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Un recuerdo bajo la lluvia

Traficados a otro mundo · por Entidad multiversal · 29 de julio de 2026

La lluvia cae sin cesar sobre el pavimento, mientras los autos pasan apresuradamente por la calle. De repente, se escuchan voces en la acera, donde tres chicos yacen en el suelo, vestidos con uniformes escolares y visiblemente golpeados. Un joven con un bate, una chaqueta verde y pantalones negros, con el cabello gris empapado y moretones en la cara por la pelea, se dirige hacia una motocicleta, mientras murmura:

—Mala elección meterse conmigo, estúpidos estudiantes del Heidelberger Gymnasium. Son patéticos; no vuelvan a interferir con mis amigos.

Encendió la moto y aceleró a toda velocidad, desapareciendo rápidamente en el horizonte. Al mirar su reloj, se percató de que ya eran las 9 a.m., lo que bajó su ánimo.

—Otra vez falté a clases; el tiempo vuela. Supongo que tomaré unas cervezas o invitaré a mis compañeros del campus...

Mientras observa a una mujer que pasa con su maletín, probablemente en camino al trabajo, la mira con atención. Justo cuando su mirada se detiene en su trasero, siente un golpe en la parte trasera de su cabeza. Irritado, se voltea y grita:

—¡Oye, Estúpido! ¿¡Que diablos te pasa!? ¿Quieres que te...?

No termina la frase cuando se sorprende al ver a una chica con uniforme gris, del mismo colegio donde estudia, con el cabello largo y castaño. Ella lo mira con enojo y él, desconcertado.

—¿¡Helena!? ¿¡Qué haces aquí!? ¿No deberías estar...oh no?

Helena agarró la manga de su chaqueta con firmeza, su rostro rojo de rabia. Visiblemente molesta, le respondió con voz temblorosa de frustración:

—¡Idiota! ¡Te estuve esperando! ¡No tienes idea de cuánto tiempo estuve en el lugar donde acordaste que me recogerías! Tuve que venir caminando porque no pasaba ningún transporte, así que no me quedó otra opción. ¡Y lo peor es que tú me lo prometiste!

Klaus, nervioso, baja la mirada mientras Helena comienza a tocarle la cara, cambiando su enojo por preocupación.

—No me digas que estuviste peleando con pandilleros otra vez, Klaus. Me lo prometiste, no volver a meterte en problemas, y, además, volviste a faltar a clases.

Klaus traga saliva, sonrojado, mientras la lluvia se intensifica. Responde en voz baja:

—Perdóname... Me perdí en mis pensamientos, y esos tipos me provocaron.

Helena lo interrumpe, sujetando su chaqueta con preocupación, y le dice, su voz reflejando inquietud.

—¡Esta chaqueta la llevabas desde ayer, Klaus! ¡No me digas que no llegaste a tu casa anoche!

Klaus, con una expresión preocupada, baja la mirada y cierra los ojos mientras responde:

—No quiero estar en casa, no me siento a gusto. Además, mi familia lo sabe; no te molestes.

Helena lo interrumpe nuevamente, preocupada, y después comenta con expresión de duda.

¿Es por tu padre y tu hermano, verdad? Su situación ha empeorado... Ay, Klaus, solo espera hasta que nos graduemos. Podrás irte de casa, y te ayudaré a encontrar un empleo; mi padre tiene contactos.

Sonrojado, Klaus sonríe, mira a Helena y arranca la moto. Con un gesto lento, toca el cojín trasero, invitándola a subir.

—Ya que ambos perdimos clases, ¿No deberíamos aprovechar el tiempo de alguna manera? ¿Qué te parece si vamos a comer o al cine?

Helena, algo sonrojada, le responde con voz suave:

—Eres un idiota, Klaus...

Ella se sube, se pone el casco y se marchan mientras la lluvia se intensifica, desvaneciéndose de la vista de los transeúntes. Una luz cegadora ilumina el entorno y se oye una voz mientras Klaus intenta recuperar los sentidos.

—Despierta!!! Klaus, ¿estás bien? Rápido, hay que detenernos para hacer una parada, Klaus.

El hombre de cabello gris abre los ojos, bosteza y mira a uno de sus compañeros antes de responder de mal humor:

—Hiroshi, idiota, quería seguir durmiendo... a menos que sea una parada que valga la pena.

Se levanta después, camina lentamente y ve que están en un pueblo con varias casas. Un hombre está hablando con Iván y Lyra, quien se cubre la cabeza para que no se vea su cabello.

