—Hola, Rey.
El martes por la mañana comenzó igual que siempre en el aula de clases. El grupo estaba casi completo, exceptuando al chico que acababa de marcar su asistencia.
Las conversaciones habituales se escuchaban entre cuchicheos y carcajadas, mientras algunos revisaban apuntes y otros terminaban de despertarse del todo.
—Hola —saludó Rey al acercarse, dejando su mochila sobre el asiento con poca emoción.
—Vaya, ¿a qué se debe tanta felicidad? —se burló su amigo mientras se recargaba en la silla, apoyando el mentón sobre los brazos cruzados en el respaldo. Una postura de rebeldía que le sentaba demasiado bien, según Rey.
—¿A qué te refieres? —preguntó sin prestarle demasiada atención.
—Hoy, al menos, me saludaste. Otros días ni «hola» me dices.
—Lo siento. —Suspiró—. No lo hago a propósito. A veces simplemente...
—Estás pensando —lo interrumpió. El chico de piel clara y cabello rubio ondulado lo observaba con naturalidad, acostumbrado ya a la apatía característica de su compañero—. Lo sé, tu mente siempre está por las nubes. Me sorprende que seas el mejor del curso.
Rey entornó los ojos, entreteniéndose con un mechón de su propio cabello.
—No me digas que... ¡Ah! —El rubio levantó la cabeza de pronto, como si acabara de descubrir algo extraordinario—. Siempre estás pensando en leyes y esas cosas...
Se llevó una mano a la frente, dramatizando una escena trágica y exageradamente absurda. Rey no pudo contener la risa al verlo comportarse como el idiota de siempre.
—Ya basta, Khai —lo reprendió, intentando sonar severo, aunque fracasó.
—Eres demasiado fácil de molestar.
Khai se levantó y, al hacerlo, le revolvió el cabello con afecto.
—Ya cállate. —Rey se encogió en el asiento y apartó la mano de su amigo, bastante acostumbrado a ese tipo de bromas entre ellos.
Justo en ese momento, el profesor entró dando los buenos días y Khai se apresuró a regresar a su puesto, no sin antes girarse hacia Rey y señalar con el pulgar a la compañera sentada a su lado. Por la forma en que trazó una curva en el aire con las manos y se mordió los labios, la chica debía de parecerle bastante atractiva.
Rey negó con la cabeza, conteniendo una sonrisa. Khai era definitivamente un caso perdido.
Mientras el profesor comenzaba la clase, apoyó el mentón sobre el dorso de la mano y echó un vistazo al salón. Se llevaba relativamente bien con casi todos, pero solo dos de sus compañeros habían conseguido entrar realmente en su vida. A veces ni siquiera entendía cómo había ocurrido; antes de conocerlos, estaba demasiado acostumbrado a mantenerse al margen y hacer únicamente lo que se esperaba de él.
Khai, sobre todo, parecía empeñado en arrastrarlo a cualquier estupidez que se le ocurriera y, aunque Rey jamás se lo admitiría, sus días se habían vuelto bastante más entretenidos desde entonces.
Volvió la atención al pizarrón. Había pasado los últimos minutos pensando en cualquier cosa menos en la clase. Tal vez Khai tenía razón. Siempre estaba con la cabeza en otro lugar.
Cuando el profesor anunció las pautas para el nuevo proyecto, el salón entero respondió con un lamento colectivo. Rey abrió su mochila para buscar la libreta y, al tantear a ciegas en el interior, sus dedos rozaron algo que reconoció de inmediato.
Sacó un papel doblado por la mitad. Sabía de qué se trataba, pero aun así lo desplegó para contemplar una vez más el dibujo.
Verse a sí mismo no era el problema. Lo difícil era que, al observar ese retrato, sus pensamientos se inundaban con la imagen de Benjamín y su exagerada alegría en el metro.
Levantó la cabeza preguntándose «¿por qué?», pero no pasó mucho tiempo antes de que sus ojos regresaran a la hoja y las escenas del día anterior volvieran a ocupar su mente.
Recordó al chico concentrado hasta el punto de olvidarse del mundo. Le había advertido que lo observaría demasiado, pero, al final, Rey sintió que había sido él quien no dejó de mirarlo.
Esa confesión mental no le gustó demasiado y le provocó un episodio de vergüenza inmediata.
—¡Rey!
Alguien lo llamó con fuerza y, al voltear, se encontró nuevamente con Khai a su lado. Llevaba un rato intentando hacerlo regresar en sí.
