La primera luz del amanecer filtrándose a través de las ramas del Árbol del Juramento encontró a Lumen Arboris observando a los dos Creadores. Hiro y Natsuki yacían en un sueño inquieto, sus rostros marcados por una fatura que iba más allá de lo físico. El brillo de su esencia vital, aquella que alimentaba la Programación Ad-Hoc, estaba opaco, como un fuego reducido a brasas.
"La Corrupción debe obedecer las reglas del mundo que invade...", recordó la voz metálica de Hiro. Si la oscuridad podía envenenar este mundo siguiendo sus leyes, entonces ella, como espíritu del mismo, podría sanar sus heridas. Extendió sus manos, y una luz dorada y cálida, como la savia primaveral, envolvió a los dos programadores. No era la energía cruda del Virtual World; era la vida misma del Bosque Carmesí concentrada.
Natsuki entreabrió los ojos primero, sintiendo cómo el peso de plomo en sus huesos se disipaba, reemplazado por una ligereza olvidada. El dolor de cabeza punzante y la náusea residual de la batalla contra la Hidra se esfumaron. A su lado, Hiro se incorporó con un zumbido suave, sus sistemas de diagnóstico escaneando el cambio.
—Malestar físico:0%. Toxinas residuales de corrupción: purgadas —anunció, con un tono que casi rayaba en el asombro—. Sin embargo, los niveles de energía Ad-Hoc permanecen en 80.2%. El vacío... persiste.
—Es todo lo que mi poder puede hacer por ustedes —dijo Lumen, con una sonrisa triste—. Puedo limpiar la herida, pero no llenar el depósito que usaron para cauterizarla.
Poco después, Nira y Miku regresaron con sus manos llenas de frutos rojos y bayas brillantes. Al ver a Hiro y Natsuki intentando ponerse de pie para ayudar, se activó un instante maternal y marcial al mismo tiempo.
—¡Quédense quietos! —ordenó Nira, con la severidad de una instructora de combate.
—¡Nira tiene razón! ¡Ni se les ocurra moverse! —apoyó Miku, con las manos en las caderas.
—El descanso es parte de la cura —añadió Lumen, completando el coro de reprimendas.
Hiro y Natsuki se miraron, sintiéndose como niños regañados, y se rindieron con una sonrisa cansada. Mientras compartían el desayuno, una tensión sutil se cernía sobre el grupo. Todas las miradas, en algún momento, se posaban en Kurenai. La nekomusa, sin embargo, permanecía inusualmente callada, mordisqueando un fruto sin prestarle atención real. Su mirada estaba perdida en la corteza del árbol, sus orejas apenas se movían, y su cola yacía inmóvil. No era la guardiana tsundere y explosiva que conocían. Algo la atormentaba.
¿Perderlo?, pensó Kurenai, el corazón apretándose. ¿Perder el susurro del viento que me cantaba canciones de cuna? ¿El latido de la tierra que me decía que no estaba sola? No... no puedo. Es como arrancarme el alma. Pero luego, las imágenes de los refugiados, del bosque agonizante y de sus amigos luchando hasta el borde del colapso pasaban por su mente. Pero si no lo hago, todo será en vano. ¿Soy tan egoísta como para elegir mi felicidad sobre la de todos?
Lumen, percibiendo la carga que pesaba sobre la joven guardiana, decidió actuar.
—El Templo del Rubí Interior los espera—anunció, su voz resonando con solemnidad—. La herida primigenia debe ser curada. Lleven la luz de vuelta a su origen, valientes.
El asentimiento del grupo fue unánime, pero el camino hacia las montañas fue silencioso, roto solo por el crujir de la tierra bajo sus pies. Kurenai guiaba con paso seguro, pero la ligereza felina había desaparecido de su andar. Cada paso hacia el templo era un paso más cerca de la decisión que se negaba a tomar.
El aire se enrareció a medida que ascendían. Los vibrantes rojos y dorados del bosque dieron paso a un paisaje de tonos ceniza y púrpura lúgubre. La corrupción aquí no era una enfermedad; era una profanación deliberada, un odio solidificado. El Templo del Rubí Interior se alzaba ante ellos, una estructura majestuosa de piedra blanca ahora manchada de vetas negras y pulsantes. Una oscuridad palpable, que parecía absorber la luz, se cernía sobre la entrada.
Hiro se adelantó.
