El regreso al pueblo fue igual de largo que la ida al templo.
Descansaron. Recuperaron la moto, pero no la usaron para manejar. La usaron para que algunos fueran sentados y otros empujaran. Ni siquiera las voladoras podían hacerlo. Estaban demasiado cansadas.
Llegaron al pueblo.
No estaba igual. Estaba destruido.
Todos se pusieron nerviosos. Temieron lo peor. Corrieron a la base.
Estaba intacta.
Adentro, los Zeninaris los esperaban. Kaelen los recibió. El y los demás lo habían visto todo desde ahí.
—Lo lograron —dijo, y su voz temblaba—. Les agradezco. En nombre de mi pueblo. De mi especie. De todos los que ya no están.
Los Zeninaris salieron de la base. Al principio, tenían la intención de celebrar. Pero al ver a Foolish y Quiet, se quedaron callados.
Antes de que alguien pudiera gritar, Kaelen habló.
—¿Quiénes son?
Todos, incluyendo a Hikari, explicaron. Al igual que varios Zeninaris, ellas cayeron bajo el juego de Vespera. Pero ellas fueron mucho antes. Diez años de mentiras.
Kaelen los escuchó. Los Zeninaris también.
Las hermanas estaban asustadas. Y tristes.
Un niño Zeninaris se acercó a ellas. Todos esperaron cosas diferentes. Algunos contuvieron la respiración. Otros apretaron los puños.
El niño las abrazó.
Las hermanas, al principio asustadas y confundidas, correspondieron.
Kaelen se acercó después. Las vio. Las examinó.
—¿La Diosa de la Mentira? —preguntó.
Hiro le mostró el cilindro de brillo magenta.
Kaelen no necesitó explicaciones.
—No hay nada que temer —anunció, y su voz se elevó para que todos lo escucharan—. La Diosa de la Mentira fue derrotada.
Los Zeninaris gritaron de alegría. Pequeñas familias se abrazaron. Algunos lloraron. Se acercaron al grupo. Los mayores agradecieron. Los jóvenes abrazaron.
Hikari miró el pueblo destruido.
—¿Qué pasó?
Kaelen respondió.
—Rayos. Cayeron desde la isla de las sombras. Destruyeron todo. Impactaron contra la estructura reforzada, los escudos qué mencionaron no se activaron pero la estructura resistió, y los habitantes están a salvo. Y ahora que la maldad se fue... podemos reconstruir.
Nadie sabía porque los escudos no hicieron de refuerzo, pero ese era un caso para otro día.
El grupo intentó decir que fue su culpa. Su descuido. Su error de juicio.
Kaelen los interrumpió.
—Cometieron un error, sí. Pero jamás quisieron que pasara. Y arriesgaron sus vidas para enmendarlo. Gracias a ustedes, podemos volver a vivir sin miedo. Por eso se lo agradecemos.
Nadie supo qué responder.
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Kaelen volteó y vio a Kurenai. Vio que tenía algo en la mano.
Se quedó en shock.
—El... Hell-Breaker.
Kurenai explicó que lo encontraron en la isla de las sombras. Que le ayudó a pelear con Vespera.
Lo levantó hacia Kaelen. Con la intención de devolverlo.
Kaelen se puso recto. Apartó las manos.
—No lo voy a recibir.
Kurenai no entendía.
—El Hell-Breaker te eligió. Peleaste con la Diosa de la Mentira. Es posible que el espíritu de Kaelor peleara a tu lado. Es obvio que debes conservarlo.
Kurenai se mostró nerviosa. Buscó la ayuda de sus compañeros.
Ember habló primero.
—¡Claro que te lo quedás! Mirá cómo rompe cosas.
Nira asintió.
—Es un arma digna de una guerrera.
Hiro calculó.
—Incrementa tu efectividad en combate en un 340%. Es lógico que lo conserves.
Miku la abrazó.
—Te queda perfecto.
Zera, 8-bit, Sora, Nexo, Hikari. Todos opinaron lo mismo. Que se lo quedara.
Kurenai preguntó cómo se protegerían. No podían hacer más guardianes.
Kaelen la corrigió.
—No crearemos guardianes para reemplazar a los caídos. Los primeros serán la inspiración para los próximos.
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El grupo llegó a la triste conclusión de que era hora de regresar al Jardín Cobalto.
Kaelen y los Zeninaris, cabizbajos, entendieron.
Fueron por lo que necesitaban para convocar el portal.
Pero Hikari tenía algo que decir.
—Quiero ir con ustedes.
Todos la miraron.
—Pude pelear con compañeros. Me recordaron lo que es la compañía. Los reconozco como verdaderos guerreros. Y lo que más me cuesta admitir... —hizo una pausa—. Me gusta pelear con ustedes.
