La luz del amanecer se filtró por las ventanas de la base como lo hacía cada mañana, pero el ambiente en la sala común era diferente. Algo había cambiado. Algo que nadie mencionaba, pero que todos sentían.
Natsuki y Sora desayunaban en extremos opuestos de la mesa. No se miraban. Bueno, se miraban, pero desviaban la mirada cuando el otro levantaba la vista. Era un baile torpe de ojos que se buscan y se esconden, de sonrisas que amenazan con aparecer y son reprimidas.
Kurenai fue la primera en romper el silencio. Olfateó el aire con esa intensidad felina que la caracterizaba, y sus ojos se estrecharon.
—Huelen diferente —anunció—. Como si anoche hubieran estado a punto de...
—¿De qué? —preguntó Ember, con la boca llena de fruta.
Kurenai sonrió, pícara.
—De algo.
Sora se sonrojó. Natsuki casi se atraganta con el té.
8-bit flotaba cerca, sus pequeños ojos azules recorriendo la escena con la intensidad de quien sabe que hay chisme pero no termina de entenderlo.
—¿De qué están hablando? —preguntó.
—De nada —respondieron Natsuki y Sora al unísono.
—Demasiado rápido —observó Hiro desde la cocina, donde ayudaba a Miku con el desayuno.
—Demasiado coordinados —añadió Miku, con una sonrisa cómplice.
Natsuki les lanzó una mirada que prometía consecuencias. Hiro y Miku la recibieron con una calma que solo ellos podían tener.
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En el perímetro de la base, Nira hacía su guardia matutina. Pero sus ojos no escaneaban el horizonte en busca de amenazas. Estaban fijos en un punto intermedio, en ningún lado, mientras su mente procesaba algo que no terminaba de entender.
Había visto a Natsuki y Sora. Había visto las miradas desde los pocos días después de conocerse, ahora siendo más frecuentes, los encuentros casuales, las sonrisas nerviosas. Había visto algo crecer entre ellos, algo que no podía clasificar con sus parámetros habituales.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no sabía nombrar.
Pasos detrás de ella. Zera.
—Piensas algo —dijo Zera, sin preámbulos. No era una pregunta.
—Sí.
—¿Qué?
Nira guardó silencio un momento. Las palabras no eran su fuerte. Las emociones, menos.
—No lo sé. Es nuevo.
Zera se situó a su lado, imitando su postura de guardia. Dos máquinas, dos guerreras, dos almas aprendiendo a sentir.
—¿Duele? —preguntó Zera.
—No. Pero tampoco es agradable. Es... incertidumbre.
Zera asintió lentamente. Ella también conocía esa sensación.
—Él es mi creador —continuó Nira, su voz más baja de lo habitual—. Mi razón de existir. Si ahora tiene a alguien más... ¿sigo siendo necesaria?
La pregunta quedó flotando en el aire.
Zera tardó en responder. Pero cuando lo hizo, sus palabras fueron medidas, como siempre.
—Yo también me pregunto eso a veces. Con Hiro.
Nira la miró, sorprendida.
—¿Y qué respuesta encuentras?
Zera sostuvo su mirada.
—Que no es una pregunta que deba responder sola.
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Horas después, Natsuki la encontró en su puesto. No era casualidad. Había estado buscándola.
—¿Todo bien? —preguntó, sentándose a su lado en la roca desde donde vigilaba el horizonte.
—Sí.
—Mientes.
Nira no respondió. Pero su silencio lo decía todo.
—Nira —dijo Natsuki, con esa voz que usaba cuando quería que ella realmente lo escuchara—. Háblame.
Ella lo miró. Luego desvió la mirada.
—No sé cómo procesar lo que pasa entre tú y Sora.
Natsuki asintió. Lo esperaba.
—No se de que hablas. ¿Pero qué parte te cuesta?
Nira dudó. Las palabras se atascaban en algún lugar entre su pecho y su boca.
—Si ella ocupa mi lugar.
Natsuki la miró con una mezcla de sorpresa y ternura. De todas las cosas que había imaginado, esa no estaba en la lista.
—Nira —dijo, con suavidad—, tú no tienes un "lugar". Tienes muchos.
Ella lo miró, sin comprender del todo.
—Eres mi guardiana —continuó Natsuki—. Mi amiga. Mi hermana. La persona que ha estado a mi lado desde el principio. Nadie ocupa eso. Nadie puede.
