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Capítulo 3: Los veinte kilómetros de dolor y miedo.

Sub Rosa: La Compañía de los desgraciados. · por Lex Veritas · 25 de julio de 2026

A la mañana siguiente todos se despertaron por un llanto chillón. . Era Bubu.

—¡Hansy no está! ¡Buaaaah! ¡Alguien lo secuestró! —lloró el osito.

Luego sus ojos de botón brillaron con un aura antinatural, la atmósfera se puso muy densa y el osito exclamó:

—¡Malditas sean las escorias malnacidas que se atrevieron a dañar a Hansy! ¡Inventaré horrores nuevos solo para darles un pequeño susto!—

Panda tomó a Bubu en brazos y le acarició la cabecita. El osito no pudo evitar reír alegremente.

—¡Ji, ji, ji! ¡Te quiero, tío Panda!

De pronto un marinero vio el hurdy-gurdy de Hans semi enterrado en la arena.

—¡Hey, aquí está el instrumento del vocotaumaturgo!—

La tripulación corrió al lugar del hallazgo, solo para ver que un ratón salió desde el interior del instrumento. El roedor sostenía una navaja.

—A ver, cara de culo, acércate y te abro otro orificio en tu puto cuello.

Torito, al ver al roedor pendenciero, intentó dialogar con él:

—Hola, amiguito, ¿qué sucede?—

El roedor lo miró con asco y respondió:

—No sé, pregúntale a tu mamá.—

Al roedor le importaba un comino lo que pensara el resto. Solo quería ver el mundo arder o vivir dentro del hurdy-gurdy. Ambas opciones le parecían igualmente válidas.

Por su parte la tripulación organizó un grupo de búsqueda y rescate. Mientras tanto Panda comenzó a trabajar con unas maderas.

—¿Qué haces? —preguntó Tripaseca.

—Un ataúd, por si acaso —contestó el plantígrado.

—Vaya, qué optimista —replicó el huesudo.

—Mejor tenerlo y que sobre a no tenerlo —respondió Panda.

Luego de un par de horas de búsqueda no había rastro de Hans.

Bubu seguía llorando y cuando todos estaban a punto de dar por muerto al esperpento y rendirse el roedor dijo:

—Creo que a Hans se lo llevó una especie de liana.

—¡Por qué mierda no lo mencionaste antes, roedor infeliz! —exclamó Íñigo.

El roedor replicó:

—Porque no me preguntaste, pedazo de basura.—

Tripaseca y Torito intercambiaron miradas como si estuvieran pensando lo mismo y, luego de unos segundos de silencio sepulcral, exclamaron al unísono:

—¡Planta carnívora del paraíso!—

Bubu volvió a tener una epifanía profana e invocó un sabueso de las sombras, subyugándolo para obligarlo a rastrear a Hans.

—Tú, criatura repugnante del abismo, busca a Hansy. Y como no lo encuentres, obliteraré tu alma.

—Sí, amo —respondió el sabueso sombrío echando a correr— Y al cabo de media hora volvió y dijo:

—Lo encontré. Está vivo, pero hay algo… mejor véanlo ustedes mismos.—

El grupo siguió al sabueso hacia el lugar donde se hallaba Hans. Y lo que se encontraron allí podría dejar obsoleta la definición de perturbador.

El hombre estaba envuelto en lianas floridas, y en sus brazos sostenía una especie de repollo. A su lado yacía el cadáver de la planta carnívora.

Tripaseca se acercó, miró la escena por un momento y luego soltó su hipótesis:

—Cocliantis Venusiana. Dicen que la diosa Venus creó la primera de estas plantas cuando maldijo a una mujer por arrebatarle un interés amoroso, volviéndola en planta carnívora y condenándola a devorar hombres.

—¿Y eso qué tiene que ver? —interrumpió Panda.

—Aún no termino, palurdo inculto —replicó Tripaseca, y retomó su explicación—: Se cree que cuando la Cocliantis Venusiana digiere a un hombre da a luz a otra planta…

—¿Quieres decir que Hans tuvo una noche loca con una flor? —preguntó Íñigo.

—No, tarado. La Cocliantis Venusiana digiere a su víctima y usa sus nutrientes para germinar a su descendencia —corrigió el esqueleto intelectual.

—¿Y cómo explicas al idiota de Hans ahí entero y sosteniendo un repollo? —replicó Íñigo.

