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Capítulo 30: Susurros En Un Mundo Herido

Virtual World Temporada 1 · por Yovannyx4gl · 04 de agosto de 2026

La base era un susurro de tranquilidad. El suave zumbido de los sistemas se mezclaba con el aroma a estofado que Miku y Zera, convertidas en un dúo culinario sincronizado, preparaban en la cocina. En la sala, Kurenai ronroneaba placenteramente mientras Nira, sentada con postura impecable, afilaba su katana con movimientos rituales y meditativos. Era una paz ganada a pulso.

En el núcleo de control, Hiro y Natsuki revisaban los escudos perimetrales.

—Los niveles de integridad están en un 99.8%.La base es un bastión —declaró Hiro, satisfecho.

—Sí...—Natsuki respondió, pero su mirada estaba perdida en los patrones de luz de los hologramas—. Es increíble. A veces extraño la simplicidad de Aethelgard. El viento en los árboles, el sonido de los arroyos... lo programé todo tan meticulosamente.

Hiro giró hacia él.

—Fue tu primera gran creación. Es lógico que sientas apego. —Su voz, por una vez, carecía de toda frialdad.

De repente, el rostro de Natsuki palideció. Los recuerdos fluyeron como un torrente: la batalla agotadora contra la Hidra de Fango, la sensación de su energía vital drenándose mientras sellaba la fisura, la visión borrosa, la desesperación por terminarlo... y la decisión consciente, tomada en un momento de pura fatiga, de aplicar un sello de contención básico, no el sello permanente y complejo que había usado en el Bosque Carmesí.

—¡No!—exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. Hiro, ¡el sello en Aethelgard! ¡No fue completo! Solo lo contuve. Con el tiempo... la corrupción... ¡Debió haberse filtrado de nuevo!

Los lentes de Hiro se ajustaron con un clic audible.

—Calculando... Basado en la tasa de degradación de un sello de contención de nivel 3 bajo una fuente de corrupción activa... —Hizo una pausa, y un pitido de alarma sonó en su interfaz—. La probabilidad de que la fisura se haya rehecho por completo es del 94.7%. El ecosistema de Aethelgard podría estar comprometido en un 40% o más.

—¡Tenemos que ir ya! —declaró Natsuki, su voz cargada de una urgencia culposa—. No podemos dejar que se pudra por mi error.

Sin mediar más explicaciones, ambos se alistaron con velocidad febril. Al pasar por la sala común hacia la salida, Miku los interceptó.

—¿Otra vez de salida?¿A dónde van esta vez? —preguntó, con un leve ceño de preocupación.

—Revisión de emergencia —respondió Hiro, su tono era el profesional de siempre, pero una chispa de apremio recorría sus palabras—. Asunto pendiente en Aethelgard. Regresaremos antes del anochecer del ciclo.

—¡Y no dejen que Kurenai se robe nuestra parte del estofado! —agregó Natsuki con una sonrisa forzada, intentando restar drama al asunto antes de seguir a Hiro hacia la pesada escotilla de salida.

Kurenai, desde la mesa, lanzó un bufido juguetón. —¡Oye! Mi honor felino está siendo difamado.

Solo Nira permaneció en silencio, su mirada escarlata siguiéndolos hasta que la escotilla se selló tras ellos. Sus dedos acariciaron el mango de su katana. La sonrisa tensa de Natsuki y la velocidad de sus movimientos no hablaban de una simple "revisión".

El viaje a través del yermo digital hacia las coordenadas del portal de Aethelgard fue silencioso y rápido. La ruta era familiar, pero cada sombra pareció hacerse más larga, cada susurro del viento de datos, una amenaza potencial.

Cuando al fin activaron el portal y cruzaron, la realidad que los recibió fue un puñal en el corazón de Natsuki.

El aire de Aethelgard era espeso y olía a podredumbre. Donde antes había verdes praderas, ahora se extendía un paisaje marchito y violáceo. Los árboles retorcidos parecían gritar en silencio, y los arroyos fluían con un líquido negro y espeso.

—Dios mío... —susurró Natsuki, con el corazón encogido. Esto no era una simple falla. Era la necrosis de su sueño más preciado.

No hubo tiempo para el lamento. Las criaturas corruptas, más numerosas y grotescas que nunca, emergieron de las sombras. Hiro desplegó sus cañones de plasma, creando un perímetro de fuego.

—¡Sella la fisura, Natsuki! Yo me encargo de esto.

Natsuki asintió y corrió hacia el corazón de la corrupción. Mientras sus manos tejían el código dorado de la Programación Ad-Hoc, reparando el sello de forma permanente, Hiro era un torbellino de destrucción, eliminando oleada tras oleada de Crawlers con fría eficiencia.