—¿Seguro?
Natsuki puso una mano en su hombro.
—Completamente.
Nira asintió. No sonrió, porque Nira no sonreía. Pero algo en su postura cambió. Una tensión que ni siquiera sabía que llevaba, desapareció.
—¿Y ahora qué hago con esta sensación? —preguntó.
—Nada —respondió Natsuki—. Solo déjala estar. Con el tiempo, encontrarás su nombre.
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Mientras tanto, en la cocina, Hiro y Miku conspiraban.
—¿Te acuerdas de lo que hizo Natsuki cuando nos vio en la azotea? —preguntó Miku, con una sonrisa traviesa.
Hiro procesó. Recordó aquella noche, el beso en la frente, la interrupción, el comentario pícaro.
—Sí. Fue... incómodo.
—¿Cobramos venganza?
Hiro lo pensó. Literalmente, lo pensó. Sus sistemas evaluaron probabilidades, riesgos, beneficios.
—Es lógico —concluyó.
Reclutaron a 8-bit y Kurenai. La pequeña IA aportaría su capacidad de grabación. Kurenai aportaría su sigilo y oído felinos, y su capacidad de detectar el momento justo.
—¿Y si los interrumpimos justo cuando...? —sugirió Kurenai, con una sonrisa malvada.
—Exactamente —dijo Miku.
Hiro asintió. La venganza sería servida.
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El atardecer tiñó el Jardín Cobalto de tonos violetas y oscuros. La esfera planetaria en el cielo comenzaba su lento descenso, y con él, la temperatura bajaba lo suficiente como para que una manta no fuera mala idea.
Natsuki y Sora terminaron en la azotea. Otra vez. "Casualmente".
—¿Otra vez aquí? —preguntó Sora, sonriendo.
—Parece que este lugar nos llama —respondió Natsuki.
Se sentaron juntos, mirando el horizonte. El silencio fue cómodo al principio. Luego, cargado.
—Ayer... casi... —comenzó Sora.
—Lo sé.
—¿Te parece mal?
—No. Solo... no quería apresurarme.
Sora lo miró. Sus ojos, del color del atardecer, buscaban algo en los de él.
—¿Y ahora?
Natsuki sostuvo su mirada.
—Ahora creo que esperar fue una tontería.
Se acercaron. Lentamente. Como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.
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Detrás de una estructura cercana, cuatro cabezas asomaban.
—¿Cuándo saltamos? —susurró Kurenai.
—Cuando sea el momento óptimo —respondió Hiro, con su lógica habitual.
—¿Y cuál es? —preguntó Miku.
Hiro dudó. Literalmente, dudó.
—No lo sé —una palabra rara de usar para el—. Nunca he hecho esto.
8-bit flotaba nerviosa.
—¿Y si esperamos demasiado y pasa algo importante?
Miraron hacia la azotea. Vieron a Natsuki y Sora acercándose. Sus rostros estaban a centímetros de distancia.
—Creo que ya es tarde —murmuró Kurenai.
En la azotea, Sora se inclinó y besó a Natsuki.
No fue un beso apasionado. Fue suave, dulce, lleno de esa ternura de quienes han esperado el momento correcto. Un beso que decía todo sin necesidad de palabras.
Natsuki respondió. Sus manos encontraron las de ella. Sus ojos se cerraron. El mundo desapareció.
El grupo escondido se quedó en silencio.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó 8-bit.
Hiro observó la escena. Vio a Natsuki, su amigo, su hermano de batalla, en un momento de felicidad pura. Vio a Sora, la hermana de Nexo, la guerrera de luz, entregada a ese instante.
—Nada —dijo, y su voz era más suave de lo habitual—. Esto es más importante.
Miku asintió. Kurenai también. 8-bit flotó en silencio.
La venganza podía esperar.
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Natsuki y Sora se separaron lentamente. Sus frentes se tocaron. Sus sonrisas eran las de dos personas que acababan de encontrar algo que no sabían que buscaban.
—Eso fue... —dijo Sora.
—Perfecto —completó Natsuki.
Se quedaron así, abrazados, viendo cómo el atardecer daba paso a la noche.
Abajo, el grupo escondido se retiraba en silencio.
—Fue bonito —dijo Kurenai.
—¿Eso es lo que pasa cuando dos personas se gustan? —preguntó 8-bit.
