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Fogata

Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos y dejando claro que no quedaban más de treinta minutos de luz. Yo lo observaba en silencio, sentado al borde del abismo, tanto de forma literal como metafórica.

—¡Guau! Es enorme —dijo Marco, su voz cargada de un asombro tan auténtico como el brillo en sus ojos.
—En persona es mucho más intimidante, ¿verdad? —respondí sin apartar la vista del horizonte.
—¿Intimidante? Esto es asombroso. Solo míralo: es literalmente un enorme agujero, perfectamente circular, que desciende en línea recta hacia abajo. ¿Cómo es siquiera posible que algo así exista?
—No debería existir —repliqué, permitiendo que una nota de admiración se filtre en mi tono—, pero es verdad: es impresionante. Especialmente cuando miras hacia abajo.

No pude evitar sonreír al ver cómo, en respuesta, Marco se asomaba al borde con entusiasmo, tratando de escrutar la oscuridad infinita que parecía no tener fondo. Un instante después, perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo con un golpe seco.

—Sí, muy intimidante —remarqué con una pizca de ironía mientras me ponía de pie. Marco se levantó tras de mí, sacudiéndose el polvo con una mezcla de vergüenza mientras suelta una risa nerviosa.

Sin decir nada más, me dirigí hacia el lugar donde los demás estaban reunidos, ocupados armando el campamento. Sofía junto a Natalia luchaban con una carpa que parecía tener vida propia, mientras Harald cortaba algunos troncos para la fogata.

— ¿Dónde dormiremos nosotros? —preguntó Marco, todavía sacudiéndose el polvo.
—Los hombres dormimos en hamacas —respondí, señalando a Antón, quien estaba cómodamente recostado en una, colgada entre dos árboles cercanos.
—Pero yo no tengo hamaca...
—Tranquilo, nos sobran dos. Saca una de la maleta que traías y cuélgala donde quieras.

El ambiente se tensó en cuanto terminé de hablar. La incomodidad era palpable; No hacía falta preguntar por qué sobraban dos hamacas. Marco bajó la mirada, mordiéndose el labio. Natalia pasó a mi lado, lanzándome una mirada asesina antes de dirigirse hacia él.

—Ven, yo te ayudo —le dijo mientras comenzaba a colgar la hamaca.

—No le caes bien —comentó Sofía, acercándose a mí con una sonrisa traviesa. Sin previo aviso, colocó su brazo detrás de mi cuello, rodeándome de forma despreocupada.
—Nadie le cae bien —contesté con un suspiro.
—Me dijo que preferiría dormir en el suelo antes que conmigo. Y encima, se negó a ayudarme más con la carpa.
—Y ahora ¿quieres que yo te ayude? —pregunté, arqueando una ceja.
—Me conoces muy bien.
—Está bien, hagámoslo. Pero, ¿qué fue lo que le dijiste?

Ambos nos pusimos manos a la obra, comenzando a armar la carpa.
—Realmente nada. Creo que tiene problemas con los religiosos y ya.
—¿Y puedes culparla? —respondí con franqueza mientras ajustaba una de las cuerdas—. En estos últimos diez años, la iglesia ha caído en picada, como si la hubieran arrojado al abismo de allá.

Sofía esbozó una sonrisa irónica, pero no dijo nada.
—Buen punto —hizo una pausa, evaluando la carpa—. ¿Necesitas ayuda con tu hamaca?
No respondí, solo asentí con la cabeza. Terminamos los ajustes finales pasando a colgar la hamaca.

—¿No has pensado en abandonar el templo? —pregunté, rompiendo el silencio mientras trabajábamos.
Sofía vaciló por un momento antes de responder.
—Más veces de las que quisiera admitir. Pero, mírame... soy una huérfana que pasó toda su vida en el templo. Y cuando finalmente tuve la oportunidad de dejarlo y construir una vida fuera de él... bueno, pasó lo que pasó. No es como si tuviera muchas opciones. Es quedarme o... prostituirme.

