Mientras el sol caía sobre los tejados de San Francisco, pintando los edificios con un dorado tenue, una figura solitaria caminaba por las calles con la cabeza en alto y una sonrisa apenas contenida. Theodore no buscaba ocultarse. Caminaba entre la gente como un fantasma disfrazado de humano, disfrutando de su libertad, de su poder y de la victoria reciente que aún ardía en su mente como una droga embriagante.
“Lucas… Vaya una perdida tan necesaria.”, pensó con frialdad. “Siempre tuve ganas de ver como caerías ante mí, nunca tuve duda alguna que yo estaba destinado a ser mejor que tú.”
Se detuvo en el borde de un mirador, contemplando la bahía mientras la brisa marina le agitaba su largo cabello. Cerró los ojos, sintiendo ese cosquilleo leve en su espalda, esa promesa latente de poder en sus huesos. Había sentido lo que era realmente ser libre, sin moral, sin límites, sin nadie por encima. Pero su sonrisa se desdibujó por un momento, Tyler.
El recuerdo de su excompañero, de ese dinosaurio que lo había enfrentado cara a cara, seguía encajado como una astilla molesta. Él había sido el único capaz de hacerle frente. Y ahora, para colmo, podía controlar la transformación. Podía pensar dentro de la bestia. Podía razonar, calcular, y eso lo convertía en un rival peligroso y a su nivel. Esa simple idea lo hacía llenar de odio profundo.
— Tsk… No me gusta esto. —murmuró, mientras bajaba por un callejón oscuro, internándose más en la ciudad— Si ese imbécil puede usar su poder sin volverse un animal… entonces ya no es solo una bestia con músculos. Es un obstáculo real.
Los ojos de Theodore brillaban con emoción torcida, con esa pasión enfermiza que había suplantado todo rastro del hombre que alguna vez fingió ser.
— Y si tengo que matar a todos los que le importan para que lo pierda todo, lo haré. Si con eso dejo claro que este mundo ya no es para débiles… entonces no tengo dudas.