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Bajo el Velo de la Ciudad

Traficados a otro mundo · por Entidad multiversal · 23 de julio de 2026

El bullicio de las calles me había envuelto por completo. El traqueteo de las carrozas, tiradas por criaturas peludas cuyos dientes sobresalían grotescamente de sus bocas, se entrelazaba con el griterío de los vendedores, cada uno compitiendo por captar la atención de los transeúntes. El aire se hallaba saturado por el constante repique de las campanas, un sonido que parecía fundirse con el caos urbano.

De repente, una voz cercana me arrancó de mi asombro. Me giré hacia ella, desconcertado:

—Bueno, ¿ahora qué? Llevamos ocho minutos caminando sin rumbo. Además, me acabé los cigarrillos, y esta maldita armadura ya me está matando. Este lugar huele horrible. Creo que estoy alucinando por la falta de nicotina; hace un rato vi a una zorra andrógina. ¡Esto está empeorando cada vez más! ¡Necesito mis cigarrillos!

En ese momento, había visto a Iván cubrir rápidamente la boca de Klaus, que se encontraba visiblemente alterado. Me percaté de que varias personas nos observaban, y, peor aún, un caballero nos miraba con atención. Decidí intervenir para desviar las miradas curiosas.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Solo es que el sol le ha afectado un poco la cabeza. ¿Podrían ignorarlo, por favor?

Las miradas curiosas se desvanecieron mientras algunas personas murmuraban, y el caballero se alejaba. Iván y yo llevamos a Klaus a un callejón cercano. Una vez allí, le di un golpe suave en la cabeza, visiblemente molesto.

—¡¿No ves que llamaste demasiado la atención?! ¿¡Qué habríamos hecho si vienen los caballeros o los guardias!? ¡Estaríamos en graves problemas! Y seguro que ya se dieron cuenta de que los guardias fueron noqueados. Necesitamos deshacernos de estas armaduras pronto.

Cerré los ojos y me quité el casco. Luego los miré a ambos con una expresión cansada, pero noté que Klaus observaba seriamente a Iván. Entonces soltó una pregunta:

—Te he notado muy callado, gordito. Creo que es momento de que aportes algo, ¿no crees? ¿Tienes alguna idea sobre cómo conseguir un refugio o, al menos, algo de dinero?

Iván tembló un poco ante la pregunta, pero intentó guardar la calma. Nos miró y luego respondió, lentamente:

—Eh... perdón, solo me sentía incómodo. Mientras caminábamos, noté que la gente murmuraba al mirarme, probablemente por mi ropa. Ustedes se salvaron gracias a las armaduras. En cuanto a encontrar un lugar donde quedarnos, ¿no tendríamos algún privilegio por ser caballeros?

Mostré una expresión de duda. Me sorprendía no haberlo pensado antes, así que respondí:

—¿Qué tipo de privilegios?

Iván respondió con algo de timidez y luego cerró los ojos mientras nuestra atención se centraba en él:

—Este... mi padre es policía, y me contó que a veces los oficiales reciben un capuchino gratis en cafeterías, les dejan entrar a bares sin costo o les dan boletos gratis. ¿No es lo mismo para los caballeros?

Cerré los ojos un momento y luego los abrí con una expresión más relajada.

—Quiero creer que sí, pero nada asegura que no nos estén buscando. Podrían reconocernos en cualquier momento.

Klaus, sentado en el suelo y con una expresión más distendida, intervino:

—Si fuera así, el caballero que nos vio antes habría sospechado de nosotros, especialmente del gordito. Además, lo que dice el gordo tiene sentido. Si nos hacemos pasar por caballeros, podríamos obtener un trato especial, especialmente si este mundo sigue un sistema feudal.

Iván, algo molesto y con una mirada intensa, respondió a la falta de respeto del hombre de cabello gris:

—No me llames gordito, tengo nombre.

Klaus se levantó lentamente, ajustando su casco, y soltó un suspiro.