Sentí una punzada de incomodidad, pero mantuve el tono casual.
—No sé... tal vez podrías volverte curandera o algo así.
Sofía soltó una risa breve pero amarga.
—Para eso, mejor me quedo en el templo. Vivo de las limosnas, ayudó a la gente y, al menos, tengo un techo sobre mi cabeza.

Un silencio pesado cayó entre nosotros mientras aseguramos las cuerdas de la hamaca. El viento arrastraba un aire frío desde el abismo, resonando como una especie de quejido espectral.

—Perfecto, como si esa cosa no diera suficiente miedo ya de por sí —anunció Sofía, en un claro intento de aligerar el ambiente.

Curiosamente, funcionó. Sacó una sonrisa a todos en el grupo mientras terminamos los preparativos. Poco a poco nos sentamos alrededor de la hoguera, aún sin encender, sobre rocas o troncos que habíamos arrastrado de los alrededores. El círculo se formó mientras los últimos rayos de luz desaparecen, dejándonos en una oscura penumbra.

—¡Ignición! —exclamó Antón, chasqueando los dedos.

para que acto seguido de la punta de sus dedos saliera una chispa que prendió la fogata en un instante. la cual comenzó a iluminar el campamento, arrancando expresiones de asombro entre los dos novatos, aunque alguno intentara disimularlo.

—Bien, ¿alguien tiene dudas, preguntas o algo que agregar? —pregunté, incapaz de soportar el silencio por más tiempo. Buscaba cualquier excusa para iniciar una conversación.

— ¿Cómo vamos a bajar a ese lugar? —preguntó Natalia, señalando el abismo que se extendía frente a nosotros.
—Pues magia —respondió Harald con naturalidad, provocando una risa ahogada de Sofía.
—Yo me preocuparía más por cómo salir. La verdad, bajar es fácil, solo hay que saltar sin más… No es como que el fondo esté cerca.
— ¿Qué tan profundo es, en verdad, ese agujero? —añadió Natalia, con un evidente nerviosismo.

—Un estimado de entre seis mil y once mil metros. Podría ser más, podría ser menos. El caso es que no se sabe con certeza —agregó Antón.

— ¿Y eso es cuánto? No sé mucho de distancias ni de esas cosas... —respondió Natalia, dubitativa.

Un breve silencio se instaló en el grupo mientras me daba cuenta de mi error. Obviamente, ninguno de los dos novatos iba a tener idea de esas cifras. Yo mismo no lo supe hasta que Harald me lo explicó; y él lo sabía porque su padre había sido constructor. Antes de eso, mis conocimientos no iban más allá de lo necesario para preparar pan o leer un poco.

—Ah, sí... perdón. Harald, ¿puedes explicárselo? —dije con cierta vergüenza.
—Por supuesto. Mira, este tronco de aquí mide un metro, poco más, poco menos. Si pongo mil troncos iguales en fila, eso sería un kilómetro. De aquí al reino hay unos cuatro kilómetros, lo que equivale a cuatro mil metros.

Mientras Harald hablaba, los ojos de Natalia, clavados en él, reflejaban el terror más profundo. Aunque su rostro estaba oculto por una mascarilla, su incomodidad era evidente.

—En... entonces, ¿cuánto mide ese árbol, por ejemplo? —preguntó, señalando un eucalipto cercano, como si buscara un punto de referencia más tangible.
Harald se dio la vuelta para observar este antes de responder:
—Esa variedad de eucalipto suele medir unos noventa metros, pero este no tendrá más de ochenta y cuatro.

—Jajaja, eso no es posible. ¿Cómo ese agujero va a medir once mil metros? No tiene sentido, debe ser una broma.
—No, no es una broma. Son seis mil metros como mínimo —contestó Harald, remarcando su afirmación mientras empujaba un tronco dentro de la fogata, alimentando las llamas.

