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CAPÍTULO 7: IMPERFECCIONES NECESARIAS

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 22 de agosto de 2026

CERNUNNOS.
ONCE MESES DESPUÉS DEL PRIMER ENCUENTRO.

El invierno había llegado a Cernunnos, y el parque donde se habían conocido parecía más pequeño bajo la nieve. Los senderos cubiertos por una capa fina de hielo crujían bajo los pasos, y las ramas desnudas de los árboles se extendían sobre las farolas. Elara estaba sentada en el banco con una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello, el aliento escapando en pequeñas nubes que se deshacían antes de alcanzar la luz.

Varek apareció detrás de ella. No hubo grieta visible, ni distorsión del aire. Simplemente, la sombra que proyectaba la farola se alargó un segundo más de lo debido, y él estaba allí.

—Llegas tarde —dijo Elara sin volverse. Su aliento escapaba en pequeñas nubes que se deshacían antes de alcanzar la luz anaranjada.

Él se detuvo, los dedos aún fríos por el tránsito entre planos, aunque el frío del Infierno era seco y este, húmedo.

—Cinco minutos.

—Siete.

—Cinco.

Elara levantó la muñeca y le mostró la pantalla de su reloj con una ceja arqueada.

—Siete.

Varek la observó un momento, y en sus ojos, se dibujó una chispa de aquella precisión que ella había aprendido a reconocer.

—Tu reloj adelanta dos minutos —corrigió él.

Ella entrecerró los ojos, pero una sonrisa temblaba en el borde de sus labios.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Lo comprobé la última vez.

—Eso es inquietante.

—Tú miras mi respiración.

—Punto para ti.

Varek se sentó a su lado, y el banco crujió bajo su peso. Ya no guardaban la distancia prudente de los primeros meses. Sus hombros casi se rozaban, separados apenas por el grueso tejido de sus abrigos. Elara le entregó un vaso de café. Ya no utilizaban la tapa del termo. Dos meses atrás ella había empezado a traer dos vasos pequeños porque, según sus propias palabras, compartir uno con un demonio que consideraba el café un castigo ritual era una experiencia demasiado deprimente. Así que bebían por separado, pero juntos. Varek bebió, sintiendo el amargor extenderse por su lengua. Seguía sin gustarle, pero había dejado de decirlo.

—¿Qué lees? —preguntó, señalando el volumen apoyado sobre las rodillas de ella. La cubierta mostraba una ilustración desgastada de una casa derruida bajo una luna pálida.

—Una historia de fantasmas.

—Tienes acceso a fantasmas reales —señaló Varek, sin ironía. Para él, era un dato factual.

—Los reales son menos interesantes —respondió ella, pasando una página sin levantar la vista—. Además, los de los libros suelen explicar qué quieren al final. Los vuestros solo gritan.

—Eso es ofensivo.

Ella sonrió, aquella sonrisa era tan humana y tan deliberada, era como una pequeña victoria que se anotaba en un combate que solo ella conocía.

Varek no respondió. Observó el perfil de Elara. La luz de la farola resaltaba las ojeras bajo sus ojos, marcas de cansancio que el maquillaje ya no lograba ocultar del todo. Había algo diferente en ella esa noche. Una tensión que no provenía del frío.

Antes, sus silencios le parecían iguales: vacíos, neutros, espacios muertos entre una frase y otra. Ahora sabía distinguirlos. Había un silencio cómodo, en el que Elara simplemente disfrutaba de no tener que llenar el espacio entre ambos. Otro aparecía cuando estaba enfadada, tenso y afilado como un filo. Y uno distinto, pesado y denso, cuando algo le preocupaba pero todavía no había decidido si quería compartirlo.

Aquella noche era el tercero.

—¿Qué ocurre? —preguntó Varek. Su voz, pese a su intención de sonar neutra.

Elara volvió la mirada hacia el sendero, hacia el bosque de árboles que se extendía más allá del círculo de luz de la farola.

—Nada.

Varek esperó. No presionó. Había aprendido que con ella, a veces, el silencio era una respuesta más honesta que cualquier palabra. Pero también había aprendido a leer la mentira. Y aquella era una mentira pequeña.

Ella suspiró, aquel suspiro arrastraba una fatiga que iba más allá del cansancio físico.

—Odio que sepas cuándo miento.

—No sé siempre cuándo mientes —dijo él.

—Eso ha sido mentira.

—Sí.

—Eres insoportable.

Varek inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que en él equivalía a una sonrisa.

—También me has dicho eso antes.

—Porque sigue siendo verdad.

Guardó el libro en el bolso con movimientos lentos, como si ganara tiempo para lo que estaba a punto de decir.

—Anoche soñé otra vez —dijo Elara de repente.

La atención de Varek cambió de inmediato, sintió una alerta sutil en la base de su cuello. No era peligro inmediato, no exactamente. Era la sensación de estar siendo observado desde lejos, una presión atmosférica que cambiaba sin razón aparente. Sus dedos se cerraron alrededor del vaso de café con una fuerza que casi lo deformó.

—¿Con una grieta?

—No.

—¿Qué viste?

Elara frotó las manos alrededor del vaso, buscando el calor que el frío le robaba.