Tripaseca se acercó al cadáver de la planta carnívora y examinó sus restos.

—Ya veo… —murmuró al ver un trozo de tela mugrienta de la gabardina de Hans—.

La gabardina estaba llena de vaya a saber qué cantidad de parásitos, hongos y bacterias. Ante tal arsenal biológico el sistema inmune de la planta dijo “renuncio” y ya sabemos el resto.

De pronto un sollozo se hizo escuchar. No era Bubu, ni Torito, aunque este último sí lloraba en silencio. El llanto provenía del bulbo vegetal.

Una vez que Hans logró ser liberado de las lianas, tomó el repollo que tenía adherido a su regazo y, al escucharlo llorar, comenzó a arrancar hojas. Al cabo de un minuto y varias capas removidas emergió una figura pequeña, tan diminuta como una muñeca de porcelana pero mucho más hermosa.

Sus ojos color esmeralda, enormes, brillaban con una luz inusual y su cabello era rojo intenso con pequeños rizos. Su piel era suave como retoños nuevos y exhalaba un aroma floral embriagante.

La niña contempló a Hans y este le devolvió la mirada, como si ambos hubieran conectado a nivel de conciencia.

—Vaya… qué sorpresa. Me recuerdas a alguien muy especial… Te llamarás Alissa… porque tienes su misma sonrisa.—

La bebé sonrió como si aceptara el nombre y comprendiera los sentimientos de su padre.

Tripaseca miró a Panda y le dijo:

—Deberías aprender habilidades parentales de Hans.

—Cállate, consomé de huesos —replicó Panda.

Por su parte Íñigo ordenó bajar al padre y a la pequeña de la liana en la que se encontraban.

Una vez resuelto el asunto de Hans, todos se aprestaron a regresar al barco. El camino estuvo libre de cualquier problema o estupidez, (cosa demasiado extraña que a mí también me asusta.) El silencio reinaba, ya que nadie deseaba despertar a la recién nacida.

Conforme se acercaban a la playa un peculiar crujido de madera se hizo escuchar.

Íñigo, al ver el origen del extraño ruido, echó a llorar. El Cakeuche estaba reducido a astillas.

—¿Pero qué mierda…? —se hizo escuchar al unísono.

De pronto descubrieron a los culpables. Eran los diminutos dinosaurios que habían vuelto en mayor número a cobrar venganza.

Un Compsognathus grande, tal vez el líder, vio al grupo y emitió un chillido que ocasionó que miles de saurios se abalanzaran contra ellos.

—¡Corran! —gritó Hans mientras cubría con una manta a la pequeña Alissa. Bubu la abrazaba poniéndola a resguardo.

—No temas, hermanita bonita, te protegeré —dijo el osito mientras la acariciaba.

Luego de este tierno momento la tripulación corrió por su vida a través de la selva.

—¡Por ahí no! —gritó Torito al ver que un grupo se adentraba en territorio de hormigas come huesos.

Tarde fue, ya que miles de insectos envolvieron a los desafortunados y los redujeron a polvo.

—¡Santa cornucopia! —exclamó Panda mientras agitaba un palo para repeler a los pequeños dinosaurios que se acercaban cada vez más.

Torito, que había improvisado un garrote con un palo y una piedra de obsidiana, gritó:

—¡Síganme, conozco un camino a la superficie!

—¡Te seguimos! —gritó Íñigo mientras se quitaba un Compsognathus que se había aferrado tenazmente a su sombrero.

El contramaestre Cassius arrancó un árbol con raíz y todo y gritó:

—¡Agachen sus feas cabezas!

Y arrojó el tronco contra la marea reptiloide, dándole al grupo preciados segundos para ganar ventaja.

Tripaseca corría lo más rápido que sus huesos le permitían mientras con su bastón intentaba alejar a las alimañas. De pronto dos tripulantes cercanos a él fueron atrapados por lianas.

—¡Cuidado, plantas carnívoras! —exclamó el huesudo.

Cada vez más y más caían bajo los peligros de la selva: hormigas, plantas carnívoras, pollos come hombres y otros dinosaurios. La tripulación restante disparaba sus mosquetes y pedreñales y usaba magia de batalla, pero seguían apareciendo más y más enemigos.