—Sí, pequeña —respondió Miku—. Eso es.
—Y es mejor no interrumpirlo —añadió Hiro.
Decidieron, en un acuerdo tácito, posponer la venganza. Al menos por ahora.
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Natsuki y Sora bajaron de la azotea tomados de la mano. Entraron a la sala común y todos los miraron.
Ember fue la primera en hablar.
—¿Qué pasó? ¿Pelearon?
Nira, que había llegado hacía un rato, negó con la cabeza.
—No. Es otra cosa.
Kurenai sonrió.
—Huelen a felicidad.
8-bit no pudo contenerse.
—Hicieron algo, lo sabemos.
Natsuki y Sora se sonrojaron al unísono.
Hiro, desde su lugar, esbozó una sonrisa mínima.
—Tarde o temprano iba a pasar.
—Y nosotros no observamos —añadió Miku fingiendo demencia.
Ember frunció el ceño.
—Ese "hicieron algo" ¿Como cuando dos guerreros sellan una alianza?
—Algo así —dijo Nira, con un tono que casi, casi, era divertido.
Pero entonces, todos notaron algo.
Nexo se había levantado.
Caminaba lentamente hacia Natsuki. Su expresión era seria. Muy seria.
El ambiente cambió al instante. Las risas cesaron. 8-bit dejó de flotar y se posó en el suelo. Ember se puso alerta sin saber por qué. Kurenai dejó de reír.
Miku miró a Hiro, preocupada. Hiro negó levemente. No intervenir. Aún no.
Sora levantó la vista. Vio a su hermano acercándose a Natsuki y su corazón dio un vuelco.
—Nexo... —comenzó.
Pero Nexo no la miró. Sus ojos estaban fijos en Natsuki.
Se detuvo frente a él. A centímetros de distancia. La tensión era palpable.
Natsuki no retrocedió. Sostuvo su mirada.
Pasaron segundos. Una eternidad.
Y entonces, Nexo extendió los brazos y abrazó a Natsuki.
El silencio que siguió fue de otro tipo. Ya no era tensión. Era asombro.
—Hazla feliz —dijo Nexo, con la voz ahogada contra el hombro de Natsuki—. Por favor. Hazla feliz.
Natsuki tardó un segundo en reaccionar. Luego, lentamente, rodeó a Nexo con sus brazos.
—Lo haré. Te lo prometo.
Nexo se separó justo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Su expresión seguía siendo seria, pero ahora había algo más. Algo que podría haber sido ternura, o quizás aceptación.
—Pero si la haces sufrir —dijo, y su voz bajó un tono, volviéndose peligrosa—. Si le rompes el corazón... te juro que te haré sufrir a ti. No importa cuánto tiempo pase. No importa dónde te escondas. Te encontraré. Y te haré pagar cada lágrima.
El silencio volvió a instalarse. Pero esta vez era diferente. Era respeto.
Natsuki asintió lentamente.
—Lo sé. Y si eso pasa, mereceré cada segundo.
Nexo lo miró un momento más. Luego asintió, una sola vez, y se separó.
Sora tenía lágrimas en los ojos. Se levantó y abrazó a su hermano.
—Gracias —susurró.
Nexo la abrazó con fuerza.
—Solo quiero que seas feliz.
El grupo observaba la escena en silencio. Ember no entendía del todo, pero sentía que algo importante había pasado. Kurenai sonreía con ternura. 8-bit flotaba cerca, con sus ojitos brillantes.
Hiro y Miku intercambiaron una mirada. Otra vez esa comunicación silenciosa que solo ellos tenían.
—Bueno —dijo Hiro, rompiendo el silencio—. Cálculo la posibilidad de que alguien quiere más té.
La tensión se rompió. Alguien rió. Luego otro. Pronto, la sala común volvió a la normalidad.
Pero algo había cambiado. Natsuki y Nexo ya no eran solo aliados. Ahora eran algo más. Algo que todavía no tenía nombre, pero que se parecía mucho a la familia.
Nira observaba desde su rincón. Y algo en su rostro cambió. Una pequeña curva. Una mínima elevación de las comisuras.
Estaba sonriendo. Casi.
Zera, a su lado, lo notó.
—¿Eso es...?
—No digas nada —respondió Nira.
Pero ambas sabían que sí. Que, por primera vez, Nira estaba sonriendo de verdad.