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Descenso

Bendito sol · por Elgoca · 27 de julio de 2026

Los primeros rayos de luz comienzan a elevarse por el horizonte, iluminando levemente el cielo. Harald es el primero en levantarse y no tarda en venir a saludarme.

 

—¿me ganaste?

—Técnicamente sí, pero la verdad solo dormí unas cuatro horas.

—Bastante bien para ser tú. Iré preparando algo de comer.

—Bien, avísame cuando esté listo.

 

No mucho después, Sofía se levanta, anunciándose con un "¡Buenos días!" mientras empieza a despertar a los demás con la amabilidad de una madre.

 

—¡A comer! —anuncia Harald, terminando de preparar un té de hierbas silvestres, que acompañaremos con algo de pan duro.

 

Nos reunimos alrededor de los restos de la fogata mientras Harald reparte la comida de la manera más igualitaria posible entre los hombres. Para Sofía y Natalia, sin embargo, hay doble porción de pan, de las cuales Natalia toma un pedazo dándoselo a su hermano.

 

Tomó un sorbo del té luego muerdo el pan para ablandarlo en mi boca. Un sabor insípido inunda mi paladar; ni siquiera el toque a hierbas del té logra darle algo de regusto a ese pan.

 

—¿Dónde compraste este pan? ¡Es un asco! —exclama Sofía, lanzándole un pedazo a Antón, que le golpea en la cabeza.

 

—¡Ey! ¿Y eso a qué vino?

—No es por ofender, pero este pan es horrible —responde Harald, aún masticando con esfuerzo.

—Bien, bien. La señora donde compraba las provisiones cerró su almacén, así que lo compré en otro lugar.

—¡Al menos lo hubieras probado antes! —replica Sofía, claramente molesta.

 

—Ya, Sofía, es suficiente. La próxima vez yo haré el pan —digo, intentando calmar el ambiente.

 

Inmediatamente, Sofía voltea hacia mí con una amplia sonrisa y un brillo notable en sus ojos.

 

—¡¿De verdad?!

—Sí, sí, pero para la próxima vez. Ahora coman, que se nos va a hacer tarde.

 

Tomó otro sorbo del té luego le doy un último mordisco al pan antes de levantarme. Me acerco a una de las maletas, descolgando mi espada, mientras recojo una roca del suelo para empezar a afilarla lo mejor que puedo. Aunque no logre mucho puesto que los años han comenzado a pasarle factura.

 

—Deberías comprar otra. Un día de estos te fallará cuando más la necesites —dice Antón mientras se prepara, colocándose unas gafas protectoras sobre los ojos y tomando un bastón de madera.

—Sé que con lo que ganas en las misiones te debería alcanzar para algo mejor.

—Sí, es verdad… tal vez debería.

 

Inclinó la espada para reflejarme en su superficie. Las manchas de óxido, los rayones y las muescas del filo no dejan de recordarme a mí mismo, de cierto modo: desgastados pero aun así obligados a continuar. Le doy dos pasadas más con la piedra después me levantó, comenzando a caminar hacia el abismo mientras los demás se iban sumando. Nos agrupamos al borde, listos para descender.

 

—Entonces, ¿cómo vamos a bajar? —.

—Saltando, Natalia —respondo con una sonrisa que no tranquiliza en absoluto.

—¡¿Qué?! ¡Ya déjate de bromas, Kiram!

 

Sin decir más, tomó a Natalia del brazo luego me lanzó de frente hacia el abismo, arrastrándola conmigo. Caemos velozmente hacia la oscuridad, y a nuestro lado el resto del grupo nos acompaña en la caída.

 

—¡Viento ascendente! —grita Antón, convocando una poderosa corriente que alivia nuestra caída y nos hace descender lentamente.

 

—¡Ahhh! ¡Están locos! ¡Mínimo nos hubieran dado una advertencia! —grita Natalia, aferrándose a Marco como si fuera un bebé, presionando su tembloroso cuerpo contra su pecho.

 

—Para la próxima será —respondo, tratando de contener una risa.

 

Todos ahogamos nuestras ganas de reírnos de los novatos. Después de todo, una pequeña broma nunca había matado a nadie. Conforme seguimos descendiendo, la oscuridad nos envuelve por completo, borrando cada ápice de luz. Llegamos al punto en el que, incluso colocando nuestras manos frente a nuestros ojos, no podríamos verlas.