Uno a uno caían conforme avanzaban…

Solo quedaban Hans, Bubu, Tripaseca, Panda, Torito, Íñigo, Cassius y una veintena de tripulantes de los trescientos.

—¿Cómo está la lechuguita? —preguntó el plantígrado entre jadeos de cansancio.

—Aún duerme, tío Panda —respondió Bubu.

Íñigo, al ver que a ellos nada les atacaba, dijo:

—Esa pequeña es de buena suerte. Cuídala, pedazo de animal.

Y justo por esta breve distracción chocó su feo rostro contra una palmera y cayó de espaldas al suelo, inconsciente, lo que obligó al grupo a detenerse.

—Es el fin… —manifestó Tripaseca al ver que los Compsognathus se acercaban cada vez más.

—¡Hoy no! —dijo Bubu, que se había bajado un momento del regazo de Hans.

—¿Qué dices, osito bonito? —preguntó Hans.

Él úrsido de juguete invocó tentáculos sombríos desde el suelo mientras recitaba un ritual profano y, luego de dos minutos, tomó posesión de una manada de dinosaurios bípedos y altos.

—¡Gallimimus! ¡Bien pensado, Bubu! —gritó Tripaseca.

—¡Súbanse! ¡Yo los detendré! —exclamó Cassius sacando dos mandobles desde su espalda.

El grupo se montó en los Gallimimus y echaron a correr siguiendo a Torito. Cassius quedó atrás, plantado como una muralla viviente entre la marea de saurios y sus compañeros.

—¿Cuánto falta para la salida, Torito? —preguntó Panda mientras cogía frutas al paso para arrojarlas a lo que se presentara.

—Unos diecisiete kilómetros de los veinte que mide el camino —respondió el minotauro.

—¡¿Me estás…?! —exclamó Hans mientras le arrojaba un palo en la espalda a Torito por pura frustración.

—¡Auch! ¡Eso dolió! —vociferó el bovino haciendo pucheros.

—Ya lo hiciste llorar, zopenco infeliz —dijo Panda en tono recriminatorio.

—¡Se lo merece por omitir dicha información! —exclamó Hans mientras arrojaba otro palo.

Pero esta vez no dio al objetivo, sino a un tronco, y rebotó en… la espalda de un enorme dinosaurio.

Un potente rugido se hizo escuchar. La manada de Compsognathus desapareció y la selva entera entró en el más puro silencio, no por respeto sino por algo más ancestral: miedo.

Y luego se irguió el gigantesco reptil verde con franjas rojas en el lomo, cabeza enorme llena de afilados dientes.

—¡Ay no! ¿Tenías que despertar a Jotün, el giganotosaurio? —exclamó Torito.

—¡Sigan corriendo, luego ajustan cuentas! —gritó Tripaseca mientras arrojaba un frasco con grasa de foca para intentar frenar al colosal dinosaurio.

Seguían corriendo con desesperación montados en sus Gallimimus, presas del pánico, sin darse cuenta de que entraban al territorio de hierbas lanza espinas.

Las plantas, de unos dos metros de altura y cubiertas de flores similares a las del cardo, se irguieron al detectar movimiento. Apuntaron directo a los intrusos y dispararon sus agujas.

—¡Torito, buey infeliz! ¡No pudiste avisar sobre esto! —gritó Panda.

—Lo siento… —respondió Torito mientras lágrimas empezaban a brotar de sus ojos cristalinos.

—Lo siente dice el animal de mierda —replicó Panda.

Bubu, viendo que la pequeña Alissa se estaba despertando, colocó una mordaza de sombras en el hocico de cada uno.

—Se callan o me olvido que son mi familia, tíos bonitos —añadió el aterrador peluche.

Pero de nada sirvió silenciarlos porque Jotün emitió un poderoso rugido.

De pronto un llanto se hizo escuchar. Era la pequeña Alissa, despertada por el estruendo.

—¡Lagarto infeliz, asustaste a mi hermanita! Ji… ji… ji —dijo Bubu. Acto seguido invocó un puño de oscuridad desde las entrañas de la tierra y le propinó un gancho directo en la mandíbula inferior a Jotün, el cual cayó un poco aturdido, derribando árboles y lo que hubiese cerca, lo que hizo que las plantas lanza espinas le atacaran.