—Qué aguafiestas eres. ¿Eres de esos niños de cristal? Mejor no perdamos el tiempo y vamos a buscar una posada, pero lejos del edificio del que salimos. Así evitaremos que nos encuentren rápidamente cuando descubran que escapamos y herimos a algunos de los suyos.

Nos pusimos los cascos y, con cautela, caminamos a paso rápido, observando cada rincón, aunque no lográbamos entender los letreros ni los productos. Finalmente, llegamos a un edificio del que salía una pareja algo borracha. El letrero se encontraba en un idioma desconocido para nosotros. Un hombre salió con una botella de cerveza, y ninguno de nosotros se atrevía a preguntar, así que me decidí.

—Bueno, supongo que yo me encargaré. ¡Hola! Buenas tardes, señor. ¿Podría decirnos dónde hay un lugar donde podamos hospedarnos o algún sitio donde podamos comer algo?

El hombre calvo, con barba blanca y un fuerte olor a cerveza, se mostró asustado y tartamudeó:

—¡No me lastimen, por favor! ¡No he hecho nada malo en seis años! Si les doy todo lo que tienen, ¿prometen dejarme ir?

—Emmm... sí, supongo... si nos dice la información que le pedimos, señor.

El hombre viejo, temblando y con un fuerte olor a alcohol nervioso, respondió:

—Hay una posada en la calle Medregal y otra cerca de la iglesia Santa Cruz, si buscan algo más lujoso. Pero este lugar en el que estoy también sirve comida excelente y bebidas deliciosas. Además, tienen habitaciones para pasar la noche.

Justo en ese momento, un hombre gordo e inconsciente salió volando por la puerta del bar. Todos quedamos sorprendidos. Entonces alcanzamos a notar que el hombre barbudo había desaparecido; probablemente había huido. Iván me agarró de la armadura, preocupado.

—Esto no me gusta nada. Este bar parece peligroso. ¿Y si está controlado por gente de los barrios bajos? Podría ser un lugar peligroso.

Iván estaba sudando, claramente nervioso. Me fijé en que Klaus ya no estaba a nuestro lado.

—Espera, ¿Dónde está Klaus? ¿Se asustó o tal vez...? ¡Ay, no...!

Escuchamos la voz de Klaus proveniente del interior del bar. Iván y yo entramos rápidamente. La cantina tenía ocho mesas de madera, algunas ocupadas por hombres que bebían. Una escalera al segundo piso parecía llevar a las habitaciones. Una mujer con cabello largo castaño y un delantal se acercó a nosotros al vernos.

—¡Bienvenidos al bar Cisne Negro! Un gusto, caballeros del León Blanco. Espero que estén bien. No es común recibir a personas de su clase. Permítanme arreglar todo esto, mil disculpas.

La mujer se apresuró a hablar con el cantinero, y ambos parecían nerviosos. Las personas en las mesas se levantaron y salieron, evitando mirarnos. Klaus estaba en la barra, bebiendo una cerveza que el cantinero le había servido.

Tras tomar un trago de cerveza, se limpió la boca con el dorso de la mano. Klaus comentó:

—Seguro se fueron porque tienen problemas con la ley o no quieren meterse en problemas. Es normal en estos lugares; por eso el ambiente está tan tenso.

Observé al cantinero y a la mujer, ambos visiblemente nerviosos. Sonreí y tosí para suavizar el ambiente.

—Bueno, vamos a cambiar de plan. ¿Podría darnos una habitación y llevarnos comida allí? Necesitamos hablar de asuntos importantes.

La mesera, con una sonrisa nerviosa, levantó la mano para indicar la dirección sin mirarnos. Tomé a Klaus por el cuello de su armadura y lo arrastré hacia la escalera.

—¡Esperen! ¡He derramado un poco de mi cerveza! ¡Quiero quedarme aquí y tomar más!

Subimos las escaleras y encontramos seis habitaciones alineadas en el pasillo. La mesera abrió la última, cerca de la ventana. Al entrar, vi una habitación sencilla: una ventana que dejaba entrar luz, dos camas con mantas dobladas, una lámpara que proyectaba un brillo suave, sillones en el centro y una mesa. Klaus ya se estaba quitando la armadura, mientras Iván se dirigía a una puerta al fondo. El sonido del agua corriendo indicó que había encontrado el baño.

