—Hola... Sé que sonará extraño, pero... ¿podría hacer un dibujo de tu rostro?
Era lunes por la tarde y el metro avanzaba casi vacío, atrapado en ese breve instante de calma previo a la hora pico.
Casi al fondo del vagón, un muchacho descansaba en uno de los asientos con los ojos entrecerrados cuando otro se plantó frente a él y lo hizo sobresaltarse. Aunque, pensándolo bien, no fue su repentina —y sorprendentemente entusiasta— aparición lo que terminó de despertarlo, sino la pregunta.
—¿Disculpa? ¿Un dibujo de qué? —Estiró el cuello hacia delante, como si así pudiera encontrarle algún sentido a lo que acababa de escuchar. O, al menos, asegurarse de que no formaba parte de un sueño particularmente absurdo.
El chico de mirada amable, cabello castaño claro y piel pálida se llevó una mano a la nuca.
—De tu rostro —repitió con una risa corta—. Lo sé, suena raro. Si quieres, puedo explicarlo...
Comenzó a hurgar en el pequeño bolso que llevaba cruzado mientras intentaba mantener el equilibrio. El otro siguió cada uno de sus movimientos con cautela hasta verlo sacar una libreta de tapas gastadas.
—Soy artista —explicó, mostrándole algunas de sus páginas—. A veces veo un rostro que me inspira y me entran unas ganas terribles de dibujarlo. Y cuando te vi pensé... su cara es perfecta.
«¿Qué?»
Lo miró sin saber qué hacer con esa información.
La confesión ya era bastante inusual por sí sola, pero la naturalidad con la que la había soltado lo desconcertaba todavía más. ¿Acaso estaba siendo víctima de algún tipo de broma? ¿En cualquier momento aparecería una cámara para inmortalizar su cara de idiota frente a todo el país?
—Entonces, ¿qué opinas? —insistió el castaño—. ¿Me dejas intentarlo?
¿Qué se suponía que debía responder?
Alcanzó a murmurar algo ininteligible. Abrió la boca una vez, luego otra, pero ninguna palabra pareció dispuesta a colaborar con él. Al final bajó la mirada y dejó que los mechones negros que caían sobre su frente ocultaran parte de su rostro.
«Rayos... ¿justo tenía que pasarme esto hoy?»
—Está bien —consiguió decir.
Su voz salió tan baja que ni siquiera estaba seguro de haber sido escuchado. En realidad, solo quería terminar con esa situación cuanto antes. Tal vez, si aceptaba, el castaño dejaría de mirarlo con la misma expectativa de un gato frente a un cuenco lleno de leche.
Esperó una respuesta.
Nada.
El chico seguía allí, balanceándose ligeramente con el movimiento del vagón, mientras el metro se adentraba en un túnel y las luces amarillentas desfilaban al otro lado de las ventanas.
Cuando el tren emergió nuevamente a la superficie, el artista se inclinó hacia él.
—¿Podrías repetirme tu respuesta? No te escuché bien, lo siento.
«Por supuesto».
—Dije que está bien —masculló el pelinegro, llevándose una mano al rostro.
—¡Excelente!
Enderezándose con una felicidad desbordante, el castaño se acomodó el bolso sobre el hombro.
—Entonces... dime, ¿qué tengo que hacer? —preguntó el pelinegro.
Antes de responder, el castaño se quedó observándolo durante unos segundos. Había calificado su rostro como «perfecto» sin detenerse demasiado a pensar en la palabra, pero ahora que lo tenía frente a él podía estudiar con mayor atención lo que había despertado su interés.
Quizás era la expresión con la que lo observaba. Esa mezcla de cautela, desconcierto y resignación que parecía decir: «No tengo idea de por qué acepté esto, pero ya estamos aquí».
Sí. Probablemente era eso.
Retrocedió sin apartar la mirada de él y tanteó a ciegas con una mano hasta encontrar el asiento.
