La luz pasaba a través de las ventanas de un lugar acogedor ubicado en una calle rural de Reino Unido, “Jardinería Miller” ponía en el letrero en las afueras del establecimiento. Un lugar al que los turistas solían ir en busca de algún recuerdo de la tierra del país, un pequeño negocio familiar que estaba al cuidado de dos personas.
Edward Miller estaba en su zona de confort: rodeado de plantas en la jardinería que sus padres habían comenzado hacía años. Era una pequeña tienda, pero para él tenía todo lo que necesitaba: herramientas, tierra, y una variedad de plantas que había cultivado con cuidado. Aquella mañana, mientras ajustaba la maceta de un arbusto de lavanda para un cliente, el sonido de la campanilla de la entrada lo distrajo.
― gracias, señor Roberts. La lavanda estará en su mejor momento para el verano. Solo riéguela con moderación y manténgala cerca de la luz. ―dijo Edward, despidiendo al cliente. Con las manos en los bolsillos de su delantal, se giró hacia la puerta y se sorprendió al ver a Anne entrando―
― ¡vaya, mira nada más quien se atreve a aparecer por aquí! ―dijo, esbozando una sonrisa torcida― ¿Decidiste que aún existo?
Anne rio, sacudiendo la cabeza. Hacía más de una semana que no pasaba por la jardinería, y el trabajo la había mantenido tan ocupada que ni siquiera había podido llamarlo. Pero, pese al tiempo que llevaban sin verse, el recibimiento de su hermano mayor siempre era igual.
― sí, sí, he estado ocupada... ―respondió Anne mientras se acercaba, dándole un abrazo rápido― Pero ya ves, aquí estoy. ¿Qué tal todo? ¿Cómo va la lavanda?
― sobreviviendo. ―bromeó Edward, mientras se secaba las manos con un trapo― Y mamá sigue preocupándose de cada hoja que cae, como siempre.
Ambos rieron, disfrutando del momento de camaradería. Era raro para ellos tener estos momentos a solas en la jardinería, con sus respectivos trabajos manteniéndolos ocupados. Anne le contó sobre la rutina en el equipo de investigación, los horarios interminables y las reuniones. Edward la escuchó atentamente, aunque hizo algún que otro comentario sarcástico para molestarla, como siempre hacía.
Entonces Mary, la madre de ambos, apareció desde el pequeño salón en la parte trasera, interrumpiendo la conversación al reconocer la voz de su hija.
― ¡Anne! ¡Qué alegría verte! ―dijo Mary, acercándose a abrazarla― Dale una alegría a tu anciana madre y dile que te quedas un rato, ¿qué dices?
Anne asintió, contenta de ver a su madre, y entonces Mary sonrió y lanzó una mirada de orgullo a sus hijos.
― da gusto ver a todos los Puntos de Miller otra vez... o bueno, casi todos... ―dijo, señalando los cuatro lunares en la parte derecha del cuello de ambos― Esas marcas son la prueba de que sois mis hijos favoritos ―bromeó―
― Mamá, somos tus únicos hijos ―rio Anne―
Edward solo resopló, fingiendo indiferencia, pero cualquiera podía ver que le gustaba la manera en que su madre se refería a ellos. Mary siempre les decía que aquellas marcas eran "el sello familiar".
― bueno, ya que estoy aquí… ―dijo Anne, sin prisa― ¿Os parece si me quedo para cenar?
Mary y Edward intercambiaron una mirada cómplice, y luego Mary asintió con entusiasmo.
― claro que sí, querida. Será como en los viejos tiempos.
Mientras Mary volvía a la trastienda para revisar la lista de suministros de la tienda, Anne miró a su hermano. Su propuesta le rondaba la cabeza, pero sabía que debía abordarla con calma si quería convencerlo de sumarse a la expedición.
Horas después, la casa de los Miller estaba bañada por la luz cálida de las lámparas cuando finalmente se sentaron a cenar. El ambiente era acogedor, sencillo, y familiar, con platos servidos de manera informal y el aroma de la comida llenando la pequeña cocina. Mary había preparado uno de los platos favoritos de Anne y Edward: pasta con salsa de tomates frescos y albahaca, acompañada de pan de ajo que apenas habían sacado del horno.
― así que, ¿cómo va la vida de científica marina? ―preguntó Mary, sirviendo un poco más de pasta en el plato de Anne―
― ocupada, mamá. Demasiado, diría. ―respondió Anne entre bocados, sonriendo― Pero vale la pena. He estado trabajando en algunos proyectos interesantes, y bueno, hoy hemos empezado a investigar una zona del Mar del Norte que ha estado... extraña, digamos.
Edward alzó una ceja, interesado, aunque fingiendo indiferencia.
― ¿extraña? ―preguntó mientras cortaba un pedazo de pan de ajo― ¿En qué sentido?
― eh, bueno… ―Anne dudó un momento, eligiendo sus palabras― Han aparecido unos tipos de plantas con una coloración bastante rara, y el comportamiento de los peces también ha cambiado un poco. Todo parece… diferente, como si algo hubiera afectado el equilibrio natural.
Edward hizo una mueca, intrigado. La conversación continuó con la familia comentando los eventos del día, anécdotas de clientes en la jardinería y las historias que Anne traía de su trabajo, logrando que Mary riera y Edward hiciera algún comentario sarcástico.
