Los días se volvieron un ciclo: viaje por el páramo, búsqueda de recursos, pequeños descansos. 8-bit resultó ser invaluable. Su procesamiento podía detectar fuentes de energía pura, analizar patrones climáticos de datos y, lo más importante, detectar firmas de datos o espacios corruptos que prefirieron evitar. Guiados por ella, evitaban las zonas más peligrosas.
Hasta que llegaron a un nuevo portal. Este emanaba una energía de violencia, con runas de piedra en lugar de código. Cruzaron con cautela.
«Ancient Warriors», un conocido juego de combate y aventura los recibió con el olor a bosque húmedo y el sonido de pájaros. Era un mundo de espada y hechicería clásico. Por un momento, fue un alivio. Hasta que 8-bit se puso tensa.
—Detección múltiple. Firmas de corrupción de alta densidad. Patrones de agresión... activos.
El bosque idílico pronto reveló su pesadilla. Criaturas que debían ser osos o lobos estaban retorcidas, sus pieles interrumpidas por parches de píxeles negros y estática. Movimientos espasmódicos, no naturales. Amalgamas glitch. Y en el claro central, una guerrera con armadura de plata y una capa, con un cabello rojo como llamas, luchaba sola contra una docena de ellas. Sus dos espadas gemelas giraban en un torbellino desesperado, pero estaba siendo acorralada.
—¡Tenemos que ayudarla! —gritó Sora, desenvainando su espada dorada.
No hubo tiempo para planes. Nexo cargó con un grito, su espada enorme apartando a una criatura que saltaba hacia la guerrera. Sora lanzó un hechizo de luz cegadora que desorientó a otras. 8-bit, volando con un zumbido nuevo (¡podía volar!), gritó desde arriba: —¡La de tres ojos! ¡Su punto débil es la juntura del cuello! ¡Disparando!
Un rayo azul de su arma impactó en el punto exacto, haciendo que la bestia se convulsionara.
La guerrera, sorprendida por la intervención, aprovechó el respiro. Sus ojos carmesí, idénticos a los de Sora, brillaron con una furia renovada. —¡Finalmente, una pelea interesante! —rugió, y se lanzó de nuevo al combate, ahora con aliados.
Fue un baile de destrucción coordinada. Nexo era el muro, Sora la luz disruptora, 8-bit la artillera de precisión, y la guerrera roja la tormenta en el centro. Juntos, barrieron a las amalgamas.
Cuando el último monstruo se disolvió en datos corruptos, la guerrera se apoyó en sus espadas, jadeando pero sonriendo. Era una sonrisa feroz, alegre.
—¡No está mal! —dijo, su voz era ronca y potente—. No son del reino. Sus armas... no las conozco. —Sus ojos se posaron en el armamento de 8-bit y la espada de Nexo.
—Venimos de... otro lugar —explicó Nexo, con cuidado-. De donde vienen estas criaturas.
La guerrera señaló con la cabeza hacia una grieta en el aire al fondo del claro, por la que rezumaba oscuridad. —Por ahí. Llevan saliendo días. Yo soy Ember. La mejor guerrera de este territorio. ¿Y ustedes?
Se presentaron. Mientras hablaban, 8-bit flotó hacia la grieta, escaneando. —Esta brecha es inestable pero permanente. Emite la misma firma de corrupción de bajo nivel. Puedo generar un algoritmo de sellado.
—¿Puedes cerrarla? —preguntó Nexo.
8-bit negó —yo no, tu— y le transmitió a su interfaz un bloque denso de código. Era complejo, pero Nexo lo entendió. Era un sello dimensional.
—Haré que se alejen —dijo Ember, colocándose entre Nexo y la grieta, sus espadas en guardia.
Nexo respiró hondo. Activo la Ad-Hoc. Esta vez no fue creación, fue cirugía cósmica. Su voluntad se extendió hacia los bordes de la grieta, tejiendo el código de sellado que 8-bit le dio. Sentía la resistencia de la grieta, como un agujero que constantemente crecía. Sudó, sus músculos digitales se tensaron. Pero no estaba solo. Sora puso una mano en su hombro, emitiendo un leve brillo de apoyo. Ember vigilaba. 8-bit monitoreaba.