Lejos de detenerlo, esto solo encendió algo más profundo en Jotün. Un shock de adrenalina recorrió su sistema como una descarga eléctrica y se incorporó de golpe sobre sus robustas patas, con la mandíbula todavía adolorida y los ojos inyectados en furia pura.

El rugido que siguió fue diferente al anterior. Más grave, más visceral, el tipo de sonido que no se escucha, sino que se siente en los huesos. Alissa lloró con más fuerza,

Hans, que la sostenía contra su pecho montado en su Gallimimus, comenzó a cantarle una aria en voz baja mientras el dinosaurio corría. No era la vocotaumaturgia del hurdy-gurdy ni una copla de taberna. Era algo más antiguo, más simple, el tipo de melodía que alguien tararea sin saber de dónde viene. No sirvió de nada para detener a Jotün, pero Alissa aferró un dedo de Hans con su manito y no lo soltó.

De pronto algo comenzó a suceder con la selva. Las plantas y árboles empezaron a entorpecer a Jotün de todas las maneras posibles. Raíces que emergían del suelo, lianas que se tensaban entre troncos, árboles que se autoderribaban bloqueando su paso. No era el viento ni el azar.

Lord Tripaseca, que iba montado en su Gallimimus tambaleándose con más dignidad de la que la situación merecía, observó el fenómeno un instante.

—Fascinante… la flora responde a un estímulo externo con una coordinación que es imposible en organismos sin sistema nervioso central. Murmuró para sí mismo antes de aferrarse al cuello del dinosaurio evitando caerse.

Bubu, desde el regazo de Hans, observaba la escena con sus ojitos de botón muy abiertos.

—Hansy, creo que mi hermanita Alissa es maga floral.

—Al parecer sí —respondió Hans mirando a su hija, que seguía aferrada a su dedo con los ojos húmedos—. Porque percibo que toda la flora del área le canta una nana a mi lechuguita.

Y en efecto la naturaleza misma respondía a la existencia de Alissa y estaba dispuesta a protegerla a cualquier costo.

Pese a todo esto Jotün logró acortar la distancia a solo cuatro metros del grupo.

—Fue un honor, señor Strauss —dijo Tripaseca mirando a Hans a modo de despedida, ya que parecía que estaban cerca de perecer.

—Aún no, huesudo… mantén la calma. Algo va a pasar, lo siento en el aire —respondió Hans.

De inmediato, cada árbol, flor, liana, incluso hongos y animales pequeños cedieron parte de su energía y biomasa para hacer algo grande.

Susurros se escuchaban en el aire…

—Protejan a la reina —

—El tirano debe caer—

—La flor más bella del jardín olvidado preservara la vida—

—Hans báñate…—

Y como si nada, desde el suelo surgió un pequeño brote que de manera abrupta creció hasta varios metros de altura.

—¿Acaso eso será un maíz gigante? —preguntó Tripaseca.

—Es Corn-Elio… el justiciero de la selva —respondió Torito, a quien el propio Bubu había librado de la mordaza.

El ser vegetal que emergió ante ellos era difícil de catalogar en cualquier sistema de clasificación conocido. Su cuerpo era el de una mazorca colosal de varios metros de altura, con hojas verdes que funcionaban como extremidades y una cara en la parte superior que expresaba una indignación ancestral y del todo justificada. La furia de quien lleva milenios siendo ignorado por la historia natural ardía en sus ojos amarillos.

Jotün se detuvo.

Por primera vez desde que despertara, el giganotosaurio evaluó lo que tenía enfrente. No con miedo, sino con esa cautela instintiva que tienen los depredadores cuando algo no encaja en sus categorías habituales.

Corn-Elio no esperó. Sus hojas se tensaron como muelles y lanzó el primer golpe, un gancho lateral que impactó en el costado de Jotün con un sonido que hizo temblar el suelo bajo los Gallimimus.

El dinosaurio respondió con una embestida que Corn-Elio esquivó con una agilidad inesperada para algo que técnicamente era una planta.

—Está peleando —dijo Panda, liberado también de su mordaza, con la voz de alguien que todavía no termina de procesar la situación.

—Efectivamente —confirmó Tripaseca.

—Un choclo —añadió Panda.

Tripaseca asintió con su calavera.

—Está peleando contra un dinosaurio gigante.

—Por mi hermanita —dijo Bubu tiernamente, dándole una palmadita a Alissa que había dejado de llorar y observaba la batalla con sus enormes ojos esmeralda absorta.

