No mucho después, mientras me limpiaba la boca con la manga, regresé y volví a sentarme en la mesa.
— Disculpen, recordar eso es complicado.
— ¿De qué te quejas? A ti no te alcanzaron a salpicar las tripas.
— ¡Magno, cállate! Los novatos no necesitan esa imagen en sus cabezas. Mejor tráeme otra cerveza — dije mientras volteaba a ver al cantinero detrás de la barra.
— Si van a meterse en ese pozo, verán cosas peores, y tú lo sabes.
Agarré la jarra de cerveza justo antes de que me golpee en la cara.
— Sí, sí, ya sé...
Tomé un sorbo antes de dejar la jarra en la mesa. Luego, miré a mis acompañantes.
— Entonces, ¿están aquí por el anuncio del tablero, verdad?
— ¿De verdad viste al traidor?
— Sí, por favor deja de preguntar sobre ese día o busca a alguien más que te cuente.
— Eres el único que se dignó a contar la historia, en vez de sacarme el dedo medio o colapsar antes de empezar.
—Será por algo. Entonces, volvamos a empezar. Soy Kiran, el que puso el anuncio.
— Bien, yo soy Marco... ¡Preséntate! — dijo, dándole un codazo a su compañera.
—¡Bien! Soy Natalia, su hermana, y creo que mejor declinamos este trabajo.
— Siéntate, sabes que no tenemos más opciones.
— Se suponía que el trabajo sería acompañar a un aventurero de rango, no esto — dijo, señalándome. No era la primera vez que me decían algo así, pero, a menos que seas miembro de la guardia, tener una armadura medianamente completa o armas decentes no es común. Por ejemplo, yo llevo diez años con la misma armadura y espada que me regalaron aquel día.
Con calma, sacó de mi bolsillo un collar con una placa dorada.
— Disculpa, pero sí soy un aventurero de rango.
—Es falsa.
—¡Hermana! No seas grosera.
—Cree lo que quieras. Yo no soy el que vino a pedir trabajo. Entonces, ¿van a aceptar o no?
— ¡Sí, sí lo queremos! ¿Verdad?
— ... Sí.
— Bien, ya nos estamos entendiendo el trabajo es simple, acompañarme a mi ya mi grupo al abismo para encontrar agua colocar un portal y salir, es una misión del castillo así que la paga es buena
— Si ya tienes un grupo, ¿para qué quieres más compañeros?
— Porque nos falta gente, y ya.
— Los otros miembros ¡están muertos!
grito magno desde detrás de la bara
— ¡Cállate! Si los espantas, no te pagaré ni una mierda.
— No me ibas a pagar de todos modos.
— Entonces le digo a Nataniel sobre las peleas de lagartos en el sótano.
— ¡wou, wou, wou! Está bien, pero me pagas lo que me debes.
—Bien. ¿En qué estaba? Ah, sí. No es la primera vez que intentamos esta misión, pero tranquilos, ya tenemos la ruta al agua, así que no será difícil completarla.
Los veo juzgarme con la mirada, y solo atino a decir:
— Bien, ¿quieren saber qué les pasó? Les diré qué les pasó. Se los comió esto.
Saco de mi bolsillo un pequeño frasco que cabe fácilmente en mi puño. Está tapado con un corcho de madera que tiene una gema brillante en forma de rombo incrustada.
— ¿Qué es eso?
—Mira de cerca.
Agitó el frasco mientras se lo acercaba al rostro. En el interior, una especie de canica negra empieza a moverse, de la que brotan dos pares de patas. Luego, abre una boca desproporcionadamente grande, con dientes de un azul brillante, perfectamente triangulares y organizados de tal manera que al cerrarla no queda ni el más mínimo espacio entre ellos, algo parecido al dibujo que haría un niño pequeño de una araña con menos patas u ojos.
— ¿Qué es eso?
— ¡Es un muerde-muerde!
— Exacto. Esta pequeña cosa de aquí es una de esas aberraciones de pesadilla, atraídas a este mundo por el traidor.
— No se supone que algo así tendría que ser, no sé... ¿más monstruoso o amenazante?
— Sí, claro, cuando miles de estas cosas te saltan encima y empiezan a devorarte hasta no dejar nada, lo de "parecer amenazante" deja de importar. Ah, también que este es de los pequeños. Normalmente son del tamaño de una pelota... o, en ocasiones, como un caballo.
— ¿Y qué hay de él Dientes Rojos? — interrumpió marco
— ¿Sabes de él Dientes Rojos?
— ¿Qué es el "Dientes Rojos"? — pregunta Natalia, confundida.
— Es una monstruosidad más grande que el castillo, que devoró a más de medio ejército demoníaco.
agregó magno solo para molestarme
— ¡Te dije que te callaras!
— Por favor el niño, ya sabía de el viejo dientes rojos. Solo le confirmó la historia.
Miró a Marco y Natalia. Él tiene una cara de asombro, mientras que ella todavía trata de procesar lo que acaba de escuchar.
— ¿Esperas que entremos a un lugar donde habita una monstruosidad así?
— No, no, por supuesto que no. El viejo Dientes Rojos no sale de lo más profundo del abismo, y nosotros no iremos tan abajo. Apenas bajaremos unos 200 metros; Esa cosa está como a 7.000.
— Lo siento, pero no. No vamos a hacer esto. Marco, vamos. No vale la pena.
— Natalia, no podemos irnos. Sabes que no tenemos opción. Es esto o que nos saquen a patadas de la casa.
— Encontraremos otro modo, pero esto es un suicidio.
— Si no morimos de hambre, nos matarán las deudas, así que no veo la diferencia.
Bien. Lo discutiremos después.
—Está bien si aceptan los estaré esperando mañana en la salida norte, al lado del asta bandera
Los veo retirarse para después me levanto también para Caminar hacia la barra para retomar mi cerveza.
— Entonces, ¿ahora arrastrarás a los hijos de Thaddeus a ese pozo?
— Ni sabía que fueran sus hijos.
— ¿En serio? Él siempre hablaba de ellos.
— Sí, luego murió su esposa, se volvió un borracho y tiró su vida a la basura. La verdad, pensé que los habría vendido o algo.
— No, pero parece que les dejó algunas deudas. No les habrás cobrado, ¿o sí?
— Los muertos no pagan deudas. y no estoy tan desesperado como para cobrarle a los hijos de un ex compañero
— ¿Será que no tienes "voluntad" para hacerlo, o de verdad lo haces por ser buena persona?
— las dos cosas
— Bien, entonces págame y vete a dormir. O prefieres que te saque yo.
—Está bien.
Dejo unas monedas sobre la barra y salgo por la puerta.
—Nos vemos después.
— Si sobrevives.
Levantó la mano para sacar mi dedo medio mientras apuntó hacia él, antes de salir del bar. Me dirijo a la panadería, abriendo la puerta no sin antes meter una moneda por la ranura del buzón. Un día más vivido, uno menos por vivir.
Camino hasta la cocina tomó un pan duro del estante, comenzando a comerlo mientras lo ablando con un poco de agua. Mastico lentamente, sintiendo el peso del día en mis hombros.
Finalmente, me acuesto en la cama sin tender. Poco a poco, el cansancio empieza a apoderarse de mí junto a mis ojos se cierran, antes de darme cuenta, ya estoy dormido.