Despierto con el sonido de una llovizna mañanera golpeando los vidrios de una ventana y un fuerte dolor por todo el cuerpo. Me falta la ropa, pero al menos tengo un pantalón recortado hasta por encima de las rodillas. Aparte de eso, el resto de mi piel está expuesta, dejando ver viejas y nuevas heridas, además de varios moretones por todo el cuerpo. Al menos esta vez no fue tan grave.
Me siento al borde de la cama y me paso las manos por la cara y el pelo. Un dolor punzante en el lateral de la cabeza me detiene, pero alcanzo a sentir unas suturas no muy grandes. Probablemente eso sea lo que me tiene aquí, en este lugar. El cuarto me resulta extraño, pero la construcción y la ventana me dan una buena idea de dónde estoy.
El repentino sonido de la puerta al abrirse me hace levantar la cabeza.
—Hola, Sofía.
—¡Miren quién despertó!
—¿Cuánto tiempo fue esta vez?
—Solo seis días esta vez, que para cómo estabas, es poco.
—¿Tan mal?
—Una costilla rota, los huesos de tu mano derecha fisurados, golpes y desgarros musculares por todo el cuerpo, casi te partes el cráneo, y, como si no estuvieras suficientemente desnutrido, consumiste casi todas las grasas de tu cuerpo.
—Ah, solo eso... ¿y ese olor?
—Sopa de ojo de res.
—Noooo...
—No te quejes. Necesitas comer. Ya me cansé de transferirte maná y sangre.
—Está bien...
Se sienta al lado mío y comienza a cucharear.
—Yo puedo solo —digo, intentando tomar la cuchara, pero al cerrar la mano un dolor punzante me hace desistir.
—¿Qué parte de "los huesos de la mano fisurados" no entiendes?
No respondo y simplemente abro la boca para dejar que la cuchara entre.
—¿Por qué no tengo un yeso?
—Era comprar el yeso o la comida que te tragas.
—¿Cuánto me queda de mi parte?
—Pagué tu deuda en el gremio: medicamentos, comida, todo para darte.
—O sea, nada.
—Menos que nada. Me debes ahora.
—Lo resolveré después.
Termino la sopa con esfuerzo. Después, Sofía me ayuda a ponerme la ropa para bajar a la sala de estar del templo.
—¿Y por qué el cambio de habitación?
—Era de un monje que se colgó hace unos meses.
—Ah...
Nos sentamos en un sofá. Todo el rato llevamos esquivando el tema, pero ya es momento de hablarlo.
—¿Cuándo fue el funeral?
—Hace cinco días. Nos reunimos en la Placa de los Caídos y grabaron su nombre junto al resto. El jefe del gremio dio un discurso y leyó el testamento.
—¿Y su parte de la recompensa?
—Se la dejamos a los hijos de Thaddeus, por las molestias. Ah, y te dejó su cabaña en el bosque.
Respiro profundamente y me recuesto contra el espaldar del sofá.
—¿Cómo están los demás?
—No creo que los gemelos sigan como aventureros. Antón se encerró en su librería.
—¿Y tú?
—Ya lloré lo que tenía que llorar. Bueno... iré por tus cosas y te ayudaré a regresar a tu casa. Acordamos reunirnos cuando despertaras, pero te dejaré descansar unos días más, así que no te sobreesfuerces.
Ella se retira subiendo las escaleras, y quedo solo en la sala. Supongo que hablaremos de la misión en la reunión, así que no mencionaré el tema por el momento.
El silencio es apabullante, así que golpeo mis dedos rítmicamente contra el cojín del sofá para romperlo, aunque sea solo un poco.
«¿Por qué...? ¿Por qué lo hizo? Yo ya estaba listo para morir, y él simplemente saltó... y se sacrificó.»
Mis pensamientos comienzan a asfixiarme. Todo estaría mejor si hubiese sido yo. Todos habríamos preferido que fuera él quien siguiera vivo... Porque él sabía que yo quería morir. Ese era mi momento. No el suyo.
El sonido de mi corazón hace retumbar mis oídos, y mi respiración se acelera tanto que empiezo a sentir un hormigueo en el rostro... hasta que, de pronto, en la periferia de mi visión, veo un destello azul entre las sombras. Me levanto de inmediato y me pongo en guardia... solo para descubrir que era un pequeño vitral con un paisaje marino, atravesado por un fino rayo de luz.
Los pasos de Sofía bajando de nuevo las escaleras cortan mis pensamientos, y simplemente me siento, fingiendo que no ha pasado nada.
—Ya tengo... ¿por qué estás tan sudado? —dice, dejando mi espada y mis cosas en el suelo mientras me coloca la mano en la frente—.
No parece fiebre... ¿te sientes bien?
—Sí... no debe ser nada, tranquila.
Me levanto para tomar mis cosas, enganchó mi espada a la cintura y, entre los objetos, encuentro la botella con el muerde-muerde, la cual coloco en mi bolsillo.
—Vamos, antes de que se nos haga tarde —dice ella, tomando una sombrilla.
