Los días transcurren arrastrándose en la misma rutina desgastante de siempre, apenas aliviada por mis ocasionales visitas a Sofía para continuar con mi rehabilitación y por las largas e intrascendentes charlas de la diosa caída en desgracia que ahora habita en mi cabeza. Aún no descarto que sea solo un producto de mi ya de por sí decadente estado mental… aunque cada vez me resulta menos convincente.
Y aquí estoy, otra vez, sentado frente al espejo, afeitándome la desalineada barba de seis días en la fría quietud de la mañana.
—Así te ves mucho mejor.
—Pasar de ebrio treintañero a solo treintañero no es un gran cambio.
—Más de lo que crees.
Sin nada más pendiente en mi lista de esfuerzos por no parecer un vagabundo, me levanto, salgo de casa, paso a recoger a Sofía y juntos nos dirigimos al gremio.
—Lo bueno es que ya no tienes que esconderte de Estefani —dice Sofía mientras entra primero, empujando el pesado portón de madera.
El interior nos recibe con una estancia amplia que, en otro tiempo, debió de estar adornada con opulentas pinturas y muebles de la más alta calidad. Ahora, en cambio, solo quedan mesas viejas, un enorme tablero de madera cubierto de misiones en una de las paredes y, al fondo, un mostrador. Tras él, una mujer de unos cuarenta años, de cabello negro y piel pálida, me observa con una indiferencia apenas disimulada.
Aun así, me acerco, esbozando una sonrisa que no siento.
—Estefi, qué gusto verte. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Mmm… ¿qué quieres, Kiram?
—¿Recuerdas ese brazalete que dejé como garantía de mi deuda?
—¿Esa baratija que brilla cuando está cerca de criaturas espirituales?
—Exactamente.
—Tienes suerte de que el jefe te diera una prórroga —responde, dejando caer un documento sobre la mesa para que lo firme, mientras saca de un cajón el susodicho brazalete.
—Gracias.
Me retiro del mostrador y subo por unas escaleras que me llevan a una habitación en el piso superior. Es un cuarto sin ventanas, iluminado por un candelabro dorado cuyas velas han sido reemplazadas por brillantes cristales, que bañan el lugar con una tenue luz amarilla.
En la estancia hay un pequeño tablero con no más de cuatro misiones y varias mesas hundidas en el suelo, rodeadas por un desnivel escalonado en dos niveles que hace las veces de asiento, forrado en terciopelo morado, aunque el color apenas se distingue bajo la luz.
Sofía ya está allí, esperándome.
—¿Cómo te fue?
—Bien, supongo. No amenazó con embargar la casa.
—Está de buen humor, entonces.
Me dejo caer al borde del desnivel y me deslizo hasta quedar sentado en el suave asiento.
—Siempre me da sueño este lugar.
—Es calentito, y los asientos son suaves. Además, madrugamos.
—¿Cómo han estado tus pesadillas?
—Digamos que encontré una forma de lidiar con ellas.
—Es bueno verte sin esas ojeras tan horribles.
—No sé, creo que me daban estilo.
—Estilo de vagabundo.
—Lo que digas. Voy a tomar una siesta. Despiértame cuando lleguen los otros.
—Solo esperamos a Anton…
—La costumbre.
Golpeo rítmicamente el asiento con las puntas de los dedos. El silencio… ese maldito silencio. Recuesto la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos.
En un instante, estoy sentado en medio de una sala de estar que parece sacada de un palacio.
—Decoraste.
—¿Sí te gusta?
—Está bonito, pero no me hace mucha gracia que estés haciendo lo que quieras con mi mente.
—¿Preferirías regresar a las pesadillas?
—Qué bonito juego de té…
—Buen chico.
La mujer toma una tetera y sirve dos tazas. Llevo la mía a los labios. No tiene sabor; es como beber aire… pero supongo que la intención es lo que cuenta.
—Saltemos esto y despiértame cuando llegue Anton.