 

—Que el caos ilumine a los cegados por el orden —pronuncia Sofía, recitando una oración.

 

Al instante, cuatro esferas de luz aparecen a nuestro alrededor, cortando la oscuridad como si fueran tijeras afiladas rasgando tela.

 

—¿Qué son esas? —pregunta Marco, separándose de su hermana para observar las esferas flotantes.

—Son hadas de luz con las que tengo un pacto —

—¿Y por qué ese cántico tan raro?

—Bueno, las hadas son entes caóticos que aborrecen el orden y fomentan el cambio. Ese fue el único cántico que podía usar que no involucra quemar algo o amenazar a alguien.

 

Conforme bajamos, comenzamos a notar cientos de agujeros en las paredes del túnel. Cada uno perfectamente circular que se hacen más grandes a medida que descendemos.

 

—Esas cosas han estado ocupadas —comenta Harald, mirando las paredes.

—Sí, más de lo usual. Algo debió alborotar los —responde Antón casi de inmediato.

—Tal vez tenga que ver con el terremoto de esa vez —.

—No es algo que podamos descartar, pero no podemos desviarnos de la misión. Ya llegamos.

 

Finalmente, una enorme grieta en la roca se alza frente a nosotros. Saltamos al suelo, sintiendo por fin tierra firme bajo nuestros pies.

 

—En formación, ahora —digo, colocándome al frente junto a Harald, mientras Antón y Sofía toman la posición central, los novatos quedan en la retaguardia.

—Bien, Sofía. Guíanos.

—Por supuesto. Lili, ilumina.

 

Una de las hadas pasa al frente, proyectando su luz hacia el camino que debemos seguir.

 

—Esto parece demasiado fácil. ¿Qué tan lejos está el agua desde aquí? —pregunta Natalia con cierta inquietud.

—No mucho. Son como tres kilómetros de camino —respondo con aparente tranquilidad.

—¡¿Qué?! Pero dijiste que solo eran doscientos metros.

—Sí, pero de profundidad. De aquí al agua nos tomará unas cuatro horas.

—¿Qué tan complicado puede ser?

—No está tanto, pero el camino es… complicado —.

 

Conforme avanzamos, la grieta frente a nosotros se expande, transformándose en una enorme caverna circular. En el centro se encuentra una escarpada subida que claramente tendremos que escalar.

 

—¿Podemos usar magia para subir eso? —pregunta Natalia.

—Esas cosas podrán ser sordas y ciegas, pero si Antón se pone a usar magia como loco, es probable que huelan el maná —responde Harald con seriedad.

—Pero si tenemos el relicario, no debería haber problema, ¿no? —

—No realmente —interviene Sofía con firmeza—. El relicario evita que llamemos su atención generando una sensación de desagrado hacia nosotros. Pero si estas criaturas llegan a marcarnos como una amenaza, o simplemente llamamos demasiado su atención, de poco servirá.

 

—¿Cómo saben tanto de estas cosas? —pregunta Marco, intrigado.

 

—Hace diez años que esas cosas llegaron a este mundo, y cuando el rey tomó el mando, una de sus primeras órdenes fue estudiarlas —responde Antón, ajustándose las. gafas—. Los horrores invocados por el traidor son algo que debíamos entender, aunque algunos han resultado más elusivos. En particular, los muerde-muerde están bien documentados.

 

—¿Qué tanto saben realmente entonces?

 

Antón se aclara la garganta, preparándose para una de sus habituales exposiciones. Mientras tanto, Harald y yo subimos por el escarpado, valiéndonos únicamente de nuestra habilidad.

 

—Los muerde-muerde son criaturas de oscuridad, altamente vulnerables a la luz solar. Son ciegos y completamente sordos, así que dependen de las vibraciones y su olfato para ubicarse y encontrar comida, que puede ser prácticamente cualquier material inorgánico. Hasta ahora, hemos identificado cinco castas. Los obreros pueden variar en tamaño, desde una canica hasta la cabeza de un buey. Atacan en grupo, más por curiosidad que por agresividad, y pasan el tiempo excavando en busca de minerales. Los zánganos, en cambio, son del tamaño de un caballo. No hacen mucho, solo descansan, pero abren túneles hacia fuentes de alimento. Son agresivos sólo si atacas a los obreros o a ellos mismos.