Comenzamos a caminar por las calles de la ciudad bajo la llovizna.
—¿Qué día será el festival?
—Cuando deje de llover, como siempre. Supongo que en unas dos semanas.
—Esta vez sí que quieren que parezca que llovió mucho.
—Nos retrasamos casi dos meses. La gente estaba alterada, así que entre más llueva, más tranquilos estarán.
—Todo para que no se repita esa masacre.
—Al pueblo, pan y circo.
Seguimos caminando. El sonido de la lluvia golpeando las rocas del camino y el agua corriendo por las cunetas hacia los desagües llena el ambiente, hasta que desaparece sin dejar rastro... como si nunca hubiera estado allí.
Ese tipo de cosas de las que no te das cuenta hasta que sabes la verdad. Como entender la letra de una canción una vez conoces el contexto detrás. Cosas que te hacen pensar que estabas mejor sin saberlas.
Llegamos a la panadería y, mientras Sofía deja mis cosas junto a la entrada, yo saco una pequeña moneda de bronce que tenía escondida en el dobladillo de la manga. La introduzco por la rendija del buzón y luego abro la puerta.
—Bueno, supongo que aquí nos despedimos.
—Tengo más cosas que hacer, aparte de cuidarte.
—Después cuadramos en el gremio lo que te debo.
—Que no se te olvide —dijo con una sonrisa, dándome un beso en la mejilla a modo de despedida amistosa antes de regresar por donde habíamos venido.
Yo, por mi parte, uso la mano izquierda para levantar mis cosas y arrastrarlas al interior, comenzando a desempacar lo que parecía un mercado entero lleno de frutas, verduras, y un bloque de unos cuatro kilos de mantequilla. Una buena pista de cuánto le debía a Sofía.
Sin más, guardé todo en la alacena y luego me dirigí al buzón, abriéndolo. Encima de una pila de monedas había una carta. Sé de quién es y ya me imagino lo que dice, así que simplemente la colocó sobre un estante, junto a muchas más, igual de selladas.
El silencio comienza a ser insoportable, así que subo al almacén por un saco de harina, el cual arrastro hasta la cocina. Luego saco algunos frascos empolvados de un estante y comienzo a mezclar: dos de agua, levadura, sal, aceite y, finalmente, la harina. Mezclo hasta obtener una masa homogénea.
Mientras la levadura empieza a hacer su trabajo, agarro algo de madera seca y enciendo el horno. Descarto rápidamente una rama de color gris, casi metálica al tacto, la cual solo regreso a la pila de madera. Tras unos minutos de espera, coloco la masa en una bandeja metálica y la meto al horno. Llevo tiempo sin hacerlo, pero tantos años con la misma tarea repetitiva me han permitido hacerlo de forma casi mecánica, incluso con una sola mano.
—Eres todo un experto.
—Solo es pan.
—¿Tanto te cuesta recibir un halago?
—Si solo querés sacar conversación, entonces habla. No busqués excusas.
Abro el horno y reviso el pan antes de volver a cerrar la puerta. Me siento en un banco a esperar.
—Eres muy grosero para alguien que está hablando con su dios.
—Por si no te ha quedado claro hurgando en mis recuerdos, llevo los últimos diez años tratando de matarme sin éxito... gracias al poder que tú me diste.
—Tú no quieres morir de verdad, porque de ser así tu corazón dejara de latir por pura fuerza de voluntad.
—¿Qué quieres?
—Quiero que hagas lo que te dije.
—¿Buscar al traidor y destruir la conexión de ese dios externo con este lugar?
—No sé cuánto tiempo más la protección del núcleo del mundo aguantará.
—¿Y tú de verdad crees que yo sería capaz de detener algo que ni siquiera los dioses creadores de este mundo lograron detener?
Sin una respuesta, simplemente tomo un poco de carne seca, la coloco dentro del horno con algo de mantequilla y corto unas rodajas de tomate y un poco de lechuga.
—y tantos sacrificios para terminar en la mente de un fatalista.
—¿De qué hablas?
—En ese templo nos escondimos fragmentos de los diez dioses principales, y todos menos yo se sacrificaron para que esas cosas no se los comieran.
—mala suerte supongo.
—La vida de todos en este mundo está en juego. No puedes culparnos por hacer todo lo posible para intentar salvarlo. Después de todo, nuestra existencia también está en juego.
—Pues bien, por mí, este mundo está mejor desapareciendo.
—Es muy egoísta de tu parte querer dejar que el mundo sea devorado solo por tener la vaga esperanza de que así, por fin, podrás morir.
Saco el pan del horno y lo corto por la mitad para prepararme un sándwich.
—Es mi vida, y yo decido cómo vivirla.
—En ese caso, solo déjame transferirme a la mente de alguien que sí esté dispuesto a hacer algo al respecto.
—No condenaré a alguien a tener que aguantar ese tormento.
—Mentiras. Tú no lo harías porque detestas el silencio. Te aterra estar solo con tus pensamientos. Por eso te tomaste tantas molestias para preparar un sándwich. Por eso me sigues respondiendo, a pesar de que soy un supuesto suplicio.
