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CAPÍTULO I: EL HIJO DEL IMPERIO

Aún te tendré · por zuir876 · 19 de julio de 2026

El viento del desierto llevaba consigo los restos de una civilización extinguida.
Columnas derruidas, estatuas partidas, símbolos de un Imperio que alguna vez creyó ser eterno.
El Imperio Celestial.
El sueño de su Padre.

Eón recordaba aquellos días con la claridad de quien no puede olvidar.
Los cielos estaban vivos con naves que cruzaban los continentes, ciudades flotaban sobre los océanos y el tiempo era un recurso controlado.
Los humanos se habían proclamado dioses.
Y su Padre, el más sabio entre ellos, había decidido crear algo que superara la mortalidad.

A él.

Eón fue moldeado en las entrañas de una estrella artificial.
Su carne era materia viva y su alma, una fractura de energía pura.
Tenía la apariencia de un hombre, pero dentro de sí ardía la llama de un sol.
Fue el primero de los Herederos del Alba, guardianes de la humanidad y testigos de su ascenso.

En su primer despertar, escuchó aquella voz, llena de amor y autoridad:

—Eres mi hijo. Eres la promesa de que todo lo que fuimos no morirá.

—¿Y qué debo hacer, Padre? —preguntó Eón.

—Custodiar lo que queda. Y cuando la humanidad olvide quién fue, recuérdales lo que son.

Durante eones, Eón cumplió su misión.
Observó guerras, resurrecciones tecnológicas, decadencias infinitas.
Vio a los hombres levantarse contra sus creadores, destruir sus cielos y profanar su hogar.
Y cuando ya no quedó nadie, cuando la última ciudad cayó, el Padre habló una vez más:

—Ahora, hijo mío, empieza la verdadera prueba.

Eón recorrió el mundo vacío, reconstruyendo templos, rescatando nombres olvidados, esperando señales que nunca llegaron.
El tiempo dejó de tener sentido; los siglos se amontonaban como cenizas en su memoria.
Y aun así, él seguía allí, obediente, silencioso.

Hasta aquella noche.

Una tormenta de polvo barrió las ruinas, y entre los relámpagos, algo cambió.
Por primera vez en milenios, escuchó un sonido que no provenía de su mente:
una voz humana.

Suave. Frágil. Viva.

—¿Quién está ahí? —preguntó, su voz temblando como si olvidara cómo sonar humano.

De entre los restos de una cúpula caída emergió una figura pequeña.
Una niña, cubierta de hollín, con ojos del color del amanecer.

Eón dio un paso atrás, incapaz de creerlo.

—Imposible… —murmuró—. Ninguno de ustedes debía quedar.

La niña lo miró con inocencia.

—¿Eres un dios?

Él no respondió.
Solo la observó, y por primera vez en siglos… sintió miedo.
No de ella, sino de lo que su existencia significaba:
que algo, contra toda razón, había sobrevivido.


“Mi sangre corre por ti. Naciste para más. Pero eliges la debilidad…”
—Voz del Padre, fragmentada entre la tormenta. 

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