—No tienes que hacer nada —explicó, acomodando la libreta sobre sus piernas—. Solo necesitaba tu permiso porque... bueno, tiendo a incomodar a la gente.
—¿Incomodar?
El castaño soltó una risa por la nariz.
—Supongo que algunas personas se sienten «invadidas». No creo que a muchos les guste que un extraño se les quede mirando fijamente.
Buen punto.
Los labios del pelinegro se fruncieron en un gesto de aprobación.
—Además... a mi me gusta dibujar las emociones que me provoca lo que veo.
—¿Cómo así? —Ladeó la cabeza con interés.
El castaño se rascó detrás de la oreja.
—No sé cómo explicarlo sin que suene más raro de lo que ya se escucha. Por ejemplo, tú...
Se detuvo. Sus ojos se desviaron hacia cualquier punto del vagón que no fuera el muchacho sentado frente a él.
—¿Yo? —insistió el otro.
—Bueno... —Se aclaró la garganta y levantó el lápiz, como si ese pequeño objeto pudiera rescatarlo de la conversación—. Eso no importa. Creo que debería empezar a dibujarte.
El cambio de tema fue tan descarado que el pelinegro entrecerró los ojos.
Aun así, decidió no insistir. Después de todo, ya era suficientemente incómodo haber aceptado que un chico al que acababa de conocer lo retratara en medio del metro como para ponerse ahora a interrogarlo sobre sus motivaciones.
Cuando el artista apoyó finalmente la punta del lápiz sobre el papel, alzó la cabeza y abrió la boca.
—¡Ah! ¿Cómo te llamas? —preguntó. (Bastante tarde, por cierto).
El pelinegro dio un pequeño respingo por el susto.
—Rey —respondió.
—Rey... —repitió el castaño, como si estuviera probando el sonido del nombre—. Me gusta.
Rey levantó ligeramente las cejas.
—¿Qué?
—Tu nombre —aclaró enseguida—. Me gusta tu nombre. Yo soy Benjamín.
—Un gusto —murmuró Rey. Aunque, para cuando terminó de decirlo, Benjamín ya parecía haberse olvidado por completo de su existencia como ser humano.
El lápiz comenzó a deslizarse con gracia y delicadeza sobre la hoja y, poco a poco, aquel chico tan entusiasta pareció sumergirse por completo en su propio mundo.
Rey soltó un suspiro y levantó el mentón hacia las luces del techo. El tren continuaba avanzando, completamente indiferente a la peculiar escena que se desarrollaba dentro de uno de sus vagones. Lo que debía haber sido un trayecto rutinario se había convertido, sin previo aviso, en un estudio de arte improvisado.
¿Cómo demonios había terminado así?
No tenía ni la más remota idea.
Solo sabía que ahora estaba haciendo de modelo para un completo desconocido. Bueno, ya no tan desconocido. Se llamaba Benjamín y, al parecer, su rostro era «perfecto».
Después de varios minutos y unas cuantas estaciones, Benjamín pareció regresar finalmente al mundo de los vivos.
Observó el dibujo una última vez antes de arrancar la hoja con cuidado y extenderla hacia Rey.
—Toma.
La sonrisa que acompañó el gesto era tan luminosa que parecía estar más emocionado él que la persona a la que acababa de retratar. Rey analizó ese detalle y comenzó a sospechar que aquello no era una expresión ocasional, sino una característica inherente de esa curiosa criatura.
—Espero que te guste —añadió Benjamín.
Se quedó de pie frente a él, con la libreta bajo el brazo mientras esperaba su reacción con una expectativa que Rey consideró completamente desproporcionada.
Tomó la hoja y abrió un poco más los ojos.
Era él. No necesitaba saber absolutamente nada de arte para reconocer su propio rostro: el cabello oscuro cayendo sobre su frente, el pequeño lunar bajo uno de sus ojos y cada uno de esos detalles que veía a diario frente al espejo.