Con un sonido de cristal que se resella, la grieta se cerró. La oscuridad desapareció, dejando solo el bosque normal.
Y Nexo colapsó. El costo fue aún mayor que crear un cuerpo. Cayó de rodillas, viendo estrellas, su energía vital en un mínimo histórico. Por un momento, el pánico lo recorrió. Esto era morir.
Entonces, Ember se arrodilló frente a él. No con preocupación de enfermera, sino con la evaluación de una veterana. —Usas un poder que te devora por dentro —dijo, no como un juicio, sino como un hecho—. Es estúpido. Pero cerraste la puerta. —Hizo una pausa—. Esas cosas vienen de su mundo, ¿verdad?
—Sí... o bueno... No exactamente —jadeó Nexo.
—Entonces voy con ustedes —declaró Ember, como si fuera lo más obvio del mundo—. Mi deber es proteger mi reino. La mejor protección es cortar el mal de raíz. Y ustedes tres... son fuertes. Raros, pero fuertes. Me gusta.
No hubo discusión. Era una lógica impecable. Y Nexo, demasiado débil para protestar, solo pudo asentir.
Así, se convirtieron en cuatro.
Epílogo: El Umbral del Jardín
Las jornadas siguientes fueron de viaje y adaptación. Ember aportó una fuerza bruta y una alegría por el combate que equilibraba la seriedad de Nexo y la ansiedad de Sora. 8-bit era su brújula y su cerebro táctico. Aprendieron a moverse como una unidad. Nexo no volvió a usar la Ad-Hoc, ya que no podía seguir pagando el precio.
Vagaron por el páramo azul, siguiendo las lecturas de 8-bit en busca de un lugar seguro, una anomalía estable. Hasta que un día, ella detectó algo nuevo: una firma de energía inmensa, estable y extrañamente orgánica en medio de la nada técnica.
—Allí —dijo, señalando hacia un horizonte donde el azul se fundía con una paredes gris lejana—. Es diferente. Es como... un jardín creciendo en el código.
Caminaron hacia él. El aire cambió, olía a tierra mojada y ozono limpio. Y entonces lo vieron: un plano de césped azul marino, árboles blancos brillantes, un cielo con un planeta gigante. Era hermoso. Era un santuario.
—Quizás aquí podamos descansar —susurró Sora, con esperanza.
Se adentraron en el Jardín Cobalto, maravillados. Por un instante, olvidaron el miedo. Hasta que 8-bit, que flotaba un poco por delante, se detuvo en seco.
—Detección —dijo, su voz bajando a un susurro—. Seis firmas. No son corruptas. Son... complejas. Muy poderosas. En el límite del alcance.
Nexo y Ember se pusieron en guardia inmediatamente. Sora empuñó su espada.
—¿Amigos? —preguntó Sora, con esperanza.
—Análisis indeterminado —respondió 8-bit, sus ojos escaneando la distancia—. Pero en este mundo, lo desconocido es hostil hasta que se demuestre lo contrario. Protocolo de defensa: ataque preventivo y táctico.
Nexo miró a su grupo. A su hermana asustada pero determinada. A Ember, ansiosa por la pelea. A 8-bit, su creación, calculando las probabilidades de supervivencia. Ellos eran todo lo que tenía en este universo roto.
Asintió, lentamente. No podían arriesgarse. No otra vez.
—Muy bien —dijo, su voz era la de Shindark, el guerrero, no la de Nexo, el programador—. Los tomamos por sorpresa. Separémoslos, neutralicémoslos antes de que puedan reaccionar.
Fue una decisión nacida de una semana de pesadilla. Una decisión equivocada. Pero en ese momento, bajo los árboles blancos de un jardín que no era suyo, era la única que conocían.
Y así, mientras el grupo desconocido contemplaba la belleza del plano, seis almas marcadas por otra guerra completamente diferente se preparaban para saltar desde las sombras, listas para convertir a los primeros seres no hostiles que encontraban en meses en enemigos a abatir.
El destino de dos grupos perdidos estaba a punto de chocar, no con un saludo, sino con el filo de una espada y el zumbido de un rayo eléctrico, bajo la luz fría de un sol que no era un sol.