Nos deslizamos por la estrecha abertura, y con un último esfuerzo, logré adentrarme en el alcantarillado. Al caer dentro, el oscuro pasadizo me envolvió, dejando que solo el sonido de nuestras respiraciones. Encendimos nuestros celulares, pero la luz tenue apenas lograba romper la densa oscuridad que nos rodeaba. Un hedor penetrante me golpeó de inmediato, obligándome a cubrirme la nariz; era una mezcla nauseabunda de descomposición que amenazaba con hacerme vomitar.
El suelo, que alguna vez cruzó agua subterránea, ahora estaba seco y desolado, un reflejo de lo que había sido esta red de túneles. No sabía si las alcantarillas estaban conectadas a la ciudad; Aun así, había que intentarlo. Intentaba moverme lentamente, con cuidado.
Mientras caminaba, Klaus rompió el silencio con un grito arrepentido y urgente que me tomó completamente por sorpresa, haciendo que los latidos de mi corazón se aceleraran.
—¡¿Qué diablos estás mirando?! ¡Corre! ¡La entrada se está cristalizando, igual que las paredes! ¡Vamos!
Corrí, el eco de nuestros pasos resonando en los muros del túnel mientras la transformación en cristal avanzaba detrás de nosotros. El pánico me impulsaba, pero intenté mantener la calma.
—¡Debemos seguir al norte! ¡No se separen! Si mantenemos el rumbo, llegaremos al lago. Mientras no haya desvíos, todo estará bien.
Grité mientras seguíamos avanzando después de lo que parecieron interminables minutos, la formación de cristales finalmente se detuvo. Reducimos la velocidad, conscientes de la necesidad de conservar energía, y caminamos con cautela. La tensión se mantenía en el aire, una constante amenaza latente.
Al llegar a un muro de tierra, mi corazón se hundió. Toqué la superficie, sintiendo su inestabilidad. Klaus no tardó en expresar su frustración.
—Genial, un callejón sin salida. ¿Y ahora qué? Volver es imposible, todo está cristalizado. Nunca pensé que moriría en un alcantarillado... y menos así.
Iván trató de animarlo, pero yo sabía que teníamos que actuar rápido. Golpeé la pared con fuerza, apenas logrando hacer un pequeño agujero.
—Hay que empujarla juntos. Parece que es solo un pequeño derrumbe.
Les dije con determinación, intentando infundirles ánimo. Sin más palabras, comenzamos a embestir la pared de tierra. Sentí la presión arremeter contra mis hombros, pero no me detuve. Poco a poco, la luz empezó a filtrarse entre las grietas, y con un último esfuerzo, la pared cedió, revelando el exterior.
A pesar del agotamiento, trepé un poco y miré con cautela. Habíamos logrado salir del parque, pero la escena que se extendía ante mí llenó mi mente de preguntas. Una capa de cristal cubría la mayor parte del parque, dejando un pequeño espacio sin cubrir. Entonces pensé: ¿Por qué no cristalizaron todo? ¿Quizás no contaban con estructuras subterráneas como esta?
Al mirar más allá, noté un piso a unos cinco metros de altura. Calculé que podríamos bajar con cuidado.
—Tendremos que descender con cuidado. Nos daremos las manos, y el último tendrá que ser ayudado desde abajo.
Klaus e Iván se acercaron, observando los alrededores. Iván fue el primero en señalar algo inusual.
—¿Esa es una puerta a la derecha? Parece que algunos tipos salieron de allí.
Dijo mientras usaba la cámara de su celular, ajustando la lente para obtener una mejor visión. Las imágenes capturaban a un hombre alto con una capa, quien parecía usar un extraño medallón para desbloquear una puerta. Su acción era precisa, como si el objeto fuera clave para algún tipo de verificación. Reflexioné rápidamente sobre lo que aquello podía implicar y, tras una breve pausa, comentó:
—Necesitamos conseguir uno de esos medallones y hacernos pasar por guardias para evitar que nos persigan. No será fácil. Si bajamos, nos verán, pero tal vez podamos esperar una oportunidad.
