo estalla en fragmentos de roca.

Atravieso el muro.

Y a él.

La hoja lo perfora de lado a lado.

Su expresión se congela.

Incrédula.

Vacía.

Sigo avanzando.

Quince.

Treinta.

Cincuenta.

El número deja de tener sentido.

Solo sigo cortando.

El mundo desaparece a mi alrededor.

No hay sonidos.

No hay formas.

Solo luz.

Y movimiento.

Y muerte.

No sé cuánto tiempo pasa.

Tal vez segundos.

Tal vez horas.

Cuando recupero la conciencia…

Estoy de pie.

Sobre una montaña de cadáveres.

Mi espada aún en mano.

El brillo… se desvanece.

A lo lejos, veo a mis compañeros.

Han regresado.

Persiguen a los pocos enemigos que intentan huir.

La batalla ha terminado.

—¡Héroe! ¡Héroe! ¡Héroe!

Los gritos me rodean, una y otra vez.

Entonces el dolor vuelve.

Caigo.

No pierdo la conciencia, pero mi cuerpo deja de responder.

Me cargan. Me suben a una carreta. Una Hermana de la Luz comienza a tratar mis heridas mientras seguimos recogiendo sobrevivientes.

—Dijiste que este fue el día en el que perdiste toda esperanza —dice la voz—. Pero no lo parece.

—El recuerdo no termina todavía.

Gritos.

Humo.

Levanto la mirada como puedo.

Columnas negras se elevan desde la ciudad.

—¿Qué pasó?

—Un ataque —respondo—. Las fuerzas del príncipe entraron con ayuda desde dentro.

Aprieto los dientes.

—La mayoría del ejército estaba fuera. Los civiles y los pocos que quedaron intentaron defenderla.

Niego con la cabeza.

—No fue una defensa. Fue una masacre.

—Luego, una guerra civil.

Miro el humo sin decir nada por un momento.

—Cuando regresamos… ya no había bandos.

—Solo gente matándose.

—El ejército tuvo que limpiar la ciudad.

Silencio.

—¿Cuántos murieron?

—Setecientos.

Respiro hondo.

—Mi padre.

—Mis hermanos.

—Los quemaron… junto a mi casa.

Silencio.

—Creo que es suficiente por ahora.

Todo se oscurece.

Y entonces…

empiezo a despertar.

 

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