La mujer deja la taza sobre la mesa y chasquea los dedos.
Al instante, despierto.
Anton está frente a mí.
—Perdón la demora, tenía unos asuntos en recepción.
—Tranquilo, no hay problema… ¿y Sofía?
—Fue por algo de tomar.
—Es muy temprano para tomar.
—Son las seis de la tarde.
—Ah… bien. Dormí más de lo que pensé.
—No sabía si venir.
—Las renuncias silenciosas no funcionan con Sofía.
—Cuando llegué, ella ya estaba a punto de salir a buscarme.
—¿Te jaló de las orejas?
—Me sentí como si mi mamá me estuviera regañando.
—Así es Sofía.
—¿De qué tanto hablan? —dice Sofía, sentándose nuevamente y colocando tres botellas de cerveza sobre la mesa.
—Nada importante.
—Más les vale.
Tomo una de las cervezas ya destapadas y doy un sorbo largo.
—Por Harald —exclama Anton, levantando la botella.
Sofía y yo respondemos de la misma manera.
Unos tragos después, las botellas yacen vacías sobre la mesa… y llega el momento de hablar.
—Entonces… ¿esto es todo? ¿El final del mejor grupo de aventureros del reino? —dice Anton, recostándose contra el respaldo.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Encerrarte en la biblioteca hasta morir de inanición?
—Aún vendo grimorios. Con eso puedo sostenerme —dice Anton.
—¿Cuándo fue la última vez que vendiste uno?
El silencio cae con peso. Respuesta suficiente.
Un golpe en la mesa lo rompe.
—¿Y qué quieres que haga? Solo quedamos tres. Eso no alcanza ni para misiones de escolta.
—Buscaremos nuevos miembros.
—¿De dónde, Sofía? Estamos tan desesperados que llevamos a un par de novatos al lugar más peligroso de la península. Literal, nos conocen como el grupo maldito del héroe decadente. Sin ofender.
—No hay problema. Si es verdad, es verdad —respondo.
—¿Entonces qué? ¿Nos sentamos aquí a esperar a que el reino se caiga a pedazos?
—No somos el único grupo que hay —replica Anton—. ¿Por qué tenemos que ser nosotros los únicos que arriesgan la vida? Que alguien más busque esa maldita agua. Que alguien más cace a los monstruos que se acercan al reino.
—Sí… y en una semana tendrán que colocar otra placa de los caídos —respondo—. El último grupo competente que apareció se esfumo en el Bosque Oscuro. Honestamente, en esta habitación está la élite de los aventureros… solo nos faltarían Magno y Nataniel para completar el top cinco.
—¿Y si les pedimos ayuda? —agrega Sofía.
—Magno ya tuvo suficiente de esto.
—Sigues sin contestar las cartas de Nataniel.
—¿Cómo sabes?
—Él y yo nos escribimos.
—¿Y crees que nos ayudaría?
—Es capitán de la guardia real. Ya está suficientemente ocupado liderando a los soldados, manteniendo la paz… y conteniendo a las hormigas.
—Además, el reino no puede arriesgarse a perder el poder de invocar tormentas.
Silencio.
—Entonces… solo seremos nosotros tres a partir de ahora —finaliza Anton—. Lamento desilusionarlos, pero eso no es suficiente. Necesitamos al menos a alguien más en la vanguardia y alguien a nuestras espaldas como para tener una formación funcional.
—Los conseguiremos. Siempre hay uno que otro joven que cumple su servicio en la milicia, desesperado por trabajo —dice Sofía, convencida de su plan de aprovecharse de la necesidad de los demás.
—Ya lo intentamos y no funcionó. Hay muchas mejores opciones que el grupo maldito de mata novatos —respondo con sequedad.
—Es más, casi nos acusan de ser sectarios y de estar sacrificando compañeros —añade Anton.
—No es nuestra culpa que todos los novatos sean imbéciles.