—Amigo, estás en la luna. Debemos hacer un trabajo grupal y... ¡Wow! —Su atención se desvió hacia el papel que Rey sostenía—. ¿Eres tú? —Se inclinó un poco para observarlo más de cerca—. ¿Por qué demonios estás sonriendo así?
Soltó una carcajada sin preocuparse por estar en medio de la clase y trató de arrebatarle el papel de las manos. Rey se echó hacia atrás en cuanto notó su intención y dobló la hoja con rapidez para ocultarla. Escuchar a su amigo reírse del dibujo de su rostro ya era suficientemente incómodo, pero peor aún sería tener que contarle cómo lo había conseguido. ¡Maldición!
—¿Quién te hizo eso? —preguntó Khai, apoyándose sobre su escritorio.
Justo la pregunta que Rey temía escuchar.
Se dejó caer sobre sus brazos y apoyó la frente contra la madera. Quería desaparecer en ese instante.
—¿Qué pasa? —bromeó su amigo, dándole una palmada en el hombro—. ¿Te torturaron o algo así para dibujarte?
—No me hagas contártelo, por favor... —murmuró Rey con pesar.
—Lo lamento, Rey, pero sabes muy bien que eso no ocurrirá. —Sonrió.
—Mierda... ya lo sé —se quejó. Sabía que ese era el comienzo de su verdadera tortura.
Cuando las primeras clases del día terminaron, todos buscaron la manera de aprovechar aquel breve espacio de receso. Khai y Rey salieron junto con Haru —quien, luego de tener un problema con la secadora, había logrado llegar a la segunda clase— hacia la cafetería, mezclándose con el resto de los estudiantes que aprovechaban los pasillos para estirarse, hablar o correr a comprar algo. Lo que fuera, con tal de no estar en el salón.
Rey mantenía un semblante cansado y distante, aunque no precisamente por sueño. Desde que Khai había visto el retrato, no había pasado un solo instante sin que intentara sacarle información sobre cómo lo había obtenido.
—De verdad, Rey —insistió nuevamente su amigo, caminando de lado para mirarlo—. No puedes soltar una bomba así y luego hacer como si nada.
—No solté ninguna bomba, Khai —murmuró, apurando el paso—. Fuiste tú el que metió la nariz donde no lo llamaban.
—¿Tan feo es? —preguntó Haru, ladeando la cabeza para buscar su expresión desde el otro lado.
—¡Estás loco! —exclamó Khai—. En el dibujo se ve incluso más guapo.
Le dio una palmada en la espalda y Rey casi se fue de bruces. Se detuvo en seco tras el golpe y respiró profundamente, alzando la mirada hacia el techo.
—Mátenme... —suplicó.
—Por favor, Rey... —canturreó el rubio—. No seas tan exagerado y ya dinos quién fue.
Haru soltó una risa baja y lo tomó de la muñeca para obligarlo a seguir avanzando.
—Sea quien sea, claramente hizo un muy buen trabajo —le dijo.
—No voy a decir nada. —Rey suspiró, dejándose arrastrar—. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.
—Ah, perfecto —replicó Khai—. Entonces asumiré que tienes una admiradora secreta.
—Estás loco.
—Eso no fue una negación. —Arqueó una ceja mientras lo rodeaba con el brazo.
Haru lo soltó por fin y ambos amigos sonrieron al escuchar el bufido frustrado de Rey.
—Están dementes —dijo Rey, haciendo una mueca.
Se repetía a sí mismo que ya estaba acostumbrado a la actitud de ese par. Tal vez lo mejor sería simplemente contarles, pero la vergüenza le apretaba la garganta cada vez que intentaba hacerlo, así que prefirió callar.
—Cambiando de tema —dijo Haru de pronto, y sonrió al ver la cara de alivio de Rey—. Tengo sesión hoy, así que no creo poder acompañarlos.
—¿Me vas a dejar solo con este idiota? —El alivio desapareció de inmediato del rostro de Rey.
—Deja de quejarte. —Khai le zarandeó los hombros—. Sé que te niegas a admitir que amas estar conmigo.
—Detesto estar contigo.
—Repítelo mil veces más hasta que te lo creas.
—Haru... —Rey lo miró con un puchero suplicante.
—Lo lamento, Rey. Esta vez tendrás que soportarlo solo.
Rey buscó a Khai, quien tenía una expresión victoriosa dibujada en el rostro y le guiñó un ojo al verlo regresar junto a Haru para repetir el proceso sin alternativa.
