El amanecer ya no era dorado.
Era gris, silencioso y quebradizo como el cristal.
El sol, fatigado tras millones de años, apenas conseguía atravesar el velo de polvo que cubría la Tierra.
Entre ruinas cubiertas de raíces muertas y torres corroídas por la arena, un hombre permanecía de pie.
O algo que había sido un hombre.
Su nombre era Eón.
Sus ojos —dos espejos de un azul sin tiempo— observaban el horizonte donde los mares se habían secado.
Bajo sus pies, la piedra temblaba al ritmo del corazón moribundo del planeta.
No había viento. No había pájaros. Solo el eco de una voz que resonaba dentro de su mente.
—Mira a tu alrededor, hijo… todo esto se derrumbará.
Eón cerró los ojos.
Aun después de mil siglos, aquella voz seguía siendo nítida.
Era profunda, implacable, como si cada palabra fuera pronunciada desde el centro de las estrellas.
—Padre —susurró—. He cumplido mi deber. El mundo ha sido preservado, pero no queda nadie para verlo.
—Luchas por un mundo que dejará de existir. Estos rostros que amas, frágiles como el aire. En quinientos años, no quedará nadie que te abrace.
Eón apretó los puños. La soledad no era nueva para él.
Desde el nacimiento de la eternidad había sido su única compañera.
Sin embargo, algo dentro de él —una chispa diminuta e inquebrantable— se negaba a extinguirse.
—Quizás —dijo con calma—. Pero mientras siga en pie, aún tendré algo que proteger.
El cielo respondió con un relámpago mudo.
Un destello atravesó el horizonte, y por un instante, pareció que el sol recordaba cómo brillar.
—Eres más que esto, eres eterno, eres poder. Pero insistes en aferrarte a lo que no sobrevivirá.
Eón alzó la vista, el resplandor reflejándose en su rostro.
Y aunque sabía que su Padre no podía verlo, sonrió.
—Si todo se derrumba, si la Tierra se apaga, si cada estrella deja de brillar… aún te tendré.
El silencio se extendió, tan vasto como el universo.
Luego, lentamente, Eón caminó hacia la desolación.
Sus pasos resonaron sobre la piedra antigua como el último latido del mundo.