—Iluminación insuficiente.Activando modo escáner profundo —dijo, y un haz de luz roja intensa, como un láser, surgió de su ojo izquierdo, cortando las tinieblas como un cuchillo. El haz revelaba un interior lúgubre y vacío, donde las sombras parecían retorcerse al ser tocadas por la luz.
Dentro, la gran sala central era un espectáculo de tristeza. En el centro, sobre un pedestal, se alzaba el Totem de la Sabiduría, una magnífica espiral de rubí tallado que en otro tiempo debió irradiar un fulgor cálido. Ahora, yacía oscuro y mudo. Kurenai contuvo la respiración, una punzada de dolor atravesándole el pecho.
—El Totem de la Sabiduría... —susurró, su voz quebrada por la emoción—. Aquí se celebraban los bautizos, donde el bosque daba la bienvenida a una nueva vida. Las bodas, donde las almas se unían bajo su mirada. Y... los funerales, donde guiábamos a los que partían al más allá. Era el testigo de todas nuestras alegrías y nuestras penas.
Antes de que el respeto o la tristeza pudieran afianzarse, un susurro rasposo llenó la sala. De las sombras más profundas, allá donde ni siquiera la luz de Hiro llegaba, los Crawlers emergieron. No eran los mismos de antes; estos se movían con una siniestra coordinación, sus formas destellando con un código de error más agresivo.
—¡Posiciones! —rugió Nira, desenvainando su katana en un destello plateado.
Miku y Kurenai flanquearon a la guerrera, formando un trío letal. Miku, un torbellino azul, desviaba ataques y creaba aperturas con su sable sónico. Nira era el muro inquebrantable, su Hoja del Alba cortando through la corrupción con silbidos de energía purificadora. Kurenai, un destello escarlata de furia contenida, destrozaba puntos débiles con sus garras de luz, cada golpe cargado con el dolor de ver su lugar más sagrado profanado.
Mientras, Hiro y Natsuki se mantuvieron atrás, sus interfaces de usuario escaneando la sala frenéticamente.
—¡Allí!—señaló Natsuki hacia un balcón elevado en la pared opuesta—. ¡La fisura principal! ¡Está justo detrás de esa barandilla!
Corrieron hacia la escalera de piedra que conducía al balcón. Pero justo cuando el primer pie de Natsuki tocaba el peldaño inferior, un crujido gutural, como el quejar de la montaña misma, retumbó en la sala. El Totem de Rubí... se movió. Giró sobre su base con una lentitud sobrenatural y se deslizó, bloqueando completamente el acceso a la escalera.
—Kurenai... —preguntó Miku, con la voz tensa por el esfuerzo de mantener a raya a un Crawler—. ¿Eso es normal?
—¡No! —gritó Kurenai, el horror pintado en su rostro—. ¡Jamás!
Del corazón oscurecido del totem brotaron tentáculos de pura oscuridad, hechos de errores glitched y estática visual. La reliquia sagrada se había convertido en un Gólem Corrupto, y su primer objetivo fueron los dos Creadores. La batalla se dividió en dos: las chicas conteniendo la marea interminable de Crawlers, y Natsuki e Hiro forcejeando contra la perversión de un símbolo de vida.
Natsuki esquivaba y cortaba los tentáculos con su espada, pero por cada uno que seccionaba, dos nuevos brotaban. Hiro, con sus Garras del Colibrí, descargaba golpes precisos y potentes contra el núcleo de rubí, pero cada impacto solo parecía enfurecerlo más. Con cada golpe, un intenso rayo de luz morada, eléctrico y maligno, se disparaba desde el totem hacia el techo, perforándolo y extendiéndose hacia el cielo.
—¡Está usando la energía del totem! —analizó Hiro, sus procesadores trabajando a toda marcha—. ¡Cada ataque nuestro lo potencia! ¡Está drenando la esencia sagrada del lugar!
Afuera, a través del agujero en el techo, vieron cómo el cielo se ennegrecía con nubes de un negro glitched, cruzadas por destellos de estática púrpura. Una tormenta de corrupción se estaba gestando.
—¡Las puertas! —gritó Nira—. ¡Tenemos que evitar que entren más!
Las tres guerreras, en un esfuerzo coordinado, barrieron a los Crawlers restantes en la sala y corrieron hacia las enormes puertas de madera y piedra del templo. Miku y Kurenai, con su agilidad superior, las empujaron con todas sus fuerzas. Justo antes de que se cerraran del todo, Kurenai lanzó un vistazo al exterior. Su corazón se heló.