—¡Listo! —gritó Natsuki, exhausto pero aliviado.

—Afirmativo. Procedo a limpieza táctica de la zona —respondió Hiro.

Durante lo que pareció una eternidad, purgaron el bosque. Cuando el último Crawler se desintegró, un silencio pesado, demasiado pesado, cayó sobre Aethelgard. Se dirigieron de vuelta hacia la ubicación del portal, ansiosos por regresar a la seguridad de la base.

Fue entonces cuando lo oyeron.

Un susurro que no venía de ninguna dirección, sino de todas a la vez. Era una voz fría, digital y cargada de una malevolencia antigua.

—Los veo...

Ambos se detuvieron en seco. La espada de Natsuki brilló con un destello azul, y los cañones de Hiro se desplegaron con un zumbido amenazante.

Hiro giró sobre sus talones, sus sensores escaneando el área frenéticamente.

—Firma de datos: Desconocida. Es como si el bosque mismo hubiera hablado.

Natsuki palideció.

—Eso... eso no es parte de Aethelgard. Yo no programé fantasmas.

La tensión se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando la mirada de Hiro se posó en un charco de agua limpia y tranquila, un remanente del mundo que una vez fue. En su superficie inmóvil, por una fracción de segundo, vio reflejada una figura. Era una silueta femenina, pero tan densamente recubierta de una oscuridad palpable que parecía un vacío con forma de mujer. Donde deberían estar sus ojos, dos puntos de un rojo escarlata intenso y brillante centellearon, clavándose en el reflejo de Hiro con una inteligencia escalofriante. Antes de que sus procesadores pudieran capturar y analizar la imagen, el reflejo se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí.

—No fue tu imaginación, Hiro —susurró Natsuki, su voz temblorosa—. Algo nos estaba observando.

Hiro se quitó por un momento el tono frío y preguntó con lo que parecía ser... sarcasmo.

—¿Y no puedes identificar ese "algo" como una de tus creaciones?

Pero Natsuki no respondió. Su atención estaba fija en la densa sombra entre los árboles, justo donde había estado el reflejo. Allí, de pie, inmóvil, estaba la figura. La oscuridad que la envolvía era tan profunda que absorbía la escasa luz del lugar, una capa de noche absoluta sobre una forma femenina. Y aquellos ojos escarlatas, ahora fijos en él, no en Hiro. Lo miraban a él con un reconocimiento que le heló la sangre en las venas. Era una mirada que atravesaba no solo el espacio, sino el tiempo y las identidades, una mirada que conocía la verdad más profunda de su ser.

Entonces, la voz susurró de nuevo, directamente en sus mentes, y cada sílaba fue un hielo atravesando el alma de Natsuki.

—Kaelan... —susurró la entidad, y el nombre resonó no como un simple identificador, sino como una acusación, un recordatorio de una deuda ancestral—. Te he encontrado, Creador.

Natsuki sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Kaelan. Nadie, excepto Nira en sus primeros encuentros, conocía ese nombre. Era el avatar que había abandonado, la identidad que había dejado atrás cuando aceptó su rol como Natsuki, el Creador que caminaba entre sus creaciones. Que esa cosa lo usara significaba que no solo conocía Aethelgard, sino que conocía los secretos de su propia génesis. Conocía al niño que había soñado este mundo antes de quedar atrapado en él.

El puro terror, primitivo y absoluto, lo paralizó. No era el miedo a ser herido, sino el miedo de un dios whose creación más oscura había vuelto para enfrentarlo.

—¡Hiro, corre! —logró gritar, pero su voz era un hilito de terror.

No esperaron a ver más. Giraron y echaron a correr hacia el portal, que aún brillaba débilmente a lo lejos. Esos ojos escarlatas los observaban fijamente, sin moverse para perseguirlos, solo contemplando su huida con una calma aterradora, como si supiera que escapar era inútil.

Alcanzaron el portal y se lanzaron a través de él, de vuelta a la relativa seguridad del yermo digital. La luz los envolvió, pero en el último instante, antes de que la visión de Aethelgard desapareciera, ambos vieron claramente que la figura femenina de sombra y ojos rojos no se había movido. Seguía allí, en la distancia, observando.

Y el portal a sus espaldas no se cerró.

Permaneció activo, un óvalo de energía parpandeante y enfermizo en medio de la nada, una herida abierta hacia un mundo que ahora albergaba a un testigo silencioso y malévolo que conocía el nombre más secreto de su Creador. Una puerta que habían dejado abierta de par en par, sin saber que no era solo una criatura la que podía cruzarla, sino el pasado mismo de Natsuki, personificado en una sombra con ojos de sangre, viniendo a reclamar lo que era suyo.

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