Nadie dijo nada por un rato.
Kaelen habló primero.
—Creo que deberías ir.
Miku, Zera, Ember y Kurenai asintieron. Estaban de acuerdo.
Se decidió que sí.
Las hermanas tenían la petición contraria. Ellas querían quedarse.
El silencio fue más largo.
—Aunque Vespera nos manipulara, hicimos mucho daño — dijo Quiet.
—Debemos… debem… queremos repararlo —terminó Foolish. Apenas.
Kurenai fue la primera protestar.
—No las veríamos otra vez.
8-bit la apoyó.
—Meses alla son años aquí, unos pocos más y estarán muertas.
El resto se mostró triste. Sabían que tenían razón, pero no era su decisión.
Pero las hermanas explicaron que no crecieron por edad o desarrollo natural. Crecieron por la piedra negra. Al absorber más, sus cuerpos evolucionaron. No crecerían más.
El grupo se sorprendió. Luego, se alegró.
Kaelen accedió a que se quedaran.
—La redención siempre es posible. Pueden ser las primeras de los próximos guardianes.
Las hermanas y el grupo se alegraron. Abrazaron primero a Kurenai y 8-bit. Luego al resto.
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El momento llegó. El portal se abrió. La base se elevó por donde mismo cayó.
Foolish, Quiet, Kaelen y los Zeninaris se despedían con las manos. El grupo respondió.
Cuando entraron en el umbral, la mayoría entró a la base. Hikari fue la última. Le dio una mirada y asentamiento a Nexo.
Él, Hiro y Natsuki quedaron afuera, al borde de la orilla del montículo de tierra que sostenía la base.
Algo apareció entre ellos.
Aetheris-Nari.
No tenía solidez, era traslúcida. Era luz. Era espacio. Era memoria. Pero esta vez, su rostro no estaba triste. Estaba sereno. Feliz.
No habló. No hizo falta.
Les contagió esa sensación. Y luego, desapareció.
La base llegó a su lugar en el Jardín Cobalto.
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Todos estaban adentro. Iban a salir, pero algo llamó la atención de Nira y Miku.
En una esquina de la sala común, una escotilla de cristal opaco, del color del suelo. No estaba antes.
—¿Y eso? —preguntó Sora.
Hikari supo lo que era.
—La forma de volver a visitar. Kaelen no me iba a dejar ir así nada más.
Todos reaccionaron a su manera. Ember se rió. Nira asintió. 8-bit voló alrededor. Sora sonrió.
Salieron.
Las de carácter infantil —8-bit, Ember, Kurenai— corrieron y gritaron. Las más serias —Nira, Zera, Hikari— se sentaron en el pasto azul.
Hiro, Natsuki y Nexo respiraron el aire de su espacio habitado.
La paz no les duró mucho.
8-bit primero intentó mover a Nexo.
—¿Que haces? —preguntó retoricamente.
—Moverte —respondió 8-bit entre gruñidos de esfuerzo. No pudo moverlo.
Pero Ember y Hikari ayudaron. Lo arrastraron y derribaron.
—¿Que les…? —no pudo terminar la pregunta.
—¡Agarrale los brazos! —ordenó Ember.
—¡Ya! —confirma Hikari.
Hiro solo observó, Natsuki reía, pero Sora fue por él también.
—Ven —le dijo, tomándolo del brazo. Pero Natsuki se hizo el difícil.
—Ve tu, estoy cansado —le respondió.
Sora puso una cara de tristeza y una voz exageradamente bien hecha.
—¿No querés jugar conmigo?
Hiro lo miró. Con una cara de calculada burla.
—Bien —Natsuki cedió, correspondiente a su agarre.
Miku no iba a dejar atrás a Hiro. Lo tomó por detrás, en los hombros.
—¿También te vas a negar a jugar conmigo?
—50/50 de probabilidad —respondió.
—Pues no lo acepto —le contradijo.
Para después Zera llegar y abrazarlo por delante. Miku por detrás. Ambas dijeron al unísono, con voz juguetona:
—Sorpresa.
Hiro se limitó a responder:
—Bien jugado. Muy bien jugado.
Ambas lo elevaron a no mucha distancia del suelo y lo llevaron al caos. Él no puso resistencia.
Todos estaban en el suelo. Algunos sentados. Otros acurrucados contra otros. Otros directamente acostados.
Aún habían trabajos que terminar, amenazas por frenar y preguntas por contestar, pero en ese momento, el pasto azul del Jardín Cobalto, por primera vez en mucho tiempo, fue testigo de algo que no era una batalla.
Era una familia.
Fin de la segunda temporada.