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La marcha

Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

Descansaba a los pies de un asta bandera, observando cómo el viento movía suavemente los jirones de una tela que alguna vez fue una bandera. A mi lado, Sofía jugaba distraídamente con el relicario de sol, haciendo girar la cadena en su dedo. El ambiente estaba tranquilo, pero el silencio empezaba a hacerse pesado, así que decidí romperlo.

—¿Cómo van las cosas en el templo? —pregunté, buscando cualquier tema de conversación.

Ella dejó de jugar con el relicario por un momento soltando un suspiró profundo.

—Desde que la presencia de los dioses se esfumó de aquí, cada vez más miembros del clero abandonan los templos... o intentan salir del reino —respondió, su tono teñido de frustración.

—¿Qué tan malo es? —insistí, temiendo la respuesta.

—Solo quedo yo con otras tres hermanas más. —Dejó escapar una risa amarga.

—Bueno, algo es algo —intenté animarla, aunque sabía que mis palabras no ayudarían mucho.

—"Algo", dice... —Sofía dejó el relicario en su regazo mientras me ve de reojo—. Son un trío de viejas arcaicas que no mueven un dedo para ayudar con las tareas. Solo se la pasan orando con la esperanza de contactar con algo.

—¿Y tú no oras? —pregunté, aunque ya conocía parte de la respuesta.

—De vez en cuando, pero lo único que encuentro son espíritus menores y... esa cosa. —Hizo una pausa, mientras su mirada se oscurecía.

—¿Qué cosa? —pregunté, más intrigado que preocupado.

—Una especie de cuervo espiritual. —Su voz bajó un poco, como si decirlo en voz alta pudiera invocar a este —. Otra de las monstruosidades invocadas por el traidor.

Asentí en silencio. El solo mencionar al traidor hacía que una sensación amarga se asentara en mi garganta.

—Ese maldito jodió este mundo en tantos niveles que ni siquiera puedo mencionarlos todos —continuó Sofía, su voz cargada de rabia contenida.

—Pero ni modo —interrumpí, intentando ponerle fin a la conversación—. Poco y nada podemos hacer al respecto. Lo mejor es aprender a vivir con eso y avanzar. Al menos este reino es habitable.

—Dejará de serlo si no encontramos el agua —replicó ella, sin perder el hilo de preocupación.

—¿Hay otros grupos? —pregunté, aunque sabía la respuesta de antemano.

—Sabes que solo nosotros nos atrevemos a bajar ahí.

—Buen punto.

Sin más que agregar, vi a lo lejos llegar a los otros dos miembros del grupo. Uno era un gigante con aspecto de bárbaro, musculoso y con una actitud tranquila, casi relajada. El otro, un joven castaño con gafas, vestido como un bibliotecario, quien no quitaba los ojos de un libro mientras caminaba.

Nos levantamos para recibirlos. Apenas llegaron, el rubio levantó el libro hacia Sofía sin siquiera saludarla.

—Sofía, tú sabes de estas cosas. ¿Esta runa es de fuego, verdad?

—Déjame ver. No leo runas desde hace tiempo. —Se apartó con él hacia una banca para revisar el libro.

Por mi parte, me acerqué al gigante, quien extendió su mano hacia mí. La estreché.

—¿Y cómo has estado, Harald? —pregunté.

—Bien, aunque este mes el negocio de la madera no me ha dejado muchas ganancias. Hoy dicen que levantarán más el muro de la represa para aumentar la capacidad de agua.

—Solo si conseguimos más agua. Si el nivel sigue bajando así, no habrá agua que contener.

—Entonces tendremos que apostarlo todo en esta misión.

Me senté junto a él a los pies del asta bandera. Esta misión llevaba meses en el tablero del gremio, pero nadie la había completado. Con cada día que pasaba y la escasez de agua empeoraba,aumentando la presión.

—Entonces, ¿conseguiste a los nuevos miembros? —preguntó Harald.

—Sí, a los hijos de Thaddeus.

—¡No inventes, los hijos de Thaddeus! —exclamó Harald, su voz resonando en la calle como un trueno.

—Antón, ¡este imbécil va a llevar a los hijos de Thaddeus al abismo! —gritó, llamando la atención de todos a nuestro alrededor.

—El "imbécil" estuvo de más —respondí, mientras me pasaba una mano por la cara.

