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Capítulo 19: El Costo De la Esperanza

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 16 de agosto de 2026

El día comenzó como casi siempre, pero de nuevo, esta vez no trajo consigo la calma de los días anteriores. Algo había cambiado. Una presencia nueva, antigua, se movía en los límites de su mundo, y aunque esa presencia no era hostil, su mera existencia planteaba preguntas que el grupo no sabía cómo responder.

 

En la sala común, el desayuno transcurría en un silencio cómodo pero cargado de pensamientos. Miku servía frutas cristalinas mientras Hiro ajustaba la temperatura de la estufa con su precisión habitual. Kurenai y 8-bit pasaban rato juntas, la pequeña IA flotando alegremente mientras la guerrera felina bostezaba con una amplitud que mostraba todos sus dientes.

 

—¿Alguien más piensa en Lyra? —preguntó Sora, rompiendo el silencio.

 

—Yo —respondió Ember sin dudar—. No puedo sacármela de la cabeza. Siglos sola. Yo no duraría ni una semana.

 

—Nadie duraría —dijo Nira, con su voz calmada—. Pero ella lo hizo. Eso dice mucho de su fuerza.

 

—O de su desesperación —añadió Nexo, que estaba repasando datos en su interfaz—. A veces la esperanza es lo único que te mantiene vivo.

 

Natsuki, que había estado escuchando en silencio, tomó la palabra:

 

—Hablando de esperanza... Miku, 8-bit, Kurenai. Quiero que vayan a las ruinas. Inviten a Lyra a acercarse a la base. No a vivir con nosotros, pero sí a tener un lugar al que pueda venir cuando quiera. Un punto neutral.

 

—¿Estás seguro? —preguntó Miku.

 

—No del todo. Pero si vamos a confiar en ella en el futuro, tenemos que empezar a construir esa confianza ahora.

 

Kurenai asintió, levantándose.

 

—Vamos entonces. Yo vigilaré. Por si acaso.

 

—Ve con cuidado —dijo Nira—. Pero ve.

 

---

 

El camino hacia las ruinas fue tranquilo. El Jardín Cobalto se extendía a su alrededor en todo su esplendor, los árboles blancos brillando con luz propia bajo la enorme esfera planetaria. 8-bit flotaba alegremente, sus pequeños ojos azules escaneando todo con curiosidad, pero sin la urgencia de siempre.

 

—¿Crees que estará? —preguntó 8-bit.

 

—Sí —respondió Miku—. Dijo que esperaría. Y ha esperado siglos. Un día más no le pesará.

 

Cuando llegaron al claro, Lyra estaba allí. Sentada en el círculo negro, mirando al cielo, como si esperara algo que solo ella podía ver. Se giró cuando sintió su presencia y una sonrisa —pequeña, tímida, pero genuina— iluminó su rostro.

 

—Volvieron —dijo, con esa voz que parecía venir de muy lejos.

 

—Te traemos una invitación —dijo Miku, acercándose—. Queremos que te acerques a la base. No a vivir con nosotros, pero sí a tener un lugar al que puedas venir cuando quieras. Un punto neutral, donde podamos hablar, conocernos mejor.

 

Lyra las miró, y por un momento, sus ojos brillaron con lo que de nuevo no era luz propia. Eran lágrimas.

 

—¿Están seguros? No quiero ser una carga.

 

—No lo serás —dijo Kurenai, con una firmeza que no admitía discusión—. Además, así podemos conocerte mejor. Y tú a nosotros. Eso es lo que hacen los amigos, ¿no? Conocerse.

 

—Amigos —repitió Lyra, como si saboreara la palabra—. Hace mucho que no escuchaba esa palabra.

 

---

 

El regreso a la base fue más lento. Lyra caminaba junto a ellas, observándolo todo con una mezcla de asombro y nostalgia. Cada árbol, cada colina, cada pequeño detalle del Jardín Cobalto parecía despertar en ella recuerdos de un tiempo que ya no existía.

