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En sueños

Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

Me encuentro subiendo una escalera de cuerdas hacia la cima del muro. Intento detenerme, pero mi cuerpo no responde. Sé lo que está pasando: es un sueño recurrente que me ha atormentado durante los últimos diez años. Una fiel recreación de aquel día, donde no puedo hacer nada, solo observar.

No siempre empieza o termina igual, ni siquiera en el mismo punto. A veces logro despertar antes de que llegue al final, pero esta vez no parece que ese vaya a ser el caso. Sigo subiendo, ayudado por Nataniel y Magno. Todo ocurre exactamente igual que siempre, como si estuviera atrapado en un bucle interminable.

— Hola, soy Kiram. ¿Y ustedes?

— Yo soy Nataniel, y él es Magno. No habla, solo te juzga con la mirada.

— Y yo soy Thaddeus, un gusto.

Igual que la primera vez, la conversación termina ahí. Pasará un rato antes de que el ejército de El Demonio llegue, así que me limito a observar la escena, repasando la mentalmente.

Nataniel está a mi derecha, mirando el horizonte mientras junta valor para hablar conmigo. Thaddeus, a mi izquierda, juega con una daga en una mano mientras observa una foto en la otra. Magno está sentado detrás de mí, recostado en el piso, usando como almohada el bate improvisado que lleva como arma.

Todo está en su lugar. Todo sucede como lo recuerdo. Y, como siempre, soy incapaz de cambiarlo.

De fondo, empieza a sonar el discurso del capitán, tan pesimista como siempre, pero extrañamente inspirador.

— Jaja, qué alentador. —Thaddeus sonríe mientras se sube a la pared que bordea el camino sobre el muro.
— Ustedes quédense tranquilos, yo no pienso morir aquí. Si es necesario, yo mismo mataré al Demonio y luego me reuniré con mi esposa. —Dice mientras desenfunda sus dos dagas, poniéndose en posición de combate.

— Soñador. —Magno responde en tono de burla, lo que da paso a Nataniel para empezar su discurso sobre los sueños.

El discurso, como siempre, es interrumpido por la llegada del ejército del Demonio en el horizonte. Segundos después aparece él, el héroe traidor.

— ¿Quién es ese loco? —pregunta Magno, curioso.

Aunque nadie es capaz de responder, yo sé exactamente lo que va a pasar. Intento cerrar los ojos, despertar, pero no puedo. Solo puedo contemplar con horror cómo aquella figura desenfunda un bastón.

— ¿Un héroe? Jajaja, qué patético. Si tus amigos no pudieron, ¿qué te hace pensar que tú sólo podrás hacer algo? —anuncia el Demonio mientras se pone al frente de su ejército, caminando hacia el héroe.

La potente voz del Demonio retumba en los oídos de todos, cargada de fuerza. A su alrededor, los tambores y gritos de su masivo ejército claman su grandeza. Pero en respuesta, el héroe empieza a recitar un cántico ininteligible, mientras extiende su brazo hacia un lado.

De repente, unas mandíbulas de oscuridad surgen del suelo, devorando el brazo extendido del héroe. En ese instante, todo queda en silencio.

El Demonio, que había dejado de proyectar su voz, parece perturbado. Aunque no puedo escuchar lo que dice, su expresión lo dice todo. Acto seguido, un portal se abre bajo sus pies, extendiéndose por una vasta área.

Del cual surge un mar de monstruos, criaturas horrendas que engullen al Demonio en un instante. Su grito desgarrador se ahoga en el caos, mientras su ejército observa horrorizado.

El momento de shock no dura mucho. Los demonios cargan contra el mar de monstruos, pero la batalla es completamente unilateral. Uno tras otro, los soldados demoníacos son aplastados.

La valentía inicial se disuelve rápidamente, dejando solo desesperación. Veo cómo intentan huir, pero ninguno lo logra. El mar de monstruos los alcanza, destruyéndolos de maneras tan horribles que resulta imposible apartar la mirada.

El horror es absoluto. Y yo, como siempre, soy un espectador impotente, atrapado en este recuerdo que no deja de perseguirme.

Veo cómo uno de los demonios intenta trepar el muro bajo nosotros, buscando desesperadamente escapar. Está a punto de subir cuando Magno se pone frente a él, con su bate levantado, listo para golpearlo. Pero antes de que pueda hacer nada, el demonio es destrozado por una especie de ave monstruosa la cual utiliza el cuerpo de otro demonio como arma, aplastándolo contra el muro esparciendo sus restos por todas partes.