Detrás de nosotros, escuché el golpe seco de un libro cerrándose, seguido del inevitable grito de Antón.

—¿Cómo se te ocurre hacer eso? ¡Solo son un par de novatos! Pensé que, como mínimo, traerías a alguien con experiencia. Ellos no deben ni llevar dos meses registrados en el gremio.

—No los busqué yo. Ellos vinieron —respondí, tratando de mantenerme calmado.

—¡Y tú te aprovechaste de su desesperación para hacerlos aceptar! —remató Sofía, claramente disfrutando la escena.

—Sofía, no ayudas —murmuré, mientras ella contenía una sonrisa burlona.

No me quedó más opción que aguantar el sermón de Antón, quien parecía estar a punto de explotar en cualquier momento. Mientras tanto, Harald me miraba con desaprobación, aunque ya resignado a quienes eran nuestros nuevos compañeros.

—Mira, no hay nadie más dispuesto a acompañarnos al abismo. Solo ellos —dije, intentando justificar mi decisión.

—¿Y ellos saben de nuestra historia personal con su padre, supongo? —preguntó Antón, levantando una ceja.

—No, realmente no.

Antón hizo una pausa, pensando cuidadosamente en qué decir al respecto. Finalmente, con un suspiro, respondió:

—Bueno, así está mejor.

—Entonces no les diremos nada referente a Thaddeus —intervino Harald, con un tono más firme.

—Aparentemente no —respondí, encogiéndome de hombros.

—En fin, ¿a qué horas llegan? —preguntó Antón.

—Kiram dijo que no deberían tardar en llegar —respondió Sofia.

No añadí nada más solo me senté a esperar. El resto del grupo hizo lo mismo, cada uno ocupándose en algo diferente mientras pasaba el tiempo. Antón volvió a abrir su libro mientras se sumergía en su lectura, Harald sacó su hacha para comenzar a afilarla con movimientos precisos, y Sofía continuó jugueteando con el relicario, haciendo que la cadena girara entre sus dedos.

Yo, por mi parte, me limité a observarlos en silencio, intentando no pensar demasiado. Mi mente rotaba entre pensamientos banales sin importancia, buscando no enfocarme en nada para evitar hundirme, como de costumbre.

—¡Eh, hola! —un saludo a la distancia llamó mi atención.

Alcé la mirada viendo a los nuevos integrantes acercarse con paso apresurado. Uno de ellos, un joven vestido con una capa negra con una mascarilla que cubría su rostro, agitaba una mano en el aire para captar nuestra atención.

—Parece que los hijos de Thaddeus finalmente llegaron —murmuró Sofía, dejando de jugar con el relicario.

Me levanté para recibirlos, el resto del grupo hizo lo mismo. Harald se cruzó de brazos, observándose con indiferencia, mientras Antón cerraba su libro, preparándose para evaluarlos con una mirada crítica. Sofía, en cambio, mantuvo su actitud burlona habitual.

Cuando estaba lo suficientemente cerca, el joven entusiasta se detuvo, ligeramente sin aliento, esbozando una amplia sonrisa para luego bajar su mascarilla con un dedo. A su lado, su hermana, una joven de rostro serio con mirada determinada vestida igual, le daba una ligera palmada en la espalda para que se calmara.

—Llegamos a tiempo, ¿verdad? —preguntó él, todavía intentando recuperar el aliento.

—Más que suficiente —respondí, intentando sonar relajado mientras escaneaba a los dos con la mirada.

—Bueno, aquí estamos —añadió la chica, cruzando los brazos. Su tono era firme, casi desafiante, como si ya esperara críticas o dudas de nuestra parte.

—Perfecto, entonces supongo que es hora de presentaciones formales —intervino Sofía, dando un paso adelante con una sonrisa más amplia de lo habitual, claramente disfrutando del momento.

—Yo soy Sofía, hermana de la luz. Me encargo de los rituales y la sanación. El gigante de allá es Harald, y junto con Kiram, forman la vanguardia del grupo —dijo, señalándonos con un gesto despreocupado.

—Un gusto —murmuró Harald con su característica voz grave, asintiendo apenas.

—Yo soy Antón, el mago del grupo —dijo este, cruzando los brazos y mirando a los nuevos con curiosidad—. ¿Y ustedes? ¿Qué pueden hacer?

