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Silentium et Misera

Silencio y Misera | Makeine · por Ro_ · 20 de septiembre de 2026

AETERNUM

MORS

AETERNUM

El fino y gélido hilo de plata de la aguja penetró mi piel con destreza, un simple pinchazo si lo comparaba con el torturante pitido constante que resonaba en mi cabeza.

El doctor presionó la jeringa con la medicina lentamente, la sentí fluir por mis venas, como si fueran burbujas liberándose en agua turbia. Un cálido hormigueo se extendió por mi cuerpo, transformándose rápidamente en una ola de alivio que disipó la opresión en mi frente y el dolor punzante en mi sien.

Por un instante, todo parecía estar en orden a mi alrededor. Pero no podía ser verdad; nunca hay suficiente calma en mi vida para permitirme un momento de paz.

Ahhh~...

Un profundo y grave suspiro rasgó la calma que la medicina me había proporcionado instantes antes, que provoco que mi piel se erizara. Mientras mis manos abotonaban la camisa del uniforme estudiantil, procurando no tocar el lugar de la inyección, mi mirada se dirigió por instinto hacia el doctor, la persona que había roto el silencio. Su rostro, por lo general imperturbable, se había alterado, mostrando una expresión de...

TRISTITIA

VEL ALIQUID

PLUS

El doctor sostuvo el portapapeles en su mano izquierda y el bolígrafo con la otra, trazando líneas nerviosas sobre el papel. Parecía anotar algo mucho más significativo que la dosis que acababa de inyectarme.

La atmósfera se cargó de una tensión palpable, y la momentánea sensación de alivio que me había dado la medicina se disolvió ante la preocupación reflejada en el rostro del adulto. La pregunta, "¿Qué sucede, doctor?", se quedó muda en mis labios.

—Nukumizu-san —su voz reflejó seriedad, y sus ojos, habitualmente amables, me miraban ahora con una intensidad inquietante—. Estoy bastante seguro de que lo has notado, pero tus niveles de estrés y ansiedad han aumentado considerablemente. Incluso tu presión arterial ha subido desde la última vez. Necesito que me seas completamente honesto, y será la única vez que te lo diré... —el médico hizo una pausa, y el silencio en el consultorio se volvió opresivo—, ¿estás seguro de que no estás experimentando...

VEXATIO

»¿O algo parecido? Un factor en tu entorno de estudios o vida personal que esté afectando tu bienestar de esta forma. Necesito que seas sincero conmigo.

Las palabras se quedaron en mi garganta.

Tenía una necesidad desesperada de soltar la verdad. En este momento, me pareció inteligente revelarle al doctor la situación del club de literatura y sus últimas e hirientes bromas. Después de todo, él es la única persona que me ha ayudado sin pedirme algo a cambio, sin juzgar o hablar a mis espaldas.

Mis manos, aferradas al borde de la camilla, temblaron sin control. En mi mente, reviví con dolor los actos de crueldad cotidiana que se habían vuelto una carga insoportable. Los recordé todos: el empujón brusco de Yanami en las escaleras; los golpes suaves, pero cargados de insultos hirientes, de Komari; y las embestidas más potentes de Yakishio, que me dejaban tirado por los pasillos.

Pero las palabras no querían salir por nada del mundo.

Se sintieron pesadas, frías, como fragmentos de metralla dentro de un viejo rifle oxidado por la culpa y el miedo, negándose a volver a disparar una bala que hiriera a inocentes.

¿Inocentes, ellas?

Quizás no, pero para mí lo eran.

Eran...

Mis amigas.

...

¿No?

¿Cómo podría yo, el presidente del club de literatura, dejarlas de lado? Depositaban en mí una fe ciega tan grande que se me hacía imposible simplemente mirar hacia otro lado y traicionarlas de tal manera.

Ellas son... las únicas personas que hacen sentir que mi existencia tiene un propósito, que no soy solo una sombra borrosa en el fondo de la clase.

—¿A-acoso? ¿Yo? Doctor, creo que está equivocado. Soy plenamente consciente de mi insignificancia en esta academia. De hecho, soy tan invisible que ni siquiera merezco la atención de los acosadores.

Desvié la mirada de sus ojos, centrándome en la pulcritud del escritorio llena de hojas cuadriculadas para no ceder ante un posible ataque nervioso. Necesito que mi voz suene totalmente convincente, lograr que la desesperación pareciese una verdad lamentable y que, solo por esta vez, confíe en mi burda mentira. Mi único objetivo es abandonar la enfermería antes de que mis nervios terminen traicionándome por completo.