—Pudimos conseguir una casa para descansar; solo costaría 22.000 vernalinas. Pero gracias al medallón ya la posición de caballero de Hiroshi, podemos usarla y abastecernos de provisiones.

Klaus suspira, se rasca la cabeza y dice:

—Pero si entregas ese medallón, se lo quedarán hasta que saquen el recibo de pago. Nos quedaríamos sin fondos.

Lyra, al escuchar la duda del joven, se sorprende por la falta de conocimiento de él.

—¿No lo sabes? Eso ocurre mayormente en la ciudad, donde hay varios bancos. En las aldeas más lejanas, el medallón deja una marca con su logo en un tipo de papel que los vendedores utilizan en el reino de Arlet.

Hiroshi, con los dedos en la barbilla y los ojos cerrados, responde:

—Es como una especie de firma... No sabía que ese logo tenía esa utilidad. Por cierto, ¿Arlet es el rey de estas tierras?

La chica albina con expresión confundida por la falta de información de los chicos entonces contesta, con voz delicada, responde:

—Sí, Joven. Todo este país son tierras del rey Arlet. Los caballeros blancos fueron creados por él, por eso tienen tantos privilegios. Cada semana, algunos caballeros vienen en dragones a cobrar impuestos y ellos obtienen las firmas. Es común que los caballeros se hospeden en misiones.

Klaus, frustrado, se sienta en la carroza, escupe y se baja para decir:

—Bueno, hagámoslo. Espero que no estés mintiendo, albina.

Lyra, con una expresión algo incómoda, lo mira a los ojos y responde:

—Me llamo Lyra, señor. ¿Podría llamarme por mi nombre?

Klaus escuchó su reclamo sin darle importancia y luego caminó hacia donde estaba el hombre que les había permitido hospedarse.

—Bien, intentaré no olvidarme de tu nombre, Lyra. Deja de quejarte y vamos.

Mientras el hombre malhumorado avanzaba, Lyra, con una expresión algo incómoda, comentó:

—¿Qué le pasa? ¿Por qué es así?

Dos de los chicos que estaban detrás de ella la tranquilizaron, colocando sus manos sobre sus hombros. Hiroshi se puso frente a Lyra y, después de un momento, dijo:

—Discúlpalo, está más irritante de lo normal. Ya era una molestia cuando lo conocimos, pero tenemos que aguantarlo.

Iván, rascándose la mejilla, añadió con una expresión de molestia.

—No eres la única a la que molesta. A mí también me burla por mi peso o mi timidez.

Lyra, exaltada, incapaz de comprender por qué su forma de actuar, respondió sin titubear:

—Pero ustedes son sus amigos; no debería ser así con ustedes. Menos aún burlarse o degradar a las personas por su apariencia.

Hiroshi observó a Lyra, que mostraba una expresión de impotencia. Intentó decir algo, pero Iván lo interrumpió, hablando rápidamente, como si estuviera emocionado:

—Estamos de acuerdo, es muy molesto cuando te degradan por tu aspecto. Tienes mucha razón, Lyra...

En ese momento, se escuchó al animal que los transportaba en la carroza intentar morder el suelo y luego mordisquear la carroza de metal, mientras sus largos dientes chocaban contra el metal. Hiroshi comentó:

—¿Qué diablos le pasa? Está desquiciado por morder algo; me inquieta un poco.

Iván se acercó mientras observaba a la criatura peluda mordiendo el metal de la carroza y comentó:

—Tráeme algo de madera o un tronco. También podríamos acercarlo a un árbol. Por cierto, Lyra, ¿Cómo se llama este mamífero y dónde suele habitar?

Lyra, sorprendida por la pregunta, respondió:

—Se llama Galvano. Normalmente habita en bosques, sobre todo donde abunda la madera. Antes era común usarlos como medio de transporte, pero con el tiempo muchos empezaron a preferir a los Warsher y a los Sleipnir, que se han vuelto más populares entre los campesinos.

Iván se impactó con la noticia. No podía creer que aquellas hermosas criaturas estuvieran siendo olvidadas. Una sombra de tristeza cruzó su mirada; sin embargo, tras pensarlo un poco, encontró un consuelo silencioso: tal vez, de ese modo, dejarían de ser explotadas.

—¿Entonces ya nadie usa a los Galvano?