—No los presionas, solo son unos novatos —intervine, antes de que Antón pudiera seguir con su tono interrogador—. Nos ayudará con el equipaje y defenderán la retaguardia.

Hice una pausa breve, evaluandolos.

—Ambos pelean con dagas, ¿verdad?

—Sí... pero, ¿cómo lo sabes? —preguntó el joven, sorprendido.

—No llevan un arma visible, y si fueran magos, no estarían en este grupo —respondí con un encogimiento de hombros.

—Eso fue cruel, Kiram —exclamó Sofía, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral—. ¿Qué pasa? ¿No somos suficiente para ti?

—No digas tonterías —repliqué, rodando los ojos—. Yo tengo suerte de tenerlos. Aún no entiendo por qué no me han botado.

—Porque la culpa de dejarte morir no nos dejaría tranquilos —soltó Harald con una franqueza que dolía más de lo que me gustaría admitir.

Me limité a suspirar, mientras el joven novato junto a su hermana intercambiaban miradas incómodas. Sofía, en cambio, soltó una risa nerviosa para aligerar el ambiente.

 —Bueno, bueno, basta de bromas pesadas. Vamos a centrarnos en lo importante —dijo Sofía, sacudiendo el relicario en su mano como si fuera un juguete—. Tenemos una misión que completar, ¿o no?

Asentí, dejando de lado las pullas.

—Sí, pero antes presente de una vez. Les explicaré la misión con más detalle en el camino.

—Yo soy Marco, y ella es Natalia. Será un gusto ayudarlos —respondió el joven con entusiasmo, mientras su hermana se quedaba cruzada de brazos, mirándonos con desconfianza.

—No mentías cuando dijiste que era un... —empezó a decir Sofía, pero su comentario quedó interrumpido por un codazo que le di en el estómago, impidiéndole soltar alguna imprudencia.

—Bien, vámonos. Antón, ¿dónde dejaste las maletas? —pregunté.

—En el almacén de José... Le debo dinero —respondió con un tono culpable.

—¿Cuánto?

—Tres monedas de bronce.

—¿Y cuánto tienes?

—Solo dos.

Suspirar.

—Está bien, yo te prestaré el resto.

—Perfecto. En marcha, entonces.

Con eso, comenzamos a caminar hacia la puerta del muro, listos para salir de la ciudad. El aire fresco de la mañana nos acompañaba, mientras el bullicio del pueblo quedaba cada vez más atrás.

—Bien, entonces la misión es simple —empecé a explicar—. Vamos al Abismo, descendemos por la ruta planeada hasta una fosa de agua, colocamos un portal, y nos retiramos. Luego, el ejército se encargará del resto.

—Y ¿por qué necesitan agua de un lugar como ese? —preguntó Natalia, rompiendo su silencio con una mirada escéptica.

—Porque las reservas se están agotando —respondí con seriedad.

—Pero... debería alcanzar hasta la temporada de lluvias. El rey dijo que estaba cerca —añadió Natalia, algo confusa.

Hubo un breve silencio incómodo antes de que Antón hablara.

—...La temporada de lluvias es una mentira —declaró, mirando al frente con una mezcla de amargura y resignación.

—¿Qué? —Natalia lo miró, claramente incrédula.

—El reino encuentra una fosa de agua en algún lugar del territorio y, usando magia, hace que parezca que llueve mientras rellena discretamente la reserva —explicó Antón, su tono seco dejando claro que no había espacio para discusiones.

La confesión dejó a los novatos en un tenso silencio. No los culpaba. La verdad sobre cómo se sostenía el reino no era algo fácil de digerir.

—¿Desde hace cuánto? —preguntó Marco, con voz temblorosa.

—Hace ocho años. Cuando el rey se dio cuenta de que no llovería, ordenó este plan en una sola noche. En menos de una semana, las reservas estaban llenas —respondió Antón.

—¿Fue justo cuando se celebró el primer Festival de las Tormentas? —insistió Marco, tratando de encajar las piezas.

—Exactamente. Pero tranquilos. Si esto sale bien, habrá "lluvia" para el festival, y no tendremos que preocuparnos por al menos otro año... o dos, si tenemos suerte y el pozo es más profundo de lo que parece.

—Dijeron que esta era una misión del gremio. ¿Cómo es que nadie más sabe de esto? —cuestionó Natalia, mirando directamente a Antón.

