La niña dormía entre los restos de una cúpula oxidada, envuelta en un manto que Eón había tejido con fibras lumínicas de su propio cuerpo.
Su respiración era débil, pero constante.
Cada inhalación era una melodía que rompía el silencio de siglos.
Eón la observaba desde la distancia.
No porque temiera dañarla… sino porque temía sentir.
Desde su creación, había contemplado imperios levantarse y caer, mares extinguirse, estrellas apagarse.
Nada sobrevivía al paso del tiempo.
Nada, salvo él.
Y, sin embargo, aquella niña, Lyra, resistía donde incluso los dioses se habían rendido.
Durante días, Eón la siguió en silencio mientras ella exploraba los restos de la ciudad.
Ella cantaba canciones sin letra, improvisadas con los sonidos del viento, y él la escuchaba sin comprender por qué eso lo hacía sentir humano.
Una tarde, mientras el sol herido caía sobre las torres rotas, Lyra se acercó a él.
—¿Por qué no hablas nunca?
—Porque no tengo nada que decir.
—Todos tienen algo que decir. Hasta las piedras hablan cuando el viento las toca.
Eón la miró, confundido.
—¿Qué pueden decir las piedras?
Lyra sonrió.
—“Estuve aquí.”
Eón sintió un estremecimiento.
Aquella frase, tan simple, era una verdad que había olvidado.
Él también quería poder decir eso algún día: estuve aquí.
Esa noche, mientras Lyra dormía bajo un cielo de polvo, Eón habló por primera vez con su Padre en milenios.
—Padre, he encontrado una humana.
—Entonces destrúyela.
—¿Por qué?
—Porque no debe quedar nada que te distraiga de tu propósito.
—¿Y si mi propósito es protegerla?
—El amor es debilidad, hijo. Y la debilidad es la causa de la caída del mundo.
Eón apretó los dientes.
—Si eso es debilidad… entonces quiero sentirla.
Por un instante, el aire tembló.
Y luego la voz del Padre desapareció, dejando tras de sí un silencio denso, casi culpable.
Los días se convirtieron en semanas.
Eón comenzó a enseñarle a Lyra los nombres olvidados de las cosas:
“árbol”, “río”, “cielo”… aunque ninguno de ellos existía ya.
Ella los repetía como si fueran plegarias.
Y cuando no encontraba la palabra, la inventaba.
—¿Cómo se llama esto? —preguntó un día, señalando una flor metálica que había brotado entre la chatarra.
—Eso no tiene nombre. Es un residuo del pasado.
—Entonces lo llamaré esperanza.
Eón la observó en silencio.
Por primera vez en eones, sintió el impulso de sonreír.
Esa noche, la voz del Padre volvió a resonar, más fría que nunca.
—Te temerán, te traicionarán, te olvidarán. Es su naturaleza.
—Ella no.
—Todos son iguales, hijo. Todos terminan igual.
Eón miró a Lyra dormida, con el rostro iluminado por el resplandor tenue de las ruinas.
—Quizá. Pero mientras ella viva… el mundo no estará completamente muerto.
—No lo entiendes ahora, pero lo entenderás —susurró la voz, desvaneciéndose—. El dolor de ver pasar siglos sin tener a nadie con quien vivir.
Eón permaneció en silencio largo rato.
Sabía que su Padre tenía razón.
Pero también sabía que, por primera vez, no quería tenerla.
Los días pasaron, y el vínculo entre ambos creció como un milagro imposible.
Lyra le contaba sueños que no podían existir: mares azules, montañas de fuego, cielos llenos de aves.
Eón la escuchaba sin interrumpir, grabando cada palabra en su memoria infinita.
Hasta que, un día, Lyra lo miró y le preguntó:
—¿Qué pasará cuando yo no esté?
Eón sintió que algo dentro de él se quebraba.
—No morirás.
—Sí lo haré. Todos morimos, ¿no?
—Tú no. No mientras yo exista.
Lyra sonrió con dulzura.
—Entonces, cuando yo me vaya… prométeme que seguirás soñando.
Eón no supo responder.
Los sueños eran un lujo que la eternidad no podía permitirse.
Pero ella lo abrazó, pequeña y cálida, y en ese gesto… el universo volvió a tener sentido.
Esa noche, mientras la niña dormía recostada contra su pecho, Eón alzó la mirada hacia el cielo sin estrellas.
“Sé que el tiempo se llevará lo que soy”, pensó,
“Pero incluso cuando todo aquí se haya ido… aún la tendré.”
Y por primera vez, el Padre guardó silencio.