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Amanecer

Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

¿Bien? Por dónde debería empezar la historia... No me respondas. Fue hace unos diez años, si no me equivoco. No había pasado mucho tiempo desde que el demonio, junto a su ejército, logró liberarse del sello que lo contenía. Ante esto, el rey convocó a los héroes de otro mundo para enfrentarlo. Ojalá lo hubieran logrado... así no tendríamos que vivir con las consecuencias de aquel día.

En esa época, yo solía levantarme unas cuantas horas antes de que saliera el sol para atravesar toda la ciudad rumbo a la panadería en la que trabajaba, iluminado solo por la tenue luz de las lámparas de aceite. Tal vez por suerte, o quizás por casualidad, vi cómo un par de caballeros malheridos, montados en sus corceles, que se dirigían con gran prisa al castillo, dejando un rastro de sangre tras de sí. Eso me provocó un escalofrío, pero no podía detenerme, así que continué mi camino ya me enteraría después de lo que estaba pasando. 

Una vez en mi destino, comencé con mis tareas matutinas: limpiar el local, preparar los panes. Empecé por la masa, terminé colocando estos ya horneados en los estantes tras el mostrador, esperando la llegada de mi jefe para abrir. Dos campanadas después, me di cuenta de que eso no ocurriría, así que decidí abrir por mi cuenta para atender a los clientes.

«Seguramente ese viejo estaba en su casa con una resaca o algo así, así que preocuparme estaba de más.»

Tampoco era la primera vez que me tocaba hacerlo.

Los primeros clientes eran esas personas madrugadoras que venían por el pan fresco. Charlas rápidas, entregar el pedido, cobrar para después despedirse con cortesía, en un ciclo casi mecánico. Ya entrada la mañana, comenzaron a llegar clientes más habladores, aquellos que parecían más interesados en compartir los rumores de la ciudad.

Dos señoras una mayor y otra joven entraron juntas, entonces mientras las atendía, aproveché para escuchar discretamente su conversación.

—Mija, ¿al sin si supo que era ese rastro de sangre frente a la casa?

—Doña Martina, el señor Carlos dijo que eso fue porque unos caballeros se encontraron con un monstruo en el bosque y fueron a avisar a la guardia real.

—Ay, menos mal que solo fue eso. ya a todo esto cómo siguió el hijo de Carlitos.

Salieron tan rápido como entraron. Poco después, llegó un leñador que, a juzgar por su aspecto, seguramente buscaba algo para comer mientras trabajaba.

—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Una hogaza de pan fresco, por favor.

—Por supuesto, enseguida se la doy. Oiga, ¿no irá al bosque? Hoy dicen que un monstruo atacó a unos caballeros.

—No hay ningún monstruo en el bosque. Sir Eric, de la escolta de los Héroes, estaba entre ellos. eso me contó el guardia de la puerta que los caballos salieron heridos en un encontrón con unos bandidos, y vinieron a cambiarlos por otros.

No le creí. Yo mismo había visto las lesiones de los caballeros, además los caballos no parecían heridos, así que algo más debería estar pasando.

—Muchas gracias, ya me estaba preocupando por nada. Aquí tiene su orden y disculpe las molestias.

Terminé de despacharlo cuando, de repente, las campanas del templo comenzaron a sonar frenéticamente, convocando a una reunión frente a la iglesia. Sin pensarlo dos veces, cerré la puerta del local para subir al siguiente piso para asomarme por la ventana. Desde allí tenía una buena vista del frente de la iglesia, donde una multitud se reunía alrededor de un hombre con elegantes vestiduras, acompañado de dos caballeros que portaban estandartes con el escudo del rey, mostrando que eran de su guardia personal.

El hombre dio un par de pasos hacia adelante y, con voz firme, proclamó:

—El rey informa que los héroes invocados… han sido derrotados.

Un silencio sepulcral inundó la calle. El mensajero, visiblemente afectado, dejó entrever un temblor en sus manos mientras tomaba aire para continuar:

—Ahora el ejército de demonios se aproxima a la ciudad y se estima que llegará al atardecer. Por ello, todas las mujeres, niños y hombres mayores o enfermos deben evacuar inmediatamente por cualquier medio posible. En cuanto a los hombres en edad de enlistarse, deberán reportarse en el coliseo para organizar la defensa del reino.

De inmediato, el pánico se apoderó de la multitud. La calle se llenó de gritos mientras la gente corría desesperadamente en todas direcciones, buscando cómo abandonar la ciudad lo más rápido posible, mientras se esforzaban por llevar todo lo que se pudiera, incluso si para eso tenían que aplastar a alguien. Después de todo, no había nadie en el reino que ignorara el destino de las ciudades que habían caído ante los demonios. Su reacción era completamente comprensible ante la amenaza que se avecinaba.