Hans miró a su hija, luego a Corn-Elio, luego de nuevo a su hija.

—Torito —dijo finalmente.

—¿Sí, señor Hans?

—Aprovechemos que esos dos están ocupados y corramos.—

Mientras tanto Corn-Elio logró atrapar a Jotün entre sus hojas colosales, envolviéndolo con una fuerza que no admitía negociación. El giganotosaurio rugió con una violencia que hizo caer el follaje de todos los árboles cercanos, sus garras arañando el cuerpo vegetal de su oponente sin encontrar punto débil.

Corn-Elio no soltó.

Las hojas se tensaron con una lentitud deliberada y metódica, como si el vegetal justiciero entendiera perfectamente lo que estaba haciendo y quisiera que Jotün lo comprendiera también.

El ruido que siguió fue sordo y definitivo, el tipo de sonido que no debería existir, pero que la naturaleza produce de todas formas cuando algo termina.

Jotün dejó de rugir.

El silencio que cayó sobre la selva fue absoluto. Ni pájaros, ni insectos, ni el crujido de las plantas lanza agujas. Solo el peso muerto del giganotosaurio desplomándose contra el suelo con un impacto que se sintió en los pies a través de las sillas de los Gallimimus.

Corn-Elio se irguió en el centro del claro. Sus ojos amarillos barrieron el área una vez, como certificando que el trabajo se había hecho. Luego miró hacia donde estaba Alissa, que lo observaba en silencio con sus enormes ojos esmeralda.

El vegetal justiciero se inclinó haciendo una reverencia.

Alissa parpadeó como no di correspondiera al gesto.

—Torito —dijo el vocotaumaturgo sin apartar la vista de Corn-Elio.

—¿Sí, señor Hans?

—Larguémonos antes de que cambie de opinión.

Corrieron y llegaron a un cuerpo de agua enorme donde yacía un bote que había visto mejores tiempos hace mucho, y lo más curioso era una especie de monolito hecho de basalto islandés.

“Bienvenidos a Bahía Greuben”

Tripaseca sonrió y dijo:

—Así que el terco de Otto llegó al centro de la tierra.

De pronto Íñigo se despertó sobresaltado, lanzando cortes al aire con su espada ropera.

—Cálmate, viejo. Estamos a salvo gracias a un choclo gigante —dijo Panda mientras sostenía el brazo del capitán.

Luego de una breve e ilustrativa explicación que implicó una pequeña lagartija apuñalada por un maíz de cóctel, se relataron los hechos acontecidos luego de que capitán se rompiera el hocico contra una palmera.

—Así que la lechuguita es maga, y de las buenas. Me cae bien —dijo Íñigo al enterarse de que Alissa había invocado a Corn-Elio.

De pronto una voz dulce y amable se hizo escuchar.

—Es que soy mitad elfo y mitad dríada, tío Íñigo —dijo Alissa, quien de improviso había crecido hasta tener el cuerpo de una niña de cinco años.

Era pequeña pero de presencia innegable. Sus ojos esmeralda brillaban con una luz propia que no dependía del sol, su cabello rojo caía en rizos sobre sus hombros y su piel emanaba un aroma floral suave que contrastaba de forma casi cómica con el olor general del Cakeuche.

 

—¿Pue… puedes hablar, hijita? —preguntó Hans mientras le acariciaba la cabeza con una ternura que la Compañía fingió no ver.

—Sí, papá, puedo. Las dríadas crecemos rápido hasta llegar a los cinco años, de ahí de forma normal,luego la pequeña añadió:

—Cuando somos retoños, o sea bebés, estamos más vulnerables, así que crecemos rápido absorbiendo nutrientes del ambiente para poder usar nuestra magia.—

De pronto un tripulante notó que la lechuguita estaba cubierta solo con una manta. Sin decir nada sacó de su mochila cuero y tela para en tiempo récord confeccionarle un atuendo estilo bucanero, con sus botones de hueso y todo.

—¡Y voilà, un traje digno de una lady pirata! —exclamó el esqueleto sastre con una reverencia.

—Vaya, eso sí se llama eficiencia —dijo Panda, admirado.

—Sí, es muy hábil, y qué bueno que sobrevivió… o eso diría si no fuese un no muerto. Agrego Íñigo con tono orgulloso de su gente.