 

—Esto solía ser diferente —dijo, señalando una colina—. Allí había un camino. Llevaba a un lugar donde los jóvenes nativos venían a descansar antes de elegir su mundo. De los pocos que había en ese tiempo. 

 

—¿Tú los guiabas? —preguntó 8-bit.

 

—Yo no. Los Caminantes ayudábamos a quien lo necesitara. No imponíamos nada. Solo... acompañábamos.

 

—¿Caminantes? —preguntó Miku.

 

—Así nos llamábamos. Los que van de un lugar a otro. Los que nunca se quedan.

 

Cuando llegaron al perímetro de la base, el grupo las esperaba. Habían preparado un pequeño espacio apartado, con un banco y una mesa. No era mucho, pero era un lugar.

 

—Bienvenida —dijo Natsuki, extendiendo la mano—. Esto es para ti. Cuando quieras venir, aquí estaremos.

 

Lyra tomó su mano con una suavidad que contrastaba con su apariencia etérea.

 

—como dije ayer: Es más de lo que he tenido en siglos. Gracias.

 

---

 

Los días siguientes fueron de descubrimiento mutuo. Lyra no se quedaba en la base, pero visitaba el punto neutral cada tarde. Poco a poco, el grupo se fue acercando, perdiendo el miedo, ganando confianza.

 

Una tarde, Hiro, Nexo y 8-bit estaban en la sala de monitoreo, analizando los datos que habían recopilado de las ruinas y de las conversaciones con Lyra.

 

—Esto es fascinante —dijo 8-bit, superponiendo mapas en la pantalla—. Miren. Si tomamos las coordenadas de Wonder Fantasy, Ancient Warriors y lo que ustedes compartieron de Aethelgard, Metal Core y el bosque carmesí, y las superponemos...

 

—Todas tienen las mismas dimensiones —completó Nexo, con los ojos abiertos—. El mismo tamaño. Las mismas proporciones. Como si fueran...

 

—Capas —dijo Hiro—. Capas de un mismo espacio.

 

—¿Capas? —preguntó 8-bit.

 

—Imaginen un pastel —explicó Hiro, proyectando un modelo tridimensional—. Cada juego… o mundo, sería una capa diferente. El Jardín Cobalto y el Plano Técnico serían el espacio entre capas. Y el planeta de origen...

 

—La cereza —dijo Nexo, con una sonrisa—. Arriba de todo. O hasta donde sabemos. 

 

8-bit dio una pequeña voltereta en el aire, emocionada.

 

—¡Entonces no es un multiverso! ¡Es un solo lugar! ¡Un solo planeta con muchas realidades encima, como capas de código en un mismo servidor!

 

Los tres se miraron, comprendiendo.

 

—Eso significa —dijo Nexo, lentamente— que los Caminantes vienen de un mundo completamente aparte. Y viajaban por aquí. En el espacio entre realidades. En las costuras del mundo.

 

—Y Lyra —añadió Hiro— es la última que recuerda cómo era antes de que las costuras se llenaran de juegos.

 

—Tenemos que decírselo —dijo 8-bit—. Bueno, ella ya lo sabe. Pero tenemos que entenderlo mejor. Preguntarle más.

 

Esa tarde, cuando Lyra llegó al punto neutral, el grupo estaba reunido. Hiro, Nexo y 8-bit habían preparado una proyección de su descubrimiento.

 

—Lyra —dijo Natsuki—. Queremos mostrarte algo. Dinos si tiene sentido.

 

Hiro activó la proyección. El modelo más cercano de lo que era el planeta con sus capas flotó en el aire, girando lentamente.

 

Lyra lo observó en silencio. Sus ojos se movieron sobre cada detalle, cada capa, cada conexión. Y luego, lentamente, asintió.

 

—Es... casi correcto.

 

—¿Casi? —preguntó Nexo.

 

Lyra se levantó y caminó hacia la proyección. Con un gesto, añadió algo: un punto en el centro, profundo, debajo de todas las capas.

