Recobro la conciencia, enterrado bajo no sé cuántas rocas, sin poder sentir mi cuerpo ni saber cuánto tiempo estuve inconsciente. Pero necesito salir rápido de aquí, así que reúno todas mis fuerzas para intentar levantarme. Mi cuerpo comienza a brillar con un tono dorado, pero aun así, apenas soy capaz de moverme.
«¿Qué tan profundo estoy? Mierda... No puedo morir aquí. No de esta manera.»
Siento cómo mi corazón late cada vez con más fuerza mientras forzo mi cuerpo más allá de su límite. Con un último esfuerzo, logro levantar la roca que me aplasta y la arrojo a un lado. Al incorporarme, observo mis alrededores. Estoy en el fondo del lago ya seco. Detrás de mí, veo un derrumbe sobre el cual se extiende una enorme raíz, similar a la que vimos anteriormente. Esta desciende desde el techo de la cueva, como si hubiera crecido repentinamente.
—¡Harald! ¡Sofía! ¡Anton! ¡Novatos! ¡Respondan!
Comienzo a caminar mientras noto cómo mi cuerpo, aún envuelto en esa aura brillante, está manchado de sangre que escurre desde mi cabeza. Un problema que atenderé después.
Una luz capta mi atención bajo algunos escombros, lo que me impulsa a correr hacia ella. Empiezo a cavar con mis manos hasta que descubro que el brillo proviene de debajo de una losa de piedra. Sin pensarlo dos veces, la destrozo de un golpe, haciendo que salga volando por una fuerte ráfaga de viento. Entonces, bajo los escombros, veo a los novatos junto con Anton y Sofía.
—¡Kiram!
De pronto, Sofía me salta encima, abrazándome con fuerza y tirándome al suelo.
—Pensé que habías muerto...
—Tranquila, no tengo tanta suerte. ¿Qué fue lo que pasó?
—Esa raíz casi nos aplasta —interrumpió Anton mientras salía de entre los escombros junto con los demás.
—Por suerte, Harald la vio y nos empujó a tiempo.
—Bien, entonces ayúdenme a buscarlo.
Dije mientras comenzaba a remover los escombros. Mi mayor preocupación era sacarlos a todos con vida de este maldito infierno.
—¿De qué hablas? ¡Tenemos que irnos ya! Ese tipo seguro fue aplastado.
—¡Natalia! Ya es suficiente. Solo ayudemos para poder salir de aquí rápido —intervino Anton.
—Bien. Yo buscaré el relicario para que podamos largarnos de una vez.
Cada uno comenzó a cumplir con su labor, pero realmente no parecía haber rastro de Harald. Poco después, escuché a Natalia decir que había encontrado el relicario, aún envuelto en el pergamino.
—¡Anton, ve y mira si puedes arreglarlo! Nosotros seguiremos buscando.
Seguimos escarbando entre las rocas hasta que logré escuchar una débil respiración. Inmediatamente, empecé a cavar con más velocidad hasta que vi una mano. La tomé con fuerza y tiré de ella, desenterrando a un malherido Harald, quien apenas podía mantenerse en pie apoyándose en mí.
—Gra… gracias…
—No hables. ¡Sofía, necesito ayuda!
Sofía corrió hacia nosotros mientras sacaba una cantimplora de agua y pronunciaba un cántico:
—Que la vida fluya como el agua de un río, llevando los males como el tiempo la vida…
El agua comenzó a brillar con un tenue resplandor azul cielo mientras ascendía hasta donde estábamos.
—Tranquilo, esto dolerá… mucho. Muerde esto.
Le colocó la correa de la cantimplora entre los dientes y vertió el contenido sobre sus heridas. Harald se sacudió violentamente, bramando de dolor, mientras sus heridas más superficiales comenzaban a cicatrizar. Las costras se desprendieron poco después, dejando cicatrices en su ahora sana piel.
—Con esto estarás bien por el momento.
—Gracias, Sofi…
De pronto, el sonido de una roca rodando llamó mi atención. Miré con horror cómo esas cosas habían regresado y comenzaban a descender lentamente por el derrumbe.
—¡Mierda, retrocedan ya!
Sofía y yo ayudamos a Harald a bajar mientras nos reagrupábamos, intentando mantener distancia con esos monstruos. Desgraciadamente, en el fondo de este lago seco no teníamos a dónde escapar.
—¿Cómo va el portal?
—Esa maldita raíz debió golpearlo… ¡Necesito unos minutos para arreglarlo!
—¡No tenemos unos minutos!
Seguimos retrocediendo hasta encontrarnos con el enorme esqueleto del dragón, colocándonos bajo lo que sería su caja torácica.
—¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir! —exclamó Natalia, entrando claramente en un ataque de pánico.
Su hermano intentaba calmarla a pesar de estar igual de alterado. Mientras tanto, noté cómo más de esas cosas aparecían por los alrededores del lago, rodeándonos completamente.