De repente, un sonido cercano nos alertó. Un puente se estaba bajando, y varios soldados aparecieron con un lagarto, olfateando el aire. Me agaché rápidamente, señalando a los demás que guardaran silencio entonces susurré:
—Mierda, está demasiado cerca nos puede oler.
Iván, sin embargo, mantuvo la calma.
—Dudo que note nuestro olor. Después de todo, estuvimos en las alcantarillas. Solo olemos a basura.
Me aseguré, y al observar mejor, vi que el lagarto y el soldado se estaban retirando. El alivio fue breve, pues otro puente comenzó a descender. Esta vez, dos caballeros bajaron con una carreta, acercándose peligrosamente a nuestra posición. Entonces pensé: ¿Cómo podemos quitarle el medallón? ¿Qué pasa si nos intentan atacar con sus espadas? Esto es complicado.
Fue en ese momento cuando escuché una voz que me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué tal si los noqueamos antes de que puedan pedir ayuda? Están distraídos, no se esperarán un ataque sorpresa.
Al escuchar eso, me quedé en blanco. No me gustaba usar trucos tan sucios... pero al parecer a él no le importaba. Accedí con vergüenza, y entonces escuché a Klaus comentar:
—Primero hay que tirarles algo pesado para, por lo menos, tumbarlos e inmovilizarlos. Si eso no es suficiente, usaré la palanca que encontró Iván para golpearlos.
Mientras mirábamos qué usar para derribar a los caballeros, nos habíamos quedado sin opciones. De repente, Klaus fijó su mirada en Iván, quien se puso nervioso,
Entonces, con un tono cargado de preocupación, intenté oponerme a la idea. Aquello no solo parecía arriesgado, sino que podría poner a Iván en peligro. Si algo salía mal, todo habría sido en vano.
—¡Deberíamos pensar en otro plan! ¡Tirar a Iván podría terminar muy mal!
Entonces, Iván asintió con determinación. Con una mezcla de coraje y miedo, exclamó:
—¡Lo haré! ¡Quiero ser de ayuda!
Al ver que, a pesar de su temor, estaba dispuesto a colaborar, sonreí, reconociendo su valentía. Me ofrecí a saltar junto con él para asegurarnos de que el plan funcionara. Cuando los caballeros estuvieron justo debajo, Klaus empujó a Iván, quien cayó sobre ellos, logrando tumbarlos al suelo. Los caballeros intentaron incorporarse, pero los sorprendí saltando sobre sus cabezas, dejándolos completamente aturdidos.
Klaus bajó rápidamente, quitándoles los cascos y terminando el trabajo con un golpe certero.
—Lo siento, pero tuvieron mala suerte al toparse con nosotros.
Él lo dijo con frialdad, mientras comenzábamos a revisar la carreta. Fue entonces cuando encontré lo que necesitábamos: una cuerda larga, perfecta para nuestro plan.
—Vamos, subamos los cuerpos antes de que alguien más venga.
Con esfuerzo, comenzamos a levantar a los caballeros y subirlos por la alcantarilla.
El trabajo fue agotador, pero finalmente los cuerpos estaban dentro, y comenzamos a quitarles las armaduras, preparándome para el siguiente paso de nuestra peligrosa misión.
Mientras observaba las dos armaduras tiradas en el suelo, no pude evitar soltar un suspiro de resignación.
—Bueno, solo hay dos supongo que Klaus y yo nos vestiremos con las armaduras. Al menos podremos entrar perfectamente en ellas.
Iván, visiblemente nervioso, empezó a quejarse exclamando:
—¿Y yo qué? ¿Cómo le haré para pasar desapercibido? Sé que estoy un poco pasado de peso, pero tampoco es para tanto.
Klaus, siempre pragmático, lanzó una mirada hacia la carreta que teníamos cerca.