 

—¡Ey, Natalia! ¡Lanza la cuerda rápido! —interrumpo desde la cima del escarpado.

 

Un momento después, atrapo la cuerda que Natalia lanza con precisión.

 

—¿Esa es tu habilidad? ¿Arrojar cosas? —pregunta Antón con curiosidad.

 

—En parte sí —responde Natalia con una sonrisa.

 

—¡Dejen de hablar y sujeten la cuerda! Esas cosas no tardarán en saber que estamos aquí —digo, apoyándolos.

 

De repente, un sonido de tintineo llega a mis oídos. Harald y yo nos apresuramos a tirar de la cuerda para subir al resto.

 

—¡Carajo, ya están aquí! —exclamó.

 

—¿Cómo sabes? —pregunta Marco, poniéndose a la defensiva mientras observa los alrededores.

 

En respuesta, sacó el frasco que contiene al pequeño muerde-muerde. La criatura dentro da vueltas frenéticamente mientras golpea el cristal con la cabeza.

 

—¿¡Entonces ya llamamos su atención!? —grita Natalia, alarmada.

 

—Tranquila, Natalia. Son solo exploradores. Mientras no los molestemos, probablemente solo se quedarán rondando.

 

—¿Como lobos acechando a su presa, verdad?

 

—Eh… sí, algo así. Pero mientras tengamos el relicario, no pasarán de ahí.

 

—¿No se supone que debería haber miles de esas cosas? —insiste Marco.

 

—Sí, pero no a estas profundidades. Lo único que suele haber aquí son obreros y exploradores. Así que será mejor que sigamos avanzando —digo mientras retomamos la marcha.

 

La cantidad de preguntas no me resulta molesta. De hecho, cualquier cosa que me saque de mis pensamientos es bienvenida.

 

—¿Dicen que son tan peligrosos, pero actúan de forma tan calmada? —insiste Natalia, mientras avanzamos con cautela.

 

—¿Y qué esperabas? ¿Que estuviéramos llorando y aterrorizados con cada ruido o sombra? nosotros decidimos venir aquí. Lo mínimo que podemos hacer es mantener la compostura.

 

—Si mostramos debilidad, esas cosas nos saltarán encima sin piedad alguna —agrego, manteniendo la vista fija en el camino.

 

—¿Cómo…? Esto no estaba así antes —dice Harald, deteniéndose de golpe.

 

Ante nosotros, el pasaje que solía ser una cueva ahora es una enorme grieta que corta el camino de lado a lado. Harald suspira, llevándose una mano a la cabeza.

 

—Esto debe tener al menos 30 metros de ancho, y el fondo ni siquiera se ve… aunque parece haber algo allá abajo. ¿Qué pasó aquí?

 

—Tal vez eso de ahí sea tu respuesta —digo, señalando hacia el abismo—. Sofía, ilumina eso.

 

—Por supuesto. Sirio, proyecta.

 

Una de las esferas de luz se desplaza sobre la grieta y lanza un haz que ilumina el fondo. Allí, nos encontramos con el responsable: una colosal raíz que ha partido la roca, extendiéndose como si rasgara la tierra misma mientras se desliza por el fondo.

 

—¿Es una raíz? —pregunta Marco, asomándose con cuidado por el borde —¿de qué planta será? 

 

—¿Anton, tú sabes? —pregunta Harald, desconcertado. Su reacción es inusual, considerando que él es el experto en árboles y plantas.

 

—No tengo ni idea —respondió Anton, quitándose las gafas limpiando las mientras observaba la raíz—. Ninguna planta conocida tiene raíces a estas profundidades… y mucho menos algo de ese tamaño. Un árbol con raíces así debería ser varias veces más grande que una montaña.

—Algo así tendría que ser visible desde cualquier punto de la península.

—No tiene sentido. Además, ¿cuánto tiempo tardaría un árbol en crecer tanto?

—Miles de años… incluso más. Algo así podría estar aquí desde el principio de los tiempos. Como… ¡el Árbol Espiritual!

—¿El mismo que veneran esos locos de ese culto en Cartago? No puedes estar hablando en serio. Esos lunáticos veneran gatos y rezan a los árboles.

