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Capítulo 16: Ecos En La Quietud

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 12 de agosto de 2026

La luz del amanecer en el Jardín Cobalto se filtraba suavemente por las ventanas de la base, como lo hacía cada mañana desde que la instalaron en aquel claro rodeado de árboles blancos. Una semana había pasado desde la celebración, desde las grabaciones, desde la bandeja de Zera estampada en el rostro de Hiro. Una semana de calma, de rutinas, de vida.

 

En la cocina, el aroma de frutas cristalinas cocinándose llenaba el aire. Hiro controlaba la temperatura con su precisión habitual, mientras Miku cortaba y sazonaba con movimientos que habían perfeccionado a lo largo de meses. No hablaban. No necesitaban hacerlo. Era su momento, su ritual, y ambos lo atesoraban en silencio.

 

—Hoy amaneció más brillante —dijo Miku, rompiendo el silencio con su voz suave—. ¿Crees que significa algo?

 

Hiro procesó la pregunta.

 

—La luminosidad de la esfera planetaria sigue ciclos predecibles. Hoy es un ciclo estándar. Pero entiendo lo que quieres decir. Se siente... diferente.

 

—Diferente bueno —aclaró Miku—. Como si todo estuviera en su lugar.

 

En la zona de entrenamiento, Nira y Ember intercambiaban golpes con una intensidad que bordeaba lo coreográfico. Ember había mejorado notablemente en los últimos días, sus movimientos más precisos, menos impulsivos. Nira asentía de vez en cuando, aprobando en silencio.

 

—Esa estocada estuvo bien —dijo Nira, bloqueando un ataque—. Pero te abres demasiado en la recuperación.

 

—¡Es que voy rápido! —protestó Ember, riendo—. La velocidad es mi estilo.

 

—La velocidad sin control es solo ruido. Aprende a frenar cuando toque.

 

Ember asintió, seria por un momento, y luego sonrió.

 

—Eres dura, montaña.

 

—Y tú eres mejor de lo que crees.

 

En la sala común, 8-bit flotaba cerca del techo, observando a Kurenai, que estaba en el suelo con los ojos cerrados y la nariz en movimiento.

 

—¿Ya? —preguntó 8-bit, emocionada.

 

—Sí —respondió Kurenai, sin abrir los ojos—. Escondiste algo detrás de la puerta principal, debajo de una caja.

 

8-bit abrió los ojos como platos.

 

—¡No vale! ¡Usaste el oído!

 

—Usé el olfato, pequeña. Hueles a emoción cuando escondes algo. Es imposible no notarlo.

 

—¡Trampa!

 

—No es trampa. Es entrenamiento de detección.

 

8-bit rió, su risa cristalina llenando la sala, y Kurenai se unió a ella.

 

En la sala de mapas, Natsuki y Nexo estudiaban las proyecciones del Jardín Cobalto. Habían marcado zonas seguras, zonas de riesgo, y grandes áreas grises que aún no habían explorado.

 

—Deberíamos hacer una expedición —dijo Natsuki—. Hay una zona al este que no hemos visto. Podría haber recursos, o refugios, o...

 

—¿O peligros? —completó Nexo.

 

—También. Pero no podemos escondernos para siempre.

 

—¿Quiénes van?

 

—Tú te quedas. Necesito a alguien con cabeza fría aquí. Llevaré a Kurenai, 8-bit y Sora.

 

Nexo asintió, aunque su expresión mostraba cierta preocupación.

 

—Cuídala.

 

—Siempre.

 

En el perímetro de la base, Zera y Sora compartían guardia. Era un silencio cómodo, de esos que no necesitan palabras. Pero Sora, después de un rato, habló:

 

—Zera, ¿tú alguna vez te relajas?

 

Zera la miró.

 

—Tal vez pero… define "relajarse".

 

—No sé... ¿dejar de analizar todo? ¿Dejar de estar en alerta? ¿Solo... existir?

 

Zera procesó la pregunta durante varios segundos.

 

—Mis sistemas están diseñados para el análisis constante. Es su función principal.

 

—Pero no eres solo tus sistemas. Eres más que eso.

 

—¿Lo soy?

 

Sora sonrió.

 

—Claro. Eres Zera. La que aprendió a sonreír. La que dijo que el caos le gustaba. La que lanzó una bandeja a Hiro.