Esto se extiende durante horas. Un caos interminable de criaturas devorándose unas a otras, de gritos ahogados, sangre cubriéndolo todo. Y yo, incapaz de apartar la mirada, lo observo todo. No sé por qué, pero igual que en este sueño, ese día tampoco fui capaz de dejar de mirar.

Sin embargo, algo es diferente esta vez. De un momento a otro, veo aparecer frente a mí una bestia de pelaje oscuro, casi del tamaño de una montaña, su boca, llena de enormes dientes rojos, empieza a abrirse lentamente hacia mí.

Quiero moverme, correr, despertar, pero no puedo. Estoy atrapado, congelado en el lugar, mientras esos dientes gigantescos se acercan más y más hasta engullir me por completo.

Despierto de golpe, empapado en sudor, con el corazón desbocado y el cuerpo temblando. Me siento al borde de la cama, intentando calmarme, respirando profundamente. No importa cuántas veces reviva esa escena en mi mente, siempre me perturba hasta los huesos. Pero esta vez algo fue distinto; esa visión al final, esa monstruosidad que nunca antes había aparecido. No puedo dejar de pensar en eso.

Me levanto torpemente, dirigiéndome a la cocina. Sacó un balde con agua para echarme un poco en el rostro, buscando aliviar la pesadez de mi mente. Sin querer, terminó observando mi reflejo en el agua: cabello despeinado y desigual, una barba descuidada que delata mis hábitos,  unas profundas ojeras que hablan de noches de insomnio. Suspiro. No es como si no lo supiera: soy un desastre.

Con resignación, regreso al cuarto para sentarme frente a una mesa donde reposa un viejo espejo de cobre pulido. Aunque está opaco también algo rayado, sigue cumpliendo su propósito. Mientras observo mi reflejo en el metal, los recuerdos empiezan a invadirme, y dejo que me arrastren, buscando distraerme de la pesadilla.

Aquel día.... Fue poco después de que el capitán del ejército tomara el reino. Recuerdo cómo los nobles, creyendo que podían regresar a ocupar sus cómodas posiciones de poder, fueron expulsados sin piedad. El nuevo rey había tomado el control absoluto y no les dejó margen para negociar. Ordenó su expulsión inmediata, despojando a estos de todos sus bienes e inmuebles.

Lo irónico es que todo aquello quedó en manos de los soldados que habían sido abandonados en el frente como carne de cañón. Soldados improvisados, gente como yo, que sobrevivimos a un infierno al que nadie pensó que regresaríamos. Fue entonces cuando conseguí este espejo. No era más que una baratija para alguien de sangre azul, pero para mí, representaba algo más: un trozo de vida ajena que quedó atrás en el caos.

Miro el espejo una vez más, intentando encontrar en mi reflejo al hombre que solía ser antes de que todo cambiara. Pero ese hombre ya no está. Solo queda esta sombra, atormentada por sueños que nunca me dejan en paz.

Me pasó una mano por la cara, sintiendo la barba áspera bajo los dedos. Mañana será otro día, me digo, pero una sensación incómoda me invade: no puedo seguir así.

Abro un cajón junto a la mesa del que sacó una afilada cuchilla de afeitar. Me concentro por un momento,  un tenue brillo amarillo envuelve el filo de esta, con movimientos meticulosos, comienzo a quitar la barba, asegurándome de no dejar ni un pelo fuera de lugar. El filo deslizándose contra mi piel me da una extraña sensación de control, como si estuviera arrancando algo más que el vello: pedazos de esa apatía que me consume.

Cuando termino, limpio la cuchilla y dejo que mi mano descanse sobre unas tijeras cercanas. Un corte también necesita ser arreglado. Sin prisa pero sin gran destreza, me enfrento a mi cabello. Las tijeras cortan mechones con un ritmo irregular, el resultado final es tosco, pero mucho mejor que el desastre que llevaba encima.

Me levanto para verme en el espejo. Es un cambio al menos por un instante, mis ojos se dirigen hacia la cama. Podría intentar dormir. Pero el solo pensamiento de volver a ese sueño, me hiela la sangre.

Recojo mis cosas para salir de la panadería. El aire fresco de la mañana me golpea el rostro, y de fondo, la primera campanada del día suena con claridad. Menos de tres horas. Es lo que logré dormir, aunque para mí pareció una eternidad. No es alentador, pero al menos estoy en movimiento.