Mientras tanto, yo solo podía observar cómo aquel enviado del rey intentaba, sin éxito, calmar a la multitud, gritando indicaciones para la evacuación que caían en oídos sordos. Sin embargo, eso me resultaba irrelevante pues prefería preocuparme por los vándalos que rompieron las ventanas del piso inferior para robar todo el pan contra lo que no pude hacer nada. claro además del hecho de que, un joven de dieciocho años como yo, en perfecta salud, era el candidato perfecto para encabezar la excusa de ejército que seguramente intentaban armar con cualquier pobre desgraciado que no lograra escapar de los muros de la ciudad. Ese era un destino que preferiría evitar, así que quedarme escondido parecía el mejor plan de acción.

«Sí, eso es lo que haré. No hay diferencia entre morir aquí o en el campo de batalla.»

Las horas pasaron, en poco tiempo las calles quedaron desiertas, casi tan rápido como se habían llenado. De vez en cuando, me asomaba por la ventana para ver pasar a los guardias, arrastrando a algún desafortunado hacia el coliseo. Cerca del mediodía, quedaban poco menos de seis o siete horas para el atardecer.

«. Si lo que dijo el emisario era cierto, los demonios muy pronto arrasarían la ciudad ¿Qué estoy haciendo escondido como una maldita rata? No sobreviviré quedándome aquí, y no quiero morir así. Yo... ¿debería pelear?, ¿Tengo que pelear?»

Mis pensamientos me abrumaban. No sabía qué hacer. ¿Morir aquí?, ¿Morir intentando escapar?, ¿Morir peleando?, ¿Había alguna diferencia? Tal vez, solo el cómo. ¿Cómo me verían los demás? ,¿Como una cobarde rata? Si era así, prefería enfrentarme al enemigo para al menos poder decir que lo intenté.

Me levanté, reuniendo todo el coraje que tenía, para dirigirme al coliseo. No pasó mucho tiempo antes de llegar encontrándome con una escena caótica: guardias acomodándonos como podían en las gradas y el interior de la arena de combate, esperando alguna orden. La visión me trajo recuerdos de los días en que mi padre me llevaba allí a ver los combates de exhibición, las gradas estaban llenas, las personas coreaban al unísono el nombre de algún caballero.

Tres mil. Ese era el número aproximado de personas para las que tenía capacidad la arena, o eso siempre decían cada vez que promocionan algún evento. Sin embargo, a juzgar por la forma en que estábamos apretados, seguramente éramos casi el doble.

—¡Atención!

La voz resonó por toda la arena, desde el palco de honor, amplificada por un cristal mágico. Pertenecía a un caballero veterano, de cabello blanco acompañado de una frondosa barba perfectamente arreglada.

—Hoy los hemos reunido aquí porque nuestro amado reino enfrenta la completa aniquilación. A pesar de que me hayan enviado para mentirles, dándoles falsas esperanzas de victoria, eso no es algo que yo esté dispuesto a hacer. Además, esas personas ya no están aquí para evitar que sea franco con ustedes.

el silencio se apoderó de la multitud mientras el veterano continuaba.

—Somos la carnada. Nuestro único propósito aquí es distraer al ejército del demonio el tiempo suficiente para que los demás puedan escapar, aunque sea solo por unos minutos.

El caballero sacó su espada levantándola hacia el cielo con determinación.

—Pero aun así, no teman. Porque hoy, aquí, yo, Sir Idris, juro que ese maldito no será capaz de olvidar mi rostro. Porque aunque sea con mi último aliento, esta espada que empuñó le dejará una cicatriz imborrable. Y espero, de todo corazón, que todos ustedes me acompañen, para que esos malditos recuerden que, en este reino, les dimos pelea hasta el último de nosotros.

Un grito de guerra emergió de las gradas, tan fuerte que mis oídos zumbaron. Las palabras del veterano tenían algo indescriptible que nos llenaba de coraje, incluso a mí.

—Bien, sin más, debo informarles que el gordo con corona nos ha concedido permiso para usar todos los orbes del despertar disponibles. Estos estarán a cargo de sacerdotes enviados por los diez templos del reino. Así que elijan un patrón al cual encomendarse y fórmense para recibir su despertar. Ah, tampoco olviden pasar por la bendición mortuoria.

Lo siguiente fue que. Cuarenta monjes entraron por el portón de la arena, cada uno cargando consigo un brillante orbe cristalino. Estaban acompañados cada uno por cuatro Hermanas de la Luz, que se formaron en una línea, separadas por unos metros. Los monjes comenzaron a otorgar los despertares a quienes se formaban en las filas, mientras las Hermanas ofrecían la bendición mortuoria a cada uno antes de que abandonaran el lugar por el mismo portón por el que habían entrado.