 

Zera guardó silencio. Luego, lentamente, su postura se relajó una fracción mínima.

 

—Esto... ¿es relajarse?

 

—Un poquito. ¿Cómo te sientes?

 

—...No lo sé. Pero no es desagradable.

 

Sora rió suavemente.

 

—Bienvenida al club.

 

8-bit llegó volando con la velocidad de un mensaje con buen plan de teléfono. 

 

—Sora, Natsuki preparará un viaje de reconocimiento —informó con seriedad infantil—. Kurenai, tu y yo iremos también. 

 

—Ah, ok —entendió. 

 

Horas después, el equipo de exploración partió. Natsuki, Kurenai, 8-bit y Sora se adentraron en la zona este del Jardín Cobalto, dejando atrás la seguridad de la base. El paisaje era hermoso: árboles blancos más altos que los de la zona central, un lago de aguas tan cristalinas que parecían espejos, y colinas suaves cubiertas de ese césped azul marino que tanto les gustaba.

 

Pero Kurenai, en un momento dado, se detuvo.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Natsuki.

 

—Hay un olor —respondió ella, frunciendo el ceño—. Muy viejo. Como de algo que estuvo aquí hace mucho tiempo y se fue.

 

—¿Algo vivo?

 

—No. Algo... Artificial. Como madera y metal, pero... diferentes.

 

8-bit activó sus escáneres.

 

—Hay marcas de energía residual —anunció—. Son muy tenues, pero consistentes. No coinciden con ningún patrón de Corrupción que tengamos registrado.

 

—¿De qué entonces? —preguntó Sora.

 

—No lo sé. Son... más antiguas. Mucho más.

 

Natsuki miró a su alrededor. Si 8-bit decía "antiguas", hablaba de escalas de tiempo que ni siquiera podía imaginar.

 

—Sigamos —dijo—. Con cuidado.

 

Poco después encontraron algo. Algo que no esperaban encontrar… ruinas. No eran un templo ni una ciudad, sino los restos de lo que parecía una estructura simple: pilares caídos, losas de piedra, y en el centro, un círculo perfecto de tierra negra donde nada crecía.

 

—Esto no es de ningún juego que conozca —dijo Sora, con un escalofrío—. Es... demasiado real. Demasiado viejo.

 

Kurenai se acercó al círculo y olfateó el aire.

 

—Aquí huele más fuerte. Como si este lugar hubiera sido un... un paso. Un camino.

 

—¿Un camino hacia dónde? —preguntó 8-bit.

 

Nadie respondió. Pero todos miraron hacia el horizonte, hacia donde el Jardín Cobalto se extendía hacia lo desconocido.

 

---

 

Mientras tanto, en la base, Hiro y Nexo revisaban los sensores de largo alcance. Las lecturas eran normales, pero Hiro frunció el ceño.

 

—¿Qué? —preguntó Nexo.

 

—Fluctuaciones. Muy pequeñas. En el límite del Jardín.

 

—¿Oraculum?

 

—El patrón no coincide. Es diferente. Más... sutil. Más paciente.

 

Nexo tragó saliva.

 

—¿Deberíamos preocuparnos?

 

—Deberíamos estar atentos. Pero no es una amenaza inminente. Alguien está... sondeando. Probando el terreno.

 

—¿Quién?

 

—No lo sé. Pero no es Oraculum. Es algo... distinto.

 

En la cocina, Miku con la ayuda de Ember preparaban la comida para cuando los exploradores regresaran. Ember, con su habitual energía, cortaba frutas con entusiasmo desmedido.

 

—¿Siempre cocinas? —preguntó Ember.

 

—Casi siempre —respondió Miku—. Hiro y yo. Es nuestro momento.

 

—¿Y no te aburres?

 

—No. Es... tranquilo. Me gusta.

 

Ember la miró con curiosidad.

 

—¿Y no tienes miedo? Digo, con todo lo que pasó. Con "Cicero", con la loca Oraculum, con todo.

 

Miku suspiró.

 

—Sí. Tengo miedo. Pero tengo a todos ustedes. Eso ayuda.

 

—¿Y si un día no estamos?

 

—Entonces lucharé sola. Pero mientras estemos juntos, no pienso en eso.

 

Ember sonrió, ancha y sincera.

 

—Me gustas, Miku. Eres fuerte.

 

—Tú también, Ember. Más de lo que crees.