De pronto las aguas de Bahía Greuben se agitaron y un estruendo profundo se hizo escuchar. Todos se pusieron en guardia esperando lo peor, pero era el Cakeuche que por arte de alguna magia desconocida había vuelto a reconstruirse plancha por plancha como si el mar mismo lo estuviera ensamblando.

A bordo estaba toda la tripulación que había perecido en la selva, tan campantes como siempre.

—Pe… pero ¿cómo? Si yo los vi morir —dijo Hans.

—Zopenco, son no muertos. No puedes matar lo que no tiene vida —respondió Íñigo,

Bubu usó su magia para inspeccionar el casco del Cakeuche. Sus ojitos de botón recorrieron cada tabla, cada clavo, cada runa invisible grabada en la quilla.

—Tío Íñigo, el Cakeuche es un barco maldito y no pueden destruirlo de forma permanente —dijo Bubu a modo de diagnóstico médico.

—Recuerdo que me contaste que te lo ganaste en un sorteo, viejo Íñigo —añadió Hans mientras le daba un bizcocho cocinado por Torito a la pequeña Alissa.

—Ah sí, verdad. Me lo gané en un paquete de chorizos fritos que suelo comprar —replicó Íñigo, pensando en la revelación de Bubu.

—Chorizos fritos… ¿Ok? —dijo Lord Tripaseca mientras reunía el equipaje y Torito lo subía al barco.

—¿Sigues comiendo esa mierda, viejo zorro?

—preguntó Hans al escuchar la mención del aperitivo.

—No insultes a ese manjar digno de la reina Isabel de Castilla —replicó Íñigo.

—Pero si solo es grasa y tripas de vaya a saber qué —respondió Hans.

Panda interrumpió a Hans y le dijo:

—Para gustos, colores, dicen por ahí…—

—Al menos Panda lo entendió —dijo Íñigo mientras abría un paquete de chorizos fritos con la solemnidad de quien descorcha una botella de vino añejo.

Hans, al ver el producto recordó que esa marca había sorteado hacía unos quinientos años un buque.

—Así que en ese sorteo lo ganaste… cosa que no me sorprende porque eres el único imbécil que compra esa marca .

Tripaseca añadió:

—Íñigo, ¿sabías que esos embutidos traen huesos astillados que perforan los intestinos?

Panda añadió:

—Sí, y dicen que lo hacen con escroto de búfalo.

—¡Ya, suficiente! ¡Son mis gustos y si no les agrada pueden pudrirse aquí en Mu! —exclamó Íñigo.

Torito, al ver la discusión, decidió intervenir. Tomó uno de los chorizos fritos de y se atrevió a probarlo. Masticó lentamente con la expresión de alguien que está catalogando mentalmente cada elemento de lo que acaba de meter en su boca y sufriendo en el.proceso y vaya que fue la experiencia culinaria más horrible de su vida.

—La carne le falta limpiar y el curado está incompleto, pero la sazón es buena… con base en eso puedo recrearlos de mejor manera.

—¿En serio harías eso por mí? La compañía que los fabrica quebró hace un tiempo —añadió Íñigo con los ojitos brillando de emoción.

—Sí, capitán.Además,, ahora soy su chef a bordo.

—Gracias, bovino… Te ganaste un amigo —respondió Íñigo.

De pronto la tripulación comenzó a hacer vítores. Gritos y silbidos inundaron el aire.

—¡Es el contramaestre! ¡Cassius está vivo! —gritaban.

Se escuchó un ruido seco como si dejaran caer algo pesado. El ogro estaba cubierto de sangre de dinosaurio y con una expresión de quien acaba de tener el mejor día de su vida.

—Capitán, me sorprende que dejaran tanta carne abandonada allá atrás… y gracias a un maíz gigante pude trozar al dinosaurio.

—Estás vivo… —dijo Tripaseca.

—¿Acaso dudas de mi mejor hombre a bordo? —respondió Íñigo.

—¡Miren cuánta carne! —dijo Panda babeando ante la expectativa de comer un buen filete.

Luego de despostar y curar la carne la subieron a bordo y se aprestaron a abandonar Mu.

—Ehm… Torito, ¿por dónde salimos?— Pregunto Íñigo.

Torito señaló hacia lo alto, la roca se abría en un conducto oscuro y humeante.

—Por ese túnel de arriba…—

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