El frío lacerante castigaba la piel de la joven mientras caminaba sin rumbo fijo, con los pies hundidos en la nieve hasta casi las rodillas. Su cuerpo temblaba y su voluntad flaqueaba hasta que el cansancio terminó por vencerla. Se desplomó. Sus manos entumecidas apenas lograron amortiguar el peso de su cuerpo al caer.
Se arrastró con dificultad por la nieve, empapando aún más su ropa, que se adhería a su cuerpo como un peso muerto. Aunque de estar seca tampoco la habría protegido, era un atuendo demasiado ligero y nada apropiado para aquel entorno. Apenas llevaba una falda corta, una camisa blanca, calcetines delgados y unos zapatos incapaces de aislar la humedad.
¿Por qué vestía así? Se preguntaba, sin encontrar respuestas. Su mente era un mar de incógnitas. Desconocía cómo había llegado a aquel desierto congelado, desconocía hasta cuanto tiempo llevaba caminando. ¿Cuál era su destino? ¿Tenía siquiera adónde ir? No sabía nada. Solo el blanco de la nieve llenaba su mente.
De pronto comenzó a perder sensibilidad en los dedos de las manos. Necesitaba urgente algo de calor; necesitaba encontrar un resguardo o moriría congelada y sola, completamente sola. Esa idea hizo que temblara más por miedo que por frío.
Su temple flaqueaba hasta agotarse y, cuando creyó que ya no podía más, la llegada de una presencia desconocida dio paso a la esperanza. Frente a ella se asomó una silueta cuya sombra ocultaba los débiles rayos del sol.
La muchacha lo miró desde abajo: la persona frente a ella llevaba unos pantalones amplios y claros, con bordados dorados; No llevaba camisa y, más arriba, le pareció ver un mentón suave de piel clara que se fundía con el blanco de la nieve. Además, el hombre parecía estar cubierto por una capa de cabellos plateados.
—Ayu... da —murmuró con dificultad, con la esperanza de que aquel espectador se compadeciera.
Pasaron unos segundos interminables. El hombre no se movía, solo observaba. Como un cazador esperando la muerte de su presa, como un ladrón al asecho. Y mientras ella esperó una mano amiga, solo le respondió la indiferencia hasta que el cansancio la venció. Sus ojos se cerraron y el blanco a su alrededor se volvió negro.