—Que ese tipo creyera que podía ganarle a puñetazos a un oso no significa que todos sean iguales —replica Sofía, justificándose.
—Bien, esto no nos llevará a ningún lado. Hay que hablar de otra cosa.
Llevo días pensando cómo decirles esto sin parecer un loco… pero creo que, por fin, lo tengo.
—¿Hablar de qué? —dice Sofía, inclinándose hacia adelante, interesada al verme tomar la iniciativa, algo poco común en mí a pesar de ser el “líder”.
—Cuando estábamos en ese templo… tuve una revelación— recuesto mi cabeza contra el espaldar y suspiró profundamente
—¿Tú sí entendiste algo? —responde Anton, apoyando con fuerza ambas manos sobre la mesa.
—Sí. No mucho… pero creo que tengo la clave.
—¿¡La clave de qué!? —exclama Sofía, notablemente alterada—. Yo no recibí ni un susurro.
—Para detener la decadencia de este mundo.
—¿Cómo? —interrumpe Anton, intentando descifrar si hablo en serio o si ya perdí todo ápice de cordura.
—Este mundo está siendo atacado por un dios externo, traído aquí por el traidor. Él es la razón de la desaparición de los dioses… y de la lenta putrefacción causada por su ausencia.
—Ve al punto.
—Si cortamos la conexión de ese dios con este mundo, la decadencia desaparecerá con él.
—¿Y cómo pretendes que hagamos eso?
—Ese es el problema. Tengo algunas pistas… pero no es algo fácil de lograr.
—Entonces regresamos al inicio —dice Anton—. Ahora no solo nos faltan compañeros, sino también información sobre cómo expulsar a un dios de este mundo.
—¿Tú qué opinas, Sofía?
Bajo la mirada, dejando de observar el techo, y la busco.
Ahí está.
Ojos bien abiertos. La boca entreabierta, temblando ligeramente.
—¿Estás bien?
—¿Una… una misión divina para salvar al mundo?
—Como los héroes reales. Sin ofender.
—Pareciera que lo que quieres es ofenderme.
—¡Sí, exactamente! ¡Hemos sido escogidos! —eufórica sería quedarse corto para describirla—. ¡Y yo que pensaba que nos habían abandonado, que este mundo no tenía salvación!
—Cálmate.
Me levanto, la tomo por los hombros y la empujo suavemente contra el respaldo de la silla.
—Ah… perdón. Me dejé llevar.
—Primero lo primero: buscar miembros, mientras ordeno mis ideas… o encontramos la forma de lograr esto.
—Si el traidor trajo a ese dios a este mundo, la conexión debe estar ligada a él —interviene Anton mientras vuelvo a sentarme.
—Hace tiempo que no aparece. El último avistamiento de ese hijo de puta fue hace como cinco años.
—En Cartago, si no mal recuerdo.
—Eso no lo facilita. Mañana le preguntaremos a los comerciantes a ver si hay información nueva. Por el momento, yo iré a casa.
—Te acompaño. ¿Qué harás tú, Anton?
—¿Yo? ¿Quedarme aquí? Mejor me voy también.
Nos levantamos y bajamos las escaleras. No diría que fue un día productivo, pero algo es algo. Seguramente Erysia me regañe por no hacer nada más… pero de eso me encargaré después.
Al descender, algo llama mi atención.
—¡Déjame subir! ¡Necesito hablar con ellos!
El hijo de Tadeus está discutiendo con la recepcionista, mientras dos aventureros intentan impedirle el paso al área de arriba.
—Ya te dije, niño, esa es zona exclusiva para aventureros de élite. Si quieres hablar con ellos, espéralos aquí.
—¡No tengo tiempo…!
Nuestras miradas se cruzan.
Estefani lo deja pasar hacia nosotros, no sin antes fulminarme con la mirada.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo, niño?
El chico se detiene frente a mí, agitado, con la voz quebrándose.
—¡Mi hermana… se la llevaron!