Caminaba por las calles de la ciudad en las primeras horas de la mañana, cuando vi a un par de caballeros malheridos montados en sus corceles. Se dirigían con urgencia al castillo, sus armaduras cubiertas de barro y sangre. En aquel momento no sabía quiénes eran. Ojalá pudiera seguir sin saberlo ahora.
Sir Eric y Sir Anders.
—¿Qué les pasó? —preguntó una voz femenina a mi lado.
Me giré ligeramente, pero no hacía falta verla para saber quién era.
—¿No lo sabes ya?
—Solo soy un fragmento de mí misma —respondió—. No puedo ver más de lo que muestran tus sueños.
Guardé silencio por un momento antes de responder.
—Fue durante el primer Festival de las Tormentas. En aquel entonces, los nobles se habían reunido en un pueblo a las afueras del Bosque Pálido, agrupando fuerzas para retomar la ciudad por la fuerza. Habían convencido a varios pueblos y ciudades de apoyarlos.
—¿Y qué tienen que ver ellos en todo esto?
—No todos en la ciudad estaban contentos con el nuevo gobierno.
De pronto, la escena cambió. Me encontraba dentro de una taberna. Varias jarras de cerveza vacías se amontonaban sobre la mesa frente a mí. Afuera, la tormenta rugía con fuerza.
—Tus amigos te dejaron solo —comentó la camarera mientras dejaba otra jarra sobre la mesa.
—Tenían cosas que hacer —respondí sin mirarla.
—¿Y qué estaban celebrando?
—Nada importante… solo cumplimos una misión.
Llevé la jarra a mis labios, pero mis ojos estaban fijos en los dos caballeros al otro lado del bar. Bebían con confianza, creyendo que nadie más podía escucharlos. Podría haber sido cierto… de no ser porque yo estaba ahí.
—¿Estás seguro de que el príncipe podrá retomar el control del reino? —preguntó uno de ellos, con voz baja.
—No por la fuerza —respondió el otro—. El ejército del nuevo rey es demasiado grande. Una invasión solo lograría unir a todos en su defensa. Pero si le contamos al príncipe la verdad sobre la lluvia… no creo que tenga problemas en convencer a la gente de rebelarse. Tú y yo no somos los únicos descontentos con este gobierno.
Hubo un breve silencio antes de que el primero volviera a hablar.
—Y así, tú y yo aseguraremos nuestras posiciones en la nobleza. ¿Pero por dónde escaparemos?
—En el muro este. Hay un desagüe que nadie vigila. Los barrotes están oxidados.
No esperé a escuchar más. Me levanté, dejando unas monedas sobre la mesa, y salí al exterior.
La lluvia empapaba las calles mientras avanzaba, el agua corriendo entre los adoquines como pequeños ríos. Al llegar al muro este, encontré el susodicho desagüe. Me oculté en un callejón cercano y me dispuse a vigilar.
—¿Por qué no buscaste ayuda?
—No sabía cuándo escaparían —respondí sin apartar la vista de la escena en mi mente—. Si buscaba ayuda, corría el riesgo de que, para cuando la encontrara, ellos ya hubieran huido. No eran muchos los que conocían la verdad sobre la lluvia… no podía confiar en cualquiera.
—¿Y qué tanto importa que ese secreto no se sepa?
Suspiré.
—Es verdad que el reino lleva mucho tiempo en malas condiciones, pero no es culpa del nuevo rey, sino del traidor. Una verdad que muchos, aferrados a los buenos tiempos, se niegan a aceptar. Si el secreto de la lluvia se revelara, se convertiría en la excusa perfecta para una revolución. Algo que no estaba dispuesto a permitir.
Las horas pasaron.
El amanecer estaba cerca cuando vi a dos figuras moverse entre las sombras, dirigiéndose al desagüe.
Esperé.
Apreté el mango de mi espada
Y entonces…
Salgo corriendo del callejón y lanzo un corte horizontal al cuello de uno de ellos. Apenas logra bloquearlo con un brazal, reaccionando con rapidez. Acto seguido, le respondo con una patada en el estómago que lo hace volar a través de la calle hasta impactar contra el muro detrás de sí.
Su compañero no pierde tiempo y me ataca con un golpe vertical perfecto, que bloqueo con la guarda de mi espada. El eco del impacto resuena en la noche.
—¿Qué mierda estás haciendo? —gruñe, empujando su hoja contra la mía.
—No tengo que responderle nada a un par de traidores.