—Anton, ¿tienes algo para sacarnos de aquí?
—Casi no me queda maná… y ya me estoy muriendo de hambre.
—Entonces hasta aquí llegamos…
Apreté mi espada con ambas manos, preparándome para pelear hasta el final.
—¡Formación circular!
Anton y Sofía se colocaron en posición, mientras Harald, en el centro, intentaba tomar fuerzas para luchar. En cuanto a los gemelos, seguían en el suelo, temblando de miedo, esperando la muerte.
El sonido del hacha de Harald chocando contra el suelo resonó con un eco hueco.
—¡Aaaaaaaaaah!
—¡Aaaaaaaaaah!
Nos quedamos en silencio. Había algo debajo de nosotros… tal vez una salida. No había tiempo que perder. Miré el suelo, buscando alguna señal de cómo bajar, y si no la encontraba, estaba dispuesto a romperlo.
—¡Ahí! Esa grieta en el suelo… parece la esquina de algo —interrumpió Sofía.
Anton soltó una ráfaga de viento, removiendo el polvo y dejando al descubierto la silueta de una losa de piedra perfectamente rectangular.
—¡Vamos, ayúdenme a levantarla!
Entre todos empezamos a alzar la losa por uno de sus extremos. En cuanto la levantamos lo suficiente, Anton lanzó otra ráfaga de viento, elevándola aún más para que pudiéramos pasar. Debajo de ella, una escalera descendía a la oscuridad.
—¡Bajen ya! —ordené.
Los novatos fueron los primeros, seguidos de Sofía junto a Harald. Anton, aún esforzándose por mantener la losa en alto, esperó a que todos estuvieran dentro.
—¡Cuidado!
Una de esas cosas saltó sobre mí. Logré golpearla con el lateral de mi espada y la arrojé lejos.
—¡Corran, yo los distraigo!
Si esta es mi forma de morir, que sea luchando hasta el último aliento.
El brillo que cubría mi cuerpo resplandeció con más intensidad. Esas cosas se preparaban para atacarme. Detrás de mí, escuché pasos apresurados alejándose. Varias de esas criaturas me saltaron encima. Lancé un corte con mi espada, dibujando un arco frente a mí. Varios de ellos fueron partidos por la mitad, sus cuerpos rodaron por el suelo… pero no terminó ahí.
De cada mitad surgieron dos bocas más. Sus cuerpos se retorcieron como una masa maleable hasta tomar nuevamente forma, duplicando su número.
—Vamos… ¿qué están esperando? ¡Vengan por mí!
Me preparé para el siguiente contraataque. Este sería el último.
—¡Harald, no!
De pronto, sentí que alguien me sujetaba y me arrastraba hacia el pasadizo. arrojándome contra Anton, quien perdió la concentración y dejó caer la losa de piedra, cerrando la entrada.
En los últimos segundos, lo único que alcancé a ver fue la espalda de Harald, envuelta en una enorme silueta de oso rojo, mientras empuñaba su hacha imponente como siempre.
—¡No!
Me levanto lo más rápido que puedo e intento levantar la losa, pero algo me impide reunir fuerzas suficientes. De fondo, los gritos y los golpes resuenan en el aire.
—Kiram, tenemos que irnos… —dijo Sofía con un tono triste mientras me sujetaba de los hombros y me jalaba hacia atrás.
No pude resistirme. Mis piernas temblaban y mi cuerpo se negaba a moverse, pero Sofía no dudó en arrastrarme. Empezamos a bajar las escaleras antes de que esas cosas continuaran la persecución.
Descendimos por el silencioso pasillo. Tal vez fueron unos minutos, aunque parecieron eternos, hasta que llegamos a una enorme sala. Sofía no tardó en iluminar el lugar, revelando una serie de estatuas entre gigantescas columnas. Tras ellas, los gemelos estaban escondidos, temblando.
—No hay salida… —murmuró Natalia con resignación, aferrándose a su daga.
—Anton, termina de arreglar esa cosa.
Caminé hacia los gemelos y les extendí la mano para ayudarlos a levantarse. Luego, me dediqué a examinar la habitación, observando cada una de las estatuas. Sus rostros me resultaban extrañamente familiares, pero no lograba recordar dónde los había visto antes.
Hasta que me detuve frente a una en particular.
Era la viva imagen de alguien que nunca podría olvidar: una mujer de largo cabello adornado con una tiara de ramas secas. Su piel, de mármol blanco, contrastaba con el elegante vestido que llevaba, decorado con flores marchitas.
—Erysia…
—¿Qué dijiste? —Sofía se acercó a mí, tratando de confirmar si había escuchado bien.
—Esa… esa de ahí es Erysia. Y aquel es Valthor… el del martillo. Es… el patrón de los herreros. Están todos aquí.