—No exactamente. Los Galvano no han desaparecido; algunos campesinos todavía los crían. En cambio, los Sleipnir son los que usan principalmente los caballeros, tanto para recorrer largas distancias como para las batallas. Dicen que pueden pasar mucho tiempo sin agua, por eso siguen siendo una opción fiable para viajes largos. Aun así, con ese cambio de preferencias, los Galvano han ido perdiendo popularidad en las últimas décadas.

Hiroshi preguntó, con algo curiosidad mirando a la chica:

—Entonces, ¿por qué no compraron un Sleipnir en vez de esta cosa?

Lyra respondió con un tono desanimado:

—El dinero que teníamos no alcanzaba para uno. Los Galvano son más baratos porque no están tan en uso.

Iván movió a la criatura hacia el pastizal, saliéndose del camino de tierra, y la llevó hasta un árbol. La criatura comenzó a morder la madera, rasgándola y aparentemente afilando sus dientes. Hiroshi gritó:

—¿¡Todo está bien por allá!? ¿¡que tenía!?

Iván regresó con Lyra y Hiroshi y, algo feliz, suspirando un poco, comentó:

—Mis sospechas eran ciertas: es un roedor. La primera vez que lo vi, me extrañaron sus dientes largos y patas cortas, pero cuando dijiste que no están adaptados para recorrer largas distancias, llegué a esa conclusión. Sus dientes estaban muy afilados, por eso se comportaba así. Si no solucionábamos el problema, podría haberse escapado o negarse a ir lejos.

Lyra, sorprendida, preguntó algo confundida:

—¿Roedor? ¿Qué es eso?

Hiroshi, nervioso intentando saber que podía inventarse, conceptos que quizás no conocía respondió:

—Es algo que usamos para clasificar en nuestro pueblo. No tienes por qué preocuparte. Bueno, debemos ir al pueblo; me muero de hambre. No hemos comido desde que llegamos. Klaus debe estar divirtiéndose mientras nosotros aquí sin disfrutar la estancia.

Los tres chicos caminaron lentamente hacia el pueblo, perdiéndose poco a poco en la distancia. El tiempo seguía su curso, ajeno a ellos.

Unas horas después...

Ya casi era de noche. En una cabaña con un cartel que mostraba el logo de una botella de vino, se escuchaban risas y conversaciones animadas provenientes de las mesas. Klaus salió tambaleándose, algo borracho, y se apoyó en una de las paredes del lugar antes de vomitar. Tras terminar, se limpió la boca con la mano y, con una mueca, dijo:

—Mierda, creo que me pasé esta vez. Qué buena posada, nunca probé una cerveza tan buena. Tengo que llegar a donde nos hospedamos... ¿Era la cabaña Manantial?... Oh, algo así...

De repente, un cantinero salió de la posada acompañado de dos escoltas, ambos con uniformes grises y el símbolo de un león, portando lanzas. El cantinero gritó:

—¡Idiota, te fuiste sin pagar! No te dejaremos ir hasta que nos pagues.

Klaus se mostró ligeramente sonriente y comenzó a revisar su bolso, dándose cuenta de que su medallón se había quedado en la posada de la ciudad. Suspir mientras se acariciaba el cuello.

—Lo siento, no tengo dinero ahora. Déjame ir con mi grupo; les pediré dinero.

El cantinero cruzó los brazos, y los dos lacayos lo empujaron hacia adelante, poniéndolo frente al cantinero, quien dijo:

—Te quedarás aquí y nos darás todo lo que tienes. No confío en forasteros que dicen que irán a buscar dinero; solo eres una sanguijuela que se alimenta de los que trabajan. Y si intentas escapar, piénsalo bien: ellos dos son escuderos, discípulos de caballeros, así que desafiarlos sería estúpido.

Klaus suspiró y comentó con cara molesta.

—Dame un respiro, señor, no quiero hacerle...

Klaus no terminó la frase y golpeó al cantinero, derribándolo al suelo. Los lacayos se sorprendieron y se pusieron en guardia.

—Creen que por tener armas tienen la ventaja. No me subestimen; me pongo de mal humor cuando estoy en esta situación, idiotas...

El soldado estaba por terminar la frase, uno de los lacayos se lanzó hacia él con su lanza, intentando empalarlo en el costado izquierdo. Klaus logró esquivar el ataque, moviéndose y golpeándolo con el codo en la cara. Mientras lo hacía, el otro lacayo corrió hacia él, intentando incrustarle la punta de la lanza justo cuando derribó a su compañero. Klaus logró sujetar la lanza, deteniéndola con todas sus fuerzas, y comentó:

—Deben estar avergonzados de que un plebeyo humille sus años de entrenamiento, ¿verdad?