—Aaah, al fin agua. Me sentía sudado e incómodo. ¿Eh? ¡Hay algo parecido al jabón aquí! Eso es genial; al menos hay algo de higiene en este lugar.

Exclamó Iván desde el baño. Esperé sentado mientras aguardaba mi turno. Justo vi salir a mi compañero del baño; se dirigió a los cajones en busca de ropa. Optó por un pantalón de tela café y una camisa blanca. Mientras tanto, yo me dirigí al baño. Al abrir la ducha, el agua estaba tan fría que me sorprendió, pero su frescura fue un alivio. Hablé en voz alta mientras me bañaba.

—Bueno, al menos ahora podemos descansar. Pudimos salir de ese lugar. ¿No creen que es extraño? La ciudad parece muy atrasada tecnológicamente en comparación con la base donde nosotros escapamos. Es bastante raro. Pero bueno, debemos enfocarnos en que no nos atrapen y tal vez saber por qué estamos aquí. Hay que idear un buen plan o encontrar una forma de infiltrarnos.

Iván respondió tímidamente:

—Pero será casi imposible ahora, después de lo que Klaus hizo con esos hombres... Seguramente buscarán venganza y nos rastrearán. Además, había muchos soldados y esos lagartos... Quizás ahora que estamos limpios y fuera del lugar, no podrán detectarnos a menos que tengan algo con nuestro olor.

Salí del baño, vestido con un pantalón café y una camisa gris. Me senté en un sillón junto a Iván, que ya estaba acomodado. De repente, oí el sonido de la puerta del baño cerrándose y la voz de Klaus al otro lado:

—Olvídalo. Solo salimos por suerte. Nadie imaginó que había un tubo hueco en el montículo de tierra del parque que pudimos usar para escapar. Cuando descubran que alguien ha huido, reforzarán la seguridad y nos buscarán por toda la ciudad. Incluso podrían cerrar la ciudad para atraparnos.

Iván puso cara de miedo cuando alguien tocó la puerta. Me acerqué y pregunté:

—¿Sí? ¿Quién es? ¿Se le ofrece algo?

Escuché la voz suave de la mesera pidiéndonos permiso para entrar con la comida. Abrí la puerta y la dejé pasar. Ella entró con cautela, llevando una bandeja con un apetitoso aroma a pollo frito, acompañado de verduras y panecillos recién horneados. La mesera, visiblemente nerviosa, comentó:

—Disculpen, es lo único que tenemos hoy. Tuvimos mucha clientela esta mañana.

Klaus había salido del baño, limpiándose las manos con un trapo que luego usó para secarse. Me despedí de la mesera y me dirigí a la mesa.

—Entonces, debemos salir de la ciudad rápidamente. Necesitamos víveres, comida para llevar y dinero. Todo esto lo conseguimos solo por llevar nuestras armaduras.

Klaus comentó mientras se pasaba el trapo por el cabello, intentando secarse con prisa.

—Solo tuve que darles mi medallón de caballero para obtener estos beneficios. También pedí cigarrillos, pero no sabían qué era. Dios, ¿por qué...? Este mundo me odia. Solo quiero regresar a nuestro mundo...

Vi a Klaus cubrirse la cara con las manos, desesperado. Iván ya había comenzado a comer un pan con rapidez. Entonces comenté:

—Sí que tenías hambre, Iván. Vamos a recuperar energías. Por cierto, necesitamos sacar información de la camarera y el cantinero sobre esta ciudad. Tal vez tengan un mapa o datos sobre el lugar de donde escapamos. Pero la prioridad ahora es salir de esta ciudad y, una vez afuera, elaborar un plan para regresar a nuestro mundo...

Iván y Klaus me miraron fijamente, lo que me hizo sentir incómodo y trajo a mi mente malos recuerdos. Finalmente, les pregunté:

—¿Por qué me miran así? ¿Tengo algo en la cara?