—Pues ya qué —resopló.
Las risillas cómplices de sus amigos le sonaron a traición.
—Será divertido, Rey. Iremos luego a comprar mangas.
—¿Me pagarás uno?
—Dos, si me ayudas a encontrar lo que necesito.
—Bien.
Retomaron el camino hacia la cafetería. Haru, ajeno a la dinámica entre ambos, sonrió al ver a su par de bobos amigos llegar a un acuerdo. Rey no pudo evitar sonreír también, agradeciendo que, debido a esa absurda discusión, el tema de la ilustración hubiera quedado momentáneamente en el olvido. Parecía ridículo pensar que aquello le había causado tantos dolores de cabeza cuando ni siquiera el día había terminado.
Al final llegaron a la cafetería, compraron algo para merendar y, para mala suerte de Rey, su celebración duró poco. Cuando Khai volvió a recordar la ilustración, sintió que le sangrarían los oídos al escuchar la misma pregunta una vez más:
«¿Quién te hizo ese dibujo Rey?»
¡Carajo!
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La tarde cayó y las calles empezaron a llenarse de personas que finalizaban su jornada. Los estudiantes salían con paso cansado de sus clases, los oficinistas revisaban sus celulares mientras esperaban el autobús y los vendedores callejeros subían el volumen de sus radios, marcando el ritmo del final del día.
Dentro de una tienda de artículos varios, un chico de ojos claros deslizaba los dedos por el borde de un estante repleto de pinceles, inclinando apenas la cabeza para leer las etiquetas.
—¿Buscas algo en específico? —preguntó una vendedora al acercarse.
—Estoy eligiendo un pincel fino... —respondió con amabilidad—. Para detalles pequeños, pero no quiero uno demasiado rígido. ¿Tienes alguna recomendación?
La joven asintió y tomó dos pinceles del estante.
—Estos son los favoritos de los estudiantes de Bellas Artes —explicó—. ¿Estudias esa carrera?
El muchacho negó con la cabeza.
—No, no. Solo pinto porque... bueno, es un pasatiempo —respondió con una risa suave.
La vendedora sonrió.
—Entiendo. Entonces cualquiera de estos podría funcionarte. Esto... ¿tu nombre es...?
—Benjamín, pero puedes decirme Benji —intervino al verla vacilar.
—Perfecto. Me servirá para ingresarte al sistema...
La chica iba a continuar, pero la campanilla de la entrada anunció la llegada de nuevos clientes y desvió su atención.
—¡¿Cómo puedes perder tantas cosas, Khai?! ¿Qué estabas haciendo? ¿Destruyendo tu mochila? —refunfuñó una voz a lo lejos.
—Lo siento, juro que no lo hago intencional...
Benji frunció ligeramente el ceño. Los estantes le impedían ver de dónde provenían las voces, así que permaneció quieto durante unos segundos, escuchando con disimulo. La vendedora continuó explicándole las diferencias entre los pinceles, pero su atención ya no estaba en ella. Había algo en una de aquellas voces que le resultaba familiar... demasiado familiar.
—Hoy tenemos una promoción especial: por la compra de dos artículos, puedes llevarte un tercero a mitad de precio.
«Por la compra de un tercero me llevo dos a la mitad...»
No. Su mente ni siquiera había procesado la información. Seguía escuchando aquella voz al otro lado del pasillo y la curiosidad por descubrir a quién pertenecía terminó por vencerlo.
—¿Te interesa ver estos otros modelos? —insistió la vendedora, sin notar su distracción.
Él asintió solemnemente, solo para negar casi de inmediato.
—Mm... ¿puedes darme un segundo? —pidió con amabilidad.
Caminó hasta el final del pasillo y asomó la cabeza con cautela, pero solo alcanzó a ver a dos muchachos alejándose entre los estantes: un rubio y, junto a él, una figura de cabello negro que desapareció de su vista antes de que pudiera distinguirla bien.
—Joven... Benjamín —lo llamó la vendedora a lo lejos—. ¿Quieres ver los otros modelos?
Benji sonrió distraído y volvió sobre sus pasos.
—Sí, claro.
Al final, la vendedora había hecho un excelente trabajo. Benjamín no solo terminó llevándose el único pincel que había ido a comprar, sino otros seis que ni siquiera necesitaba. Tal vez su buen humor, sumado a la increíble promoción del momento, lo había llevado a gastar más dinero de lo esperado.
Eso o, simplemente, tenía la cabeza en otro lado.