 

En el perímetro, Nira y Zera compartían guardia en silencio. Pero Nira notó algo en Zera, una inquietud que no era habitual en ella.

 

—¿Pasa algo? —preguntó Nira.

 

Zera dudó.

 

—Estoy procesando algo. No sé cómo llamarlo.

 

—¿Un sentimiento?

 

—Posiblemente. Es incómodo. Pero no desagradable.

 

Nira sonrió, apenas un gesto.

 

—Se llama "preocupación". Por los que están fuera.

 

—¿Es útil?

 

—A veces. A veces no. Pero significa que te importan.

 

Zera procesó esto.

 

—Entonces... ¿es bueno?

 

—Sí. Es muy bueno.

 

Los exploradores regresaron al atardecer, con las luces del Jardín Cobalto tiñéndose de tonos violetas. Natsuki reunió a todos en la sala común y compartieron lo encontrado: las ruinas, las marcas antiguas, el círculo de tierra negra.

 

Hiro analizó los datos de 8-bit con su habitual meticulosidad.

 

—Estas marcas son anteriores a cualquier registro conocido —dijo, al fin—. Y por lógicas razones se llega a la conclusión de que son de cuando el Virtual World era joven.

 

—¿Qué significa eso? —preguntó Ember.

 

—Que no somos los primeros en llegar aquí. Hubo otros. Mucho antes.

 

—¿Y a dónde fueron? —preguntó Sora.

 

—No lo sé. Pero las marcas sugieren que no se quedaron. Siguieron adelante.

 

—¿Hacia dónde? —preguntó Nexo.

 

—Esa es la pregunta que deberíamos responder.

 

Esa noche, alrededor del cristal de Miku, el grupo estaba más callado de lo habitual. La calidez de la luz contrastaba con la inquietud que las ruinas habían sembrado en sus mentes.

 

Sora rompió el silencio:

 

—¿Creen que algún día esto termine? ¿Que podamos dejar de pelear?

 

Natsuki la miró, luego miró a los demás.

 

—No lo sé. Pero mientras tanto, tenemos esto. Este momento. Esta familia.

 

Kurenai asintió, abrazando a 8-bit, que flotaba cerca.

 

—Yo solía pensar que mi hogar era el bosque. Luego aprendí que el hogar es donde están los que te quieren.

 

—¿Y si nunca encontramos un lugar definitivo? —preguntó 8-bit, con su voz pequeña.

 

—Entonces seguiremos buscando juntos —respondió Miku, con una sonrisa suave.

 

—Afirmativo —dijo Hiro—. La probabilidad de éxito aumenta cuando no se está solo.

 

—Eso —dijo Ember, levantando el puño—. Juntos, a donde sea

 

Nira asintió, seria pero cálida.

 

—Juntos.

 

Zera, después de una pausa, habló:

 

—Juntos.

 

Y en ese momento, bajo la luz del cristal, rodeados de árboles blancos y un cielo que no era el suyo, sintieron que, pase lo que pase, mientras estuvieran así, podrían con todo.

 

---

 

En la oscuridad, más allá del alcance de los sensores, cuatro figuras observaban la base iluminada. Oraculum flotaba en el centro, con KB a su izquierda, MB a su derecha, y GB detrás, sus cristales pulsando suavemente.

 

—¿Cuándo atacamos? —preguntó KB, su voz cortante como su espada.

 

—Cuando estén listos —respondió Oraculum, con esa calma que helaba la sangre—. Cuando hayan bajado la guardia. Cuando el momento sea perfecto.

 

—¿Y si nunca bajan la guardia? —preguntó MB, impaciente.

 

Oraculum sonrió. No era una sonrisa amable.

 

—Todos bajan la guardia. Es cuestión de esperar.

 

—¿Y las otras? —preguntó GB, con su voz grave—. Las de la cueva.

 

—Dejenlas, solo son un estorbo. Hay que prepararnos para más adelante. 

 

—¿Cuándo será "más adelante"? —insistió MB.

 

—Cuando el tablero esté listo. Cuando todas las piezas  estén en su lugar.

 

Oraculum observó la base una vez más, la luz del cristal de Miku brillando en sus ojos vacíos.

 

—Disfruten su paz —susurró—. No durará.

 

Y las cuatro figuras se desvanecieron en la oscuridad, dejando solo el viento y las estrellas como testigos.

 

 

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