—Pero mira, ¿qué otra explicación puede haber?

—El traidor. Esto debe ser obra suya. La primera vez que escuché sobre ese árbol fue después de la masacre del ejército demoníaco. Además, esa raíz está intacta. Los muerde-muerde no la han tocado para nada. Mira a tu alrededor, todo este lugar está lleno de sus túneles, excepto los alrededores de esa raíz.

—¿Pero con qué propósito invocar una planta?

—El traidor invocó monstruos para dominar cada territorio: el cielo, el mar, la tierra… ¿por qué no las plantas? He escuchado de plantas poderosas capaces de rivalizar con grandes monstruos, como la orquídea vampiro.

—Bien, esto es interesante y todo, pero será algo para investigar después. La misión es primero —interrumpí mientras retrocedía, mentalizándome para saltar.

El salto era la única alternativa. Cualquier otra opción podría conducirnos a la muerte. Sentí un hormigueo en las piernas junto al fuerte latir de mi corazón. Si fallaba, moriría. por lo que dejé que mi mente se inundase de pensamientos trágicos, pero, al mismo tiempo, mis piernas comenzaron a brillar con una tenue luz dorada, producto de la voluntad expresada por mi instinto de supervivencia.

Cuando estaba listo, corrí hacia el borde saltando hasta el otro lado de la grieta, golpeando el suelo de forma aparatosa.

—¿Estás bien? —preguntó Harald.

—Sí, solo unos rasguños. Natalia, pasa la cuerda rápido. Vamos a armar una tirolesa.

Sabíamos que el relicario solo protegía en un rango de veinticinco metros, así que no había tiempo que perder. Sujeté la cuerda y la fijé al suelo con una estaca metálica, mientras Harald hacía lo mismo al otro lado, asegurándola a la pared a la altura de su cabeza.

—¿Esto es seguro? —preguntó Natalia.

—Si te caes, Anton puede usar su magia para salvarte.

—¿Y por qué no cruzamos con magia directamente?

—Ya te dijimos que no podemos abusar de ella. Ahora, lánzate de una vez.

Natalia junto a Anton cruzaron primero, seguidos de Sofía con Marco. Finalmente, Harald desmontó la cuerda y se arrojó sosteniendo la está hasta golpear la pared bajo nosotros con ambas piernas  antes de empezar a escalar hacia nosotros. Una vez todos estuvimos del otro lado, continuamos nuestro camino, aunque antes eché un vistazo hacia donde habíamos estado. Allí, por un instante fugaz, apareció una brillante sonrisa azul que desapareció tan rápido como llegó.

—Vamos rápido, ya quiero salir de aquí —dije, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.

Mientras avanzábamos por el laberinto de túneles, traté de distraerme con las conversaciones del grupo. Marco con Natalia se tranquilizaba mutuamente ante cualquier ruido, mientras Anton junto a Sofía debatían sobre magia o teorías relacionadas con la raíz. Harald, en cambio, caminaba a mi lado en silencio, mientras yo divagaba entre pensamientos irrelevantes para evitar hundirme

—¡Llegamos! —exclamó Harald, sus palabras trayendo me de vuelta a la realidad.

Ante nosotros se extendía una inmensa caverna casi esférica, con un lago de agua helada en el centro.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Marco, que habría avanzado por la caverna lejos del grupo de no ser porque Natalia lo sujetó de la camisa a tiempo.

—Es un nido de dragón… o lo fue alguna vez.

—¿Cómo lo saben?

Sofía iluminó el pozo de agua, revelando un colosal esqueleto de dragón semi congelado. No hacía falta preguntar la causa de su muerte: las vértebras de su cuello estaban claramente seccionadas.

—¿Qué pasó aquí? —interrumpió Natalia, con su usual tono cínico.

Anton dio un paso al frente, listo para otra de sus explicaciones.

—Las leyendas dicen que, en tiempos antiguos, estas tierras eran hogar de dragones. Criaturas poderosas, en la cima del mundo. Uno solo podía destruir un reino con facilidad. Pero su existencia era discreta, ya que solían hibernar por miles de años, preocupándose solo por comer, dormir y reproducirse. Eso hasta que los muerde-muerde llegaron. Estas criaturas comenzaron a invadir sus nidos, robando sus tesoros y matándolos en el proceso.

