El tiempo dejó de tener forma.
Los días se volvieron indistinguibles, las estaciones olvidaron su nombre, y los siglos comenzaron a desvanecerse uno dentro del otro, como gotas en un océano sin fin.
Eón caminaba.
Siempre caminaba.
A veces por lo que antes fueron desiertos, otras por mares congelados, o ruinas sepultadas bajo mil capas de polvo.
No había destino. Solo movimiento.
Solo la necesidad de seguir de pie, porque detenerse era aceptar el vacío.
A veces creía escuchar su voz.
La risa de Lyra, suave como un eco en el viento muerto.
Giraba buscando el origen, pero no había nadie.
Solo su propia memoria, burlándose de él.
En los primeros siglos, Eón intentó reconstruir el mundo.
Creó jardines de luz, ríos artificiales, ciudades suspendidas en el aire.
Les dio forma, color, simetría…
Pero ninguna de esas maravillas tenía alma.
Eran hermosas y huecas, como reflejos de algo que ya no existía.
Cuando el Padre volvió a hablar, su voz era un trueno lejano, sin ira, sin autoridad.
Solo cansancio.
—Hijo… ¿aún sigues buscando lo que el tiempo borró?
—No busco —respondió Eón—. Recuerdo.
—Recordar es una forma de morir.
—Entonces moriré cada día, si eso me acerca a ella.
—La vida es un ciclo, Eón. Todo lo que nace debe terminar.
—Y sin embargo tú me hiciste eterno.
—Porque alguien debía recordarme.
Eón levantó la mirada hacia el cielo vacío, donde ya no quedaban estrellas.
—¿Recordarte? ¿O justificarte?
—Ambas.
Hubo un largo silencio.
El viento se llevó las últimas palabras y, con ellas, el rastro de la divinidad.
Pasaron milenios.
Eón dejó de hablar.
Su voz se volvió un eco seco, su corazón, un campo congelado.
Solo su mente seguía viva, atrapada entre los recuerdos de lo que fue y lo que nunca volvería a ser.
Un día encontró el cristal donde había sellado el cuerpo de Lyra.
Seguía intacto, suspendido en medio de un bosque petrificado.
Dentro, el rostro de la niña dormía como si aún respirara.
Eón cayó de rodillas.
—No hay cielo para ti… ni para mí —murmuró—. Pero aún te tengo aquí.
Su energía fluyó, y el cristal se iluminó brevemente.
Por un instante, juró verla moverse.
Una ilusión.
O quizá una respuesta.
Los siglos siguientes lo llevaron más allá de la Tierra.
Construyó una nave de su propia energía y partió hacia el espacio, buscando respuestas donde ya no existía nada.
Los planetas eran tumbas frías.
Las estrellas, brasas agonizantes.
El universo entero se marchitaba lentamente, y Eón lo observaba con los ojos de un testigo que ya no podía llorar.
En el límite de una galaxia muerta, encontró los restos de una estructura titánica: El Trono del Creador.
Allí, grabadas en piedra luminosa, estaban las palabras de su Padre:
“El amor fue mi mayor error… y también mi única verdad.”
Eón pasó los dedos por las letras.
Eran idénticas a la voz que lo había guiado toda su existencia.
Entonces comprendió: su Padre no era un dios impasible, sino un hombre que había temido perder lo que amaba.
Y para huir del dolor, se hizo eterno.
Tal como ahora lo había hecho él.
—Ahora entiendes, hijo —susurró la voz, débil, casi humana—.
El dolor no era castigo, era herencia.
Eón se arrodilló.
—Padre… ¿por qué nos hiciste así?
—Porque el amor necesita memoria… y la memoria necesita sufrimiento.
Sin dolor, no hay significado.
—Entonces… ¿el propósito de mi eternidad es sufrir?
—No. Es recordar.
Recordar que el amor, incluso perdido, sigue siendo la fuerza más real.
Eón cerró los ojos.
Por primera vez en eras, no sintió rabia ni tristeza.
Solo comprensión.
Miró el vacío alrededor.
El universo entero era una herida abierta.
Pero dentro de esa oscuridad… había una chispa.
La suya.
“Si todo se derrumba, si la Tierra se apaga, si cada estrella deja de brillar…”
Eón se puso de pie, extendió su mano al infinito y susurró:
“Aún te tendré.”
Y el eco de su voz resonó en el espacio como una melodía antigua.
Una plegaria de un hijo… para un padre que también había sufrido.
Con el paso de los siglos, Eón ya no caminó.
Flotaba entre los restos de galaxias, sosteniendo una esfera de luz creada con los fragmentos de su alma y los recuerdos de Lyra.
A esa esfera la llamó Corazón.
Y dentro de ella latía una canción que solo él podía oír:
la voz de la niña, riendo entre ecos y estrellas muertas.
Esa risa era todo lo que quedaba del universo.
Y, para él, era suficiente.