Trabo nuestras espadas y las elevo, cerrando la distancia con un rodillazo directo a su abdomen. Se dobla por el impacto, cayendo de rodillas, listo para recibir un golpe con la guarda en la cabeza. Sin embargo, una repentina ráfaga de viento me empuja violentamente contra la pared.
—Vaya, nos tomaste por sorpresa —dice uno de ellos, poniéndose de pie mientras sostiene su abdomen con una mano.
El otro se coloca a su lado. Su espada está envuelta en ráfagas de viento.
—Un segundo más y no la cuentas —advierte con frialdad.
Sus voces me permiten reconocerlos. A la derecha está Sir Anders, con su espada envuelta en viento. Por descarte, Sir Eric es el que golpee en el estómago. Ambos adoptan posición de combate. Se preparan para matarme y huir.
Pero no se los dejaré tan fácil.
Me levanto y adopto mi propia postura. He fallado dos golpes mortales teniendo el factor sorpresa de mi lado. Ahora, con los dos caballeros entrenados y atentos a todos mis movimientos, mis posibilidades de ganar son mínimas.
—Déjamelo a mí —dice Sir Eric, avanzando con decisión—. Haré que pague por ese golpe.
Su ataque es un potente corte lateral dirigido a mi costado derecho. Lo bloqueo, pero el impacto hace que mi espada despida chispas en la oscuridad y me deslizo varios metros por la fuerza del golpe. Apenas me estabilizo cuando lanza otro ataque desde el lado opuesto, obligándome a retroceder con cada embestida. Cada golpe me sacude el cuerpo entero.
—¿Qué pasa? ¿Se te acabó el valor, niño?
Prepara una estocada. Me alisto para bloquearla, pero algo llama mi atención: gotas de agua giran alrededor de su espada. En el último segundo, en lugar de bloquear, salto a la izquierda. Un torrente de agua atraviesa la pared detrás de mí con violencia.
—Sorprendente… pensé que con esa te tenía —dice con una sonrisa torcida.
El filo de su espada se alarga, envuelto en agua.
—Parece que te subestimé un poco.
Empieza a moverse hacia la derecha, obligándome a caminar en la dirección opuesta. De repente, ejecuta un corte al aire, enviando una cuchilla de agua hacia mi cuello. Me agacho para esquivarla, pero otra va directo a mis pies, obligándome a saltar hacia atrás. Antes de que pueda reaccionar, una lluvia de cuchillas de agua se dirige hacia mí. Son demasiadas para esquivar, así que me veo obligado a bloquearlas lo mejor que puedo.
—Termina con esto rápido, tenemos que irnos —gruñe Sir Anders.
—Está bien… solo déjame jugar un poco más con él.
Sir Eric aumenta el ritmo de sus ataques. Su espada se mueve con velocidad inhumana. Mis bloqueos ya no son suficientes. Empiezo a recibir cortes por todo el cuerpo. Mi respiración se vuelve errática. Mi corazón late con fuerza.
Siento la muerte acercándose.
De pronto, por primera vez, veo mi cuerpo brillar con una tenue luz. Al mismo tiempo, una extraña ligereza recorre mis extremidades. Mi velocidad aumenta. Mis bloqueos se vuelven más precisos. Empiezo a avanzar entre la andanada de ataques.
—Vaya, entonces tenías otro as bajo la manga…
No le dejó terminar.
Salto hacia el frente y lanzo un corte directo a su estómago. Apenas logra bloquearlo, pero la fuerza del impacto lo lanza hacia atrás, haciendo caer a unos diez metros de mí. Aun así, se levanta de inmediato, adoptando otra vez su posición de combate… aunque su espada cae al suelo.
—Me rompió la mano… —murmura con frustración.
Aprovecho la oportunidad y me lanzo otra vez hacia él con otro corte, pero una muralla de viento me empuja violentamente hacia atrás.
—Debiste matarlo rápido —gruñe Sir Anders con molestia.
—Sí, sí, ya cállate y ayúdame a matar a este infeliz —responde Sir Eric, sujetando su mano herida mientras con la otra empieza a manipular el agua a su alrededor.
Sir Anders se coloca frente a él, preparándose para retomar la batalla.
Aprieto los dientes y salto hacia el frente, atravesando la barrera de viento con una estocada. Sin embargo, Sir Anders bloquea con su espada y, en un movimiento fluido, desliza su hoja por el lateral de la mía hasta impactar con la guarda. Una repentina ráfaga de viento me empuja otra vez hacia atrás, mientras cortes finos aparecen en mis manos.