Este era un templo a los dioses. Uno tan antiguo e importante que incluso un dragón había sido puesto como su guardián. Si quedaba algún vestigio de su presencia en este mundo, debía estar en este lugar.
Sofía, sin pensarlo dos veces, se arrodilló y comenzó a orar. Yo, en cambio, aún me debatía entre hacerlo o no, cuando de pronto vi cómo los ojos de las estatuas se iluminaban.
Y entonces, una vez más, me encontré en aquel vacío infinito.
Solo estábamos ella y yo.
Pero algo era diferente. Su figura, antes imponente, ahora parecía desvanecerse. Era como ver un fantasma traslúcido, con partes de su cuerpo que se volvían cada vez más difusas hasta desaparecer.
—¿Por qué…? —mi voz tembló—. ¿Por qué nos abandonaron cuando más los necesitábamos?
—Nunca nos fuimos… —susurró ella—. Pero ya casi no nos quedan fuerzas para resistir.
—¿Resistir? ¿A qué?
—A quien gobierna por encima del aquel conocido como el Traidor…
—¿Cómo lo detenemos?
—El Árbol… El Árbol es la conexión de ese dios externo con este mundo. Si lo destruyen, él será expulsado… y nosotros retomaremos el control.
De pronto, el vacío se vio invadido por una inmensa red de raíces. Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus manos frías sujetando mi cabeza.
—Siempre estaré contigo, mi Heraldo… pero ya no te queda tiempo.
Regresé de golpe a la realidad. Miré a mi alrededor y noté que no fui el único que tuvo un viaje astral. Pero no había tiempo para discutirlo.
El templo comenzó a temblar. Enormes raíces surgieron de la nada, retorciéndose y extendiéndose por toda la estructura. El suelo se agitaba bajo nuestros pies, amenazando con sepultarnos vivos.
Y, como si no fuera suficiente, esas cosas ya estaban entrando por las escaleras.
—¡Anton, el portal!
—¡Todavía no lo he… ¿reparado?! —balbuceó, sorprendido al notar que el portal ya estaba arreglado, como por arte de magia.
Sin perder un segundo, Anton activó el portal.
—¡Corran!
Saltamos todos a través del portal mientras esas cosas nos perseguían.
Del otro lado, aparecimos frente al gran lago que conformaba la reserva, en medio de una tormenta furiosa. El viento aullaba y la lluvia caía con fuerza, empapándonos al instante.
—¡Aléjense del portal! —grité.
Sin dudarlo, comenzamos a correr. Varios de esos seres lograron atravesar el portal antes de que se cerrara, pero, por suerte, no nos siguieron. La poca luz del sol que se filtraba entre las nubes pareció disuadirlos, obligándolos a enterrar de nuevo en el suelo y regresar a las profundidades.
—¡Felicidades, aventureros! —una voz familiar interrumpió el tenso silencio—. Otro año más cumpliendo con la misión de recolección de agua.
Giré la cabeza y lo vi.
Era el jefe del gremio, caminando hacia nosotros con paso seguro. A su lado, dos caballeros de la guardia real lo escoltaban.
— ¿De quién fue la idea de cambiar el mecanismo de los pergaminos? —preguntó Anton con seriedad.
—Esa fue idea mía —respondió el jefe sin titubear—. Quería asegurarme de que se reuniera la mayor cantidad de agua posible. Espero que no les haya causado problemas.
Nadie respondió. El aire se cargó de tensión mientras las gotas de lluvia golpeaban el suelo embarrado.
Mis pasos fueron lentos, pero decididos. Me acerqué al jefe del gremio y, sin previo aviso, lo sujeté del cuello de su elegante camisa, levantándolo con furia.
—¡Maldito imbécil! —rugí—. ¡Por tu culpa, Haral está muerto!
La ira me consumía. Sofía y los dos guardias intentaron apartarme, pero no podía hacerme soltarlo.
—Vamos, héroe… cálmate —dijo el jefe con frialdad—. El gremio avisó del cambio. Además, él sabía en qué se estaba metiendo.
No sabía si me estaba mintiendo solo para salir del aprieto o si realmente decía la verdad. Pero si era cierto… entonces la culpa recaía en nosotros, por no haber estado informados.
—Bien… —solté un respiro tembloroso—. Pero si descubro que no es cierto… te cortaré la cabeza.
Lo solté, dejándolo caer al suelo. Luego, sin decir nada más, me di la vuelta y empecé a caminar de regreso a la ciudad.
Fue entonces cuando lo sentí.
Mi cuerpo.
Mi pulso.
El agotamiento me golpea como una ola incontrolable. La adrenalina desapareció, y el ardor de mis heridas se hizo insoportable. El mundo giró a mi alrededor.
Mis piernas cedieron.
Caí.
—¡Kiram! —escuché la voz de Sofía, que se desvanecía…
Todo se volvió oscuro.