Mientras hombre cabello gris sostenía la lanza, el lacayo lo miró y sonrió, exclamando:

—¡No pensamos luchar en serio, pero tú lo pediste!

Klaus observó cómo una energía gris empezaba a envolver la lanza del lacayo incluso todo su cuerpo, sintiendo una gran presión. Incómodo, se apartó y esquivó el ataque, gritando:

—¿¡Qué demonios hiciste!? ¿Por qué te volviste tan fuerte?

El lacayo sonrió y lo apuntó con la lanza, que generó una onda de aire que golpeó a Klaus, lanzando objetos y haciéndolo volar varios metros hacia atrás. Klaus cayó de espaldas y se quejó por el dolor. Esto alertó al pueblo, que comenzó a encender las luces.

—¡Mierda! ¡Maldición! Tienen poderes, y no solo eso, se hicieron más fuertes físicamente. Si esto sigue así, me matarán.

Rápidamente, una voz conocida llegó de tras de el. Sin darse cuenta, Klaus fue restregado contra el suelo mientras se quejaba del dolor y comenzaba a balbucear:

—Qué demonios son ustedes... No solo eres más fuerte, sino también más rápido.

El lacayo dejó de tratarlo como un juguete y colocó la lanza cerca de su cabeza. Klaus sintió que era el fin. Su corazón palpitaba rápido mientras, con lágrimas en los ojos, recordaba a su hermano y murmuraba su nombre:

—Stefan, ojalá yo...

Mientras cerraba los ojos, escuchó una voz femenina familiar diciendo unas palabras. Abrió los ojos y vio un chorro de agua a presión golpear al lacayo que lo tenía sometido, lanzándolo por los aires y lastimándolo en el proceso. El lacayo gritó:

—Mierda, ¿Quién eres tú? Sabes que atacarnos tendrá grandes consecuencias para ti.

Klaus miró hacia la dirección del chorro de agua y reconoció a Lyra, con la palma de su mano extendida hacia ellos. Iván, algo nervioso pero molesto, y Hiroshi, vistiendo la armadura de caballero blanco que habían robado, también estaban presentes. Lyra comento:

—¡Ustedes, ¿Qué están haciendo con nuestro compañero?! ¡No puedo permitir que dañen a las personas abusando de su poder! ¡Son solo unos maleantes!

Hiroshi, levantando la espada y avanzando, exclamó:

—Si se meten con nuestro compañero, se meten con nosotros.

Klaus intentó levantarse lentamente, con dificultad y algo de sangre en la boca. Observó el rostro del lacayo, visiblemente asustado y nervioso.

—No sabía que era su compañero, señor. Por favor, él nos atacó primero. Solo queríamos... Este... Podemos olvidar esto, no le digan a los caballeros ni a mi maestro.

Hiroshi, sorprendido por lo que decía el lacayo, sonrió ligeramente.

—Si quieres que te perdonemos, podríamos hablar a solas. Solo aléjate de nuestro compañero.

Iván se acercó a Hiroshi y le susurró:

—¿Qué tratas de hacer...? Ya cayó en el engaño, ¿Por qué no dejas que se vaya? ¿Y si intenta algo?

Hiroshi respondió en tono bajo, sonriendo:

—No creo que sea así. Además, debemos sacarle algo bueno para nuestro viaje y si intenta algo mi habilidad con la espada lo pulverizara.

Mientras hablaban, el otro compañero del lacayo, al ver la situación, huyó, dejándolo atrás. Iván, Hiroshi y Lyra se acercaron a Klaus sin dejar de apuntar al lacayo. Con cuidado, lo tocaron e intentaron levantarlo, mientras Klaus se quejaba del dolor. Sus ojos comenzaron a fijarse en las gotas de lluvia que empezaban a caer lentamente del cielo.

—¡Auch! ¡Cuidado, duele! Creo que me lastimé el brazo y una costilla. Pensé que así terminaría mi vida.

Hiroshi se acercó al lacayo y le ordenó que se levantara para hablar un poco más lejos, para evitar que los habitantes del pueblo los escucharan. Iván sostuvo a Klaus mientras intentaba caminar lentamente hacia el lugar donde se hospedaban. Poco a poco, Klaus comenzó a perder el conocimiento, y lo último que escuchó fue la voz de Iván.