A lo lejos, en la dirección del Manantial de Lágrimas Plateadas, la cúpula dorada de energía que Hiro y Natsuki habían creado se quebró como cristal. Y de las aguas negras y burbujeantes, la Hidra de Fango Corrupto emergió con un rugido que sacudió la misma montaña. Su mirada, cargada de odio, se fijó en el templo y se lanzó hacia él.
—¡CIERREN! —vociferó Nira.
Las puertas se sellaron con un golpe sordo, seguido inmediatamente por un ¡CRAAASH! ensordecedor. La Hidra se había estrellado contra ellas. Los golpes comenzaron a llover, cada uno haciendo temblar los cimientos del templo, mientras los arañazos de sus múltiples cabezas rasgaban la madera.
Las chicas corrieron de vuelta para ayudar a los programadores, pero el Gólem Corrupto, aprovechando su distracción, descargó un golpe masivo desde un punto ciego. Cinco tentáculos se alzaron y se abalanzaron. Natsuki y Hiro esquivaron cuatro, pero el quinto los golpeó con la fuerza de un ariete, lanzándolos a través de la sala para estrellarse contra una pared lejana.
—¡No! —gritó Miku, corriendo hacia ellos junto a Nira y Kurenai.
Los encontraron jadeantes, tambaleándose al incorporarse. No había heridas graves, pero el impacto había sacudido sus ya debilitados sistemas. Se reunieron, espalda con espalda, en el centro de la sala. El panorama era desesperante: las puertas crujían y se abollarían bajo el asedio implacable de la Hidra, el Gólem Corrupto se acercaba con sus tentáculos restantes listos para el golpe final, y desde las grietas del suelo, más Crawlers empezaban a emerger. Estaban completamente acorralados.
Hiro forzó sus sistemas, sus ópticas parpadeando. Evaluó la fuerza enemiga, su ubicación, sus recursos... Cada simulación terminaba en rojo, con la palabra "DERROTA" parpanteando. Hasta que, finalmente, una solución emergió. La única. La que no quería ver.
—Natsuki...—dijo, su voz era un susurro metálico y cargado de culpa—. No tenemos opción.
Natsuki lo miró, y en sus ojos vio el mismo horror que sentía él. Sabía exactamente a lo que se refería.
—No—negó, con vehemencia—. Hiro, no podemos. No le pediremos eso a nadie.
Fue entonces cuando Kurenai intervino. Se giró hacia ellos, y con una calma que helaba la sangre, asintió.
El mundo se detuvo para Hiro y Natsuki. La miraban, incapaces de procesar ese consentimiento silencioso.
—Yo... los escuché —confesó Kurenai, su voz clara y serena sobre el estruendo del caos—. Con Lumen. He estado pensando... y pensando. No quiero perder mi conexión con el bosque. La descubrí hace tan poco... y la idea de que desaparezca... me aterra.
Hizo una pausa, mirando a cada uno de ellos, sus ojos escarlata brillando con una determinación que traspasaba el miedo.
—Pero si este sacrificio hace que mis años luchando,que las almas de todos los valientes que se perdieron defendiendo este lugar, y que nuestro viaje hasta este punto... no sean en vano... entonces vale la pena. Cada gota de sudor, cada lágrima... valdrá la pena.
No había duda en sus palabras. No era la chica impulsiva que conocían. Era la Guardiana del Bosque Carmesí, tomando la decisión más difícil de su vida.
Hiro cerró los ojos por un segundo, un gesto inusualmente humano de resignación. Luego, alzó su brazo. Un 10% de su ya escasa energía restante se materializó en un destello carmesí, formando una esfera de energía que se expandió hasta crear un escudo translúcido entre ellos y las amenazas. El escudo tembló de inmediato bajo el primer embate combinado del Gólem y los golpes de la Hidra en la puerta.
—¡No durará mucho! —advirtió Hiro, tambaleándose.
Natsuki, con el corazón destrozado, añadió su propio 10%. La esfera se estabilizó levemente, su color tornándose un dorado más intenso.
—Kurenai,por favor —suplicó Natsuki, yendo a ayudar a sostener el escudo que ya mostraba finas grietas—. ¡Piénsalo bien!
