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The Hi-Hats Capitulo 1: The Cavern Guys

The Hi-Hats · por Joe · 09 de agosto de 2026

Dedicado a George, John, Paul y Ringo

 1.  The Cavern Guys

Esa noche, once de agosto de mil novecientos sesenta y uno, llovía. Lo único que querías encontrar era un lugar cercano donde refugiarse y pasar el tiempo durante la tormenta. 

Ese día, un cansado manager, después de haber hecho más de 50 llamadas a disqueras para darle su primer disco a su más reciente banda, The Twins, banda que, a pesar de tener músicos de primera, no había podido firmar su primer contrato con ninguna disquera.

Después de esa larga y agotadora jornada, Richard Best descubrió un club de sótano. De su puerta abierta brotaba un destello de luz cálida, humo espeso y una multitud ruidosa. Cuando mirabas a la puerta, solo se alcanzaba a ver un destello de luz y humo saliendo de ella, junto a la gran multitud entrando y saliendo. Arriba de la puerta había un gran letrero en el que el nombre Shelter Club resaltaba entre la programación de las bandas que tocarían esa semana.

Richard decidió entrar, teniendo la ilusión de encontrar a su primera mina de oro después del fracaso de The Twins. Él entró al club, pidió en el mostrador una Coca-Cola fría y se sentó en una banca que estaba al fondo del club, mirando fija y seriamente a la banda que estaba tocando en ese instante.

La banda se hacía llamar The Hi-Hats. Curiosamente, Richard logró detectar de una sola mirada que el baterista era el líder de la banda, algo que, a ojos de Richard, era revolucionario. Esos cuatro chicos vestían abrigos gruesos hechos de lana, de color café, boinas inglesas, pantalones cafés que hacían juego con los abrigos y camisas a cuadros de color azul y rojo.

Richard, al ver la vestimenta, vio la forma en la que se diferenciaban de las demás bandas. La moda de las bandas de rock en ese momento eran las chaquetas de cuero negras. Ellos no seguían esa moda, cosa que llamó la atención de Richard.

Ellos cuatro tocaban los instrumentos de una manera que Richard describía como magistral y celestial. Manejaban el ritmo de una manera que hacía que el hombre más serio y resentido quisiera bailar en ese mismo momento. La voz de ellos juntos era algo que te hacía llorar; tocaban los instrumentos mientras que funcionaban como un coro.

Ellos no intentaban lucirse con solos y técnicas imposibles. Ellos tocaban para la canción, no para dar un espectáculo.

Richard miró a los alrededores. No había ni un alma sentada y distrayéndose en su propio mundo; todos los presentes estaban brincando al ritmo de la música, cantando a todo pulmón y bailando hasta ya no poder.

En ese exacto momento, Richard supo que estaba frente a su mina de oro. Miró apresuradamente a los lados con el objetivo de asegurarse de que no hubiera ningún otro manager que le ganara al grupo. Por suerte, no había ninguno presente.

Después de cuarenta minutos continuos de un show que, para los ojos y oídos de la multitud, fue alucinante y espectacular, Richard decidió dirigirse a pasos cortos y lentos, con la cabeza mirando hacia el suelo, hacia el camerino donde se encontraban los músicos.

El camerino era un cubículo mediano, con paredes de ladrillos de piedra mohosa, olor fuerte a humedad y restos de comida que desprendían un olor desagradable. En la pared frontal había cuatro sillas de cuero giratorias en las que la banda se sentaba.

Cuando Richard logró entrar al camerino, su primera impresión fue obviamente desagradable. Vio a los miembros de la banda esparcidos en todo el cubículo, mientras ensayaban sin ganas el show del próximo día.

William, sin notarlo, fue hacia una de las tres guitarras que estaban recargadas en la pared y agarró la suya, para posteriormente sentarse y empezar a afinarla.

Julian también agarró su guitarra de esas tres, para simular que estaba ensayando, aunque, justo después de eso, se le vería acostado boca arriba, mirando fijamente al vacío y sin darse cuenta de los demás.

La banda por fin lo notó después de unos largos e incómodos 5 minutos de Richard parado firmemente delante de la puerta rechinante. La banda supuso que era otro fan más que se adentró sin permiso a pedirles autógrafos y felicitarlos.

—Buenas noches —Richard decidió romper el silencio mientras sacaba un cigarro del bolsillo de su chaqueta desgastada—. Me presento… Me llamo Richard Best. Vi su show y, si les soy sincero, me pareció alucinante.