—Klaus, resiste, ¡casi llegamos a la cabaña! No te vayas todavía, que estás pesando mucho.

Entonces, se escucho la voz de Lyra:

—Señor Klaus, resista. Pronto lo curaremos. No lo deje caer, joven Iván.

Todo se tornó en negro. Luego, el sonido de la lluvia comenzó a llenar el vacío. Klaus despertó en la calle, con algunos moretones en el cuerpo. Se puso de pie y comenzó a caminar por la acera, adentrándose en un callejón. Un gato se asustó y las ratas huyeron a su paso. Finalmente, llegó a su casa, aquella que nunca pintaron. La puerta, vieja y asquerosa, se alzaba ante él. No podía seguir viviendo así, así que entró.

—Buenos días, me fui unos días, pero ya regresé. ¿...Uh?

Sorprendido, observó el lugar hecho un desastre. Pasó por la sala; el cuarto de su hermano estaba vacío y el suyo, completamente desordenado. Se dirigió a la cocina y encontró a su padre buscando algo sin cesar. Molesto, le preguntó:

—¡¿Qué demonios haces, viejo?!

Su padre se volteó. Era un hombre de camisa blanca de algodón, pantalón negro, cabello negro y barbilla rasurada. Se acercó directamente a él, lo sujetó y comenzó a revisar sus bolsillos mientras decía:

—Hijo, ¿tienes dinero? Lo necesito para comprar más heroína, por favor.

Mientras hablaba, Klaus sintió el penetrante olor a alcohol. No solo quería drogarse, también había estado bebiendo, aunque no lo suficiente como para intentar golpearlo a él o a su hermano.

Lo empujó mientras apretaba los puños, y su expresión de frustración junto con enojo se podía ver claramente.

—¡¿Cuándo piensas dejar eso?! Llevas ocho años siendo el mismo borracho de siempre, y desde que entramos a la preparatoria comenzaste a consumir más cosas. A veces ni siquiera teníamos dinero para comprar comida para la escuela. Dejé la escuela por tres años; fue gracias a mi hermano que regresé. Intenté no recaer en el alcohol solo por él. Tuvo que trabajar, sacrificando sus estudios. Espera... un momento.

Se detuvo de golpe. Con el ceño fruncido, le preguntó a su padre dónde estaba su hermano.

—El desgraciado se fue, solo porque me encontró buscando en su cuarto. Míralo, dejando al hombre que le dio hogar y comida. Sin mí, no sería nada.

Klaus se quedó paralizado, sintió un escalofrío recorrer su espalda y, sin pensarlo, corrió hacia la puerta. Salió apresurado y, de repente, una luz intensa cegó sus ojos. Luego, todo se apagó; la oscuridad lo envolvió por completo. Lentamente, una voz comenzó a escucharse en la penumbra.

—Klaus, despierta... Oye, ¿qué paliza te dieron esos sujetos? ¿No crees?

Abrió los ojos y se encontró en un sofá cerca de una chimenea. Vio a Hiroshi poniéndole vendas en la mano. Intentó levantarse un poco, pero no pudo. Iván, desde un rincón, comentó:

—No lo hagas, Klaus, te puedes lastimar. No seas tan impulsivo.

Mientras tanto, Hiroshi, con un tono tranquilo, añadió:

—Por suerte te rescatamos, ¿no crees? Pero no solo nosotros merecemos las gracias. Lyra fue increíblemente fuerte con su magia; derrotó a ese tipo sin problemas. Seguro ella nos ayudará enseñándonos sus habilidades. Nadie del grupo volverá a pasar por lo que pasaste, ¿Verdad, Lyra?

Lyra respondió con una voz suave y una ligera sonrisa:

—Claro, joven Hiroshi. Puedo enseñarles lo que sea posible una vez que me digan cuándo están preparados...

Klaus suspiró y, con dificultad, habló:

—¿Por qué me salvaron si no ganaban nada?

Iván, mientras comía carne y pan, respondió:

—Porque... eres nuestro compañero...

Klaus los miró a los tres y luego se dio la vuelta, dándoles la espalda. Cerró los ojos.

—Gracias, chicos, sobre todo a ti también, Lyra.

Iván y Hiroshi sonrieron, mientras Lyra, conmovida por sus palabras, también sonrió tiernamente. Mientras tanto, por la ventana, la lluvia caía con intensidad...

Continuará...

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