Pero Kurenai ya no escuchaba. Había cerrado los ojos. Respiró hondo, y en su mente desfilaron los recuerdos: los juegos de la infancia bajo la lluvia de pétalos carmesí, la sabiduría del viejo elfo que la crió, la calidez del bosque acunándola en sus noches más solitarias, la risa de sus amigos... Y luego, la imagen de Natsuki, Hiro, Miku y Nira, luchando por un mundo que no era el suyo. Sintió el flujo, la inmensa y antigua energía del Bosque Carmesí. No la estaba robando; se la estaba pidiendo. Y el bosque, en un último y amoroso gesto, respondió.
La energía comenzó a fluir a través de ella. No era doloroso. Era una despedida desgarradoramente hermosa. Sintió por última vez el susurro del viento en cada hoja, el latido de la tierra bajo sus pies, la canción de los arroyos. Era como si millones de hilos de luz la conectaran a cada rincón del bosque, y uno a uno, comenzaran a romperse, transfiriendo su esencia a la esfera que brillaba frente a ella, que ahora se volvía de un blanco cegador, tan brillante como un sol.
—¡Los brazos...! —gritó Hiro, sus articulaciones metálicas emitiendo un sonido de tensión extrema. El escudo estaba a punto de hacerse añicos.
Kurenai abrió los ojos. Ya no había duda, ni miedo. Solo una paz terrible y absoluta.
—Mi hogar será liberado...—susurró para sí misma, con una sonrisa triste—. Sin importar el costo... Todo el mal... Será eliminado.
Luego, con toda la fuerza que le quedaba, gritó:
—¡ABAJO!
El grupo, confiando ciegamente, se dejó caer al suelo.
En ese instante, Kurenai unió sus manos y luego las separó en un gesto explosivo. La esfera de energía, ahora un micro-sol de pura vida, estalló.
No hubo sonido. Solo una luz. Una onda de choque de energía rojo brillante, del color más puro del Bosque Carmesí, se expandió desde ella en un anillo perfecto. No destruyó una sola piedra. Atravesó las paredes, el techo, las puertas. Los Crawlers, la Hidra que forcejeaba fuera, los tentáculos del Gólem... todo se disolvió al contacto con la luz, no en un estallido, sino en un suspiro de alivio, como nieve bajo el sol. La luz continuó, lavando las montañas, limpiando los ríos, sanando cada herida del bosque, hasta que todo rastro de la Corrupción fue barrido.
El silencio que siguió fue absoluto.
La luz se desvaneció. El Totem de Rubí yacía en el suelo, limpio y intacto, su fulgor original regresando lentamente. El cielo, visible a través del agujero en el techo, era de un azul cristalino. Hiro y Natsuki yacían inconscientes, el último esfuerzo los había vaciado por completo. Kurenai se desplomó, el cuerpo exánime pero con un último hilo de conciencia.
Hiro, aferrándose a la lucidez por pura fuerza de voluntad, vio a Miku, la única que aún estaba relativamente entera.
—Miku...el... Fragmento... —logró articular, señalando débilmente la fisura ahora purificada en el balcón—. ¡Rápido!
Miku, con el corazón encogido por el miedo, no lo pensó dos veces. Con un último vistazo a sus amigos caídos, se transformó en un destello de datos azules y voló a través de la fisura, rumbo al Virtual World, a toda velocidad.
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Kurenai despertó horas después. El suave movimiento de las ramas del Árbol del Juramento era lo primero que sintió. Abrió los ojos y vio el rostro sereno de Lumen Arboris inclinándose sobre ella.
—Buenos días, pequeña guardiana —susurró Lumen—. ¿Cómo te sientes?
Kurenai se incorporó lentamente. Se sentía... ligera. Demasiado ligera. Como si una parte fundamental de su ser, un peso que siempre había estado ahí, hubiera desaparecido. Miró a su alrededor. Podía ver la vitalidad del árbol, el rojo de las hojas, el dorado de la energía de Lumen... pero era como mirar un cuadro bellísimo a través de un cristal muy grueso.
—Siento...—tragó saliva, buscando las palabras— un gran silencio. Ya no... ya no puedo escucharlo.
Lumen asintió, con una profunda y comprensiva tristeza. Luego, con un gesto, las teletransportó al suelo, justo a las afueras del templo.