Cuando la cena terminó, Anne y Edward se ofrecieron a lavar los platos, insistiendo en que su madre se sentara a descansar en el sofá. Mary sonrió, agradecida, y pronto se escuchaba su voz susurrando una canción de su juventud mientras hojeaba una revista de jardinería.
Mientras Edward y Anne limpiaban en la cocina, él rompió el silencio con una mirada perspicaz.
― entonces… ―dijo, en tono bajo― ¿Qué es lo que quieres realmente, Anne?
Anne sonrió, sorprendida de que hubiera captado su intención tan rápido, y dejó escapar un suspiro, sabiendo que ya no podía ocultarlo.
― bueno… ya sabes, la expedición de la que hablé en la cena ―dijo, mientras enjuagaba un plato― Encontramos esas plantas raras, y pensé… pensé que quizás podrías ayudarnos a investigarlas. Raymond, mi jefe, cree que sería útil tener a alguien con conocimientos de plantas, y tú eres la persona ideal. ¿Qué dices?
Edward frunció el ceño, pensativo, mientras pasaba un plato limpio a Anne para secarlo.
― ¿así que viniste solo para reclutarme? ―preguntó, en un tono que oscilaba entre la burla y la seriedad―
― no solo por eso, Ed. ―se apresuró a aclarar Anne, bajando la voz para hablar en tono más íntimo― Pero creo que te haría bien… salir un poco de la rutina. Sé lo mucho que has trabajado para mantener la jardinería en pie. Quizás te vendría bien un cambio de aires, un reto diferente, ¿no?
Edward guardó silencio, secando sus manos en una toalla mientras pensaba en la propuesta. A pesar de su naturaleza gruñona, sabía que Anne tenía razón. Era cierto que amaba la jardinería, pero los días podían volverse monótonos y cansados. Aun así, no quería admitirlo tan fácilmente.
― me lo pensaré, Anne. Pero no prometo nada... ―dijo, con un toque de escepticismo en la voz―
― eso es todo lo que pido ―respondió Anne, con una sonrisa satisfecha―
Después de terminar la limpieza, Anne se despidió de su madre y de Edward, quien, como de costumbre, mantuvo un tono algo frío, aunque no por eso menos afectuoso.
― cuídate, hermana. No te ahogues entre tus plantas raras ―bromeó Edward, inclinándose para darle un breve abrazo―
Anne rio y le dio una palmada en el hombro.
― lo intentaré, gruñón. Nos vemos pronto.
Ambos la observaron mientras cruzaba la puerta y se dirigía a su auto. Mary, con una sonrisa melancólica, agitó la mano en señal de despedida. Edward simplemente observó en silencio, una expresión pensativa en su rostro.
En medio de la noche, la noche avanzaba en silencio, envolviendo la pequeña casa que compartían Edward y Mary detrás de la jardinería. Edward, acostado en su cama, miraba el reloj con frustración. Pasada la medianoche, seguía despierto, incapaz de escapar de un leve pero constante murmullo de pensamientos. Era como si su mente estuviera atrapada en un ciclo interminable, revisando cada momento de la cena, cada palabra de Anne, cada detalle de su rutina.
El peso de los años pasados manteniendo la jardinería, de las pequeñas preocupaciones y responsabilidades, parecía haberse hecho más evidente en los últimos tiempos. Aunque pocas veces lo admitía, a veces sentía que algo en su vida se había estancado, como si hubiera perdido algo sin saber realmente qué era.
Pensó en lo que Anne había mencionado: la expedición, el cambio de aires. Algo en su propuesta resonaba en él, como si la idea de dejar la rutina, aunque fuera solo por un tiempo, tuviera el potencial de despertarlo de su letargo.
Finalmente, sin darle más vueltas, estiró la mano hacia su teléfono y marcó el número de Anne. El tono sonó dos veces antes de que ella contestara, con la voz adormilada y ligeramente confundida.
― ¿Edward? ―murmuró, apenas despierta―
― sí, soy yo. Perdona que te llame a esta hora. ―dijo en voz baja, sintiéndose algo tonto― Quería decirte que… lo pensé y, bueno, acepto tu propuesta. Iré contigo y veré qué puedo hacer con esas plantas raras.
Hubo un silencio en la línea mientras Anne procesaba la noticia, hasta que, con una sonrisa perceptible en su voz, respondió:
― ¿en serio? ¡Ed, no sabes cuánto me alegra! Gracias. Sabía que dirías que sí.
Edward soltó una breve risa, en parte aliviado de haber tomado una decisión y en parte sintiendo ya el peso de lo que había aceptado.
― sí, bueno. Pero esto no significa que voy a ser el héroe del grupo, ¿eh? Solo ayudaré con las plantas y punto.
― como quieras, gruñón. Nos vemos pronto, entonces. Y… gracias otra vez.
Después de colgar, Edward se quedó mirando el techo de su habitación. Aunque el ruido de sus pensamientos no desaparecía, había algo diferente, una pequeña chispa de expectativa que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. La expedición significaba una pausa en su vida predecible, un pequeño atisbo de cambio. Y mientras sus pensamientos se desvanecían lentamente, supo que había tomado la decisión correcta, aunque aún no sabía qué era lo que lo había impulsado realmente a aceptar.