—¿Cuántos nidos así han encontrado?

—Con este, ya van cuatro. todos iguales: cavernas enormes, rastros de magia por todas partes, y un cadáver de dragón con las mismas heridas en el cuello, sin señales de lucha.

—Eso no tiene sentido. ¿Cómo pueden esas cosas matar a un dragón sin que tenga oportunidad de defenderse?

—Los muerde-muerde son extremadamente sigilosos. Ni siquiera hacen ruido al cavar en la roca. Un zángano, o si es necesario, un guerrero, puede entrar al nido, caminar hasta el cuello del dragón y morderlo, seccionando las vértebras como un asesino que corta tu garganta mientras duermes.

—¿Cómo son esos guerreros en tu explicación de antes? Te quedaste a medias.

—Ah, sí. Son del tamaño de una casa de dos pisos, caracterizados por tener una prominente cornamenta similar a la de un toro, tres pares de patas y una lengua muy larga que usan para atacar a distancia. Solo aparecen cuando la colonia te empieza a considerar una amenaza. Si te alcanzan, estás muerto. Pero se teoriza que, al igual que los zánganos, cuando no trabajan son neutrales.

—Dejen las preguntas para después. Entre más rápido terminemos con esto, más rápido regresamos a la superficie —digo mientras un mal presentimiento me recorre la espalda en forma de escalofrío—. Sofía, haz una inspección. Anton, empieza a activar ese pergamino.

El silencio regresa a la caverna mientras me siento en el piso junto a Harald, mirando la entrada. Ocasionalmente, veo destellos de luz azul. Están ahí, observándonos como buitres sobrevolando a un moribundo viajero que cruza el ardiente desierto.

—Veinticinco.

—¿Seguro, grandote? ¿Cómo lo sabes?

—Si ves bien, hay puntos más oscuros moviéndose de lado a lado mientras se meten y salen de las paredes.

—Te recuerdo que yo no tengo visión nocturna, pero confío en ti. Voy a ver cómo van los otros.

Me levanto para dirigirme hacia Sofía, quien se encontraba usando la luz de sus hadas para iluminar los alrededores de la caverna.

—¿Qué hay?

—Nada nuevo. Seis entradas, dos naturales y el resto son túneles de esas cosas. Más allá de eso, la densidad del maná en las paredes es demasiada como para ver a través, pero es más intenso en ese lugar —me dijo mientras apuntaba a un punto unos diez metros encima de la entrada—. Con suerte, se habrá generado una cristalización de maná que podamos vender.

—Bien, lo revisaremos después de abrir el portal.

Continué mi caminata hacia el borde del pozo de agua, donde se encontraba Mateo revisando el contenido del pergamino.

—¿Entonces cómo vas con eso? —pregunto, escuchando un suspiro en respuesta.

—Bien, supongo… solo que cada año les ponen más seguros a estas cosas.

—Sabes que siempre hay personas intentando usar las dotaciones del gremio para sus cosas.

—Sí, pero esto ya es ridículo. Tráeme el relicario, lo necesito. Y algo para agarrar un poco de agua.

—Bien, un "por favor" nunca está de más.

—Sí, sí, ya, tráelo.

El ambiente es pesado, pero no me parece raro. Lo raro sería que todos estuviéramos tranquilos estando metidos en las fauces de la muerte, esperando a que se cierna sobre nosotros. Tomo una taza de madera de las que usamos en el desayuno, luego le pido el relicario a Sofía, quien me sigue en respuesta, junto a todos los demás, reuniéndonos alrededor de Anton.

—Aquí tienes.

Le entrego lo que me pidió mientras me siento para ver cómo extiende el pergamino sobre el suelo, colocando el relicario en el centro. La energía fluye a través de los intrincados circuitos de tinta del pergamino, iluminándolo con un tenue brillo blanco. Luego, usando la taza, toma un poco de agua y la derrama sobre el pergamino. El líquido comienza a acomodarse en hilos que actúan como conexiones para completar el circuito e iniciar la activación. Todos damos unos cuantos pasos hacia atrás.

Inmediatamente después, el pergamino comenzó a doblarse sobre sí mismo hasta convertirse en una esfera brillante, la cual se sumergió en el agua, generando un vórtice mientras drenaba el lago.