El espectáculo que encontraron le quitó el aliento. Cientos de seres —elfos, bestias del bosque, espíritus elementales y refugiados— llenaban el claro, y al verla, estallaron en una ovación atronadora. Vitoreaban su nombre, lloraban de alegría, celebraban su libertad. Kurenai podía ver su felicidad, podía entenderla a nivel intelectual, pero la oleada de emoción colectiva que antes hubiera sentido como una corriente eléctrica en su pecho... no llegaba. Solo un eco distante.
—¿Dónde están los otros? —preguntó, su voz apenas un susurro sobre la multitud.
—Terminando su labor —respondió Lumen, señalando el templo.
Poco después, los cuatro aparecieron en la entrada. Hiro y Natsuki, aunque pálidos, se veían estables, el FCP de Miku había obrado su magia. Al ver a Kurenai de pie, una ola de alivio los inundó.
Kurenai los miró, y por primera vez desde el ritual, algo se agitó en su interior. No era la conexión con el bosque, era otra cosa. Corrió hacia ellos. Con un grito ahogado, se lanzó primero sobre Miku y Nira, abrazándolas con tal fuerza que las derribó a ambas en un revoltijo de limbs y risas nerviosas. Luego fue hacia Natsuki, quien, con los brazos abiertos, también fue derribado por el ímpetu felino. Finalmente, se encaró con Hiro. El cyborg se preparó para el impacto, pero en lugar de derribarlo, Kurenai se aferró a su torso como un koala, enterrando su rostro en su frío pecho metálico. Hiro dudó solo un instante antes de rodearla con sus brazos y acariciar su cabello con una ternura mecánica. Kurenai lo sintió, y no se apartó.
Natsuki se incorporó y se acercó a ella, poniendo una mano en su hombro.
—Kurenai...—dijo, su voz cargada de una emoción profunda—. ¿Cuál fue el costo? Dime la verdad... ¿podrás vivir con eso?
Ella se separó lentamente de Hiro y miró a Natsuki, luego al bosque renacido, a su gente celebrando.
—Mientras los núcleos estén bien—respondió, con una tristeza serena— y los pueblos puedan reconstruirse en paz... todo estará bien. Mi deber está cumplido.
Fue Nira quien rompió el momento siguiente, su tono era solemne y un poco apagado.
—La oscuridad ha sido expulsada de este mundo.No regresará en un largo tiempo.
—Es cierto —añadió Miku, con una sonrisa amable pero también melancólica—. Tal vez nunca lo haga.
Lumen bajó la mirada, comprendiendo las implicaciones.
—Entiendo—murmuró.
Natsuki respiró hondo, mirando al grupo que se había convertido en su familia.
—Entonces...es claro que no nos necesitan más —dijo, con un nudo en la garganta—. Creo que es hora de que nos vayamos.
Kurenai se separó de Hiro de un salto, sus orejas aplastadas contra la cabeza, sus ojos abiertos por el pánico.
—¿Qué?¿Acaso... no quieren quedarse? —su voz era un grito desesperado.
—No es eso —intervino Hiro rápidamente, su lógica chocando con la angustia de la chica—. De donde venimos, la Corrupción ataca a diario. Nuestra guerra está allí. Las probabilidades de que regrese aquí son estadísticamente insignificantes. Nuestro lugar no es este mundo de paz.
—¡Aun así! —insistió Kurenai, las lágrimas asomando por fin a sus ojos—. ¡¿Qué me hace pensar que realmente volverán?! ¡No... no perdí la conexión con el bosque para también perder la suya! —Su grito era una confesión de su mayor miedo—. ¡Me rehúso!
Todos bajaron la mirada, el dolor de la despedida era insoportable. Fue Lumen quien, una vez más, encontró las palabras.
—Kurenai —dijo, con una voz que era como el crujir de todas las hojas del bosque a la vez—. Escúchame. Perdiste una conexión... e hiciste una nueva. —Su mirada recorrió a Natsuki, Nira, Miku e Hiro—. Más fuerte, quizás. Creo... que deberías ir con ellos.
Todos levantaron la vista, sorprendidos.
—Y no te preocupes —continuó Lumen, una lágrima de savia dorada resbalando por su mejilla—. El Bosque Carmesí estará a salvo. Yo lo guardaré. Y este mundo... este mundo será siempre tu hogar, sin importar cuán lejos vayas. La puerta estará siempre abierta para ti.