No me quedó más que unirme a la fila para esperar mi turno mientras trataba de procesar todo lo que estaba pasando. El despertar de las habilidades innatas siempre había estado reservado para los nobles y los miembros destacados de la guardia real. Que simples súbditos, de cualquier procedencia, tuvieran acceso a esto siempre había sido impensable. Claro que, si lo pienso más a fondo, si todos moriremos pronto, el equilibrio de poder no se verá afectado. Especialmente porque aquí no hay ningún noble. Tampoco esperaba que alguna de esas sanguijuelas apareciera por aquí; pues seguramente fueron los primeros en huir.

Al cabo de unas tres horas, llegó mi turno de escoger una deidad a la cual encomendar mi alma. La verdad, poco sabía sobre eso. Nunca fui alguien espiritual, así que opté por la fila más corta: la de Erysia, diosa protectora de los pobres, enfermos y discapacitados. Era lo esperado, considerando que incluso en los barrios más humildes de la ciudad es un tabú rezarle.

Finalmente, me encontré frente a un anciano canoso vestido con una túnica negra adornada con bordados morados. Aclaró su garganta mientras me inspeccionaba de arriba a abajo por unos segundos.

—Hola, hijo. Pon tu mano sobre el orbe y enuncia el juramento a Erysia.

—Lo lamento, yo… no conozco el juramento.

—No te preocupes, solo cierra los ojos y repite después de mí.

Coloqué mi mano sobre el orbe e inmediatamente sentí un hormigueo que se extendió desde las puntas de mis dedos hacia el resto de mi cuerpo. El sacerdote puso su mano sobre la mía para comenzar a enunciar el juramento, que seguí lo mejor que pude mientras cerraba los ojos:

“Ante los ojos misericordiosos de Erysia, 

que vela por los desamparados y alivia el dolor,

 juro extender mi mano a los necesitados, 

ser la voz de los silenciados, 

el refugio de los desposeídos.”

Abrí los ojos, encontrándome rodeado de nada, flotando en un vacío infinito. Entonces la vi: una mujer de cabello negro adornado con una tiara hecha de ramas secas. Su piel, tan pálida que parecía de papel, contrastaba con el elegante vestido morado que llevaba, decorado con flores marchitas. Con una voz suave, comenzó a hablar:

—Voluntad para pelear. Voluntad para levantarte. Voluntad para proteger. Voluntad es todo lo que tienes, necesitas y tendrás.

Sus palabras se repetían con un eco infinito, cada vez más fuerte, haciendo temblar todo mi ser. Sentí como si esas palabras se grabaran en cada fibra de mi cuerpo, hasta que dejé de ser yo mismo y convertirme en… voluntad.

Salí del trance abruptamente, con el toque del anciano en mi frente. Me miró fijamente mientras se quitaba un anillo de su dedo.

—Voluntad es tu habilidad. Ahora sigue y dale esto al encargado de los equipos. Él le debe un favor a los hijos de Erysia.

—Pero yo no…

—Shhhhh… Ahora lo eres.

Sin más, dejó el anillo sobre mi palma, cerrándola con firmeza antes de que pudiera objetar algo. Luego fui abordado por una hermana de la luz, quien recitó un rezo rápidamente mientras dibujaba un círculo en mi frente con su dedo.

—Ve.

Me indicó el portón, que me condujo a un pasillo hasta un almacén. Allí, sentado sobre una mesa, un caballero real repartía lo que había de equipamiento. Los suministros eran humildes: camisones de tela gruesa, usados comúnmente bajo armaduras de placas, junto a armas improvisadas. Picos martillo, troncos de madera con pedazos de metal incrustados ademas de la más popular, el palo de escoba con una punta de flecha en un extremo, o su variante con dos mitades de punta de flecha, las cuales otros dos reclutas ensamblaban detrás de él.

Cuando llegó mi turno, sutilmente dejé el anillo sobre la mesa. El caballero lo vio, alzó una ceja, pero no dijo nada. Simplemente tomó el anillo y se lo colocó en el dedo. Acto seguido, me entregó algo diferente: una espada larga algo vieja, pero en buen estado, junto con una armadura de cuero completa, botas y una hombrera metálica.

— ¡siguiente! 

dijo, mientras yo, en una esquina, dejaba mi ropa en el piso para después colocarme la armadura, que me quedaba un poco grande. Pero no era como si me pudiera quejar, así que simplemente salí por una puerta donde otro caballero estaba esperando.

— Tú, Muralla tres — dijo fríamente, mientras tachaba algo en una lista.

 

— ¿Podría indicarme dónde queda eso?

 

El soldado suspiró mientras señala una calle.

