Este lugar no tenía nombre. No era un juego. Era un páramo vivo. Planos infinitos de un azul cobalto profundo, surcados por ríos de agua color azul aqua cristalina. Estructuras rocosas se elevaban como montañas de elementos puros. No había monstruos reconocibles, solo un silencio vasto y una belleza fría, desoladora.
—Esto... es como el backend —murmuró Nexo, tocando una árbol brillante del color de la nieve que emitía un zumbido de baja frecuencia, fue cuando la mente inteligente de Nexo empezó a trabajar—. El código subyacente. La «nube» de la que todo surge.
—¿El internet? —preguntó Sora, abrazándose a sí misma. El lugar era hermoso, pero carecía de vida, de propósito. Daba miedo.
Fue aquí donde Nexo, desesperado por encontrar una herramienta para intentar encontrar algo útil que les ayudara en ese plano, revisó por enésima vez su interfaz de avatar. Entre las habilidades de espadachín, una línea nueva, gris y titilante, llamó su atención: «Programación Ad‑Hoc».
—¿Qué es eso? —preguntó Sora, mirando por encima de su hombro.
—No lo sé. No es una habilidad de Shindark —Nexo frunció el ceño. Con la mente, seleccionó la habilidad. Su visión se sobrepuso con líneas de código dorado, esquemas wireframe del cristal que tenía delante. Instintivamente, supo qué «funciones» llamar, qué «variables» ajustar. Sus dedos se movieron en el aire, tecleando comandos invisibles.
Con un sonido de cristal que se reordenaba a sí mismo, una sección del obstáculo se desmaterializó, creando un pasaje perfecto.
—¡Funcionó! —exclamó Sora.
Nexo no pudo responder. Una oleada de frío y debilidad absoluta lo atravesó. Cayó de rodillas, jadeando, como si le hubieran extraído la médula espinal. La interfaz le mostraba una barra amarilla de «Energía Vital» que había descendido brutalmente.
—¡Nexo! —Sora se arrodilló a su lado, sus manos emitiendo un tenue brillo curativo. Pero la luz no hizo nada contra aquel agotamiento.
—Está... bien —logró decir él, con la voz quebrada—. Solo... agotamiento. —Pero el miedo en sus ojos era nuevo. Este poder tenía un costo, y el costo era él mismo.
Tras recuperarse (lentamente, comiendo otras frutas que aparecían y crecían), decidieron que debían encontrar refugio, un lugar que no fuera el páramo abierto. Tras un día de caminata, encontraron lo imposible: un portal. No era como la grieta por la que cayeron. Este era estable, un óvalo de energía blanca pura incrustado en el aire, con un marco de runas de código que Nexo casi podía leer.
—¿Adónde lleva? —preguntó Sora.
—A cualquier parte es mejor que aquí —respondió Nexo, tomando su mano.
Cruzaron.