Ellos me miraron con molestia y, al unísono, respondieron:

—¡Nunca nos dijiste tu nombre! Sabes el de nosotros, pero no sabemos nada de ti.

Me sorprendí al principio, pero rápidamente me relajé y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

—Creo que es momento de conocernos. Bueno, me llamo Hiroshi, tengo 22 años. Soy de Tokio, Japón. Llevo dos años viviendo en EE.UU. debido a un trabajo importante en una empresa, para enviarle dinero a mis padres. Mi padre ha estado enfermo últimamente. Tengo un hermano mayor y una hermana menor que yo.

Klaus dejó escapar un comentario cargado de sarcasmo:

—Ya sabíamos que eras chino, pero no imaginamos que llevabas tan poco tiempo en América. Tu forma de actuar es muy diferente a la de los asiáticos que he conocido.

Me molesté cuando Klaus me llamó "chino" en vez de japonés, como si fueran lo mismo, y le respondí:

—¡Soy japonés! Es muy diferente a ser chino. Tenemos tradiciones y maneras de ser distintas.

Klaus, mientras comía una alita de pollo, se mostró sarcástico.

—Sí, sí, lo que digas. En fin, supongo que ahora me toca a mí, ¿no?

Iván y yo lo observamos con total atención; cada palabra que iba a decir nos tenía al borde de la curiosidad. Queríamos entender qué experiencias habían moldeado a este hombre para convertirlo en el amargado que teníamos delante. Entonces, Klaus comenzó a hablar:

—Bueno, mi nombre es Klaus, tengo 34 años...

Lo interrumpí con un tono burlón:

—Tan viejo... ya veo por qué estás de mal humor.

Klaus se molestó y alzó la voz con expresión contrariada.

—¿¡Me vas a dejar hablar?! Como te decía, tengo 34 años y soy de Múnich, Alemania. Me mudé a América por razones personales que prefiero no mencionar. Ahora estoy desempleado, probablemente porque me despidieron... Siempre estoy cambiando de trabajo. Tengo un hermano del que no sé nada desde hace 10 años, y solo tengo a mi padre, a quien no he visto en mucho tiempo. Eso es todo.

Iván tragó saliva; su mirada dejaba ver sus ganas de soltar algo. Entonces, al fin, lo hizo. Fue una pregunta bastante curiosa:

—¿Algo pasó entre tú y tu hermano para no haberse visto en una década? Parece que no te interesa mucho...

Klaus lo miró con irritación, luego desvió la mirada, como si no quisiera seguir observándolo.

—No es asunto tuyo. No responderé más preguntas. Y tú, gordito, ¿no vas a presentarte? Me gustaría saber más sobre tu vida, seguro que tiene algo interesante.

Con su tono burlón característico, Klaus intentaba desviar la conversación. Iván, incómodo y visiblemente nervioso, temblaba un poco cuando intentaba responder; las palabras le salían entrecortadas bajo la mirada intimidante de Klaus. Notando esto, decidí intervenir para romper la tensión y darle a Iván un respiro.

—¡Klaus, no lo presiones! ¡Déjalo en paz!

Klaus suspiró, luego se estiró en el sillón y se acomodó mirando hacia arriba mientras respondía:

—Listo, chico, ya no te molestaré. Ahora escupe lo que tengas que decir.

Iván se calmó, se rascó la mejilla y me miró. Le sonreí para tranquilizarlo. En eso, procedió a presentarse, mirando hacia el suelo.

—Bueno... Me llamo Iván, tengo 25 años. Tengo un hermano menor y estoy terminando la universidad. Me gustan los animales; estudio biología. Mis padres están bien y sigo viviendo con ellos.

Klaus interrumpió con un comentario despectivo:

—A esa edad, ya había tenido mi primer trabajo y había hecho muchas cosas mas. ¿Acaso tus padres te mantienen y nunca has tenido novia?

Iván respondió casi de inmediato, su voz temblorosa traicionando el nerviosismo que intentaba disimular. Su mirada se desvió por un momento, como si buscara una salida, y sus palabras salieron con dificultad, evidenciando su incomodidad.

