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CAPÍTULO III – LYRA

Aún te tendré · por zuir876 · 19 de julio de 2026

El invierno sin estaciones llegó sin aviso.
El aire, antes inerte, comenzó a morder con un frío extraño, un eco de la muerte que avanzaba por las entrañas del mundo.
El cielo se tiñó de un gris metálico, y el horizonte perdió toda forma.

Eón lo sintió primero.
El pulso de la Tierra, débil y fragmentado, le habló en frecuencias que solo él podía oír.
El planeta moría.
Y con él, todo lo que aún respiraba.

Lyra tosía, envuelta en el manto de luz que él le había hecho.
Sus mejillas habían perdido color, y sus ojos —aún hermosos, aún llenos de esperanza— brillaban con un cansancio que Eón no podía aceptar.

—Solo estoy cansada —dijo ella, intentando sonreír.
—Descansa, pequeña. El aire está cambiando. Pronto mejorará.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.

Pero él sabía que mentía.
Nada mejoraría.
La Tierra había llegado a su fin, y ni siquiera su poder podía detener la extinción de lo humano.

Eón buscó entre los restos del antiguo Imperio.
Encontró torres de energía colapsadas, pozos de agua seca, archivos oxidados que hablaban de un tiempo en que curar era fácil, y vivir, una costumbre.
Pero nada quedaba útil.
El tiempo había borrado incluso la memoria de cómo sanar.

Mientras caminaba entre ruinas, la voz del Padre regresó, más distante que nunca, como si atravesara siglos de distancia.

—Te advertí, hijo. La vida es efímera por una razón. Quien ama lo pasajero se condena.
—Entonces que me condene —respondió Eón con voz baja, pero firme—. Prefiero sufrir este instante que vivir eternamente sin sentir nada.

Hubo un silencio largo.
Luego, el Padre habló, con un matiz de dolor que Eón nunca había escuchado antes.

—¿Crees que no lo entiendo? Yo también amé, hijo. Yo también vi morir lo que creé.

Eón se detuvo. Por un instante, sintió que su Padre no era un dios… sino un ser roto.
Pero la compasión se transformó en rabia.

—Entonces debiste haberlo recordado.
—Lo recordé tanto… que juré no volver a sufrirlo.

 

Al regresar al refugio, Lyra lo esperaba sentada, mirando una esfera luminosa que él le había construido para iluminar las noches.
La giraba entre sus manos como si sostuviera un pequeño sol.

—Eón —dijo ella, sin levantar la vista—. ¿Por qué estás triste?
—No lo estoy.
—Sí lo estás. Los ojos siempre dicen la verdad.
—¿Y qué dicen los tuyos?
—Que tengo miedo.

Él se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
Por un instante, olvidó que era un ser forjado de energía.
Las manos de Lyra eran tan pequeñas… tan humanas.

—No temas.
—¿Te quedarás conmigo?
—Hasta el final.

Ella sonrió, y en esa sonrisa el universo pareció detenerse.

—¿Sabes? Cuando era más pequeña soñaba con un lugar donde el cielo era azul y el mar olía a vida.
—Eso existió una vez.
—¿Y por qué ya no?
—Porque los hombres lo olvidaron. Creyeron que podían crear algo mejor.
—¿Y tú? ¿También lo olvidaste?
Eón bajó la mirada.
—Estoy aprendiendo a recordarlo.

Los días siguientes, Lyra ya no podía levantarse.
Eón intentó todo: trasladarla a zonas menos contaminadas, infundirle energía de su cuerpo inmortal, crear cápsulas de oxígeno con las antiguas tecnologías.
Nada funcionaba.
Cada intento era un fracaso más… y cada fracaso lo acercaba al límite de su fe.

Una noche, mientras Lyra dormía, Eón cayó de rodillas ante el cielo vacío.

—Padre… si alguna vez me amaste, ayúdame ahora.

—No puedo.
—¡Tú puedes todo!
—No. Solo el tiempo puede. Y él no tiene piedad.

Eón cerró los puños hasta que su sangre luminosa goteó sobre el suelo.
—Entonces maldigo el tiempo. Maldigo la eternidad. Maldigo tu perfección.

—¿Y si al hacerlo, te pierdes a ti mismo?
—Si la pierdo a ella… ya no me importa.

El eco de su grito viajó por kilómetros, chocando contra montañas huecas.
El universo no respondió.

Lyra despertó poco después del amanecer.
Su voz era débil, casi un susurro.
—Eón… ¿por qué lloras?
—No estoy llorando.
—Sí, lo haces. Tus ojos brillan distinto.

Él se inclinó sobre ella y le tomó la mano.
Ella le acarició el rostro con ternura.

—No estés triste.
—No puedo evitarlo.
—Entonces prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Cuando yo no esté, sigue cuidando el mundo… aunque esté vacío.
—Sin ti no hay mundo, Lyra.
—Entonces invéntalo otra vez.

Y con esa frase, sonrió…
Y dejó de respirar.

El silencio cayó como una losa sobre el alma del universo.
Eón la sostuvo entre sus brazos, sin emitir un sonido.
La luz de su cuerpo comenzó a apagarse, y por primera vez, el inmortal tembló.

—Padre… —susurró entre lágrimas que no deberían existir—.
Dijiste que era eterno.
Pero nada tiene sentido si no puedo conservarla.

No hubo respuesta.

Solo el viento.
Solo el eco de una canción infantil que Lyra solía cantar, flotando entre los escombros.

Eón permaneció de pie, con el cuerpo de Lyra en brazos, hasta que el amanecer llegó.
La depositó bajo un árbol metálico y transformó el suelo en cristal, sellando su cuerpo dentro de un manto de luz pura.
Allí reposaría, intocable por el tiempo.

Y mientras el sol nacía sobre un mundo que ya no tenía futuro, Eón susurró:

“Si todo se derrumba, si la Tierra se apaga, si cada estrella deja de brillar… aún te tendré.”

Y el viento respondió, como si su Padre lo escuchara, pero no pudiera hablar.

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