—Podremos vaciar todo lo que hay en la carreta y llevarte tapado por allí, pero asegúrate de no moverte mucho, o estropearás el plan.
Mientras continuábamos hablando, me arrodillé para empezar a quitarle la armadura al caballero inconsciente que yacía frente a nosotros. Primero le retiré el casco. Al hacerlo, noté un tatuaje en su cuello que representaba un león. Me detuve por un instante, intrigado por el diseño y lo que podría significar, pero luego sacudí la cabeza para centrarme en la tarea y seguí despojándolo de la armadura, pieza por pieza, hasta dejarlo completamente sin ella.
Tomé las partes que me correspondían y empecé a vestirme. La armadura me quedaba algo holgada, incómoda en algunos puntos, pero era mejor que no llevar protección alguna. Luego intenté cargar la espada que el caballero había llevado consigo, pero tan pronto como la sostuve, sentí su peso descomunal. Apenas podía mantenerla en posición. Klaus, por otro lado, parecía hecho para portar la armadura. Cada pieza encajaba en su lugar con sorprendente precisión, y su porte al llevarla era natural, casi imponente.
—Bueno, ahora hay que bajar. Ya saben lo que debemos hacer. Iván, sujeta bien la cuerda mientras descendemos. Con estas armaduras, podríamos perder el equilibrio si no tenemos cuidado.
Dije, sintiendo el peso de la armadura que hacía mis movimientos torpes y lentos Iván asintió, sus manos temblorosas mientras sostenía la cuerda. Klaus y yo comenzamos a descender, cada paso más pesado que el anterior, pero finalmente logramos llegar a la carreta sin ser vistos. Nos apresuramos a descargar las estatuas que había dentro para hacer espacio para Iván. Una vez que todo estuvo listo, lo ayudamos a bajar de la alcantarilla y lo subimos a la carreta, cubriéndolo con un manto grueso.
—Recuerda intenta hablar con el mismo acento si te saludan, ¿ok? Debemos llegar a la puerta, y estos medallones son nuestra única esperanza.
Miré el medallón que llevaba colgado, intrigado por la imagen del león rodeado de diamantes.
—Curioso que el medallón tenga la imagen de un león con diamantes. ¿Será algún símbolo religioso o patriótico?
Klaus, siempre el más enfocado, me interrumpió bruscamente comentando:
—Calla, no es momento para teorías no tenemos tiempo que perder vamos rápido.
Me incomodó su respuesta mientras seguíamos caminando. Finalmente llegamos a la puerta y vi el lugar donde se debía usar el medallón; Era un hueco pequeño, apenas visible. Con cuidado, lo inserte y, al instante, escuche el sonido de engranajes en movimiento, abriendo la puerta ante nosotros. De pronto, escuchamos un puente descendiendo del parque, y varios soldados, acompañados por un lagarto gigante.
—Vamos rápido, si nos confiamos, podrían descubrirnos.
Cruzamos la puerta y entramos en un largo pasillo adornado con estatuas de cabezas de leones. A medida que avanzábamos, el sonido de nuestras pisadas se mezclaba con el murmullo de conversaciones lejanas. Al llegar al final del pasillo, nos encontramos en una gran sala donde muchas personas iban y venían. Entre ellos, caballeros con armaduras similares a las nuestras y otros con uniformes blancos decorados con rayas púrpuras. Había varias entradas que llevaban en diferentes direcciones: unas escaleras descendían, otro pasillo seguía recto, y otras escaleras subían a un nivel superior. A lo lejos, un grupo de caballeros conversaban entre ellos, y supe que teníamos que sacarles información sobre la salida.
—Tenemos que saber dónde está la salida tendremos que hablar con ellos, pero debemos ser cuidadosos. No podemos levantar sospechas.
Klaus, seguro de sí mismo, dio un paso al frente, apartándome con suavidad.
—Yo me haré cargo usaré el viejo truco que me ha salvado más de una vez.