—No es eso. Trabajé varios años para pagar mi universidad. Pero sí, es verdad que me tomé más tiempo del esperado.

Vi a Iván mirando al suelo, con las manos apretadas sobre sus piernas. Interrumpí para reconfortarlo.

—Lo importante es que termines tus estudios y encuentres un trabajo para ayudar a tus padres. Además, eres joven, tienes toda la vida por delante.

Coloqué mi mano en su hombro, e Iván me sonrió levemente.

—Gracias, Hiroshi. Lo aprecio mucho.

Klaus se incorporó, bostezó y comentó:

—Bueno, basta de presentaciones. Tenemos que salir de aquí. Debemos ponernos las armaduras para pasar desapercibidos. Gracias a ellas, tenemos ciertos privilegios.

Miré a Klaus y le di la razón comentando:

—Tienes razón. Ahora le diré a la camarera que nos prepare algunas mochilas con comida. Tal vez haya algún puesto donde comprar suministros.

Iván interrumpió de repente la conversación, dejando escapar algunas palabras antes de preguntar, con evidente curiosidad.

—Este... ¿Qué moneda se usa en este mundo?

Klaus, mientras se ponía la tobillera de la armadura, explicó:

—Parece que la moneda de este mundo se llama vernalines. La comida que compramos costó más de 2000, y el hospedaje, 20,000. Los medallones también sirven como tarjetas de crédito. Los dueños de la taberna deben ir personalmente a retirar el dinero. No nos pueden dar el medallón hasta que lo retiren mañana.

Entonces comenté mientras me ponía la armadura:

—Si esperamos hasta la noche, podrían empezar a buscarnos o intentar bloquear las salidas. Pero, ¿no dijeron que no podíamos irnos sin el medallón? Tengo un medallón también. Solo les diremos que iremos de compras. Problema resuelto.

De repente, un grito agudo resonó desde la planta baja.

—¡Kyaaaaaaaaa!

Escuche el grito entonces con pánico pensé: ¿Nos han descubierto? ¿Qué hacemos ahora? El instinto de pánico se apoderó de mí, pero me obligué a mantener la calma. Quizás no sea nada, tal vez solo sea un borracho desorientado. Klaus, en silencio y con la mirada fija en la puerta, se movía con la precisión de un depredador. Iván, al borde del colapso, se cubrió la boca para evitar que el grito escapara. Entonces dije con firmeza:

—No se muevan. Voy a revisar. Les daré la señal si veo algo sospechoso.

Abrí la puerta con cuidado, que crujió levemente. Avancé por el pasillo de paredes color café; el suelo de madera crujía bajo mis pies mientras me acercaba a las escaleras que descendían hacia la cantina. Me detuve en el borde de la escalera, lo suficientemente cerca para que pudieran notar mi presencia. Desde allí, vi a un grupo de seis figuras envueltas en capas azules con togas blancas. Susurros llenaban el aire, pero una voz en particular destacó, captando mi atención.

—Disculpen la molestia, no tenemos dónde dormir. Solo queremos descansar un poco, prometemos no causar problemas.

La mesera, visiblemente nerviosa, se escondía detrás del cantinero, quien respondió:

—No quiero involucrarme con ustedes. Los oradores solo traen problemas con sus artefactos raros; maldicen los hogares en los que se hospedan. Además, hay caballeros aquí. Si no se van, llamaré a los caballeros y los encerraré.

El cantinero agarró una escoba con firmeza, listo para defenderse. De repente, una voz femenina surgió del grupo. Una figura se bajó la capucha era una joven con cabello blanco cortado en un bob asimétrico, con un moño de mariposa adornando su flequillo largo en el lado derecho de su cara. Con una calma serena, habló:

—No dañe a mi padre. No queremos causar problemas ni iniciar escenas violentas. Si hay caballeros aquí, buscaremos otro lugar para hospedarnos.

Me puse el casco de caballero, bajé completamente las escaleras y me planté frente al grupo, con la mano extendida en señal de detención.

—No será necesario. ¡Esperen!

Me coloqué frente a ellos, listo para enfrentar la situación.

Continuará....................

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