—¿Y dónde está nuestro portal de salida?

—No te esponjes, Kiram. Cuando recolecte toda el agua, lo abrirá. Es el nuevo sistema de seguridad; no abrirá el portal si no recolecta una cantidad mínima de agua.

—Ahhh... bien, esto es perfecto.

Me resultaba frustrante. Ese pergamino no hacía más que emitir maná de forma masiva, algo que sin duda atraerá a esas cosas. Me di la vuelta para ver la entrada, y ahí estaban, apelotonados, abriendo y cerrando sus grandes bocas mientras lucían amenazantemente esos afilados dientes azul brillante.

—¡Formación defensiva!

Esas palabras pusieron en alerta máxima a todos los miembros del equipo. La idea era parecer amenazantes para disuadirlos de atacarnos el mayor tiempo posible. Mientras tanto, aquellos monstruos comenzaban a rodearnos, arrinconándonos contra el ahora precipicio detrás de nosotros.

—¿Cuánto falta para el portal?

—Cinco minutos.

Una respuesta nada alentadora, pero tampoco del todo mala. Mientras no los atacáramos directamente, estaríamos bien.

—Bajo ninguna circunstancia los ataquen, solo intimídenlos —indico, mientras el tiempo comienza a pasar.

Cada segundo se hace eterno mientras esas cosas poco a poco empiezan a acercarse lentamente, midiéndonos. Saben perfectamente que son más que nosotros. Somos las presas en esta situación, así que solo esperan a que bajemos la guardia para saltarnos encima.

De pronto, uno de ellos se adelanta, caminando tranquilamente hacia nosotros, desafiándonos a hacer algo al respecto. De no hacerlo, nos atacarían sin miramientos; pero si lo hacíamos, la colonia entera vendría a por nosotros. No sabía qué hacer. Cualquier opción nos llevaba a una muerte segura. Antes de darme cuenta, estoy completamente abrumado por la situación, atrayendo la atención de esa cosa hacia mí.

Un fuerte rugido me regresa a la realidad, provocando un intenso dolor en mis oídos. Al mismo tiempo, volteo hacia Harald, quien tenía su habilidad activada, rodeándolo con un aura similar a la de un enorme oso. Fue suficiente para que esas cosas detuvieran su avance, pero no para que retrocedieran. Sin embargo, en esta situación, cada segundo contaba.

Esos monstruos retoman su avance, poniéndose a la par del que se había adelantado. Si dejábamos que uno solo de ellos diera un paso más sin consecuencias, estaríamos acabados.

La tensión en el aire era cada vez más asfixiante, pero esta rápidamente se cortó cuando, de repente, sentí el temblor del suelo bajo mis pies. La caverna entera se sacudió violentamente, haciendo que esas cosas se retiraran hacia sus túneles mientras trozos de piedra comenzaban a caer del techo.

—¡Anton! ¡Cobertura, rápido!

—¡Ya sé, no me presiones! Que los vientos concedan protección a los que imploran su amparo...

Anton golpeó el suelo y el aire a nuestro alrededor comenzó a cargarse de energía, arremolinándose hasta formar un domo de viento que repelía las rocas que amenazaban con aplastarnos.

—¿Cuánto le falta al portal?

—Dos minutos, pero necesito confirmar la finalización de la misión para que se abra... ¡y ahora estoy un poco ocupado!

La situación, que ya de por sí era mala, había empeorado drásticamente. Una vez que el temblor terminara, los muerde-muerde regresarían. Si para entonces el portal no estaba listo, moriríamos. Dependíamos de cuánto tiempo podía mantenerlos lejos el temblor, pero si duraba demasiado, Anton no podría seguir protegiéndonos.

Miro a mi alrededor buscando una salida. Harald golpea las rocas con su hacha, ayudando a la barrera a soportar los impactos. Anton se esfuerza por mantener el domo de viento, mientras Sofía transfiere parte de su energía para sostener el hechizo. Los novatos, en cambio, están abrazados unos al otro, paralizados por el miedo.

Antes de que pueda hacer algo para solucionar esto, siento una patada en la espalda que me empuja hacia el precipicio. En el proceso, golpeo al resto del grupo y, mientras caigo, veo cómo una enorme raíz se estrella en el lugar donde estábamos, destrozándolo todo.

 

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