 

—Aquí. El centro. Es de los lugares donde más venimos. El espacio de los Caminantes. No es el planeta de origen. Es más... profundo. Es el corazón de todo.

 

—¿El corazón? —repitió Miku.

 

—El lugar donde todo empezó. Donde nacimos. Donde aprendimos a caminar entre las capas. —Lyra miró la proyección con una mezcla de orgullo y tristeza—. Y donde algunos de los míos aún podrían estar esperando.

 

El grupo guardó silencio, procesando.

 

—Ese círculo negro en las ruinas —dijo Hiro—. ¿Es un portal hacia allí?

 

—Lo era. Ahora está muerto.

 

—¿Y se puede reactivar? —preguntó Natsuki.

 

Lyra lo miró, y por primera vez, en sus ojos no solo había tristeza. Había una chispa. Una pequeña, frágil, pero inconfundible chispa de esperanza.

 

—Con suficiente energía. Y con la Canción de Unión completa. Pero la canción... se perdió. Como tantas cosas.

 

—No está perdida —dijo 8-bit, emocionada—. Tenemos fragmentos. De las ruinas, de tus recuerdos, de lo que nos has contado. Si trabajamos juntos, tal vez podamos reconstruirla.

 

Lyra la miró, luego miró a los demás. Vio en sus rostros algo que no había visto en siglos: disposición. Ganas de ayudar. Esperanza.

 

—¿Por qué? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué harían eso por mí? Apenas me conocen y sus problemas no han terminado. 

 

Miku se acercó y tomó sus manos.

 

—Porque nadie debería estar solo. Porque tú nos ayudaste a entender en que estamos. Porque... porque eso es lo que hacen los amigos. Ayudarse.

 

—Y además… —añadió Sora— la cosa era calmar la situación, y hasta ahora no ah pasado nada. Deberíamos aprovechar. 

 

—Amigos —repitió Lyra, y esta vez la palabra sonó diferente. Sonó a hogar. 

 

---

 

Esa noche, Lyra se quedó más tiempo de lo habitual. Compartió historias de los Caminantes, de los viajes, de las canciones. El grupo escuchaba, fascinado, mientras el mundo que conocían se expandía ante ellos.

 

Pero en algún momento, Natsuki notó que Hiro estaba distraído. Sus ojos no estaban en Lyra, sino en los sensores.

 

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.

 

Hiro no respondió de inmediato. Sus dedos volaron sobre la interfaz, y su expresión se tensó.

 

—Dos firmas. Acercándose rápido. No son de ataque masivo, pero son inconfundibles.

 

—¿Quiénes?

 

Hiro levantó la vista.

 

—KB y MB.

 

El grupo se puso en alerta al instante. Las conversaciones cesaron. Las manos fueron a las armas.

 

—¿Ahora? —preguntó Ember, con una sonrisa feroz—. ¿Ahora vienen?

 

—Parece que sí —dijo Natsuki, levantándose—. Todos en posición. Lyra, tú quédate aquí. No dejes que te vean.

 

Pero Lyra negó con la cabeza.

 

—No. Si ellas son las que ustedes enfrentan, entonces es mi lucha también. Porque ustedes son los primeros en siglos que me hacen sentir que no estoy sola. Y no pienso esconderme mientras me lo arrebatan.

 

Natsuki la miró un momento, luego asintió.

 

—Bienvenida al equipo. Pero sé inteligente. 

 

En la oscuridad, más allá del alcance de los sensores, dos figuras avanzaban. KB, con sus alas púrpuras desplegadas, su espadón de energía brillando en la noche. MB, con su sombrero jingasa calado, su katana lista, sus ojos amarillos brillando con anticipación.

 

—¿Crees que nos esperen? —preguntó MB.

 

—Ojalá —respondió KB, con una sonrisa cruel—. Sería más divertido.

 

El grupo, reunido en el perímetro de la base, esperaba. Diez figuras, más una undécima, antigua y misteriosa, lista para lo que viniera.

 

La noche estaba a punto de estallar.

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