—El parque.

—¿Qué ocurría?

—Estaba vacío.

—Eso no parece especialmente preocupante —dijo, aunque la tensión en su mandíbula contradecía sus palabras.

—Había alguien debajo de la farola donde encontraste aquella alma la primera vez.

El frío que Varek sintió no era el del invierno. Era otro, más antiguo, más profundo, el mismo que sentía cuando un peligro se aproximaba y aún no podía verlo. Sus dedos se aferraron al vaso con tal fuerza que el plástico crujió.

—¿Quién?

—No podía verlo bien. Era alto, más grande que tú y tenía una sombra extraña.

Una tensión fría se instaló en el cuerpo de Varek, recorriéndole la columna como un latigazo. Respiró, y su aliento formó una nube más densa que la de ella.

—¿Humano?

—No lo creo.

—¿Te habló?

—No.

—¿Me viste a mí?

Otra negativa, y esta vez Elara desvió la mirada.

—Solo estaba él. Esperando.

Varek dejó el café en el banco. El vaso se inclinó ligeramente antes de quedar en equilibrio. No percibía ninguna presencia demoníaca en el parque ahora. Ningún rastro, ninguna distorsión. Pero la descripción coincidía demasiado bien con la silueta de Uldred. Las criaturas como Uldred dejaban residuos psíquicos, manchas en la realidad que los sensibles podían captar incluso después de haberse marchado. Si Elara lo había soñado, significaba que Uldred había estado allí recientemente. O que estaba tan cerca, tan centrado en ellos, que su voluntad filtraba el velo de los sueños.

—¿Crees que significa algo? —preguntó Elara, aunque su voz sugería que ya conocía la respuesta.

—Significa que debemos tener cuidado —dijo Varek.

Era una subestimación grotesca, pero no podía decirle la verdad: que Uldred ya sabía. Recorrió el parque con la mirada, cada sombra, cada árbol, cada rayo de luz que la farola proyectaba sobre la nieve. No percibió ninguna presencia demoníaca, ningún rastro, ninguna distorsión en el aire. Aun así, algo había cambiado. Algo se había movido en las profundidades de su instinto, y no podía identificar qué era.

Elara lo notó, porque siempre lo notaba, y se inclinó ligeramente hacia él.

—Varek.

—¿Sí?

—No voy a dejar de venir solo porque haya tenido un sueño.

—No iba a pedírtelo.

—Estabas a punto.

Varek no respondió. Aquel silencio era la confirmación más elocuente. Elara sonrió, pero su sonrisa no tenía humor, solo resignación.

—Ya empiezo a conocerte.

Aquello no lo tranquilizó. Nada de lo que ella dijera podía tranquilizarlo mientras supiera que Uldred tenía el nombre de Elara grabado en su memoria como una moneda de cambio.

En el Infierno, lejos de la nieve y las farolas, Uldred caminaba por los corredores del nivel once. No tenía prisa. Había vivido suficiente tiempo para saber que la impaciencia convertía los secretos en cadáveres antes de que pudieran resultar útiles.

Las irregularidades de Varek continuaban. Un turno modificado aquí, una ausencia inexplicable allá. Demasiado inteligente para ser descuido. Demasiado repetitivo para ser casualidad.

Uldred podría haberlo denunciado a Kael. Un subordinado abriendo accesos no autorizados constituía motivo suficiente para una investigación, y si añadía manipulación de registros, el Soberano tendría razones para arrancarle la memoria a Varek antes incluso de preguntarle qué estaba haciendo. Pero denunciarlo habría destruido el secreto, y Uldred prefería comprenderlo. Prefería poseerlo.

Porque un secreto que conoces y compartes tiene poder; un secreto que conoces y guardas para ti tiene mucho más.

Así que una noche, semanas atrás, había seguido el rastro dimensional. Varek había abierto la grieta desde una cámara secundaria, limpia y discreta. Uldred había esperado a que se cerrara, y luego había apoyado la palma sobre el residuo dimensional. Las grietas desaparecían. Su olor, no. Y Varek, por preciso que fuese, llevaba demasiados meses utilizando la misma esencia para rasgar la misma frontera hacia el mismo punto del mundo mortal.

Uldred había sonreído, mostrando demasiados dientes para ser humano, demasiada hambre para ser inocente.

—Te encontré —había murmurado entonces.

Y ahora, solo esperaba el momento adecuado para cobrar. No necesitaba amenazar a Varek directamente. La amenaza ya estaba viva, respirando bajo la nieve de Cernunnos, esperando en un banco junto a un demonio que había olvidado cómo tener miedo hasta que conoció a una mujer que no podía ver el futuro, pero podía sentir el presente.

Uldred cerró los ojos, saboreando la anticipación. El favor aún no tenía forma, pero tendría precio. Y el precio sería alto.

• • •

“LA SEGURIDAD SE DESMORONA CUANDO EL SILENCIO DEJA DE SER UN ESCUDO PARA CONVERTIRSE EN UNA ESPERA.”
Porque las grietas en la realidad no son tan peligrosas como las que se abren en el alma cuando dos soledades deciden compartir el mismo banco bajo la nieve.

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