Natalia volteó inmediatamente hacia su hermano, buscando quizás una negación o una objeción que pudiera tranquilizarla.

—Yo no sé nada que tú no sepas, hermana. Cuando vi el abismo, no pude ver el fondo, solo oscuridad.

—¿Y en verdad piensan bajar a ese lugar si ni siquiera saben bien dónde está el fondo?

—No iremos tan abajo, serán apenas doscientos metros. Es solo entrar y salir, no hay peligro en eso —respondí, intentando calmarla.

—¿Y si es tan seguro, qué les pasó al resto de sus compañeros? ¡Muertos, ¿verdad?!

—Oye, tranquila. La primera vez que bajamos no sabíamos dónde había agua. Las cosas se salieron de control y, mientras huíamos, encontramos el agua. Solo no pudimos completar la misión —dijo Antón, tratando de ayudarme a calmarla.

—¿De verdad? Pues ni Marco ni yo bajaremos hasta que no me expliquen qué fue lo que pasó.

el resto del grupo me miró. Cualquiera podría responder esa pregunta pero de estre todos yo era el que sabía bien qué era lo que había pasado  

—Está bien. Era nuestro octavo descenso en el mes, y seguíamos buscando rastros de agua en las cuevas. De repente, el suelo empezó a temblar, cediendo bajo nuestros pies y haciéndonos caer. En el proceso, perdimos el relicario junto al pergamino y nos separamos… ellos no sobrevivieron.

Lo dije con calma. No mentía, pero tampoco decía toda la verdad, solo lo suficiente.

—Al final, mientras escapábamos, Antón encontró el agua. Eso es todo.

Natalia se quedó sentada, mirándome con sospecha, aunque no le había dado ninguna razón para hacerlo.

—Está bien… me iré a dormir ya —dijo, dando por terminada la discusión luego de lo cual se levantó para caminar hacia su hamaca. No mucho después, el resto del grupo siguió su ejemplo, cada uno acomodándose como podía para dormir.

Me desperté horas más tarde, empapado en sudor. Mi respiración agitada apenas lograba ocultarse bajo los lamentos espectrales que surgían del abismo. Lentamente intenté calmarme. Otra vez ese sueño. A estas alturas, debería estar acostumbrado, pero resulta imposible. Es tan real, y mi impotencia en esa visión lo hace insoportable.

Busca cualquier cosa que distraiga mi mente, algo que captara mi atención. Entonces noté que Natalia no estaba en su hamaca.

Tras una rápida inspección de los alrededores, la encontré sentada al borde del abismo, justo donde yo había estado no hacía mucho. Me levanté para caminar hacia ella.

— ¿Problemas para dormir? —pregunté mientras me colocaba a unos metros de ella, sentándome sobre el mismo borde de roca.

—Los nervios no me dejaron.

—Tranquila. No va a pasar nada. Regresarás a casa con tu hermano y los dos podrán olvidarse de todo este asunto.

—No es eso… es Marco. Este es su sueño, y si todo sale bien, no voy a poder detenerlo.

—¿Su sueño? Bueno, si puedo darte un consejo, no te interpongas en los sueños de alguien que quieres. Al final, uno de los dos terminará lastimado.

—Lo se pero cuando mamá enfermó, le prometí que siempre lo protegería, que no dejaría que nada le pasara. Desde entonces, él se convirtió en mi única razón para vivir.

—La vida tiene… bueno, ¿para qué mentir? Si pudiera, me arrojaría por este abismo a la mínima oportunidad.

—Qué alentador. Pero no puedes, ¿verdad? ¿Es algo simbólico o literal?

—Literalmente no puedo.

—¿Por qué?

—Voluntad. Te conté que esa era mi habilidad, ¿verdad?

—Sí, pero nunca explicaste qué hacía.

—Es sencillo. Si tengo la voluntad de hacer algo, mis acciones y mi cuerpo se potencian por esa fuerza. Pero si no tengo la voluntad, no soy capaz de hacerlo, por mínimo que sea.