El médico giró sobre sí mismo en su silla de oficina, elevando la mirada hacia el techo y juntando las manos en su regazo. Su prolongado silencio cargo la pequeña sala de enfermería con una tensión que se me hacía intolerable.

—¿Me lo dices en serio? —su grave voz rompió el silencio con la precisión de un bisturí—. El historial médico de este mes cuenta una historia diferente. Ya son tres "accidentes" distintos que culminan en contusiones. Y el de hoy, ese golpe en la nuca, no parece el resultado de un simple tropiezo con tú escritorio, ¿verdad? Podría hablar ahora mismo con el director. Luego iniciamos una investigación y por último expulsamos a los responsables de este supuesto acoso para que no vuelvas a tener problemas. Piensa en la tranquilidad que eso te daría hasta que culmines con tus estudios.

La respiración se me entrecortó. Escuchar la idea en voz alta fue un golpe gélido en el estómago.

Expulsar al club de literatura...

Imposible. Eso lo arruinaría todo.

—¡No! —el involuntario y agudo grito de pánico puro se me escapó de la boca. Me cubrí el hocico de inmediato con una mano y simule toser ruidosamente, intentando disimular mi descontrol—. No... discúlpeme, doctor. Se lo aseguro, no tengo ningún acosador o algo similar. Estoy seguro que mi historial médico es pura coincidencia. Simplemente estoy algo... distraído, dándole demasiadas vueltas a los próximos exámenes finales y un proyecto que me ha encargado Konami-sensei de última hora.

Mi excusa sonó hueca y poco convincente, incluso para mí mismo, pero es todo lo que tengo ahora. Sentí la intensa y metódica mirada del doctor recorrer mi cuerpo, desde mis ojos, que evitaron el contacto, hasta mis manos intranquilas que temblaban al borde de mi camisa.

Nimis dolendum

Finalmente, soltó un suspiro largo y desalentador, un sonido que indicaba que había decidido dejar pasar mi mentira, al menos por ahora.

—Bien —dijo, y cerró mi expediente de golpe—. Si esa es tu versión, la aceptaré. Sin embargo, escucha atentamente mi advertencia. Espero sinceramente no volverte a ver en la enfermería con un golpe en la cabeza o cualquier otra lesión que me resulte sospechosa. Si regresas aquí y veo el mismo patrón de "torpeza", no lo consideraré un simple accidente estudiantil. Lo tomaré como algo personal, y cuando lo haga, te garantizo que iniciaré una investigación tan exhaustiva y que la verdad, sea cual sea, saldrá a la luz. ¿Queda claro?

Asentí con la cabeza con vigor, aliviado, mientras me levantaba de la camilla.

—Perfectamente, doctor. No volverá a pasar.

—Eso espero —murmuró, sin levantar la vista. Su voz era áspera, desinteresada. Volvió a estar totalmente absorto en la pila de documentos y expedientes que cubrían su escritorio pulcro, un muro de papel que parecía aislarlo de todo, incluso de mí.

Discedere debeo

»Pero antes de que te vayas, toma —añadió, arrojando hacia mí, un pequeño fajo de blísteres—. Son las últimas pastillas que me quedan, un remanente del lote anterior. No te preocupes, seguro me traerán más la próxima semana.

Él paquete cayó con delicadeza por el aire, tropezó con mis manos, y terminó cerca de la puerta, esto me obligó a estirar el brazo y recogerlos. Era una bolsa de plástico transparente y arrugada que contenía tres tiras de pastillas, cada una con su respectiva lámina de aluminio.

Sentir el peso ligero y la textura fría y áspera del empaque hizo que mi mano empezase a temblar.

Mi mirada se dirigió de manera instintiva al reverso del empaque, justo en el borde desplegable del aluminio, el nombre se reveló bajo la luz de la oficina, borroso y apenas legible: NOVRIL. Abajo, la letra era tan minúscula que entrecerré los ojos y acerqué el fajo a mi rostro para intentar descifrar las indicaciones y advertencias. Solo pude captar fragmentos: ...mg, tómese con alimentos, puede causar... Reincipe...

¿Reincipe?

El médico dio por finalizada la consulta con una orden seca.

—Ya deberías de irte —susurró, mientras el irritante sonido de su silla resonó por el pequeño cuarto. Sin despedirse, su voz comenzó a ser distante y cortante—. Toma una medicina cada doce horas, sin falta. Por el bien de tu expediente y para la paz de mi conciencia, cuídate más de esos "golpes" accidentales. No voy a justificar tantas contusiones seguidas.