Pero había un detalle que no terminaba de encajar: estaba sonriendo.
Frunció el ceño mientras intentaba recordar en qué momento había mostrado una expresión semejante. Repasó mentalmente los últimos minutos: la petición absurda, aquel interrogatorio improvisado y a Benjamín gritando cada vez que recordaba algo importante. Definitivamente, no recordaba haber sonreído así.
Volvió a contemplar el dibujo con mayor detenimiento. En apenas unos minutos, Benjamín había conseguido capturar sus rasgos de una manera que le parecía imposible. Y, aun así, lo que más llamaba su atención seguía siendo esa sonrisa imaginaria que hacía que el retrato pareciera tener más vida que él mismo.
—Esto es... —murmuró. Benjamín se mordió el labio, expectante—. Esto es genial.
Buscó al chico frente a él y notó cómo la tensión abandonaba los hombros del artista.
—Por un momento pensé que no te había gustado. —Suspiró, aliviado.
—¿Por qué no me gustaría? —Rey volvió a mirar la hoja—. Realmente eres muy bueno en esto.
Cuando alzó nuevamente la vista, encontró a Benjamín parpadeando como si acabara de decirle algo extraordinario.
—Gracias... —musitó.
Algo en su expresión llamó la atención de Rey. El brillo de sus ojos parecía haberse intensificado mientras apartaba el rostro hacia un lado, afectado por el cumplido.
Se inclinó hacia delante, alarmado.
—¿Vas a llorar? —preguntó.
—¿Qué?
—¿Te hice sentir mal?
Benjamín soltó una carcajada.
—¡No! ¿Acaso no ves que estoy contento?
Rey regresó lentamente a su posición.
—Ah.
—¿«Ah»?
—Lo siento. —Se rascó la barbilla, algo incómodo—. Nunca he sido demasiado bueno interpretando las emociones de los demás.
Benjamín volvió a reír, aunque esta vez con mayor suavidad. Rey, al parecer, era bastante peculiar.
—Ten. —Rey le extendió la hoja de regreso y la sonrisa de Benjamín se desvaneció un poco.
—¿No lo...?
El anuncio de la siguiente estación resonó por los altavoces antes de que pudiera terminar.
Benjamín abrió los ojos.
—¡Mierda... mi parada!
Guardó el lápiz a toda prisa y se acomodó la correa del bolso antes de dirigirse hacia las puertas.
Rey lo siguió con la mirada, todavía sosteniendo el retrato entre los dedos.
—Puedes quedártelo —dijo Benjamín al llegar a la salida.
Rey fue a la hoja y después a él.
—¿En serio?
—Claro. Es tu rostro, después de todo.
Las puertas se abrieron y una corriente de aire helado recorrió el pasillo. Rey lo vio alejarse con esa sonrisa impecable, capaz de iluminar más que todas las luces a su alrededor. Abrió la boca con la intención de decir algo antes de que se marchara por completo, pero la figura de Benjamín desapareció fuera del tren y las puertas se cerraron tras él.
Permaneció allí, con la hoja entre las manos y el corazón latiéndole demasiado rápido.
—Qué demonios... —murmuró para sí.
Todo había sucedido de repente, justo en un momento en el que no se encontraba precisamente de buen humor.
¿O acaso aquello era lo que necesitaba?
Un encuentro tan insólito como inesperado. Un chico «sunshine», como lo había catalogado con cierta ironía, se le había acercado con una petición tan tonta: ¿dibujar su rostro porque le parecía perfecto?
Solo recordarlo hizo que le doliera el estómago. Se cubrió parte del rostro con la bufanda, avergonzado, como si alguien pudiera verlo perdido en su propia timidez.
Observó el dibujo una vez más y las comisuras de sus labios terminaron curvándose sutilmente. Qué hipocresía.
Tal vez ese chico podía ver el futuro porque la expresión del retrato parecía una versión adelantada de él mismo, sonriendo como un tonto en medio del metro.