—Entonces, ¿por qué no podrías lanzarte si eso quieres?

—Mi instinto de supervivencia es más fuerte que mis ganas de morir. De hecho, estoy aquí porque mi instinto de supervivencia no me deja morir de hambre.

—Jajaja. No se podría ser más miserable.

—Tú lo dijiste.

—Bien, como tú me dijiste cuál era tu habilidad, ahora yo te diré la mía.

—Me parece bien. ¿Cuál es?

—Proyectil y recuperar.

—¿Qué hace eso?

—Básicamente, puedo energizar objetos para arrojarlos a alta velocidad y hacer que regresen a mí.

—Esa habilidad combina más con un arco que con una daga.

—¿Conoces los precios de los arcos?

—Y con esas deudas que tienen, ni pensarlo, ¿verdad?

—Exacto. Los de la Mansión Roja se ofrecieron a pagarlo si trabajaba para ellos.

—Marco no te dejaría hacer eso.

—Si se lo dijera, no dudará en lanzarse de cabeza a las misiones más peligrosas solo para intentar pagar todas las deudas.

—Conozco a alguien igual.

—¡Ah!, sí ¿Ese de tu historia, el que te ayudó junto al cantinero? ¿Cómo se llamaba?

—Natanie.

—¡Sí, ese! Cuando me contaste de él, no pude dejar de pensar en lo mucho que se parecía a Marco. Marco habla igual de su sueño de ser aventurero. ¿Y qué le pasó?

—Cumplió su sueño. Ahora es miembro de la guardia real.

—¿En serio?

—Sí, la misma mano derecha del rey.

Natalia hizo una pausa y solo me miró con asombro, bajando su mascarilla para mostrar su boca abierta de par en par.

—No inventes. Entonces Marco no se parece en nada a él.

—Ey, dale crédito a tu hermano. Al menos tiene el valor de perseguir su sueño.

—Eso es verdad, aunque eso…

—Lo mate —dije, terminando su frase, recalcando lo parecidos que eran.

En este mundo, personas como ellos llegan lejos, mientras que nosotros estamos destinados a papeles más secundarios.

—En verdad lo conoces bien?

—Si. Él y yo fuimos compañeros de aventuras por cinco años después de ese día, pero al final, cada uno se fue por un camino distinto.

—¿Y cómo es físicamente? Porque si es igual a Marco en personalidad, no necesito saber más.

—Es estúpidamente guapo, el malnacido.

—¿En verdad? En los desfiles siempre aparece con la cara tapada por esa armadura brillante.

—Sí, el estúpido es hermoso en toda la extensión de la palabra: piel perfecta, ojos azules, pelo rubio y lacio, junto con un cuerpo de infarto. Bueno, según todas las mujeres del gremio.

—Sí, según… ¿Pelo rubio? ¡Pero si los únicos con pelo rubio en el reino eran los de la familia real!

—Octavo príncipe de Tormenta, de la familia Tormentus. Heredero de nada y único noble que se quedó a morir con su gente.

—Sí… suena a algo que haría Marco.

—Sí, bueno, será mejor que vayas a dormir. Mañana será un día largo.

—Si lo se gracias por todo, necesitaba quitarme ese peso de encima.

—No hay de qué.

La veo regresar a la hamaca y acostarse, probablemente a dar vueltas un rato antes de poder dormir, pero era algo que ya me esperaba. Suelto un suspiro mientras contemplo el abismo. Quizás esta vez sí lo logré... Un pensamiento fugaz que se desvanece cuando abro los ojos y me encuentro colgando del borde del abismo, sostenido solo por dos dedos.

Estos están envueltos en un tenue brillo amarillo, al igual que buena parte del borde, garantizando que no se romperá. Otro mal chiste del destino. No tengo la voluntad de pelear contra mí mismo, así que simplemente subo por el borde, sentándome de nuevo en este, esperando al amanecer.

 

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