 

— Recto hasta la muralla. Sube, y estarás ahí.

sin preguntar más tome camino por donde me había indicado.  Era pasado el mediodía. En pocas horas, el ejército de demonios estaría en nuestras puertas, para no mucho después seríamos la mugre en los zapatos de esos invasores. Mientras caminaba, no podía dejar de observar las casas de madera recubiertas de arcilla con ceniza, tan características de la ciudad; las calles de ladrillos tallados en piedra, desgastados por siglos de uso... Todos esos pequeños detalles que había dado por sentado durante tanto tiempo de pronto parecían tener importancia. Seguramente, esa sería la última vez que los vería.

Llegué al muro: una imponente construcción de al menos tres pisos de altura, hecha con enormes bloques de basalto, cada uno tan masivo que, según me contaba mi abuelo, harían falta cien hombres para moverlos jurando que nadie jamás sería capaz de atravesarlos. Sin más, comencé a subir por una escalera de cuerda hasta la parte superior. cerca de la cima dos reclutas me ayudaron a trepar. Por primera vez pude ver la cima del muro de la ciudad: un estrecho camino tallado en los bloques superiores, que descendía hasta que los laterales quedaban al nivel de la cintura, lleno de mugre, musgo con algunos arbustos que crecían entre las grietas.

Tomé aire para después volver a ver a mis nuevos compañeros con intención de saludarlos.

— Hola, soy Kiran. ¿Y ustedes?

— Hola, yo soy Nataniel, y él es Magno. No habla, solo te juzga con la mirada — dijo con cortesía acompañada de un optimismo que parecía casi irreal, como si no estuviéramos, tal vez, a minutos de la completa aniquilación.

Pero, tras el saludo, no había mucho más que decir. Sabíamos por qué estábamos allí, y tratar de conocer más sobre alguien que pronto podría estar muerto no parecía una buena idea. Nos posicionamos mirando hacia las afueras de la ciudad. Allá abajo, el ejército se encontraba reunido en formación defensiva, o eso me parecía a mí. Al frente, liderando las tropas, estaba el mismo hombre que nos había dado las instrucciones unas horas antes pronunciando otro discurso.

«Cuando ellos caigan, nosotros seremos los siguientes» pensé, antes de que aquel optimista rompiera el silencio.

— Oye, ¿tienes algún sueño?

— ¿Sueño? — pregunté en respuesta.

— Un sueño, ya sabes, ¿a qué aspiras? ¿Qué quieres hacer con tu vida? Yo siempre soñé con ser un caballero, aunque no así. Pero bueno, al menos pude cumplirlo antes de morir.

— Yo... realmente no tengo un sueño. Nunca aspiré a nada. Solo... mmm… ¿qué es eso? — algo llamó mi atención por el rabillo del ojo: una nube de polvo y siluetas desiguales que se acercaban rápidamente.

— ¿Qué es qué? — preguntó Nataniel, notando mi cambio de expresión.

— ¡Eso allá en el horizonte! ¿Es...?

— ¡Es el ejército del Demonio! ¡Ya están aquí!

El estruendo del cuerno de guerra resonó desde una de las torres del muro, haciendo que todos entráramos en alerta. Frente a nosotros, El Demonio lideraba a sus tropas, que avanzaban con una velocidad abrumadora, cubriendo el horizonte mientras el último rayo de sol desaparecía tras ellos.

El aire se volvió pesado, tan opresivo que apenas podía mantenerme en pie al contemplar a cientos de miles de demonios marchando hacia nosotros. Quisiera decir que todo fue rápido, que el ejército del Demonio acabó con nosotros en cuestión de minutos,sin mas. Pero eso habría sido mejor, muchísimo mejor.

Porque lo que ese maldito hizo es algo que no podré olvidar jamás.

Ellos estaban a punto de llegar, entonces lo vi. Ahí, parado en la cima de una colina, dándonos la espalda: el héroe traidor. El mismo que decidió no pelear contra El Demonio, abandonando a sus compañeros a su suerte. Desde ese momento, todo se volvió confuso. Aun así lo poco que recuerdo es el horror. Él estaba ahí, inmóvil, de repente sacó un bastón. Dijo algo que no alcancé a escuchar, pues estaba demasiado lejos. De repente, unas mandíbulas emergieron del suelo, arrancándole el brazo. eh inmediatamente después, un enorme portal se abrió, de él cual comenzaron a salir monstruos, una marea infinita de oscuridad.

Lo último que recuerdo con claridad es el sonido de un corazón ajeno latiendo, retumbando como un tambor en mis oídos. Sentía mi cuerpo estremecerse con cada latido. Después de eso, solo gritos... súplicas... pero no nuestras, sino de ellos. Uno piensa que ha escuchado todo, que ha visto todo lo que el mundo puede ofrecer, hasta que escuchas a un demonio orarle a tu dios por piedad.

El veterano aventurero, sentado en la mesa del bar, terminó su relato repentinamente antes de que las náuseas lo superasen.

— Perdonen, necesito un respiro.

 

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