Ignoro el dolor y vuelvo a la carga con otro corte dirigido a su costado, pero lo evade con un ágil salto. Desde el aire, lanza una estocada directa a mi cabeza. La bloqueo a tiempo, pero en ese instante, una esfera de agua impacta con fuerza contra mi estómago. El golpe me tira al suelo, haciéndome soltar la espada mientras me deja sin aire.
—Eso es todo lo que tienes? —Se burla Sir Eric.
—¡Cállate y mátalo de una vez! ¿O estás esperando a que te rompa la otra mano? —gruñe Sir Anders con impaciencia.
Intento recuperarme, pero antes de que pueda reaccionar, la esfera de agua se envuelve alrededor de mi cabeza.
Empiezo a ahogarme mientras veo cómo Sir Eric reúne agua alrededor de su espada hasta convertirla en un enorme mandoble que sostiene con su mano sana. Se acerca lentamente, preparando un golpe en vertical.
La desesperación se apodera de mí. Intento alcanzar mi espada, pero mis dedos solo encuentran aire. En su lugar, noto una grieta en los adoquines de piedra. Sin pensarlo, arrancó un trozo del suelo y se lo arrojó al rostro.
El impacto lo toma por sorpresa. Se tambalea y cae al suelo, llevándose ambas manos a la cara.
—¡Mi ojo!
La distracción es suficiente para que la burbuja de agua que me asfixiaba se disipe. Me lanzo por mi espada justo a tiempo para bloquear otra estocada de Sir Anders mientras me pongo de pie, retomando mi postura de combate.
—¡Ya deja de llorar, yo lo terminaré! —gruñé Sir Anders.
-¡No! Ese maldito es mío —objeta Sir Eric, furioso.
Veo cómo ambos caballeros se colocan lado a lado nuevamente. No pienso esperar. Doy el primer movimiento con una estocada directa a Sir Eric, pero Sir Anders la desvía con su espada, clavándola en el suelo. Enseguida, me ataca con otra ráfaga de viento, la cual disipo con un corte ascendente, lanzando fragmentos de roca hacia ellos. Bloquean los escombros sin dificultad, pero la distracción me da el tiempo justo para lanzar un corte lateral contra Sir Anders.
Él lo esquiva, dejando expuesto a Sir Eric, quien alcanza apenas a bloquear una patada antes de estrellarse contra la pared. Me preparo para el golpe final, pero una ráfaga de viento me arroja lejos de él.
—¡Levántate o deja de estorbar! —escupe Sir Anders con impaciencia.
—¡Ya cállate, sé lo que tengo que hacer! —gruñe Sir Eric, incorporándose con dificultad.
Sir Anders se coloca frente a él, su espada envuelta en un torbellino de viento.
Regreso al ataque con un corte diagonal. Lo frena a duras penas, pero entonces…
—Te tengo.
De pronto, mis pies dejan de tocar el suelo. Un poderoso tornado me eleva, lanzándome violentamente contra casas y escombros. Cuchillas de agua se mezclan con la tormenta, rasgando mi piel mientras Sir Eric sigue atacando sin piedad. No puedo hacer nada… hasta que, finalmente, el torbellino me arroja contra el muro de la ciudad.
Caigo al suelo.
El dolor es insoportable. No sé cuántos huesos rotos tengo ni cuánta sangre he perdido. Apenas puedo respirar. El mundo comienza a oscurecerse…
Hasta que, de repente, el sonido de mi corazón retumbando con furia se vuelve ensordecedor. Apenas puedo escuchar las gotas de lluvia golpeando el suelo.
Me levanto.
Mi cuerpo emite un fulgor dorado. No siento el dolor. No siento nada.
Veo a los dos caballeros, pero sus rostros son borrosos. Sus voces no llegan a mis oídos.
En un instante, arrojo mi espada. Se clava en el pecho de uno de ellos, empalándolo contra la pared. Me lanzo contra el otro, derribándolo al suelo y golpeándolo sin descanso. Una y otra vez. No sé cuánto tiempo pasa.
Hasta que, de pronto, reacciono.
Miró mis manos ensangrentadas.
A mis pies, Sir Eric, molido a golpes, me observa con una sonrisa torcida. Con su último aliento, murmura:
—Felicidades… héroe…
me levanto a duras penas y comienzo a caminar alejándome del lugar sólo para caer desmayado al piso