—Es una misión del tablero de rango superior. Todos los grupos con acceso a él saben la verdad.

—¿Y cuántos grupos son?

—Unos cinco, tal vez. Pero no le digan a nadie. Si lo hacen, los acusaran de conspiración.

—¿Por conspiración...? Oh. —La realización golpeó a Natalia, quien guardó silencio inmediatamente.

—Sí, exacto —remató Antón, cerrando la conversación.

El silencio habitual volvió a reinar en el grupo. Era de esperarse; los novatos estarían procesando lo que acababan de escuchar, nosotros no teníamos ánimos de entablar conversación. Ningún tema parecía adecuado, y bromear sobre los viejos tiempos o hacer chistes pesados solo empeoraría la incomodidad.

No mucho después, llegamos a un almacén junto al camino.

—Hola, José. Antón te dejó algunas cosas como garantía, ¿verdad? —dije al acercarme al viejo barbón que descansaba en una mecedora.

—¡Ja, Kiram! Cuánto tiempo. Sí, ome, están atrás, en el armario grande —respondió José, extendiendo la mano con una llave marcada con el número tres, pero apartando esta antes de que pudiera tomarla.

—Ah, no, amigo. Primero paga.

—Sí, sí, está bien. —Saqué una moneda de bronce de mi bolsillo mientras Antón, detrás de mí, me pasaba otras dos. Las entregué al viejo, quien finalmente me dio la llave.

—Gracias. Bueno, novatos, su turno —dije, entrando al almacén rumbo al armario.

—¿Por qué guardan sus cosas en un lugar como este? —preguntó Marco, siguiéndome con curiosidad.

—Bueno, está más cerca de las zonas de interés y así evitamos las requisas al ingresar a la ciudad.

—¿Tienen algo ilegal?

—No, solo algunos objetos por los que cobran una tarifa: partes de monstruos, hierbas, hongos, cosas así. Venderlos por fuera sale más rentable.

—¿Cómo es eso? —insistió Natalia.

—Está bien, supongo que deberían saberlo. Los comerciantes compran por fuera lo que los aventureros consiguen, y luego lo ingresan a la ciudad usando su descuento de comercio para ahorrarse algo de dinero.

—¿Y si solo es un recuerdo?

—Igual te cobran la tarifa, niño.

Me detuve frente al armario para abrir la puerta. De su interior saqué un par de mochilas de cuero, algo viejas y un poco maltratadas. Les eché un vistazo rápido antes de pasar una a cada novato.

—Estas serán las suyas. ¿Alguna pregunta antes de continuar?

— ¿Cuánto nos tomará esta misión? —preguntó Marco mientras ajustaba la mochila en su espalda.

—Con hoy, dos días —respondí, viendo cómo ambos novatos se colocaban las mochilas antes de seguirme fuera del almacén—. Esta noche acampamos a los pies del abismo, y mañana bajamos.

—Eso... ¿no es peligroso? —inquirió Natalia, con un toque de nerviosismo en su voz.

—Con un relicario solar, los alrededores del abismo son el lugar más seguro fuera de los muros —intervino Sofía, jugando con su relicario como si no hubiera preocupación alguna.

—¿Qué es un relicario solar? —preguntó Marco, intrigado.

—Ah, cierto, no lo expliqué antes. —Señalé el relicario que Sofía sostenía—. Es esa especie de joya con la que juega. Dentro tiene un cristal que absorbe la luz del sol, como el frasco que les mostré ayer. Este cristal repele a los muerde-muerde y evita que excaven hacia donde está el cristal.

— ¿No sería más fácil reforzar las cosas? —preguntó Natalia, frunciendo el ceño.

—¡Ja, ja, ja! —reí ante la sugerencia—. Nada puede soportar la mordida de esas cosas. Con esos dientes que tienen, cortan lo que sea.

— ¿Incluso el diamante? —preguntó Marco, escéptico.

—Como si fuera mantequilla. No les cuesta nada.

Me giré hacia el viejo mientras levanto una mano en despedida.

—Bueno, adiós, viejo.

—¿A quién le dice viejo? —gritó José desde su mecedora, fingiendo indignación.

El grupo empezó a alejarse del almacén mientras la voz de José se desvanecía a lo lejos. Los novatos seguían procesando la información, y el resto del equipo caminaba en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos.

 

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