Lo observé, nervioso, mientras se acercaba a los soldados. Mi mente se llenaba de dudas, preguntándome qué les diría, si podría imitar bien el acento, si lograría engañarlos. Klaus llegó hasta ellos y, con una voz tranquila, tocó el hombro de uno de los caballeros.
—¿Se te ofrece algo?
Preguntó el caballero, mirándolo fijamente.
—Perdón, es que quiero saber dónde está la salida. Soy nuevo y me siento muy mal, necesito aire fresco.
El caballero lo miró un momento, evaluándolo, antes de señalarle las escaleras que subían.
—Ve rápido, en una hora traerán otro pedazo de estructura con el teletransportador para convertirlo en energía.
Unos sentimientos de pena se manifestaron al ver que Klaus había logrado engañarlos, y nos apresuramos con la carreta hacia las escaleras. Iván permaneció en silencio, tal como le habíamos indicado. Subir las escaleras con la carreta fue una tarea ardua, y mientras luchábamos con el peso, de pronto escuchamos una voz a nuestras espaldas diciendo:
—¿Necesitan ayuda?
Dijo un joven con ojos color miel, cabello rubio y un traje blanco con un emblema de león en el pecho. Una espada colgaba de su costado, y su mirada era a la vez amistosa y curiosa.
—Este... no hay problema, podemos hacerlo. Tranquilo, tenemos prisa a si que....
El joven sonrió, bajando un poco las escaleras mientras nos observaba con detenimiento.
—Tonterías. Es evidente que están agotados y que el trabajo que realizan los está llevando al límite. Si siguen moviendo la carreta de esa manera, terminarán lastimándose. Eso no solo perjudicaría su desempeño, sino también a quienes dependen de ustedes sus familias, sus compañeros... ¿Es eso lo que quieren?
Su comentario, aunque amable, estaba cargado de una advertencia llena de verdad. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda mientras Klaus y yo intercambiábamos miradas, conscientes de que no podíamos permitirnos fallar.
Mientras Iván trataba de mantenerse inmóvil y en silencio dentro de la carreta, observé con asombro cómo el joven rubio la levantaba desde abajo con una facilidad que no parecía natural. Klaus y yo intercambiamos miradas de incredulidad, sorprendidos por la fuerza que demostraba aquel chico. En ese instante, una parte del cuerpo de Iván quedó al descubierto, y rápidamente ajusté la tela para volver a cubrirlo. Sin decir nada más, el joven cargó la carreta sin esfuerzo hasta el final de las escaleras y la bajó.
—Gracias, chico. Nos ahorraste un buen trabajo Para ser tan joven, eres increíblemente fuerte. Nunca había visto algo así.
El hombre rubio sonrió con tranquilidad y, con un tono relajado, respondió:
—No hay de qué. Ayudar siempre es un placer. Aunque, siendo honestos, es un comentario curioso viniendo de ustedes. Lo que realmente me intriga es... ¿por qué no usaron el ascensor de la entrada? Es mucho más práctico y no tiene escaleras. ¿No sabían que estaba ahí?
Nos quedamos sin palabras, una incomodidad creciente se apoderó de mí. Klaus, tratando de manejar la situación lo mejor que podía, intentó salir con su forma habitual.
—Perdón, es que somos nuevos... literalmente. Pregunté y solo me dieron esta ruta.
Ambos intentamos mantener la compostura mientras el nerviosismo se instalaba en nosotros. Aproveché la pausa para agradecerle de nuevo.
—Gracias por la ayuda. No sé cómo te llamas, pero te estamos profundamente agradecidos.
El joven rubio volvió a sonreír, sacó algo de su bolsillo y nos lo entregó. Era una hoja de papel que parecía ser un mapa.
—Este es un pequeño mapa que muestra las secciones de esta parte del edificio. Así no se perderán. Si quieren el mapa completo, solo los nobles de alto rango pueden obtenerlo. Por cierto, me llamo Alistair, de la familia Leónhart. Mucho gusto. Hace una semana me transfirieron a esta base.