Kurenai miró a Lumen, luego giró lentamente hacia Hiro. Sus ojos, llenos de lágrimas, le preguntaban silenciosamente. Hiro miró a Natsuki, quien a su vez buscó la opinión en los rostros de Miku y Nira. Ambas le respondieron con una sonrisa cálida y un asentimiento seguro. Natsuki volvió a mirar a Hiro, y un entendimiento pasó entre ellos. Dos sonrisas, una humana y otra casi imperceptiblemente robótica, se dibujaron en sus rostros.
—Está bien —dijo Natsuki, su voz firme—. Ven con nosotros.
Los ojos de Kurenai se iluminaron como dos carbones encendidos. Con un chillido de pura alegría, se lanzó de nuevo sobre Miku y Nira, pero esta vez fueron ellas quienes la atraparon en un abrazo grupal y cálido, riendo entre lágrimas.
Lumen se dirigió entonces a los dos Creadores.
—Ustedes dos—dijo, y ambos se volvieron hacia ella, serios—. Acérquense.
Hiro y Natsuki obedecieron. Lumen puso una mano en el hombro de cada uno.
—Este mundo,y yo, su espíritu, estaremos siempre en deuda con ustedes. Sin importar cuándo o por qué... —Hizo una pausa, su luz brillando con intensidad—. Prométanme... prométanme que regresarán.
Hiro y Natsuki se miraron. No hubo necesidad de cálculos o estrategias. Solo la certeza de un juramento.
—Prometido—dijeron al unísono, con una convicción que resonó en el aire mismo.
Con eso, Natsuki, Nira, Kurenai, Miku e Hiro se dieron la vuelta y comenzaron a caminar hacia el portal de luz que se abría ante ellos. Kurenai se detuvo solo un momento, volviendo la cabeza para lanzar una última y larga mirada a Lumen, al Árbol del Juramento, al Bosque Carmesí en su esplendor renovado. Fue una mirada de amor, de gratitud y de despedida.
—¿Estás lista? —preguntó Miku, tomando su mano suavemente.
Kurenai asintió, apretando la mano de Miku con fuerza. Y juntos, los cinco cruzaron el umbral.
El mundo se transformó en un instante. El aire cargado de aromas naturales fue reemplazado por la quietud electrónica del Virtual World. Bajo sus pies, el suelo de cristal reflejaba un cielo nocturno eterno, salpicado de estrellas que eran en realidad clusters de datos distantes, y atravesado por auroras boreales de neón verde y púrpura que se ondulaban con suave hipnosis.
Kurenna permaneció inmóvil por un momento, sus sentidos, tan agudizados para el bosque, se sentían abrumados por la escala y la extrañeza de este nuevo lugar. Natsuki observaba su reacción, su corazón latiendo con un poco de ansiedad.
—¿Qué... qué te parece? —preguntó, con un tono que intentaba ser calmado.
Kurenai desvió su mirada del cielo infinito. Sus ojos se posaron primero en Hiro, cuya figura cromada se recortaba contra las auroras, y luego en Miku, cuya sonrisa era un faro de familiaridad. Finalmente, volvió a mirar el majestuoso y alienígena paisaje. Una lágrima solitaria, no de tristeza, sino de asombro, recorrió su mejilla. Pero fue seguida por una pequeña, tímita, pero genuina sonrisa que iluminó su rostro..
—Es muy diferente... —admitió, su voz un suspiro—. Pero... —añadió, mientras su mirada recorría el horizonte digital— es muy hermoso.
Dio un paso tentativo, luego otro. Sus zapatos, con suelas diseñadas para agarrarse a la tierra y las raíces del bosque, resbalaron sin tracción sobre la superficie de cristal pulido.
—¡Oye! —exclamó, agitando los brazos para mantener el equilibrio de forma exagerada. Pero en lugar de asustarse, una risa burbujeante escapó de sus labios. —¡Es como el hielo del estanque en invierno, pero más suave!
Dejándose llevar por el deslizamiento, impulsó suavemente con el otro pie. Y entonces, algo mágico sucedió. Kurenai comenzó a patinar. No con la torpeza de un principiante, sino con una gracia fluida e innata, como si el hielo—o en este caso, el cristal—fuera su elemento natal. Sus movimientos eran una danza silenciosa, una serie de giros y deslizamientos imperibles que pintaban arcos invisibles en el suelo.