Me apresuré a salir de la enfermería, procuré cerrar la puerta con un cuidado que contrastaba con la tempestad emocional que ocurría por mi cabeza. El alivio se escapó en un suspiro, pero el miedo a casi haber echado todo a perder me dejó un temblor. «No puedo permitir que expulsen a nadie, y menos por mi culpa». Con ese pensamiento presente, volví a sumergirme en los sombríos pasillos de la academia.

ALIQUEM QUAERENS

Y, sin previo aviso, solo un parpadeo fue suficiente para que un abismo de negrura y vértigo inundará mi vista, unos segundos después, la asquerosa realidad del hospital se impuso de nuevo.

No hubo transición, sino un salto violento y directo desde la nada hasta la crudeza y podredumbre de ese sitio. La luz —o lo que fuera que se colaba por la ventana— me agredió la vista como un puñetazo, obligándome a entrecerrar los ojos.

Me levanté del viscoso suelo, con una lentitud que apenas reflejaba el peso de mi cuerpo. Busqué apoyo y mis manos se posaron en la pared; la pintura, negra y putrefacta, era áspera, impregnada de un hedor a moho y descomposición; sentí la capa de suciedad acumulada, que al tacto ya insinuaba la promesa de enfermedad.

Una creciente náusea me asaltó. Con dificultad para mantenerme en pie, miré a mi alrededor. El pasillo, angosto y mal iluminado, se extendía hacia una miseria que parecía no tener fin. Por las ventanas, cuyos cristales estaban rotos y sus marcos de madera, carcomidos, se veía un cielo totalmente cubierto, desprovisto de todo color.

El sol no existía, el cielo no era azul, y ni siquiera había un atisbo de tormenta. Solo reinaba una palidez incesante, un velo de luto que espejeaba tanto la atmósfera opresiva del hospital como el desasosiego de mi propio espíritu.

...

Me tomó un tiempo notar la ausencia del áspero picor de la ropa sucia y maloliente del hospital. En su lugar, vestía el uniforme que, de manera inquietante, había llegado a distinguir con claridad durante mis sueños.

El uniforme, de camisa blanca y pantalones marrones, estaba demasiado desgastado, parecía a alguno de aquellos jóvenes adinerados que observaba desde mi ventana, aunque distaba de ser la vestimenta que un adulto elegiría por voluntad propia, y mucho menos en una situación tan inusual como está.

...

Perdí el rumbo, vagando por este laberinto intencionalmente desorientador. A medida que avanzaba, los pasillos se volvían más pútridos y nauseabundos. La oscuridad se hizo total al desaparecer por completo la luz que se colaba por las ventanas.

Mi avance cesó de golpe al encontrarme con un muro de oscuridad absoluta. Al tocarlo, confirmé su superficie áspera, y una frustración me invadió. Tras un breve e infructuoso esfuerzo por encontrar cualquier grieta o camino alternativo, decidí rendirme. Ya no tenía sentido seguir por ese camino.

Hinc discedere debes.

Con un suspiro pesado, volví sobre mis pasos, la oscuridad se hizo densa una vez más a mi espalda, pero pronto, a medida que me alejaba de aquel punto oscuro, un pequeño vislumbre de luz se hacía presente. Poco a poco, la penumbra del pasillo se fue disipando, y los rectángulos blanquecinos de las ventanas volvieron a recortarse en la distancia.

La luz que se filtraba se intensificó hasta convertirse en un suave velo grisáceo que acariciaba mis cansados ojos. Un tiempo después, que bien pudieron ser minutos o una eternidad, una arquitectura familiar se hizo evidente. Finalmente, con la respiración más tranquila y el alivio recorriendo mis venas, volví al punto de partida.

Bene es?

Impulsado por una desesperación teñida de esperanza, corrí hacia adelante. Mis ojos escudriñaban la oscuridad, buscando con anhelo cualquier señal de una salida, un vislumbre de luz y aire fresco.

El silencio se sentía pesado, espeso como la niebla, y el único sonido que lo perforaba era el silbido arrítmico de mi propia respiración.

No tardé en encontrar el primer indicio al rodear la primera curva: una puerta corrediza. Era de madera vieja y astillada, tan oscura que se perdía entre las sombras. Inhalé profundamente, llenando mis pulmones de ese aire viciado. Aunque mis músculos clamaban de dolor y agotamiento, la idea de quedarme allí era impensable.

Con la última pizca de fuerza, empujé la puerta hacia la izquierda. El silencio sepulcral se rompió violentamente con el chirrido metálico de los rodamientos oxidados, un sonido ensordecedor. Tras una resistencia que se sintió interminable, la puerta finalmente cedió y se abrió.

Sin embargo, la escena que me esperaba destrozó la poca esperanza que me quedaba. Dejé escapar un suspiro ruidoso y profundo que fue inmediatamente tragado por la estrechez del espacio.