El cielo se tiñe de tonos cálidos mientras el pueblo despierta. Las primeras personas salen de sus casas, sacudiendo el letargo de la noche. Un hombre mayor recorre las calles con una vara larga, golpeando las ventanas para levantar a los rezagados. El ambiente se llena de murmullos y pasos apresurados, marcando el lento regreso a la normalidad. No como en los viejos tiempos, pero mejor de lo que estuvo.

Mientras camino, pienso en lo fácil que algunas personas pasan pagina, como si lo sucedido no hubiera sido más que un mal sueño. No es mi caso, ni el de muchos otros que cargan las cicatrices de lo ocurrido.

Dejó atrás la zona próspera del pueblo entrando a un barrio que alguna vez fue hogar de los nobles. Mansiones saqueadas, ventanas rotas y puertas ausentes me rodean. Hasta las rejas metálicas que las protegían han desaparecido, fundidas o reutilizadas para otros fines. Solo queda un desolador eco de lo que alguna vez fue.

Al final del camino, un edificio destaca. Un templo, el único intacto en toda la zona. Las Hermanas de la Luz, con su voto de pobreza, aseguraron que nunca hubiera nada que saquear aquí.

—¡Sofía, sal! ¡Se nos hará tarde!

—Miren quién habla —responde una voz femenina desde el interior. Una mujer sale del templo, vistiendo una túnica negra holgada junto a un manto blanco que cubre su rostro. Su actitud denota confianza, y su tono lleva un leve matiz burlón.

—¿Por qué tan madrugador? —pregunta mientras cierra la puerta tras ella.

—Solo no pude dormir.

—¿Ese sueño otra vez?

—Sí, pero esta vez fue... diferente. —Hago una pausa breve antes de continuar—. En fin, debemos llegar a la puerta norte antes que los demás, o seguro dirán que no encontraron a nadie, como la vez pasada.

Nos ponemos en marcha, avanzando por las calles desiertas. El aire fresco del amanecer nos rodea mientras seguimos hablando.

—¿Y bien? ¿Conseguiste nuevos miembros?

—Sí... a los hijos de Thaddeus.

Sofía se detiene, incrédula.

—No inventes. ¿Los mocosos de Thaddeus están vivos?

—Oye, sé que Thaddeus era un desastre de persona.

—Más o menos como tú —interrumpe, esbozando una sonrisa mientras contenía la risa.

—Sí, sí, muy graciosa. —Sacudo la cabeza, pero continúo—. El caso es que no los vendió, solo los dejó con deudas.

—¿Y por eso aceptaron acompañarnos?

—Eso y que su hijo parece un entusiasta de las aventuras.

Sofía suelta una carcajada breve para responder:

—Supongo que sí —dice con un encogimiento de hombros

Poco después llegamos a otra mansión saqueada. A simple vista, es igual que las demás: ventanas rotas, paredes con grietas y puertas colgando de las bisagras. Sin embargo, esto tiene algo diferente. En lugar de vagos o saqueadores, dentro se encuentra la sede del gremio de aventureros.

—Entonces, ¿vas tú? —preguntó, mirando de reojo a Sofía.

—Sí, mi niño, yo me ocupo. —Me da unas palmadas en la cabeza antes de entrar al gremio con su habitual confianza.

Me quedo esperando afuera, pateando una piedrecita para pasar el tiempo. No tarda mucho en salir de nuevo, esta vez con un relicario en forma de sol en una mano y un pergamino enrollado en la otra.

—Ya tengo las cosas de la misión —anuncia, agitando el pergamino frente a mí.

— ¿Qué haría sin ti? — respondo con una mezcla de ironía junto a un agradecimiento genuino.

—Pues, pagar el relicario que perdiste y rogarle a Estefani que te dé la misión... de rodillas. —Sonríe con suficiencia, claramente disfrutando de la broma

Me quedo en silencio, sin darle el gusto de una respuesta. Me doy la vuelta para seguir caminando hacia nuestro destino.

—¡Oye, espera! —llama detrás de mí, apurándose a seguirme—. Solo fue una broma, no te pongas así.

A pesar de su tono conciliador, no puedo evitar esbozar una ligera sonrisa que se esconde de su vista. Esta dinámica ya es costumbre entre nosotros.

 

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