En la primera silla del camerino se encontraba Paul, el baterista y líder de la banda. Llevaba una baqueta y una llave de afinación en la mano mientras afinaba y probaba su nueva tarola. Inmediatamente, al escuchar la voz de Richard, dejó caer la baqueta sobre el tambor, provocando un ruido aturdidor para sus demás compañeros.

—Perdón… ¿Te sorprendí?                                                           —No, para nada. Solo me sobresalté al no esperar tu llegada—Paul responde con una cierta timidez y nerviosismo, algo que, para los otros miembros de la banda, era completamente extraño—. Bueno, muchas gracias. Supongo que eres un fan o algo así, ¿verdad?                                                                         —No, pero tuve la suerte de presenciar su show y supe que ustedes no nacieron para trabajar en una planta y, por las noches, tocar en un club por un mísero salario de seis chelines¹ y un sándwich como ese que está devorando el tipo de allá.

El tipo que se comía el sándwich era Joseph, quien, a su lado, tenía un bajo acostado de una forma que pareciera que Joseph únicamente lo lanzó al suelo después del show. Al escuchar a Richard, decidió parar de comer ese sándwich rancio por la vergüenza que le transmitió el mensaje de Richard al comparar el miserable salario que ellos recibían con el sándwich que su madre le había preparado para su jornada diaria de trabajo con amor.

—Pues no estás tan alejado de la realidad… También quisiéramos salir de este lugar. Pero, por favor, no compares el sándwich especial de mi mami con nuestro horrible salario.

—Bueno… —respondió Paul con un toque de decepción y una suposición de que ese hombre solo quería hacerles perder el tiempo—. ¿Para qué estás aquí? ¿Nos vas a ofrecer algo? ¿O solo te quedarás ahí recalcando nuestra miseria?

—No, claro que no. Si quieren salir de este basurero, entonces… Seré su manager.

En el piso estaba recostado Julian, con alrededor de veinte partituras de piano en su torso, amontonadas de forma que parecieran una cobija. Al escuchar la espontánea y sorprendente propuesta de Richard, se sentó inmediatamente, dejando caer descuidadamente las hojas, y empezó a escuchar con atención. A su lado estaba William. Dejó de afinar su cara guitarra, que se había comprado con sus ahorros de dos años, y su cara reflejó que él estaba intrigado y paciente ante la propuesta de ese hombre.

—¿Por qué piensas que aceptaremos que seas nuestro manager nada más porque tú lo dices? 

—Porque están en una pocilga húmeda, maloliente y con salarios pésimos. Es deducible que quieren salir de aquí lo más rápido posible.

—Pues… Razón no te falta. Vamos a aceptar… ¿Están de acuerdo?

Los otros tres miembros asintieron sin pensar dos veces y sin señal de arrepentimiento o duda.

—Perfecto… Pero tengo que saber su edad. 

—Yo tengo veintiuno, Joe tiene diecinueve, Will tiene diecinueve y Jude tiene dieciocho.

—Oh, en ese caso, también necesitaré la firma de sus padres.

—Bien, mañana daremos un show y nos aseguraremos de que nuestros padres estén presentes. Solo tienes que estar presente en ese momento. 

—Me parece bien. Los veré mañana y firmarán el contrato. ¿Está bien?

—Claro que sí.

—Por cierto… ¿para qué ocupan 3 guitarras?

—Esa de allá no es de nosotros. Creo que a alguien se le olvidó. —Bueno… Los veré mañana.

Richard cruzó la puerta de madera húmeda y podrida, provocando un ruido rechinante y doloroso para los oídos. La atmósfera en esa habitación, después de dicha conversación, fue diferente. Paul, Joseph, William y Julian se miraron fijamente mientras intentaban procesar lo que acababa de pasar.

Richard se fue del club a pasos cortos y lentos mientras terminaba de fumar su cigarro, una mirada baja y un pensamiento de arrepentimiento, ansiedad y felicidad. Si fallaba otra vez, le arruinaría la carrera a esos cuatro chicos y demostraría, por séptima vez, que él es un fracaso. Pero también, en esos pensamientos oscuros y pesimistas, se podían encontrar algunos positivos y seguros de sí mismo, creyendo que unos músicos como ellos no los puede rechazar el éxito.

Estaba en juego la supervivencia de Richard y de los chicos y la oportunidad de demostrar que Richard no era un fracaso del todo.

Al día siguiente, él tendría que enfrentar y convencer a los padres de los chicos de firmar el contrato.

 

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