Edward observó a la criatura tambalearse, sus movimientos más erráticos que antes. Sin perder tiempo, su expresión se endureció, y sus brazos comenzaron a cambiar nuevamente. La madera que formaba sus extremidades se retorció y alargó, transformándose en gruesos tentáculos llenos de espinas irregulares que se movían como extremidades vivas.
— ¡es hora de terminar con esto! —exclamó mientras sus tentáculos se lanzaban hacia la criatura—
Con una precisión implacable, Edward envolvió los tentáculos alrededor del torso del ser, inmovilizándola. La criatura se sacudió violentamente, tratando de liberarse, pero Edward no le dio oportunidad.
— ¡Anne, mantente atrás! —gritó, poniendo todo su esfuerzo en sujetar a la criatura—
Con un grito de pura rabia, Edward usó sus tentáculos para levantar a la criatura del suelo y estrellarla contra el pavimento con una fuerza brutal. El impacto resonó por toda la calle, levantando polvo y fragmentos de concreto. Sin darle tiempo para recuperarse, Edward repitió el proceso, golpeándola contra el suelo una y otra vez, cada impacto más fuerte que el anterior.
Anne observaba con una mezcla de asombro y horror. Las calles alrededor parecían un campo de batalla, y los gruñidos de esfuerzo de Edward eran lo único que rompía el silencio de la noche.
Cuando finalmente soltó a la criatura, ésta cayó al suelo, su forma visiblemente más pequeña y desestabilizada. Edward respiraba con dificultad, pero no había terminado.
— no voy a darte otra oportunidad —murmuró mientras sus brazos comenzaban a cambiar de nuevo—
La madera de sus tentáculos se contrajo y se compactó, tomando la forma de un martillo gigantesco, rugoso y lleno de espinas en su superficie. Edward lo levantó con ambas manos, sus músculos tensándose mientras apuntaba al centro de la criatura.
Con un grito de esfuerzo, Edward bajó el martillo con toda su fuerza, impactando directamente en la Mugre. El golpe fue devastador, desintegrando una gran parte de la masa oscura. Restos de la criatura se evaporaron en el aire como cenizas arrastradas por el viento, dejando el área en un inquietante silencio.
Anne, jadeando y con las manos aún temblorosas, se acercó lentamente a Edward.
— ¿lo conseguimos? —preguntó, su voz apenas un susurro—
Edward se enderezó, devolviendo sus brazos a su forma original, y miró los restos con cautela. Finalmente, asintió.
— sí... parece que sí.
El silencio fue interrumpido por murmullos a lo lejos. Anne se giró y vio cómo una multitud comenzaba a acercarse desde las calles adyacentes. Eran personas que habían presenciado el combate desde la distancia. Sus rostros reflejaban una mezcla de emociones: sorpresa, alivio, y un claro rastro de temor al mirar a Edward y Anne.
— ¡nos salvaron! —dijo alguien entre la multitud, rompiendo el hielo—
Poco a poco, más voces se unieron, agradeciendo a ambos por haber enfrentado a la criatura. Algunos incluso aplaudieron tímidamente. Sin embargo, Anne pudo notar las miradas nerviosas dirigidas a Edward, especialmente hacia su apariencia fuera de lo común.
Edward dejó escapar un suspiro.
— vámonos antes de que esto se complique más —murmuró a Anne—
Ella asintió. Aunque agradecía las palabras de la gente, sabía que su presencia no haría más que levantar preguntas difíciles de responder. Ambos se alejaron en silencio, dejando atrás a la multitud y las calles marcadas por el enfrentamiento, conscientes de que este era solo el principio de algo mucho más grande.
En la penumbra de la calle destrozada, un pequeño y oscuro remanente de la criatura, apenas un amasijo de materia pegajosa y casi invisible, se arrastró silenciosamente hacia la rendija de una alcantarilla cercana. El fragor del combate había terminado, y la multitud estaba distraída con los héroes que acababan de salvar el día. Nadie notó cómo esa pequeña mancha negra se deslizaba, con movimientos lentos pero deliberados, hacia la oscuridad subterránea.
El resto cayó al agua estancada de la alcantarilla con un débil chapoteo. El entorno era perfecto para algo como él: un lugar húmedo, oscuro y lleno de los desechos de la humanidad. Lentamente, comenzó a moverse, buscando instintivamente lo que necesitaba para sobrevivir.
Al avanzar por los túneles, su estructura amorfa parecía volverse más firme. Absorbía pequeñas partículas de suciedad, grasa y desechos acumulados en las paredes de concreto. Cada vez que tocaba algo contaminado, esa sustancia se fusionaba con su cuerpo, haciéndolo crecer, aunque fuera imperceptiblemente al principio.
Llegó a un espacio más amplio, donde un colector de aguas negras se abría ante él. Allí, la concentración de suciedad era mucho mayor. Las aguas turbias y densas le proporcionaron lo que necesitaba desesperadamente: alimento. Sin vacilar, el remanente comenzó a absorber la materia orgánica e inorgánica a su alrededor, su textura cambiando de una masa gelatinosa débil a algo más sólido y estable.
A medida que se nutría, su conciencia primitiva empezó a reaccionar. No pensaba en términos humanos, pero algo parecido a un instinto básico impulsaba sus acciones. Recordaba el dolor de la batalla, los golpes que casi lo destruyeron. Una sensación primaria de rabia y supervivencia lo impulsaba a seguir adelante, a fortalecerse.
Las aguas seguían trayendo más suciedad, y él se adentraba cada vez más en las profundidades de la red subterránea. Allí, lejos de los ojos humanos, donde nadie sospecharía su existencia, comenzó a regenerarse.
Pequeñas extremidades comenzaron a formarse, como protuberancias torpes que se extendían y retraían mientras exploraba su entorno. Sus bordes, antes deshilachados y débiles, adquirieron una textura más uniforme, más sólida. A pesar de estar lejos de su forma original, el remanente era una prueba de que aún no había sido completamente derrotado.
La oscuridad lo envolvía, pero no necesitaba luz. El mundo subterráneo se convertía en su refugio, y allí, poco a poco, volvía a tomar fuerza, alimentándose del mismo desperdicio que la humanidad arrojaba sin pensar. La Mugre no estaba destruida, solo comenzaba de nuevo, aguardando el momento en que pudiera emerger y desatar su furia una vez más.