Mientras lo escuchaba, tomé el mapa y lo examiné brevemente. Algunas palabras eran completamente desconocidas para mí, mientras que otras me resultaban vagamente familiares. Con cuidado, guardé el mapa en mi bolsillo.
—Gracias, Alistair. Estamos en deuda contigo, pero debemos seguir. Cuídate.
Agarramos la carreta y continuamos avanzando, guiándonos por el mapa. En ocasiones, nos perdíamos en los pasillos complicados. Intentamos evitar el contacto verbal y visual con cualquiera que pase, pero al final llegamos a una puerta enorme custodiada por dos guardias. Uno de ellos dormía en una silla, mientras que el otro estaba alerta. Klaus, visiblemente agotado, soltó un suspiro de alivio.
—Mierda... Al fin nos largaremos de este maldito lugar. Seremos libres y podremos quitarnos estas apestosas armaduras.
Nos acercamos a los guardias. A pesar de ser una entrada principal, el lugar estaba extrañamente vacío. Klaus intentó iniciar la conversación, mencionando que se sentía mal y que tenía que ver a alguien afuera. Pero el guardia despierto se fijó en la carreta y, con desconfianza, preguntó:
—Si solo van a tomar aire fresco y ver a alguien, ¿por qué necesitan llevar esa carreta? Parece que trae algo importante.
El pánico se apoderó de mí. No habíamos pensado en una excusa para la carreta. Klaus, improvisando, entonces respondió:
—Es un regalo para la persona que nos espera afuera. Queríamos darle una sorpresa.
El guardia suspiró y se acercó a la carreta.
—Quiero ver qué hay en esa carreta. No se muevan.
Sentí que el corazón se me detenía mientras el guardia se inclinaba para levantar la tela que cubría la carreta. Antes de que pudiera reaccionar, Klaus actuó rápidamente, golpeando al guardia con el mango de su espada en la cabeza. El guardia cayó noqueado, al ver eso comento:
—Vamos rápido, Iván, levántate. Camina, vamos.
Las palabras salían de mi boca con urgencia mientras ayudaba a Iván a salir de la carreta. Con movimientos torpes, Iván se estiró, quejándose por la incomodidad de haber permanecido oculto tanto tiempo. Entonces, comentó:
—Estuve casi una hora allí. Me sentí incómodo, mi cuerpo está entumecido, pero al menos pronto saldremos de aquí. Tengo hambre.
Mientras observaba la puerta, noté que el otro guardia seguía roncando profundamente. Una sensación de inquietud me invadió.
—El otro guardia está dormido, pero si hacemos ruido o lo movemos, podría despertarse. ¿Tendríamos que noquearlo también? No, tal vez no sea necesario...
Antes de que pudiera sugerir otra opción, Klaus se acercó rápidamente al guardia dormido y, sin dudarlo, lo golpeó en la cabeza con el mango de su espada, dejándolo inconsciente. Tras el acto, soltó un suspiro de alivio, encendió un cigarrillo y exhaló el humo con satisfacción.
—Al fin puedo probarlo. Estaba bastante irritado y cansado... ya no me importa nada. Somos libres de esta horrible estructura.
No podía estar de acuerdo con las maneras en que Klaus hacía las cosas, pero no era el momento de molestarse. De pronto, observé cómo un gesto de satisfacción se formó en el rostro de Klaus mientras se acercaba al tablero y colocaba su medallón, activando un mecanismo que hizo que la puerta se abriera lentamente.
Finalmente, cruzamos la puerta y caminamos un poco. Entonces, el aire fresco nos envolvió y el sol acarició nuestras caras. Ante nosotros se desplegaba un vasto panorama: enormes escaleras descendían hacia la ciudad, donde edificios, casas y personas se mezclaban con la actividad de los vendedores, y criaturas gigantes volaban en el cielo.
Nos quedamos pasmados, incapaces de pronunciar una sola palabra, mientras la puerta se cerraba lentamente detrás de nosotros.
CONTINUARÁ...