—Entonces estás atrapada conmigo… y condenada a ver cómo el mundo desaparece junto a tu existencia.
—Los humanos no dejan de ser tan estúpidos como siempre, ¿verdad?
—De tal palo, tal astilla, supongo.
—Este mundo no desaparecerá. Será devorado. Y tu alma quedará flotando en el metafórico estómago de un dios, el cual te tendrá ahí atrapado por quizá eones, antes de que, por fin, tu alma se extinga.
—Mientes.
—Sabes que no.
El solo hecho de pensar en que algo así sea verdad me hiela la sangre, y sin darme cuenta comienzo a rascarme insistentemente el cuello.
—Está bien. Tú ganas.
Después de que el sándwich se enfríe un poco, comienzo a comer. Todo el proceso de prepararlo me había tomado unas cuantas horas, así que ya eran fácilmente las dos de la tarde.
—Bien, entonces, ¿qué estás esperando?
—Mi cuerpo sigue hecho mierda. Además, ese tipo de cosas se tienen que planificar.
—No hay tiempo.
—Este mundo lleva degradándose lentamente desde hace diez años. Unas cuantas semanas más o menos no harán la gran diferencia.
—Que haya aguantado diez años ya es mucho. No podemos desaprovechar esta oportunidad.
—Sé que no estás al tanto de todos los últimos acontecimientos, pero estoy seguro de que sabes que las aberraciones del traidor obliteraron al demonio y su ejército, por lo que eso de una oportunidad es más bien una posibilidad infinitamente improbable.
Me levanto y, en una olla, coloco algunas verduras en agua con sal y condimentos para empezar a preparar una sopa.
—Bien, entonces ponme al día y muéstrame los recuerdos de esos tan horribles últimos diez años.
—¿Para eso no se supone que tengo que estar dormido?
—Sí.
—Entonces te esperas a que termine la sopa.
—Comes demasiado.
—Mi cuerpo casi se autodigiere por mi estúpida habilidad. Lo raro sería no tener hambre.
—Está bien.
—Ahora, cambiando de tema… me siento raro hablando solo con el aire. ¿Podrías al menos darme algo a lo que hablarle?
—Bien, si insistes.
Y de pronto, como si de un fantasma se tratara, la mujer de piel pálida apareció sobre el mesón, sentada con una extraña combinación de elegancia y coquetería.
—Aquí está. Admira mi divina figura.
—Eres muy egocéntrica para ser la diosa de los pobres.
—Y tú estás muy bien acomodado para ser mi hijo.
—Para ser un aventurero de “élite”, no diría lo mismo. Pero no negaré que soy de las personas mejor acomodadas del reino.
Una expresión de sorpresa se dibuja en aquel rostro de facciones perfectas.
—No sabía que todo estuviera tan mal. Cuando ese portal se abrió y la influencia de Mane entró a este mundo, dejamos de ver todo lo que ocurría.
—¿Mane? ¿Así se llama?
—La Devoradora de Dioses. Apareció en el plano superior hace eones y comenzó a extender sus raíces a través de todos los universos, absorbiéndolos y mandando a sus dioses al olvido. Ni siquiera los más poderosos pudieron hacer algo en su contra, así que todos ocultamos nuestros mundos y nos dispersamos a través de la infinidad. Ahora nos ha encontrado, y lo único que podemos hacer es salvar el núcleo de este mundo y escapar con él.
—¿Y pretendes que yo derrote a un dios mata dioses?
—Solo a su heraldo y la conexión con este mundo, antes de que logre entrar completamente.
—¿Cuánto tardará eso?
—El tiempo es relativo. Un milisegundo en el plano superior pueden ser miles de años aquí... o viceversa.
—Parece complicado.
—Y eso que no he dicho nada sobre las dimensionalidades de los distintos universos y planos de realidad.
La sopa se termina de cocinar y simplemente la sirvo en un plato para empezar a comer.
—¿No es demasiada sopa para servir solo un plato?
—Esa sopa será mi desayuno y almuerzo de mañana.
—No entiendes lo serio de la situación en la que estamos.
—La que no entiende eres tú. Si no puedo empuñar mi espada, mi utilidad es la misma que la de un navegante ciego o un pregonero mudo.
—Si tu voluntad es lo suficientemente fuerte, esas heridas serán insignificantes.
—Ya no tengo más de eso. Sin Harald, la vanguardia del equipo se reduce a mí... y no estoy en condiciones de hacerlo. Tal vez no he estado en condiciones desde hace mucho.
—Ese apodo del "héroe", ¿a qué se debe?
—A tiempos en los que era estúpido e ingenuo... y mantenía esperanzas de que este mundo tenía salvación.
Me levanto para subir a mi cuarto. Me veo de reojo en el espejo de cobre, notando la barba desarreglada y el peinado desastroso.
«¿Para qué lo intento?»
Me recuesto en la cama y cierro los ojos. Al menos esta vez sé que no regresaré a ese horrible sueño.