Con el alma oprimida, me volví para seguir mi camino. Sin embargo, al girar la cabeza para una última mirada, la puerta se había esfumado por completo, Ahora, en su lugar, el muro liso y sombrío continuaba ininterrumpidamente, como si el acceso de madera jamás hubiese estado allí.

En la esquina siguiente, me topé de nuevo con una puerta. Esta se veía menos deteriorada que la anterior. Intenté abrirla, esta vez usando una técnica de agarre más efectiva. Para mi sorpresa, cedió con mucha facilidad, no era tan dura. Sin embargo, el resultado fue el mismo: una pared de concreto, aunque esta vez estaba adornada con bastantes papeles.

De colore roseo

Arranqué uno de los muchos papeles adheridos al muro de cemento, lo que reveló otro idéntico debajo. Al tenerlo en mis manos, percibí la textura áspera del papel envejecido. Era un fragmento amarillento con un pétalo de rosa en el centro y, en sus cuatro esquinas, símbolos de un color negro intenso, como tinta fresca sobre un pergamino antiguo, colocados con una precisión casi inquietante.

Tras un examen más detenido, resulta innegable la similitud de los caracteres con los japoneses. Sin embargo, daban la impresión de ser kanjis incompletos, carentes de un significado claro. Mi mente luchó por encontrarles un sentido. No constituían una palabra, ni una frase habitual o siquiera un proverbio.

Volví a girar la cabeza hacia adelante, pero, como sucedió antes, la pared se había desvanecido, llevándose consigo los demás papeles, aunque, el que yo agarré antes, aun sigue en mi mano.

De nuevo, mi camino solo se redujo en una sola posición.

Perge ambulare

Mis pasos empezaron a resonar desde hace ya un rato, un eco vacío y obstinado que me martilleaba los oídos con cada avance. Estaba atrapado en este pasillo interminable y monótono, sin nada que pareciese interesante, solo pasillos pútridos.

Memento

Desde que abrí la primera puerta, mi mente se agitó; y una sensación conocida resurgió en mí. Sin embargo, mi mente se obstinaba en retener la memoria, o al menos lo que persiste en el vacío de mi cabeza.

Doblé otro par de pasillos idénticos, con las paredes aún asquerosas y la misma atmósfera pesada. Lancé mi tercer suspiro de resignación. Las ventanas y la escasa luz que me guiaban habían desaparecido en el pasillo anterior, así que bajé la mirada y comencé a caminar sin prisa por el vacío.

Sin darme cuenta, tropecé con algo en el suelo. Abrí los ojos de la impresión y reaccioné al instante, ajustando mis pies para evitar otra caída como la de antes. Con enojo, miré hacia atrás buscando lo que casi me hace caer, pero no había nada. Me detuve unos segundos para suspirar y prepararme para seguir, cuando, de repente, la tercera puerta había aparecido.

Pero diferente: de metal pesado, recién pulido e instalado. Contrasta fuertemente con las dos anteriores que había visto, ambas a punto de ceder ante el más mínimo sismo. Al contemplarla un par de minutos, un brillo inquietante comenzó a intensificarse poco a poco ante mis ojos.

El único picaporte visible comenzó a girar despacio. Si este fuera un momento crucial, estoy seguro de que alguien saldría por esa puerta para ayudarme a encontrar lo que busco. Sin embargo, sé que es sólo otra manifestación de mi retorcida mente.

Mi mano se posó en el picaporte y, a pesar de que mi sentido de supervivencia se negaba, mi cuerpo actuó por sí solo, empujándolo con fuerza hacia abajo. La puerta no estaba atascada ni oxidada; simplemente se abrió y empujé hacia delante. La luz que emanó de su interior cegó mis ojos, pero mi cuerpo, sin inmutarse, continuó avanzando.

Conté mis pasos con precisión; mi única guía por el momento es la memoria muscular y el sonido apagado de mis pies golpeando el suelo de madera. Cuando la punta de mi pie tropezó con algo, supe que no estaba solo.

Sin embargo, quienquiera que estuviese allí no me había hecho daño durante el poco tiempo que llevaba dentro. Inhalé profundamente, llenando mis pulmones con el aire viciado y frío del lugar.

Y entonces, solo entonces, con la certeza de que no había peligro, empecé a abrir mis ojos lentamente.

Omnia mutantur

El proceso fue tortuoso, como si los párpados se hubieran pegado con una resina pegajosa. Al principio, solo vi destellos borrosos de gris y negro. Poco a poco, la oscuridad comenzó a ceder.

Y un cabello negro me dio la bienvenida.

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