—¡Vaya! —murmuró Nira, observándola con una rara expresión de admiración—. Esa agilidad... es como verla en combate, pero transformada en arte.
—¡Es increíble, Kurenai! —gritó Miku, aplaudiendo con entusiasmo.
La nekomusa, escuchando los elogios, giró sobre sí misma con los brazos abiertos, su vestido gótico ondeando. —¡Es que es divertido! ¡No pesa nada! ¡Ni siquiera se siente el suelo!
Patino en un amplio círculo y regresó hacia el grupo, que la observaba con una mezcla de asombro y ternura. Sin detenerse, deslizándose como una sombra escarlata, extendió sus manos.
—¡No se queden ahí parados! —les ordenó, con una sonrisa desafiante—. ¡Aprendan! Tomen mis manos.
Con su mano derecha, tomó con firmeza la de Nira, y con su izquierda, la de Miku. Un brillo de determinación juguetona brillaba en sus ojos escarlata.
—Creador, esto parece... poco práctico —protestó Nira suavemente, aunque su mano ya cerraba el agarre con la seguridad de una guerrera.
—¡Oh, vamos! ¡Solo es deslizarse! —la animó Kurenai, tirando de ella suavemente.
Fue entonces cuando, en un acto de pura y sincronizada complicidad, Nira extendió su mano libre hacia Natsuki.
—No me falles,Creador —dijo con una leve sonrisa—. Mi honor marcial no incluye caerme de espaldas.
—Eh, yo tampoco soy exactamente un experto en patinaje, Nira —respondió Natsuki, riendo nervioso mientras tomaba su mano.
Miku, por su parte, miró la mano libre de Hiro. Un rápido rubor, recuerdo de una mañana vergonzosa en una cabaña, le encendió las mejillas.
—Hiro,yo... ¿estás seguro? Tu sistema de equilibrio es probablemente mejor que el mío...
—La coordinación grupal supera la habilidad individual —respondió él, su voz serena. Extendió su mano metálica hacia ella—. Además, las estadísticas indican que es improbable que nos lesionemos seriamente en esta superficie. Te sostendré.
Miku, con el corazón palpitando de una emoción agridulce, tomó su mano con una delicadeza que contrastaba con su fuerza. —...Está bien.
Y así, enlazados como una única cadena de confianza y amistad, los cinco comenzaron a patinar. No había un rumbo fijo, solo el impulso que Kurenai les daba.
—¡Más a la izquierda, más a la izquierda! —gritaba Kurenai, riendo—. ¡Natsuki, no tenses tanto las piernas! ¡Deja que te lleve!
—¡Es más fácil decirlo que hacerlo! —gritó él de vuelta, tambaleándose de manera cómica mientras Nira lo mantenía en pie con un esfuerzo estoico.
Miku se dejaba llevar, su pelo azul cobalto ondeando, sintiendo la fría y segura presión de la mano de Hiro.
—¿Puedes...calcular un patrón de giro óptimo, Hiro? —preguntó, mirando cómo el mundo giraba a su alrededor.
—Ya lo estoy ejecutando —respondió él, sus ópticas brillando tenuemente—. Sincronicen sus pasos con el mío en tres, dos, uno...
Hiro, el ser más lógico del grupo, guió el movimiento con una precisión sorprendente, encontrando una extraña y perfecta armonía en el caos controlado del momento. Las risas llenaron el aire, un sonido nuevo y alegre en la quietud del Virtual World.
—¡Jaja! ¡Miren! —exclamó Kurenai, su voz cantarina—. ¡Nira, hasta tú estás sonriendo!
La guerrera, captada en el acto, intentó recuperar su compostura. —Es... una sonrisa de concentración. Nada más.
—¡Mentira! —canturreó Miku, disfrutando del momento—. ¡Te está gustando!
Bajo la iluminada noche digital, sobre el espejo de cristal que reflejaba auroras de datos, la Guardiana del Bosque Carmesí, ahora liberada de su deber más pesado, les mostraba su verdadero yo: una chica que, en combate o protección, podía ser una fuerza reservada y violenta, pero que cuando se trataba de momentos fugaces de felicidad, de pasar tiempo con su nueva familia, se revelaba como un espíritu alegre, sensible y con un carisma capaz de unirlos a todos en una danza improvisada. Era el primer latido de su nueva vida, y sonaba a risas, a suaves instrucciones, a protestas cómicas y al crujir de cristal bajo sus pies.